—Tock, tock, tock —tocan la puerta, retumbando a través de la casa perturbando el reinante silencio en aquella madrugada, donde la oscuridad se apoderaba de todo.
El padre, tras escuchar la puerta retumbar, se levanta irritado y con flojera a ver quien era el que tocaba. Sin prender nada, abre la puerta. Su hijo estaba allí. Por la ventana al final del pasillo entraba una luz de un poste cercano, haciendo que una luz tenue se colara a través del pasillo, dejando ver la cara del niño, a quien se le notaba asustado, temblaba y llevaba fuertemente abrazado su oso de peluche, y con la voz temblorosa le dice:
—Papi, no puedo dormir. Tuve una pesadilla, estoy muy asustado.
—Tienes que dormir en tu propio cuarto hijo —el padre hablaba lento, a modo soñoliento, pero ya estaba acostumbrado—, ya lo hemos hablado. Fue solo una pesadilla, no tienes que temer, vuelve a tu cama.
—¿Me cuentas un cuento para dormir? —la expresión ahora rebozaba alegría, le encantaba que su padre le contara cuentos para dormir, y hacía tiempo que no le contaba uno— prometo dormirme al terminar.
—Muy bien...
El niño va a su habitación casi corriendo, ni tiempo le dio para esperar a su padre. Cuando hubo llegado, y se preparaba para acostarse oyó la puerta cerrarse, y luego creyó haber escuchado un click, pero pensó que era su imaginación. El niño se acostó, y mientras se acomodaba, su padre acercaba su asiento a un lado de la cama, y pronto estuvo todo listo.
En su cama, el niño se había acostado de tal manera que otra luz que se colaba por su ventana le descubriera su cara llena de emoción, el padre por otro lado, se encontraba de tal forma que la oscuridad lo tapaba por completo, parecía una silueta. Estaba en la zona justa donde la única luz en la habitación no le llegaba.
—Muy bien hijo, ¿estás listo?
—Sí, papi.
—Bien, antes de comenzar. He de decirte, que este es un cuento dedicado a esos niños que todo el tiempo molestan a sus padres en la madrugada, a esos niños traviesos que siempre están corriendo por toda la casa rompiendo cosas, a esos niños que desobedecen a sus padres. Esta historia es para que aprendas una lección, y tal vez te asuste un poco, pero estoy seguro de que puedes manejarlo. Ah, y si piensas que te contaré una historia como la del coco o el monstruo debajo de la cama, pues dejame decirte, que a mí me gusta ser más original. Bueno ahora sí, empezamos.
Erase una vez, un niño de unos 10 años, muy alegre y feliz. Pero muy travieso y algo torpe.
—¿Cómo se llama?
—El nombre no es importante, y si me vuelves a interrumpir ya verás…
—Perdón.
—Bien, continuemos. Este niño, como ya había dicho, era muy travieso. Solía correr por toda la casa, todo el día y sin parar. Siempre rompía todo tipos de cosas cada que corría: jarrones, jarras, platos, tazas, de todo. Y en ocasiones desobedecía. Su madre siempre lo reprendía, pero el niño siempre se zafaba poniendo sus ojitos de perrito regañado, y su madre, simplemente no podía con esos ojos tan tiernos.
Pero la vida del niño no era sólo adentro. A él le encanta jugar afuera entre su jardín, su casa en el árbol y un bosque cercano, cuando el sol brilla resplandeciente en el cielo, y una bella primavera florece con belleza, sin duda, el escenario perfecto para todo tipo de juegos. Sobre todo con amigos, el niño tenía su propio grupo, su pandilla, con la que jugaba todos los días, cuando no estaba en la casa, para variar.
Aunque el niño tenía un interés peculiar, le interesaban demasiado los insectos. Empezó a jugar con ellos muy frecuentemente de un día para otro. Pero lo curioso vino cuando empezó a jugar con los insectos peligrosos, roedores y/o arácnidos, ya que a la hora de jugar con estos, estos no le hacían daño. Cuando tocaba los colmillos de las arañas, metía la mano adentro de la boca de las ratas, jugaba con la cola de escorpiones, e interactuaba con otros animales como abejas, zancudos, escarabajos, hasta serpientes; estos simplemente no le picaban o mordían, no le hacían el más mínimo daño.
Cuando sus amigos tuvieron curiosidad y lo intentaron imitar, resultaron gravemente heridos. Entonces el amor a ese tipo de animales se acrecentó en el niño, tanto que le empezaron a decir “el niño insecto”. Sus amigos terminaron en el hospital, por lo que el niño se hizo amigo de una tarántula, a quien llevaba a todos lados. El niño quería llevar a sus amigos en la casa, así que con una serpiente en su cuello, grillos en su bolsillo, escarabajos en su brazo, escorpiones en su mano y finalmente una tarántula caminando por todo su cuerpo entró a su casa.
La madre que se iba a la sala, vio a su hijo volver del patio con ese “zoológico” en su cuerpo, y quedó disgustada y asqueada, hasta le entraron ganas de vomitar, como pudo le dijo alterada:
—¡Hijo! ¡¿Qué demonios crees que haces ese montón de asquerosos animales dentro de la casa?! Podrías salir lastimado, ese tipo de animales son peligrosos, sácalos al jardín ya.
—Pero mamá, estos animales no son asquerosos, son fascinantes y no me hacen daño.
—No me interesa. A la casa no entran, y no me vengas con tu carita de perrito regañado por que no funcionará esta vez. ¡Ah! Y si te pican o muerden, no me vengas llorando.
Entonces el niño, triste y decepcionado, regresa al jardín y coloca los animales que encontró en el jardín allí, y luego se va al bosque a devolver el resto de animales. Aunque se supone que los devolvería todos, conservó a su tarántula, pensando en esconderla en su cuerpo, permitiendo que esta recorriese todo su cuerpo a modo de escondite.
Ya bien adentrada la noche, el niño yacía en su cama inocente, en el cielo apenas y se podía notar la luna en su fase nueva y en la calle el silencio era imperante. En la casa, la madre esperaba impaciente a su marido quien llevaba un par de horas de tardanza. Finalmente llega, un coche se pudo apreciar desde dentro llegar. El marido sale de su auto despreocupado y se dirige a su casa.
Entra por la puerta.
—¡¿Dónde estabas?! —Reclama su esposa.
—Pues en el trabajo.
—Se supone que saliste del trabajo hace dos horas. ¿Dónde estabas?
—El molesto de mi jefe me pidió a gritos horas extras, no es mi culpa.
—No me andas engañando ¿cierto?
—¿Qué? Cómo crees, sabes que yo te amo sólo a ti.
—Bueno —la esposa se notaba desconfiada, pero igual tenía otra cosa que mencionar—, como sea, solo para que sepas, tu hijo intentó meter animales dentro de la casa.
—¿Qué? —Aquello pareció molestarle—, ¿qué animales?
—Insectos, arácnidos, roedores y hasta serpientes.
—Ese muchacho, ya va a ver —su cara era retadora, parecía molestarle bastante aquello.
Ahí mismo dejó todo y se fue directo a la habitación de su hijo, no le importó que estuviera dormido y azotando la puerta de un golpe lo despertó.
—¿Cómo te atreves a intentar meter animales a la casa? —Hablaba con voz fuerte y bastante alta—, odio los animales y en especial a los insectos, son tan repugnantes y llenos de gérmenes, algunos te pueden hasta matar. No te atrevas a volver a traer animales a la casa otra vez, es más, deja eso de andar con cualquier tipo de bicho o vas a tener problemas. ¿Entiendes?
El niño solo permaneció allí asustado, y su padre sin más que decir se retira tirando la puerta con alta fuerza. El niño le tuvo que decir adiós a su pasatiempo preferido, y con tristeza se levanta, sacando la tarántula de su ropa mientras iba a la ventana, y sin decir nada la arroja afuera, y aún triste se acuesta.
Al día siguiente, el niño se levanta deprimido, no tenía ganas de hacer nada, pero su madre le llamaba para el desayuno. Bajó la escaleras cabizbajo, y sin reflejar la más mínima expresión se sienta en la mesa, a comer. Su madre ahora se sentía culpable, pues ella era la causante de ese mal ánimo. Se puso peor cuando vio el hermoso día que hacía afuera, su hijo también notaba el soleado día que hacía, pero sólo respiraba hondo.
La madre pensó que para animarlo podría incitarlo a dibujar con ella. La madre tenía un gran talento para el dibujo, así que pensó que dibujar sería perfecto, pensó en darle la idea cuando el sol estuviese más brillante, que era cuando su hijo estaba más activo. Una vez en la hora, la madre le dio la idea a su hijo, y aunque el niño no estaba de humor para nada, accedió, igual no tenía nada que hacer y eso era mejor que sentarse a acongojarse el resto del día.
La madre no sabía si su hijo dibujaba, pues nunca lo había visto en ello, así que le dijo que dibujara su persona o cosa favorita en el mundo. No importaba lo que fuese. El niño sin respuesta se dio a la tarea. La madre pensaba en dibujar a su hijo dibujando, pues estaba feliz de que no causara problemas y de que ambos hicieran algo juntos.
La madre era muy buena en lo que hacía, así que no duró mucho en terminar. Entonces sin decir nada, comienza a ver lo que dibujaba su hijo, ella pensaba que él podría dibujarla a ella, o quizás alguna clase de insecto, pero vaya sorpresa lo que niño estaba dibujando. Se notaba que no había terminado, pero lo que llevaba no era normal. Era un torso humano, alrededor tenía piernas, cuatro de cada lado pareciendo una araña.
La madre se extrañó, pero no quiso decirle nada y lo dejo continuar. Minutos después había una cabeza, pero no era del todo humana. Parecía ser la cara de un humano, pero estaba muy deformada, parecía imitar la forma de la cabeza de un grillo. Luego apareció una cola, una cola de escorpión.
La madre desconcertada quiso preguntar, pero lo vio tan concentrado que en serio no quiso fastidiar. Decidió esperar a que terminara el dibujo. Dejó de ver como avanzaba el dibujo e intentó distraerse sin levantarse de la mesa, se puso a mirar el jardín y apreciar lo callado que estaba por una vez, parecía que el tiempo había volado, el atardecer ya se arrastraba por todo el cielo.
Rato después el niño terminó con su obra. Se lo mostró orgulloso a su madre, y la madre tomó el dibujo a modo de analizarlo a fondo, quería buscarle sentido. Notó que el dibujo ahora estaba coloreado, la paleta de colores para la criatura era de un humano desnudo. Pues sólo había carne, excepto en la cola que estaba pintada de n***o.
Había algo nuevo en el dibujo, era la silueta de un hombre justo detrás de la criatura. A juzgar por la posición de la silueta, esta parecía tener adiestrada a la criatura. Y finalmente el fondo, ambos seres estaban en un jardín, luego de evaluar un poco detalle, comprendió que era su jardín. Lo supo porque en una esquina se podía ver el árbol donde su hijo tenía su casa, y supo que era ese el árbol de su jardín porque tenía la marca que su hijo había dejado allí.
La madre se quedó en shock, un irracional miedo recorrió su cuerpo, no entendía de donde había sacado su hijo tal criatura. Tragó saliva y miró a su hijo tratando de no parecer asustada y le preguntó con voz insegura:
—Hijo… ¿Qué es esa criatura que dibujaste?
—Es “el hombre insecto” —contesta el hijo animado y orgulloso—, es la criatura que me aparece en el bosque en mis sueños.
—¿Y qué es ese hombre de allí?
—Me dijo que se hace llamar “la silueta sonriente”. Aparece en mi jardín, siempre está llevando al hombre insecto. Es su mascota, la lleva a todas partes —el niño lo decía como si no fuera nada, pero la madre no estaba muy cómoda recibiendo esa información.
—Y… ¿Ese hombre te ha dicho algo?
—Sí. Me ha dicho que tiene que hablar con papá en tu habitación, que quiere ayudarte a limpiar los desastres y por último, dice que me contara un cuento para dormir.
Dicho eso, el niño se retira dando saltos de alegría, camino al patio a jugar. Parece que la idea de la madre había funcionado, pero no como ella esperaba. Estaba aterrada y perpleja, y entre rodillas el anaranjado rayo de luz le vislumbraba su confusión y horror, pero al voltear nuevamente hacía los dibujos vio algo que la espantó aun más.
Vio que en su dibujo, en el dibujo de su hijo, vio que el dibujo era el mismo que le había mostrado su hijo, la misma criatura con la silueta detrás, todo en el mismo escenario. Eso era raro, pues ella sólo había dibujado una línea en ese papel y el resto del dibujo sería su hijo concentrado en ello. Aunque la única diferencia, era que la silueta ahora si estaba sonriendo, era una sonrisa brillante y bastante malévola.
Desconcertada se vuelve hacía el dibujo y se espanta aun más. La criatura ya no estaba en el dibujo, y ahora la silueta en ese dibujo sonreía de la misma manera que en el otro dibujo. Para entonces la noche ya había terminado de caer, y nuevamente una luna nueva yacía en el cielo.
De repente la madre oyó algo romperse, como un jarrón. La madre automáticamente pensó que había sido su hijo. Fue de inmediato a ver pero no encontró a su hijo, solo el jarrón roto en el suelo. Luego escuchó un plato romperse desde la cocina, al ir para allá, sólo encuentra restos del plato en el suelo pero nada más.
Enseguida, comienza a oír correteos por toda la casa, pero no sonaban como pisadas humanas, sonaba como una araña gigante corriendo. Trató de ver de dónde salían todas esas pisadas pero no la hallaba, aunque en el fondo era lo último que quería. Pero entonces sintió una presencia detrás de ella, un fuerte escalofrío recorrió todo su cuerpo, haciéndola voltear con un fuerte terror.
Allí estaba, la silueta sonriente. Sin decir nada, dio un gesto para que mirara hacía abajo. Sentía algo en la pierna, y al bajar la cabeza ve que el hombre insecto le mordía la pierna. Luego la silueta se desvaneció, y la madre cayó el suelo por el dolor. Entonces el hombre insecto se lanzó sobre ella, y sin perder el tiempo le muerde el cuello y tira de él, arrancando su carne con furia.
La sangre salió a montones, la criatura se bañaba en ella. Acto seguido comenzó a desgarrar toda su carne, parecía que no dejaría nada. Rato después, sólo quedaban el par de manos, el par de pies, el par de ojos, y el par de senos de la madre, y por supuesto sus huesos. Luego la silueta sonriente volvió a aparecer, permanecía con su sonrisa macabra, se agachó y tomó el par de manos, ojos, senos y pies y se los llevó a la cocina, y empezó a cocinar con dichas partes.
Cocinó de tal manera que las partes humanas no lo parecían, parecía un simple almuerzo común, que a pesar de ser de noche, igual el niño no había comido en toda la tarde. Para cuando la comida estuvo lista el niño con hambre llegó preparado para devorar su plato, con toda su inocencia sin esperar nada malo. Se sentó en la mesa y comenzó a comer, como no esperaba nada raro, le pareció extraño que su madre no estuviese cerca, y que el almuerzo hubiera sido servido tan tarde, pero, simplemente no le dio importancia.
Se lo comió todo, y sin saber lo que se había comido, se levanta y se va a dormir. Pensando que su madre se había ido a dormir temprano y por lo tanto quería que él también. Entonces el niño se acuesta, y rápidamente se duerme.
—Pero papi —interrumpe el asustado niño de repente—, eso es…
—Silencio… Déjame continuar.
El niño de repente comenzó a tener una pesadilla. El hombre insecto lo perseguía y él no hallaba para donde ir, se caía bastante, estaba muy asustado. Terminó despertando en eso de las tres de la mañana. Entonces el niño se levanta y se encamina al cuarto de sus padres. La noche era silenciosa, no se notaba la luna, pues había luna nueva.
—Tock, tock, tock —tocan la puerta, retumbando a través de la casa perturbando el reinante silencio en aquella madrugada, donde la oscuridad se apoderaba de todo.
Espera unos minutos y se abre la puerta, allí estaba la silueta sonriente, pero el niño no se dio cuenta y le dijo que tuvo una pesadilla y que no podía dormir. La silueta pretendió ser su padre y le ordenó con irritación que durmiera en su propio cuarto. El niño pidió un cuento para dormir, y la silueta accedió, el niño no lo vio, pero su sonrisa ahora reflejaba mayor maldad.
El niño fue hacía cuarto, se acomodó en su cama de tal modo que una luz entraba por la ventana y le descubría el rostro lleno de emoción y alegría. La silueta entró y el niño no lo notó, pero la silueta cerró la puerta con seguro, sonando un pequeño click. Contó el cuento, y justo después de terminar el cuento, la silueta se desvaneció nuevamente. Luego, de entre la oscuridad del techo, apareció el hombre insecto, quién seguía hambriento y ahora quería devorar al niño, así que fue y en poco tiempo se lo devoró igual que a su madre, sólo que esta vez, no dejaría nada.
—¿Quieres saber cómo se llamaba el niño?
El niño asiente perturbado.
—Se llamaba Timmy…
—Pero papi, ese es mi nombre…
—Oh ¡qué coincidencia! ¿No?
La silueta ahora se desvanece, Timmy se da cuenta de lo que sucede y salta de la cama quiere salir de su cuarto, pero recuerda el click que oyó antes de empezar el cuento, y ahí supo que no tenía escapatoria. Del techo apareció el hombre insecto, babeando. El niño empezó a gritar.
Justo en ese momento, su papá ingresa por la puerta principal. Sabia que era tarde así que apresuró a entrar. Escuchó el grito de su hijo, pensó que solo tenía pesadillas otra vez, se irritó un poco, y cuando se dirigía a su cuarto el gritó cesó. Así que no quiso pensar en ello y quería apresurarse a volver a su cuarto para fingir que no oyó nada mientras “dormía”.
Entró en su habitación, vio lo que parecía era su esposa durmiendo, lo que no sabía era que en realidad era el esqueleto de su esposa. Justo cuando se iba a acostar, escucha pasos camino a su cuarto. Ya sabía lo que venía, así que se preparó.
—Tock, tock, tock.
El padre abre la puerta y ve a su hijo, pero estaba diferente. Sólo se podía ver como una silueta, tenía una sonrisa que brillaba, y junto a ello tenía un par de ojos que eran tan blancos como sus dientes. El niño levanta la cara viendo a su asustado padre, y le dice:
Papi, me cuentas un cuento para dormir...