Lucia Santoro Hace una semana que estuve dormida. El tiempo se siente borroso, como si mi mente flotara entre la realidad y un sueño roto. Cuando abrí los ojos, lo primero que hice fue llevar mis manos al vientre. Ya no estaba redondeado. Estaba plano, vacío… y un frío insoportable me recorrió el cuerpo. Las imágenes llegaron a ráfagas: el caos en mi boda, los disparos, los gritos, el olor a pólvora, el vestido manchado de sangre. Todo se mezclaba en una niebla que me asfixiaba. A mi lado estaba mi madre, con su cabello dorado cayendo en ondas sobre los hombros y sus ojos color café llenos de lágrimas. En cuanto notó que me movía, me abrazó con fuerza, temblando. —Mi niña… estás a salvo —susurró, y su voz se quebró. Yo apenas podía hablar, mi garganta era un nudo. —¿Y Connor? —pregun

