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Colores Verdaderos

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Descripción

Gustavo Briceño era un hombre satisfecho con su vida: tenía una hermosa familia, era un destacado profesional, vivía con solvencia... Pero todo eso cambió cuando - lo que parecía un viaje de negocios rutinario - se convirtió en un punto de inflexión en su vida.

De pronto, en solo unos días, Gustavo comenzó a cuestionar quien era y qué quería realmente para su vida.

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I
La mujer detrás del mostrador - alta, delgada y rubia - tecleaba en su computadora mientras él daba una mirada por el lobby del hotel. Era algo diferente a los hoteles que la empresa solía utilizar para los eventos corporativos, pero tenía una apariencia más refinada y moderna. - Su llave, señor Briceño - dijo la mujer y le sonrió - Habitación 26. Disfrute su estadía - Gustavo agradeció con un gesto y tomó su maleta. No tardó en encontrar su habitación. Por fortuna, se encontraba cerca del ascensor. Una vez que el seguro cedió, empujó la puerta suavemente y dio una mirada por el espacio. Era una habitación de buen tamaño, bastante más amplia de lo que esperaba, con una cama King. Cerró la puerta tras de sí y exploró el baño - amplio, elegante y bien iluminado - así como la vista desde la ventana, que daba a la calle. Aún cuando se trataba de una calle muy concurrida, el hotel debía tener algún tratamiento anti-ruido pues apenas llegaba hasta él un susurro apagado. Eran poco más de las once de la noche. El vuelo desde casa había sido demorado varias horas por problemas de visibilidad y no había sido nada placentero, así que se sentía exhausto. Necesitaba un baño y unas horas de buen sueño. Vaciaba sus bolsillos cuando su mirada se fijó en el teléfono. Había olvidado activarlo luego del vuelo. Lo prendió. No había notificaciones. Buscó el contacto de su esposa y escribió un breve mensaje. Sin esperar respuesta, se desnudó y entró a la ducha. -0- El programa que había enviado la gerencia indicaba que la sesión iniciaría a las siete con un desayuno, así que se dio el lujo de dormir por media hora más. Tendría tiempo suficiente para refrescarse y llegar a la sala de conferencias que estaba en la planta principal. En cuanto llegó al salón divisó algunas caras conocidas y se acercó a saludar. Luego del desastroso viaje y de que se había ido a la cama sin cenar, nadie podía culparlo por devorar su desayuno y dejar que el camarero rellenara su taza al menos tres veces. El café no era bueno, así que tres tazas regulares debían valer por una de calidad. Notó que había al menos tres o cuatro sitios vacíos y se preguntó quién faltaba de unirse. Tenía ya muchos años de trabajar para el consorcio, específicamente en el departamento legal de una de sus subsidiarias. Los viajes a Londres no eran raros. A la gerencia le gustaba tratar los asuntos importantes cara a cara. Era más sencillo tener que lidiar con todos en la misma habitación que programar interminables videoconferencias. Acabado el desayuno, pasaron a la sala de conferencias. Ya habían dispuesto de un proyector, largas mesas formaban una herradura y abultadas carpetas los esperaban frente a cada sitio. Tomó asiento en el extremo más apartado de la mesa y ojeó el contenido. “Auditoría”. Frunció el ceño. Esa palabra siempre implicaba mucho trabajo y dolores de cabeza. Olive, la gerente de la oficina de Brasil se sentó a su lado e intercambiaron un saludo, comentaron sobre el viaje y el cambio de ubicación de la reunión. El salón comenzaba a quedarse silencioso cuando un grupo de personas entró. Encabezaba la marcha un hombre no muy alto, de cabello rojizo y contextura media. Le siguió con la mirada. Llevaba un traje azul eléctrico, de corte moderno. El pantalón era algo más ajustado de lo que su gusto aceptaba, pero el hombre tenía una figura que lucir. Quizás percibió que era observado, pero no se detuvo hasta llegar al centro del salón y luego de intercambiar unas palabras con las dos mujeres que le acompañaban, se volvió a él. Pudo ver entonces su rostro claramente. Era más bien cuadrado, de mandíbula sólida, nariz pequeña y completamente cubierta de pecas. Sus cejas eran finas - probablemente no eran así de naturaleza - y tenía los más hermosos ojos café que había visto en su vida. Sí, era un pensamiento extraño. Es decir, era un chico. Bueno, un hombre. ¿Qué edad tendría? ¿Acaso unos treinta y cinco años? Era difícil saberlo con certeza. El corte de su traje, la camisa rosa pálido, la ausencia de corbata le daban un aire informal y juvenil. Pero su mirada, la forma en que caminaba y su postura frente a la mesa, indicaba que era una persona que se movía en esos ambientes con soltura y confianza. Era evidente que su fija mirada le había sorprendido, pero no parecía molestarle. Sí había mucha curiosidad en sus ojos y su boca se curvó levemente, como si se esforzara por no sonreír. Gustavo sabía que se estaba portando como un idiota, pero no podía apartar la mirada de él. Se sentía avergonzado incluso, por la forma en que había reaccionado a su presencia. Es decir, a su lado estaba una hermosa mujer, de metro ochenta de estatura, piel canela y las más voluptuosas curvas que había visto en toda su vida y jamás provocó en él una reacción similar. Fue el recién llegado quien cedió primero. Tomó su carpeta y sacó los documentos. Entonces se percató que Mr. Dominic, director del consorcio, daba la bienvenida a los asistentes. Trató de acomodarse de la mejor manera en su silla y miró con disimulo a su alrededor. Nadie parecía haber notado su extraña actitud. - Tenemos una semana muy atareada - decía Mr. Dominic - Mucho que cubrir en poco tiempo, así que tenemos poco margen para mover nuestra agenda. Sin embargo, estamos en las manos del más reciente integrante de nuestro equipo. Debo decir, con orgullo, que ha demostrado en muy poco tiempo, que nuestra apuesta fue la correcta. Arthur Lloyd tuvo durante los últimos ocho meses la ardua tarea de hacer una auditoría fiscal a profundidad. Ahora, vamos a realizar el mismo proceso con cada subsidiaria - hizo un gesto con las manos - Sabemos que cada país tiene legislación específica y por eso estamos todos aquí, señoras y señores. Arthur, los dejo en tus manos - Mr. Dominic hizo un gesto al hombre de traje azul, que le ofreció una inclinación de cabeza y se volvió a los presentes. - Arturo, por favor - lanzó una mirada a Mr. Dominic - Mi madre peleó durante meses con mi padre para asegurarse que tuviera un nombre en castellano - Su voz no era grave y aunque su acento era muy británico, su español era excelente. Gustavo sintió un cosquilleo en la nuca. - Como indicó Mr. Dominic, nuestra agenda es algo ajustada, así que me temo que iremos conociéndonos en el camino - mientras hablaba, paseó la mirada por los presentes hasta detenerse de nuevo en él - Sin embargo, desde ya, puedo decir que es un gusto conocerlos - 

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