Lucía Sabía que tenía que hablar con mi padre, así que esa misma noche me acerqué a él mientras cenaba con mi madre. La luz tenue del comedor apenas iluminaba la mesa, y el aroma de la cena se mezclaba con la tensión que sentía en el pecho. —Tengo que hablar contigo… —le dije a mi padre, Alekdrad, con la voz firme pero temblorosa por la emoción contenida. —Mi amor, ¿te sientes mal? —me preguntó mi madre, Jazmín, con preocupación, sus manos entrelazadas sobre la mesa. —No me siento mal —respondí, mirándola a los ojos para que entendiera que estaba seria—, ni soy una niña estúpida. Necesito hablar contigo del Diavollo, ahora sí me escucharás. Mi padre me miró un instante, evaluando la determinación en mi rostro. —Vamos a mi despacho —dijo finalmente, levantándose con su porte imponente

