Una espesa neblina cubre las calles,
Escuchamos el cantar de las sirenas de policías.
Hay perros aullando.
Nos toma hora y media llegar al puente, la cantidad de trafico que hay en las calles es impresionante. La gente se amontona, peor aún, algunos dejan a sus coches abandonados en plena calle haciendo que la linea de trafico se vuelva aún más grande.
Hace media hora que la señal telefónica se cayó. Lo último que supimos fue que el terremoto fue de siete grados…
Y que el puente se había caído.
Juan Carlos, El Arquitecto y yo caminamos por las calles llenas de gente. Hay gritos por todos lados, patrullas que pasan por las calles que todavía no están congestionadas; lo policías dan ordenes a los civiles de mantener la compostura, ordenes dadas a oídos sordos del miedo.
— ¿Cree que los camiones hayan sobrevivido? — pregunta el arquitecto.
— No lo sé ¿Qué había dicho? ¿Que estaba en el puente o que estaba pasando el puente. ¿Alguno de ustedes se acuerda?
Niego con la cabeza.
Lo único que recuerdo es que momentos antes de la tragedia el Arquitecto y Juan Carlos se reían a sus anchas de los trabajadores.
Tenemos suerte que en el sitio de construcción no hubo ninguna muerte, y sólo un herido al que le cayó una bolsa de cemento en la pierna rompiéndosela en varias partes. Probablemente no vuelva a caminar, o si lo hace tal vez nunca camine de la misma manera. Aún así esto es buenas noticias en comparación de lo que temíamos. Incluso para el hombre herido pudo haber sido peor, como él mismo dijo antes de que se lo llevara la ambulancia:
— Pudo haberme caído en la cabeza y haber roto mi cuello — nos dijo.
Oscuras son las circunstancias en las que perder una pierna es signo es tener suerte.
Él se salvó...
Tememos que la gente del puente no haya sido tan suertuda.
Llegamos al perímetro que rodea la entrada al puente, hay una multitud de gente gritando, jalándose y empujando por pasar.
— ¿Ves algo desde aquí? — dice Juan Carlos.
El Arquitecto se sube a un coche y trata de ver más allá de las masas de gente.
— No, la neblina no deja.
— Tenemos que acercarnos — dice Juan Carlos.
Nos deslizamos entre las personas hasta llegar a un grupo de policías que nos cierran el paso mientras nos miran con algo de recelo y desconfianza.
— ¿Qué quieren? — nos preguntan.
— Venimos por el accidente, tengo trabajadores que estaban en el puente — dice Juan Carlos, su voz flaquea por un segundo cuando menciona “accidente” antes de volver a su tono engreído de siempre.
— No pueden pasar — nos responde el policía, enojado.
— ¿Porqué no? — dice Juan Carlos ofendido.
— Sólo se deja pasar a familia o servicios de salud, hágase a un lado.
Juan Carlos tira los brazos al aire, se pone rojo como un tomate.
— ¡Escúcheme bien, tengo que pasar ahí, sí o sí. Así que o me deja pasar o…
El policía empuja a Juan Carlos, haciéndole caer de espaldas.
— ¿Pero qué?
— Sólo familiares y servicios de salud.
El Arquitecto ayuda a Juan Carlos a levantarse.
— Disculpe, yo sí soy un familiar — le digo al policía.
— ¿Ah sí? — responde sin creerme.
— Sí, mi hermano conducía uno de los camiones. ¿Sabe qué le pasó?
— ¿Qué le pasó a él? ¡Pregunta por los camiones! — dice Juan Carlos.
Me volteo a ver a Juan Carlos, y sacando a mi actor interno comienzo a llorar.
— ¡¡ES MI HERMANO, POR DIOS!! — digo gritando con todos mis pulmones mientras lagrimas salen de mis ojos. Juan Carlos se sobresalta y da un paso hacia atrás.
El policía me mira extrañado y asiente.
— Pase.
En ese momento alzan el cordón de la policía para que pase por debajo, dejando atrás a la multitud que intenta entrar. Comienzo a arrepentirme a cada paso que doy.
En mi lado derecho veo un anciano al que le ponen vendas en la cabeza para cubrir una hemorragia enorme, el anciano parece estar completamente confundido por la manera en que sus ojos están desorbitados viendo a todos lados menos al paramedico que le atiende, al lado del anciano, una mujer llora. Probablemente comparta mis sospechas: El anciano no sobrevivirá.
En mi lado izquierdo veo como suben a varios cuerpos en bolsa, a ambulancias con franjas verdes. Me detengo un segundo por respeto y avanzo intentando olvidar que significa esas franjas.
Sigo caminando lo que se siente como un largo, largo rato en el sendos de personas heridas desfilan ante mis ojos. Tengo ganas de vomitar, tengo ganas de llorar.
Es una visión de horror indescriptible.
«La muerte y la sangre me rodean» pienso mientras comienzo a temblar.
Me detengo.
Frente a mí se encuentra un agujero enorme donde el puente solía estar. Ahora, no podía verse ni siquiera el otro lado de este por más que uno lo intentara. Ni siquiera es posible ver muy bien el río que corre bajo el puente. Es como si el mundo se acabara justo a un metro de mí, dejando sólo el vacío infinito.
Un terror existencia me llena recorriendo mi espalda con sus fríos dedos.
Con la mano derecha trato de ahuyentar la neblina para que me deje ver ligeramente un poco más. No se va. Sabría que no se iría, pero quería intentarlo, retomar el control aunque sea un poco en una situación en la que la humanidad había sido recordada sobre el poco poder que tenemos sobre el mundo.
Doy unos pasos hacia atrás
Me acerco a un grupo de bomberos que se encuentran haciendo operativo de rescates. Uno de ellos, alto, como de mi edad, con ojos azules está haciendo señas a otros bomberos que lo escuchan con mucha atención.
— Vamos a traer la escalera y quiero que se revise el perímetro ¿Ya se comunicaron con la guardia costera? Tendrán que hacer maniobras de rescate en el río. Recuerden que anoche llovió y está más bravo que de costumbre.
— Yo ya me comuniqué señor.
— Muchas gracias Adán, entonces pongamos las luces para que se puedan ubicar en esta maldita niebla. Ahora, cuídense. Los aprecio a todos — dice el bombero mientras sus discípulos se dispersan.
«¿Cuídense? ¿Los aprecio? ¿Muchas gracias? ¿Quién es este sujeto?» pienso mientras recuerdo la manera en que el arquitecto trató a su gente no hace tantas horas.
El contraste es noche y día.
Me acerco con cuidado.
— Caballero ¿Sabe que pasa del otro lado? No se ve nada, y me preocupa que había un grupo de camiones por aquí antes de que se cayera el puente — le digo.
El bombero me mira extrañado.
— No sabría decirle — me responde — . De momento estamos enfocados en sacar a las personas que están en el rio.
— ¿Y han encontrado camiones allá abajo?
— No de momento, no.
— Bueno… ¿Al menos les puedo ayudar en algo?
— No. Sería peligroso, la corriente te podría llevar de aquí hasta el mar en pocos segundos. Sólo se permite personal capacitado cerca del agua.
En ese momento llega un bombero corriendo, se queda parado a medio camino.
— ¡Hay uno vivo en el agua! — grita.
El bombero con el que estaba hablando gira y se dirige a su compañero corriendo. Instintivamente lo sigo.
Junto a la orilla del puente varios bomberos se reúnen, detrás corriendo llega la gente de prensa como los buitres que son. Todos miran por debajo, donde está el agua. La niebla se ha dispersado un poco dejándonos ver el río.
— ¡Ahí está, miren! — señala uno de los bomberos.
Busco con la mirada cualquier forma que pueda ser distinguida entre las olas, el bravo río sin embargo es más fuerte en su afán de negarnos confirmación visual dejándonos en las mismas. Entre cierro los ojos intentando enfocar la imagen.
Al fin miro un ligero brillo, muy pequeño, vano y casi imperceptible.
Es el brillo de un teléfono.
— ¿Está adentro no es así? — pregunta el bombero de los ojos azules.
— Sí. Parece ser que está en la cabina. No sabemos que tanta agua hay adentro o que tanto oxigeno le quede — responde su compañero.
— Tenemos que hacer algo. ¿Ya tienen listo la cuerda de seguridad?
— Aún no, tampoco el arnés ha sido preparado.
— Con un carajo. Debemos actuar ya.
— ¿Van a dejar que se ahogue? — dice la reportera mientras apuntan la cámara sobre uno de los bomberos.
— ¡No! Pero…
— ¡¿Entonces que esperan?! — grita la reportera.
En el coche, donde la persona está atrapada vemos su puño alzarse intentando romper el vidrio. Cada vez más desesperado, y mucho menos fuerte.
— ¡Está pidiendo ayuda, se va a ahogar! — dice la reportera horrorizada.
— ¡Jefe! — dice un bombero.
Me quito el saco, lo tiro al suelo.
— ¿Qué haces? — pregunta el bombero de ojos azules.
Sin pensarlo me tiro al agua.
El agua fría, me arrastra. Corta y me golpea con toda su fuerza.
Al principio me siento físicamente confundido, como si mi cuerpo hubiera entrado a otra dimensión en la cual la gravedad me impulsa hacia mi lado derecho, mientras que mi lado izquierdo es acuchillado con navajas de hielo. Comienzo a temblar.
Toma todas mis fuerzas volver a salir a la superficie, y ahí toma más fuerza de la que tengo para tratar de alcanzar el camión volteado.
Siento como la fuerza tira por todo mi cuerpo, y mis músculos desgarrarse en cada manotazo que doy al agua, mis piernas comienzan a flaquear, no importa. Sigo empujando.
Llego al camión una vez que mis fuerzas se han terminado por completo.
Me asomo por el vidrio adentro hay un hombre cubierto de agua aplastado por la ventana. Ya no sostiene el teléfono, de hecho. Ya no se mueve.
«Sigue vivo, sigue vivo. Por favor dime que sigue vivo» pienso mientras comienzo a golpear con mis brazos el vidrio que se niega a ceder.
No funciona.
Me sostengo fuertemente a la cabina, con ambos brazos para evitar que el agua me arrastre. Volteo a ver a todos lados, quiero encontrar una piedra. No parece haber ninguna. Veo al puente, los bomberos me gritan algo pero no puedo escucharlos por el ruido del río. Las cámaras están en mí, la reportera me señala. Uso mi hombro para taparme la cara.
Se me ocurre una pequeña idea.
Uso mis brazos para alzarme por encima de la cabina, subo mi pierna derecha por encima de esta haciendo que mi cabeza quede sumergida en el agua mientras me agarro con ambos brazos y la pierna izquierda abrazándome a las partes que pueda. Subo mi pierna derecha al aire y la comienzo a bajar de golpe; de esa manera pateo el vidrio. Comienzo a patearlo con todas mis fuerzas.
Lo escucho romperse. Queda quebrado pero sin ceder. Trato de darle varias patadas más, pero igual parece ser que mi técnica ha llegado a su limite.
De todas maneras, ya me estaba ahogando.
Saco la cara del agua, tomo aire con fuerza. Me comienzo a desesperar, mis brazos ya no aguantan. El tiempo se acaba y debo usar mi cabeza.
Usar mi cabeza.
«Maldita sea» pienso.
Me vuelvo a intentar alzar ante la cabina, poniendo esta vez todo mi torso afuera del agua por encima de la cabina.
Golpeo con mi frente el vidrio, con todas mis fuerzas, con todo mi peso.
Siento los vidrios clavándose en mi carne y algunas gotas de sangre salir, cayendo cálida sobre mis ojos. Vuelvo a golpear una y otra vez. Cada golpe duele como el infierno. Al final le doy un manotazo al vidrio y lo empujo. La placa de vidrio cede al fin.
Meto mi brazo tratando de jalar al hombre, lo agarro del brazo y lo intento jalar. Escucho un gorgoteo, burbujas. Aire saliendo.
El Camión comienza a hundirse.
Pongo mi peso en el brazo izquierdo mientras el camión se hunde y jalo con el derecho al hombre, haciendo una polea que me permite sacarlo de inmediato, una vez que sale, lo abrazo con brazos y piernas mientras alzo mi mano derecha para apuntar a la orilla, corriente abajo.
El bombero de ojos azules parece entender y comienza a correr hacia allá.
Me dejo ir con la corriente del río intentando girar un poco para que la corriente me lleve a la orilla directamente. Choco contra la tierra, el bombero me ayuda a jalarme del agua, mientras aún tengo al hombre en los brazos.
— ¿Está vivo? — pregunta.
— S...Sí. Sí — digo intentando recuperar mi respiración normal.
Suelto al hombre dejando que los bomberos se encarguen.
La mujer del noticiero y su camarógrafo llegan como buenos chismosos a apuntarme con la cámara.
— Quítense, déjenlo respirar — dice el bombero de ojos azules.
— ¿Sí está vivo? — pregunta la reportera.
Los bomberos se quedan en silencio.
Se miran entre ellos.
— ¿Y bien? — insiste la reportera.
Pasa lo que me temía:
Los bomberos niegan con la cabeza.
Todos comienzan a mirarme.
— No, ¡No! ¡NO! — comienzo a gritar.
Agarro al cuerpo del hombre, intentando hacerlo reaccionar. Los bomberos me toman de los brazos, intentando separarnos.
No sé más de mí, me vuelvo un animal; como si viera mi cuerpo desde lejos sé que estoy abrazando al cuerpo, sé que estoy llorando, sé que estoy gritando y sé que araño a uno de los que me intentan quitar de ahí. Pero mi mente no puede pensar en nada.
Los bomberos me jalan de ahí.
Veo como entre dos me llevan para sacarme del perímetro del puente hasta llevarme a donde los policías retienen a las personas. El Arquitecto y Juan Carlos me reciben.
— ¿Qué pasó? — dice Juan Carlos.
— Se murió — le respondo mientras lloro.
— ¿Qué? ¿Quién? — pregunta el Arquitecto.
— El conductor.
Juan Carlos irritado grita.
— ¿Y a mí que me importa ese? ¿Qué le pasó a los materiales? — grita enojado.
Lo veo a los ojos, honestamente le importa más un montón de tierra que la vida humana.
«Vas a pagar por esto, gordo de mierda» pienso.