Alessia Desperté antes del amanecer con una sensación de vacío en el pecho: la cama fría, la almohada aún con el recuerdo de su olor, y la inquietud clavada como una espina. Bajé al comedor con los párpados pesados y la cabeza ruidosa; el palacio seguía respirando a media voz, pero él no estaba. Encontré a Mustafa sentado en la cabecera, la figura recortada contra la luz pálida de la mañana, el café humeando delante suyo. Cuando me vio, no se levantó. Tenía la mandíbula apretada, la mirada dura, como si la noche le hubiera quitado cualquier remanso de ternura. —¿Sabes algo de Suleiman? —pregunté, intentando sonar despreocupada, aunque el nudo en la garganta me apretaba. Mustafa clavó los ojos en mí con una furia contenida que casi temblaba. —No —contestó seco—. Y si te soy sincero… oj

