Supervisando la construcción.

1823 Palabras
Han pasado algunos días, es el penúltimo día del mes. Juan Carlos y yo vamos al sitio de construcción de la torre Mendoza, el cual cada vez toma más la forma de la torre más importante no sólo del país, sino del continente, como Juan Carlos había dicho en la conferencia de prensa. Hacia unos días sólo tenían solo un terreno abandonado aplanado con algunas maquinas en medio haciendo excavaciones, ahora, una estructura que recordaba inmensamente a un edificio se alzaba sobre nosotros como huesos de un dinosaurio metálico y retorcido. Respiro con tranquilidad esta vez, sintiendo apenas una pequeña sensación molesta en las sienes, pero nada grave. Incluso, mi respiración es tan estable que no me molesta que Juan Carlos fume en el coche esta vez. Ahora entiendo el como se sienten los demás que vienen más seguido a la capital. Casi incluso puedo ver la belleza de la ciudad. Casi. Salimos del Bentley verde para que nos hagan el chequeo de seguridad, Juan Carlos se abre brazos y piernas mientras el guardia le mete mano por todos lados. — Esto es ridículo, ni que fuera a introducir un arma a mi propio terreno — dice Juan Carlos muy enojado. — Es el protocolo — le responde el guardia. — Eso no evita que sea ridículo — dice Juan Carlos dándole otra calada a su puro. — Señor, no puede introducir ningún producto inflamable — dice el guardia. Juan Carlos toma otra calada. — ¿Y quién me lo va a evitar? ¿Tú? — dice Juan Carlos escupiendo el humo en la cara del hombre de seguridad con una mirada retadora. — Si gusta lo dejo pasar, sin problemas. Pero le advierto que en caso de que en las excavaciones encontramos algún deposito de gas natural y media cuadra explota, incluyéndolo… Ahí quedará en su conciencia, señor — dice el guardia de seguridad a Juan Carlos, sin parpadear; regresandole la mirada retadora. No sé quien sea, es la primera vez que lo veo. Pero este sujeto me agrada muchísimo. Juan Carlos asiente. — Está bien. Dame tu casco. El guardia sin dejar de mirar a los ojos a Juan Carlos le pasa su casco. — Con gusto. Juan Carlos toma el casco, le da una última calada a su puro antes de apagarlo en el casco del guardia. Una vez apagado, toma su puro de entre las cenizas y se guarda la parte buena en un bolsillo. Le regresa el casco al guardia de seguridad con un movimiento, con todo y cenizas. — Ahora pontelo — dice Juan Carlos con una sonrisa. — Que bueno que me lo recuerda, se tiene que poner los cascos y los chalecos para entrar… Ordenes del gobierno y la empresa. Juan Carlos está apunto de comenzar a gritar y soltar una rabieta. Tomo el casco de la mano del guardia de seguridad, lo volteo para que las cenizas caigan al piso. — Este es el mío — digo para desinflar la situación. Juan Carlos me mira y titubea, el guardia de seguridad me ve extrañado. — Ya, dámelo — dice Juan Carlos al guardia de seguridad. El guardia de seguridad le entrega un casco y un chaleco a Juan Carlos, el cual inmediatamente pasa por la reja sin dar las gracias. — Aquí está tu chaleco — me dice el guardia. — Gracias — le respondo — . Por cierto, te admiro. El guardia se ríe. — Pero ten cuidado con él, yo pase de gerente de un banco a su chofer. La sonrisa del guardia desaparece. — Gracias por el consejo — responde mientras asiente. — No, gracias a ti por evitar que explotemos — le digo con una sonrisa. Me pongo el casco y paso por la reja sin mirar atrás. Entramos al terreno con prisa. Juan Carlos parece traer al diablo pisándole los talones; da amplias zancadas intentando cubrir más espacio con cada paso de sus piernas muy cortas haciendo que desde lejos se vea increíblemente gracioso. Es un espectáculo maravilloso. — ¿Qué fue eso? — me pregunta Juan Carlos. — Señor, esa actitud es precisamente la razón por la que hice un desastre en la tienda Mendoza. Me pidió que fuera honesto, lo soy. ¿Qué clase de espectáculo quiere que se haga en esta torre? Aquí se hace un espectáculo y un desastre puede ocurrir. ¿Qué pasa si pasa un camión por entre la reja y choca contra los cimientos? ¿Se puede arriesgar a eso? — Tienes razón, debería de hacer que lo despidan. — Con cambiar su actitud es suficiente señor. — Ya no me digas nada — dice Juan Carlos enojado. Nos acercamos a un grupo de hombres que le hablan a un hombre en traje de un corte tan fino que sólo podría ser de Gucho, el hombre parece estar estresado; escucha a uno, luego a otro. Manda al demonio a otros dos, mientras señala por todos lados haciendo haciendo planes con ademanes exagerados. Es obviamente el arquitecto. — ¿Cómo vamos Arqui? — le dice Juan Carlos. — Un poco atrasados, si le soy honesto mi lic, pero una vez que lleguen los materiales vamos a meterle el pedal para terminar en plan. Juan Carlos asiente. — ¿Que falta por traer? — De momento, siete toneladas de cemento, catorce mil varillas y otros materiales. Ya vienen en camino. ¿Gusta esperar sentados en mi oficina? — Con gusto. Nos movemos por el patio mientras los trabajadores corren de arriba a abajo transportando sacos distintos, moviendo maquinas para rellenar cimientos, y gritándose uno a los otros para que se despeje la zona en lo que parece un baile de caos ordenado en el que si un movimiento falla, vidas enteras estarían en peligro. Sin embargo, cada albañil, obrero y soldador parece estar en completo control de su trabajo. Los admiro a todos y cada uno. Se dice fácil, recuerdo en mis años de infancia como a la gente floja le decían que terminaría de albañiles; ahora teniéndolos tan de cerca podía realmente entender que no hay profesión más ardua, difícil y desamorada que la albañilería; ahí arriba esos hombres se rompen la espalda en el duro, duro sol intentando ganarse el pan de cada día construyendo edificios que nunca podrán visitar por los precios y sus fachadas. ¿Cuantos hoteles finos, restaurantes y clubs existen sólo en esta ciudad hecho por esas manos raspadas y llenas de cemento, que jamás le abrirían la puerta a ninguno de los que lo construyeron ni siquiera para dejarles limpiar los baños? Les dedico una mirada solemne de respeto y me alejo siguiendo al señor Mendoza y al arquitecto a un pequeño camper estacionado en las orillas del terreno. Entramos, parece otro mundo aquí adentro. El arquitecto se sienta en una silla junto a una mesa llena de planos. Pone los pies en la mesa, sobándose las piernas. — ¿No te molesta? — le pregunta el arquitecto a Juan Carlos. — Ah, no te preocupes. Lo entiendo — responde. — Esta maldita gente me tiene así, te lo juro Juan Carlos. Ya no hay respeto entre clases. Ahora todo mundo cree que puede hablarte como si fueran familia. — Y que lo digas, ahorita nos encontramos con un majadero en la entrada. — Ah, sí. ¡Ese! Odio la manera en como me mira, directo a los ojos como si fuera quien. ¿Acaso no sabe quien soy yo? — Gente ignorante — afirma Juan Carlos mientras asiente como quien escucha un monologo de iglesia. Casi siento por un segundo que en cualquier momento dirá “Amén”. No lo hace. El arquitecto saca su teléfono, comienza a marcar; aprieta un botón, poniendo la llamada en altavoz. Alguien contesta. — ¿Dónde carajos están? — pregunta con un tono enojado antes de que la otra persona pueda decir algo. — Jefe, estamos cerca, hubo trafico en… — No me importa sus excusas, necesitamos el material ahora mismo ¿Saben cuantos millones traen con ustedes y lo están tratando a juego? La voz en el teléfono se escucha aterrada. — Sí, lo sabemos. Pero se lo juro jefe, nos desviaron por una tubería que se rompió, andamos ahora por ciudad universitaria. Vamos a cruzar el puente. Sigue el trafico, está congestionado. Pero ya vamos. El arquitecto y Juan Carlos se ríen. — ¡Por supuesto que hay trafico, son cerca de las doce! ¡Debieron haberse apurado! Flojos des-obligados — se burla el arquitecto. — No fue cosa de nosotros, los proveedores se tardaron en entregarnos las cosas, luego tuvimos que subir las cosas a los camiones… Pero ya estamos en el puente, señor. El Arquitecto baja la mano y agarra un megáfono que estaba a un lado de su silla. — ¡Nada de excusas! — dice el arquitecto con el megáfono. — No es… Se escucha un silencio, seguido por un retumbido. — ¡NO, NO MAMES! — se escucha que gritan en el teléfono — . ¡TERREMOTO! — ¿Terremoto? — dice Juan Carlos. Se escuchan gritos en teléfono. El arquitecto se levanta corriendo, toma su megáfono y comienza a correr hacia la zona de construcción. Corremos detrás de él. — ¡¡TERREMOTO!! — grita. La alarma sísmica comienza a sonar, es ensordecedora. La gente entra en modo de pánico, los trabajadores comienzan a bajar por las escaleras de concreto, los que están hasta arriba se agarran de los pilares. Justo en ese momento la tierra se comienza a sacudir. Juan Carlos comienza a correr alejándose de los edificios. Se escuchan cosas caer, romperse. La gente corre, se cae. El retumbido se escucha, como un grito de la naturaleza; recordándonos lo poco que somos. Recordando incluso a la gente como Juan Carlos que no importa cuanto dinero se tenga, ante la naturaleza no somos nada. Me quedo quieto y me siento lo suficientemente lejos de todo. Igual me siento como si algo me jalara el piso bajo de mí, empujándome de arriba a abajo. La gente comienza a gritar, se escuchan coches salirse de los carriles. El mundo se detiene ante el terremoto. Medio minuto después, el terremoto se detiene. Al menos dicen que fue medio minuto, aún cuando personalmente se sintió como un evento eterno. Me levanto, me siento mareado. Juan Carlos está en shock, hecho bolita. El arquitecto, a su lado llora. Me les acerco, no parecen poder moverse. — ¿Están bien? — le pregunto. Ninguno me responden, solamente me miran con ojos de terror. Agarro el megáfono. — ¿Hay algún herido? Reporten sus condiciones — grito en dirección al edificio, para movilizar a la gente. El arquitecto parece reaccionar. Toma su teléfono, comienza a gritar en un estado de pánico. — ¿Qué pasó? — pregunta Juan Carlos. — ¡No puede ser! — dice el Arquitecto llorando — . ¡EL PUENTE SE CAYÓ!
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