Abracé a Suleiman mientras el sueño lo vencía; su respiración se volvió lenta, profunda, como si por fin encontrara paz. Durmió casi toda la tarde, y apenas cruzamos palabra sobre lo ocurrido con los rebeldes. Yo, en cambio, no lograba apartar de mi mente la carta ni el frasco de veneno que había escondido detrás de una planta. La culpa y la duda se mezclaban en mi pecho, pero al mirarlo tan tranquilo, tan ajeno a todo, me resultaba imposible imaginarle mal. Parecía un niño, acurrucado contra mí, con la cabeza apoyada entre mis pechos mientras yo le acariciaba el cabello en silencio, sin saber si quería protegerlo… o protegerme de él. Él se movió ligeramente, murmuró algo entre sueños y me rodeó con el brazo, atrapando mi cintura con fuerza. Su respiración cálida chocó contra mi cuello

