Hace un maldito mes que estoy en el castillo.Solo dos sirvientes suben la bandeja: siempre el mismo gesto mecánico, la misma voz apagada. Me dejan la comida, giran la cabeza y desaparecen por el corredor. No me hablan. No me informan. No hay noticias. Solo los pasos lejanos de la vida que sigue afuera y yo atrapada en una celda con vistas al horizonte gris. Los días se repiten como ritmos de una campana rota: despertar con la luz que se cuela por la rendija, mirar el patio, comprobar que los barrotes siguen en su sitio, esperar la bandeja. Comer sin apetito. Mirar el horizonte —esa línea lejana donde el mar se confunde con el cielo— y preguntarme si él ha cumplido o si todo ha sido otra mentira más. A veces, cuando la soledad pesa hasta doler, pronuncio su nombre en voz baja para escucha

