La voz en mi cabeza

3596 Palabras
Se abre la puerta. Un par de adultos ingresan en la habitación. Van a ver a su hijo a ver qué está haciendo, solo para descubrir que había roto la ventana. Le reprenden mientras que este no sentía ni la más mínima culpa al respecto, finge resentirse y entristecerse cuando le castigan, pero este no hacía más que sonreír por dentro. Sonrisa que se manifestaría en su rostro al sus padres salir de su habitación. Contento sin motivo aparente, se acerca al armario y lo cierra bien, asegurándose de que no se vuelva a abrir. Se le ve satisfecho, como si alguien lo estuviese felicitando por lo que acaba de hacer. Por dentro, arriba en su cabeza, resonaba un voz que predominaba en toda su mente. Era este quien le celebraba diciéndole contento que había obrado bien. «Muy bien, Marty, excelente. Ves que no eres un inútil cuando haces las cosas bien. Todo el tiempo te recuerdo que eres un imbécil que no sabe acatar órdenes, pero en ocasiones logras sorprenderme. Si sigues así, te recompensaré muy bien, pequeño Marty» Una voz de tono siniestro, que arrastraba las palabras, era quien le había dicho que rompiera la ventana y cerrara el armario, para ocultar la evidencia, desde luego. Pero no se detiene allí, pues enseguida le encomienda su siguiente labor. Le ordena que registre la casa en busca de un escondite, pues allí sería su guarida para refugiarse tras cometer la siguiente travesía. Sale de la habitación, sin la menor idea de dónde podría estar aquel lugar que le sirviera. La voz su cabeza no hacía otra cosa que apurarle, insultándolo en lo que no conseguía llegar. «No han pasado ni un minuto y ya me estás decepcionando. ¿Que no es esta tu casa, Marty? Niño idiota, no sabes nada, no reconoces tu cuarto, el de tus padres, el pasillo, la sala, ¡Nada! Revoltijo de imbécil que eres, mírate, ni siquiera sabes caminar. Andas por ahí moviendo las piernas como si te pesaran muchos. Anda, tira que te muevas que el escondite no se encontrará solo. Pero sin levantar ruido, no me hagas enoja» Entre amenazas, Marty andaba, víctima del acoso de su propia cabeza, en la búsqueda de aquel sitio. Parecía desorientado en todo momento, o quizá solo fuera la angustia que le provocaba aquella voz. Finalmente, luego de un rato de caminata e insultos, consiguió la apertura a un ático, y al abrirla, descubrió un lugar oscuro pero abarrotado de cajas, con espacio de sobra para meterse y sin ser descubierto. «Muy bien, hasta que por fin encuentras algo, pedazo de basura con piernas. Ahora quiero que me escuches, a ver si para eso no eres tonto también. Vas a dejar esta entrada abierta, saldrás y romperás la primera ventana que te encuentres. Luego irás al cuarto de tus padres y vas a quebrar los espejos y tumbarás la cómoda. Si tus padres están allí, entonces en su lugar ve a la sala y derriba el sillón junto con la televisión. Cuando esté todo hecho, vendrás aquí y te esconderás sin que te vean, ¿entendido?». Marty asintió sin más. Habiendo entendido muy bien lo que le habían encomendado, se dispuso a la tarea mientras la voz no dejaba de atosigarle a cada oportunidad que tenía. «Venga, mueve el culo que no tenemos toda la puta tarde. Tira tira, que como no rompas esa ventana la romperé yo con tu estúpida cara de tonto que tienes». A pesar de que Marty era consciente de que no podía hacerle más daño que presionarle, en ningún momento se atrevía a discutirle algo a aquella voz. Se sentía aterrado ante la sola idea de responder, así sea con amabilidad, ante la agresividad de la voz, y aún sabiendo en el fondo que no estaba en verdadero peligro, de todos modos se dejaba intimidar por lo que le decían. «Toda la vida para romper una mugrienta ventana. Si es que va a tener que romperse sola. Como si fuera muy difícil, venga, o la partes con los puños o te saco los asquerosos pulmones y los estampo contra el vidrio». Marty no estaba teniendo verdaderos problemas para romper la ventana, solo estaba entrando en la habitación. No demoró, tomó el primer zapato que vio y lo arrojó con todas sus fuerzas al centro de la ventana. Esta quebró enseguida, y los pequeños pedazos llovieron sobre él de una manera que la propia voz describió como algo magnífico. «Venga, hasta que por fin. Mira nada más. Venga, acércate, escoria, siente la lluvia. ¿Ya ves como la gente se moja cuando llueve? Pues es lo mismo. Ve, deja que te caiga encima que ya verás lo bien que se siente». La escena pareció ocurrir en cámara lenta, pues realmente apenas había arrojado el zapato se había acercado para sentir los trozos de vidrio roto. La voz decía aquello mientras Marty ya sentía los escombros de la ventana chocar contra su piel, que no le producía verdadero daño grave. «Una maravilla, ¿no? Ahora escúchame, quiero que te tires al suelo y finjas que el vidrio son grandes copos de nieve y harás un ángel de nieve». A pesar de que sabía que no estaba haciendo lo primero que lo había ordenado, de todos modos se aventó al suelo e hizo lo comandado. Prefería ejecutar la orden inmediata a la anterior impuesta, así que ahí estaba, regodeándose sobre vidrio roto, ahora sí lastimándose de verdad. «Mírate, qué pedazo de imbécil que eres. Te acabas de tirar al suelo sobre vidrio roto. ¿Se puede ser más idiota? No puedo creerlo, en el mundo he visto mucho estúpido, pero tú te llevas el premio mayor. Párate ya, idiota, que tienes otra cosa que destruir». Se levanta enseguida, sin pero ni nada, y camina por el pasillo, primero observando si sus padres estaban en el cuarto. Encuentra la puerta cerrada y voces alteradas desde adentro. Parecían estar discutiendo. «Más perfecto imposible. Ve ahora mismo a la sala a acabar con todo. Y ya que vas, tírate por las escaleras como el torpe hijo de puta que eres. Ve ve, que no tengo tiempo de esperarte». Y así mismo, se apresuró a las escaleras y se dejó caer por estas. Mientras rodaba por los escalones, más que escuchar los golpes, oía la infernal risa de la voz en su cabeza burlándose de él por haberse caído. Ya abajo y adolorido, se incorpora evitando quejarse, y se encamina a la sala determinado a lo que iba. Con la presión encima, sumado a los insultos constantes, fue donde el televisor, lo levantó con las manos y lo arrojó contra el muro del otro lado de la habitación. Este rebotó al tiempo que se quebraba y al aterrizar en el piso, se pudo oír como se rompía por completo. Enseguida, va donde el sillón e intenta derribarlo, pero este era pesado y no podía hacer ni moverlo. «Venga, ¿en serio no puedes volcar un sillón? ¿Tan inútil hay que ser en la vida. Venga, no me canso de decirlo. Inútil, usa los putos músculos, ¿o ya estás cansado? ¿Te duele algo?». Marty estuvo a punto de responder que sí, pero fue interrumpido de inmediato. «No me digas que en serio estás adolorido, pedazo de mierda, no aguantas nada. Eres un debilucho de porquería. Como castigo, quiero que intentes romper esa pared. Si no puedes, rompe tu mano en el intento. No me importa en qué termine, pero algo debe acabar roto». Y así, Marty se dispone frente al muro, y empieza a golpear la pared con todas sus fuerzas. Una y otra vez con su puño derecho le dio y le dio hasta que finalmente logró atravesar el muro, junto a un grito de frustración acompañado del quebrar de los huesos de sus manos, el cual por los nudillos ya se asomaban marcas de sangre. «Venga, nenita, ahora que por fin rompiste la pared, quiero que muevas tu culo gordo al ático y te escondas, que ya van a salir tus padres y no quiero que te encuentren aquí, lamentándote como el perdedor que eres. Y ni si te ocurra llorar que te las verás conmigo». Sin reparo y aguantando las ganas de llorar, sube a al ático, cerrándolo tras de si, justo cuando sus padres salían escuchando el ruido pero sin ver nada. Marty corre a un escondite en un rincón tras algunas cajas pesadas. Consigue desaparecer todo rastro de él, de forma que cuando sus padres lo buscaron arriba no lo encontraron y con la misma se retiraron. «Excelente, cada tanto te comportas bien. Ahora escucha. Te vas a quedar aquí unas horas, como un pedazo de mierda que han plantado aquí, sin moverte. Por esa pequeña abertura estarás atento a la calle hasta que veas que tus padres salieron. Concéntrate en el auto de tus padres, y en nada más, ¿me entiendes, imbécil? Como no te fijes cuando salgan, la vas a tener feo. Y no quiero escuchar absolutamente ningún ruido de nada. Vamos, ni tu puta respiración. Solo céntrate en ver que salgan y ya está. Si tan difícil no va a ser, pero como eres tonto de primera seguro me decepcionas». Y a pesar de la negativa de la voz, Marty consiguió estar atento a sus padres, su vista los tenía fijados cual mira de rifle hasta que se alejaron por completo de la casa. Sin que la voz le dijera, salió de su escondite, y aunque eso quería que hiciera, de todos modos le regañó por no esperar su orden. «Niño de mierda, ¿acaso yo te he dicho que podías salir en algún momento? ¿Acaso te dije antes que saldrías cuando vieras que tus padres no estaban? No verdad, pedazo de animal. Quiero que te abofetees a ti mismo justo ahora, y ni se te ocurra ser suave, quiero verte las putas mejillas marcadas con tu mano, ¿me escuchaste? Vamos, ahora, rápido». Dicho y hecho, ahí estaba Marty, dando cachetadas a sí mismo con tal fuerza que no podía evitar quejarse al respecto. Por supuesto, era reprendido por ello. «Encima te atreves a quejarte por el dolor. ¿Se puede ser más patético? He conocido niños más débiles que su puta madre que aguantan golpes más fuertes y sin quejarse. ¿Tú eres uno de ellos? ¿O qué putas eres? Una mierda, eso es lo que eres, ahora basta ya que ni te sabes dar bien. Venga, sal ya de una puta vez que tienes cosas que hacer antes de que vuelvan tus padres». Marty obedeció rápidamente. Bajó del ático y caminó a la sala, aunque no estaba seguro de a donde ir, pues la voz solo le mandaba a salir sin decirle a donde ir. Una vez allí, un sonido agudo irrumpió en el lugar. El inocente maullido de un gato en la ventana, quien intentaba atraer la atención del muchacho por el hambre que tenía. «Oh, mira qué tenemos aquí, Marty, un pequeño y dulce gatito. Un calentamiento, qué maravilla. Ve, Marty, deja entrar al gato que no es el único con hambre. No te demores». Caminó hacía la ventana. Rodeó el televisor destruido en el suelo y le abre la ventana a la criatura, quien sin más ingresa esperando comida que pudieran darle. Marty se quedaba viéndole en lo que empezó a escuchar: «Qué ternura, ¿no, Marty? No seas tonto, acaricia al gato, todo está bien, solo es un gato, un lindo gato», aquí la voz se tornaba más siniestra que antes. Marty se aproximó al gato, quien se lamía un poco esperando que le sirvieran. Recibió las caricias con gustos, y al cabo de unos segundos empezó a frotarse con la pierna de Marty. «¿No crees que se ve lindo? Ahora quiero que hagas lo siguiente. Enrolla tu mano en su cuello. Cúbrelo por completo. Si no alcanza, usa tu otra mano. Tranquilo, le gusta». Marty sabía que era mentira, entendía perfectamente qué estaba haciendo, pero no quería cuestionar a la voz. El gato no reaccionó ante la situación y no pronosticó lo que se venía. «Oh, no, no lo estás haciendo bien. El gato puede zafarse en cualquier momento. Será mejor que aprietes. No te preocupes, los gatos aman eso. Incluso se desmayará del placer que siente. Venga, hazlo, no seas más imbécil de lo que ya eres. ¿Qué esperas? Hazlo que es para hoy». Más era el miedo que sentía hacía la voz que al hecho de cometer un asesinato a una criatura inocente. Lo ahorcó. Y conforme lo hacía, en lo que el gato se retorcía y les rasguñaba para liberarse, su miedo a lo que sea se fue desvaneciendo e incluso se sentía bien con la idea de estar matando a la pobre criatura. «Veo que has aprendido por fin lo que es bueno. Eso me agrada. Has pasado de ser un completo idiota a ser un asesino. Pero la cosa no termina aquí. Ya viste cómo se retorcía y buscaba de huir de tus manos asesinas. Ahora quiero que veas qué tiene por dentro. Quiero que pruebes la carne cruda del animal. Ve, busca un cuchillo, sabes lo que tienes que hacer». Y ahora con una expresión escalofriante fija en su rostro, fue hasta la cocina y tomó el cuchillo más afilado que encontró. Ya no sentía tanto temor por la voz, algo había cambiado cuando estaba matando. Regresó rápido, se arrodilló ante el c*****r y con el cuchillo en su mano rota (aunque ahora conseguía ignorar toda lesión que tuviera) lo entierra en el estómago del animal y desgarra la piel provocando que la sangre salpicase su rostro. Abrió el cuerpo por completo, y todos los órganos estuvieron a su disposición. La voz no tuvo que recordarle lo que debía hacer, pues pronto soltó el cuchillo y con sus meras manos tomó varios órganos y se los llevó a la boca como si tal cosa. El sabor era espantoso, tuvo que escupirlo enseguida. Pero la voz volvería a presionarlo para que se tragara aquello. «Oh no no, Marty, no es momento de retractarse ahora. Vuelve a poner eso en tu boca. No me importa si lo vomitas, quiero que te lo tragues. Esa es tu cena, pequeño hijo de puta, devóralo como el animal que eres». Motivado aún más por la voz, Marty engullía como animal salvaje al pobre animal. La sangre manchaba el suelo a su paso grotesco, y las tripas que aún no comía se escapan por el suelo. Luego de un rato, Marty se detuvo de repente. Parecía satisfecho, pero no lo suficiente al parecer. La voz no tuvo que decirle que hacer, él ya ejecutaba su plan sin que se lo dijeran, Fue a ver a la cocina a buscar un cuchillo grande, pero allí, se asoma por la ventana logra divisar una hacha clavada en un tronco grueso. La voz intentó incitar a Marty a buscarla pero este ya estaba saliendo a por ella. Marty adivinaba lo que le dirían y ya conseguía ignorar lo que le decía. Una vez la tuvo en sus manos, vio que había un cobertizo, entró allí y se encontró con un bidón de gasolina a medias. Viéndolo más que perfecto para sus intenciones, se lo llevó también. Sabiendo que no faltaba mucho para que volvieran sus padres, se apresuró a adelantar parte del trabajo. Hizo un camino de gasolina de arriba hacía abajo, de manera que se pudiera encender el fuego desde abajo y lo abarcaría todo, era importante eliminar toda prueba, y con eso se aseguraba de no dejar ninguna; había tocado muchas cosas. Luego, se escondió en la cocina y esperó. Pronto se escuchó el sonido del auto de sus padres llegando. La voz seguía hablando pero Marty no le prestaba atención, no hasta que esta se dejó de tonterías y le recordó un par de cosas importantes que se había estado reservando hasta ahora: «A ver, imbécil, vamos a ver si con esto dejas de ignorarme. Que no eres un puto niño, psicópata loco, eres el asesino serial esquizofrénico que no consiguen atrapar porqué quema las pruebes. Siempre te hago creer que eres un niño, que se mete en una casa y llegan sus padres. Te monto el teatrito de que es tu familia y que solo eres un niño travieso, mientras ellos están preocupados, llaman a la policía, se van en patrullas a ser interrogados y no es hasta que te regreso a la realidad es que caes en cuenta. Vaya loco que estás, y ya no exagero. Eres un enfermo, Marty. A ver, acaba el trabajo y ve, ve con otra familia y sigue acabando con más vidas porqué eso es lo que más sabes hacer de que la primera vez que lo hiciste cuando sí eras un niño. Le pillaste el gusto. Ahora ve, termina el trabajo antes que te recuerde la mierda de persona que eres, solo para que sigas matando como un desquiciado»- Y tras aquellas declaraciones, se cayó por completo. No volvió a pronunciar palabra, y parecía que no iba a hacerlo hasta que Marty terminara su trabajo con sus nuevas víctimas, que se juntarán a las demás que murieron en las mismas condiciones, víctimas de los peligros de la esquizofrenia, puesta en su punto más aterrador que puede ser cuando se mantiene hasta la adultez, y es que cuando algo te marca de esa manera, no hay como quitarlo. Jamás. Escondido en la cocina, escuchó como llegaron aquellos pobres adultos, consternados y temiendo por su vida, no habían convencido a los oficiales de que había alguien en la casa. No sabían cómo había hecho para desaparecer, y el miedo les invadía, no sabían qué hacer y ya les aterraba entrar a su casa. Ya habían sufrido la tragedia de perder a su hijo una vez, ahora temían que llegara su hora también. Intentaron abrir con la llave pero la puerta ya estaba abierta. Abrieron lentamente con la mano temblorosa. Lo primero que perciben es el olor innegable de la gasolina, que recorría toda su casa sin dejar sitio para nada más. Además, había un gato degollado con las tripas afuera y desparramada en el centro de la sala, como si alguien lo hubiera estado comiendo así. Volvieron a llamar a la policía y estos dijeron que volverían enseguida, pero que se aseguraran de lo declarado antes de volver a acudir, no querían volver a perder el tiempo. Obligados entonces a recorrer la casa, siguiendo los diversos rastros de gasolina esperando que uno de esos diera con aquel loco que había entrado en sus casas, quién sabe con qué intenciones, El padre le dice que revisará la cocina, y le pidió a ella que viera la sala y luego volviera con él, que verían juntos el piso de arriba. Dicho y hecho, él va a inspeccionar la cocina, con el teléfono en mano y una oficial del otro lado escuchando lo que decía el hombre. En eso, en la siente un cambio de temperatura en el ambiente. Percibía un olor más fuerte de lo normal, y en sí la cocina se sentía más calurosa. Con su mirada, buscó por toda la habitación buscando algo que delatara a la oficial. Es allí cuando se detiene en la ventana. Divisa a través de ella, hasta llegar al tronco solo para descubrir que hacha no está dónde debería estar. «Señor, ¿todo en orden?» pregunta la oficial, viendo que el hombre no respondía, pero antes de que el hombre cayera en cuenta, el fugaz filo del hacha atravesó su nuca con la gracia en que esta misma atravesaría por fin un tronco muy duro que finalmente cedió. «¿Hola? ¿Hola, señor? Ya vamos en camino, responda» decía la operadora. Marty pudo oírla pero no respondió, solo para junto al teléfono que había caído junto a la cabeza del hombre, la cual Marty toma por el cabello y se la lleva en búsqueda de la mujer. Ella escuchó los pasos, y empezaba a decirle a quien creía era su marido, que no había encontrado nada raro. Y justo cuando levanta la mirada, se topa con la cabeza de su esposo manchada de sangre, sobrepuesta a su cuerpo. Vuelve a mirar y se da cuenta que esa no era la ropa que tenía. Y cuando lo termina de procesar, la cabeza de su esposo cae, revelando el verdadero rostro del maníaco que estaba por matarla. Gritó, pero enseguida Marty se lanzó hacía ella y le cortó la lengua. Luego, con el hacha, se la enterró por la entrepierna y tiró hacía arriba, partiéndome a la pobre mujer a la mitad. Y mientras la oficial seguía preguntando por el hombre, Marty terminó de vaciar el bidón de gasolina sobre los c*******s y el celular y en cualquier rincón que faltase. Fue por un encendedor, salió de la casa por la parte de atrás dejando caer el encendedor y despertando las llamas que devoraron la casa tan rápido como un animal hambriento. Un nuevo caso del asesino serial Marty, el esquizofrénico, aquel que su enfermedad le convence de que es un niño para así recrear la escena en que mató a sus verdaderos padres siendo un niño, también producto de este trastorno, que solo en algunos casos puede ser así de peligrosos. Y si le preguntas a Marty, él solo dirá que la culpa de todo… la tiene la voz en su cabeza…  La voz en mi cabeza...
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