Sin darme cuenta amanece mientras voy por mi quinta taza de café.
Cuando el sol se ha levantado por completo levanto el teléfono de manera automática, sin pensarlo mucho. Marco al primer número que se me ocurre.
Un tono me dice que se está marcando, otro me avisa que la llamada ha entrado.
— ¿Bueno? — me responde Carlos.
— ¿Hoy trabajas? — digo intentando no sonar como de verdad me siento: lleno de adrenalina y ansiedad.
— ¿Porqué? — me responde con una voz de sueño, probablemente lo acabo de despertar. Confirmando mis sospechas: Carlos bosteza — . ¿A qué se debe la llamada Alfredo? Son las seis de la mañana.
Quiero decirle el porqué, quiero decirle que he estado tan tenso el último mes que sólo quiero llorar, gritar, bailar, agarrarme de golpes con un oso grizzly mientras estoy desnudo en la fría, fría Siberia y luego tirarme de un avión sin paracaídas.
— Pues… Nada más… ¿Porqué no? ¿Puedes?
Hay un breve silencio.
— Sí pero no por mucho rato. A eso de las diez entro a trabajar.
— Perfecto. A las diez te dejo ahí.
— ¿Una mini salida? — dice Carlos, suena divertido por la situación.
— Sí, bueno. Una salida pequeñita.
— ¿Es una salida o una cita? — pregunta Carlos.
— ¿Cuál es la diferencia? — pregunto consternado.
— Bueno… Tú sabes.
Lo pienso un poco.
— Es una cita… Una… Pequeña cita.
— Perfecto — dice Carlos. No puedo verlo pero lo imagino mordiendo sus dedos de manera coqueta — . ¿Dónde?
— El parque de diversiones.
— A esta hora está cerrado.
— Carlos, a esta hora todo está cerrado.
— Buen punto.
— Voy por ti entonces.
— No. No. Te veo allá — dice Carlos muy serio — . Si vienes por mí y me sacas a pasear en uno de los coches de mi papá… Bueno, ya no sería una cita; sería algo más de trabajo.
— Tienes razón. ¿Entonces te veo allá?
— Sí, nos vemos allá.
Carlos cuelga con una risita.
Al colgar comienzo a correr, me estoy durmiendo pero quiero verlo.
Me meto a bañarme, el agua fría me reconforta un poco. Me relajo, el agua cae por mi cara y cierra mis ojos, la pesadez, como un peso que se lava y diluye en el agua cae al suelo junto con la espuma dejando una sensación de ligereza. Es como si flotara...
Me tambaleo,
Despierto.
«¿Por cuanto tiempo me quedé en el baño?» pienso alarmado mientras me quito todo el jabón posible. Salgo del baño, sin toalla, sin secarme. Tomo mi teléfono para ver el tiempo. Sólo me tardé veinte minutos. Se sintió como mucho más, muchísimo más tiempo.
Me subo a un taxi.
— Me bajo en la feria, si me duermo me cachetea — le digo a la señora a mi lado. Veo al taxi arrancar. Parpadeo, siento una cachetada.
— Llegamos — dice la señora.
Bajo corriendo, la feria está cerrada. El frío de la mañana me deja temblando un poco. Comienzo a buscar con la mirada a Carlos. No está.
— ¡Oye, no pagaste! — dice el taxista.
— Disculpe — digo mientras comienzo a sacar mi cartera.
Cuento los billetes lo más rápido posible.
Uno, dos, tres.
— Ahí están, veinticinco por el viaje hasta acá — le digo al Taxista, los cuenta como si fuera difícil engañar con tres billetes para pagar menos.
El Taxista asiente, y arranca.
Me quedo mirando la calle, por los dos lados. En cualquier momento debo ver a Carlos llegar por el camino. Sé que vendrá en taxi, si yo fuera a llegar tan temprano por él levantaría sospechas, probablemente se escabulló.
Al final del día, uno no puede llegar en coche propio si no se tiene licencia de conducir, y su chofer personal es quien lo espera.
Miro mi reloj, se le está haciendo tarde.
De pronto siento como me ponen algo de metal en la espalda.
— No te muevas, dame teléfono y cartera — susurra una voz grave tras de mí.
Sin pensarlo, como puro reflejo producto de mes y medio de tensiones y ansiedad mis instintos se disparan, me doy una vuelta soltando un puñetazo.
A medio camino me arrepiento de mis movimientos, me doy cuenta muy tarde, alcanzo a detenerme un poco evitando que toda mis fuerzas caigan en el golpe. De todas maneras un golpe fuerte le pega a Carlos en la boca.
Veo como Carlos cae de espaldas agarrándose la cara con dolor.
Meto las manos intentando evitar que se caiga, logro agarrarlo antes de que su cabeza se estalle contra el suelo.
Carlos queda casi colgando de su playera a pocos centímetros del piso mientras se agarra la boca.
— ¡Lo siento, lo siento, lo siento! — comienzo a decir en un ataque de pánico mientras me lanzo hacia él tratando de examinar su boca para ver la herida. Su nariz le sangra.
Carlos se aleja un poco y pone sus manos como distancia. Carlos alza la mirada intentando respira un poco mejor.
— Tranquilo — dice Carlos — . Fue mi culpa, debí saber que reaccionarías así. Siempre estás de nervioso. Sólo déjame respirar. No entres en pánico, estoy bien.
Me siento junto a él en el asfalto, dándole espacio.
Carlos inhala y exhala lentamente.
— Ya. Ya está. ¿Estás bien Alfredo? — me dice aún agarrándose la cara, sonriendo.
— ¿Yo? ¿Estás bien tú? — pregunto alarmado.
— Sí, no te preocupes.
Carlos me mira fijamente.
— ¿Te bañaste? — pregunta.
— Sí ¿Porqué?
— Tienes shampoo todavía en el pelo.
Me toco la cabeza, sigue mojada… y pegajosa.
— Ay dios mío.
Carlos sonríe y me abraza.
— También me alegro verte.
Lo abrazo con fuerza, como si tuviera miedo que al soltarlo desapareciera. Tengo tantas cosas que quiero decirle que sé que no puedo siquiera mencionar casualmente a riesgo de meterlo en problemas tan grandes o incluso peores que los míos. Quiero decirle que he trabajado cerca de gente peligrosa que por dos meses ha querido acabar con la vida de su único padre con vida, quiero decirle sobre las vidas que su padre ayudó a terminar con su avaricia. Quiero decirle sobre Blas, el hombre inocente condenado a la prisión por un crimen que no cometió. Quiero contarle sobre Elizabeth, la mujer inocente que se quedó encerrada en uno de los pasillos mientras las llamas se acercaban y el edificio se comprimía encima de ella. Quiero gritar, quiero llorar. Estoy desesperado. Me quedo callado.
Carlos me da un beso en la frente, como una madre que reconforta a un niño que se lastimó la rodilla. Me pasa una mano por las mejillas y limpia… ¿Una lagrima?
Estoy llorando, ni siquiera me di cuenta pero estoy llorando.
— Estás estresado — dice Carlos. No es pregunta, es más una observación, lo sé. Me conoce lo suficiente como para leerme como un libro de portada transparente.
Asiento.
— Tranquilo. ¿La salida es para desestresarte?
— Sí.
— Ven pues, vamos a buscar como bajarte ese estrés.
— Perdona por el golpe — digo.
— Ah, no te preocupes. No debí hacerlo tampoco, sé que eres demasiado nervioso — Carlos me abraza más fuerte —. Lo que sí es que no sabía que eras fan de Mike Tyson. Pegas como él.
Carlos se ríe.
— Hey, tengo una idea millonaria ¿Qué tal si armamos un club de la pelea? Tú como nuestro campeón, cobramos para que la gente te vea pelear mientras aplicas Krav Maga, Taekwondo y Boxeo al primero que se te pare enfrente.
Me comienzo a reír con él.
— Sólo si la pelea está arreglada — le digo limpiándome las lagrimas.
— Esa es la mejor parte, todos los demás peleadores serían bebés de entre tres y cuatro años. Le llamaríamos “Krav Ma-gugutata”.
— No, los de cuatro me dan miedo. A eso ya les está saliendo los dientes.
Carlos me ayuda a pararme, comenzamos a caminar por el parque cerrado buscando a alguien, quien sea, que venda paletas heladas en este frio invernal; que si bien el puerto es tropical, en invierno el frío nos envuelve y nos pega con una fuerza de mil demonios (sin llegar a las temperaturas de la capital). Al fin encontramos a un señor que vende raspados junto a los árboles del parque que queda cerca de la feria.
— Lo he pensado y realmente no nos conocemos tanto como me gustaría, no como los amigos se conocen. Así que quiero conocerte más. — le digo a Carlos mientras nos acercamos al señor de los raspados — . Quiero que me digas los detalles más sin vergüenza, los más atrevidos y pecaminosos de ti.
— ¡Ah caray! — dice Carlos aguantándose la risa — . ¿Pues qué quieres que te diga?
Me quedo parado y hago la mímica de ver a todos lados, Carlos hace lo mismo. Pongo mi mano en mi boca agarrando el aire como si fuera un transmisor.
— No hay moros en la costa, mi general — hago soniditos de interferencia en una radio — . ¿Procedemos con el interrogatorio?
Carlos me imita y pone sus dos manos en su boca.
— Efectivamente mi capitán, proceda — dice Carlos sonando mejor como radio que yo.
— ¿Cómo hiciste eso? — le pregunto sorprendido.
— Si pones tus manos en forma de cono y hablas, se hace eco. Así se logra el efecto como de megáfono. Me lo enseñó mi mamá — dice Carlos orgulloso.
— Orillese a la orilla — digo haciendo una prueba — . ¡Anda, sí funciona!
Ambos nos reímos.
— ¿Qué me vas a preguntar? — dice Carlos mordiéndose los labios.
Me acerco a su oído.
— ¿Cual es tu color favorito?
Carlos se ríe.
— ¿Tanto show para una tarugada? — pregunta Carlos.
— ¿Quieres qué pregunte cosas todavía más sucias?
— Dale.
— ¿Tú nieve de que la quieres?
El Señor de los raspados nos mira esperando respuesta.
— Grosella y limón — dice Carlos.
Carlos me mira un poco.
— Amarillo, me gusta mucho el amarillo. Me gusta la pizza. Mi lugar favorito en el mundo es la playa, y sí... Soy soltero — dice Carlos mientras come de su raspado.
— ¿Soltero? Vaya, que problema. No se preocupe — hago un además exagerado similar al saludo de un soldado — . Yo le puedo ayudar a arreglar eso.
Saco mi cartera para pagarle al señor de los raspados el cual nos mira intentando no reírse.
— Vaya sacrificio soldado — dice él cuando me da el cambio.
Carlos y yo nos reímos mientras seguimos caminando, vamos en camino a punta del cielo, una pequeña colinita que se encuentra en medio del parquecito, por lo regular lleno sólo por algunos cuantos por lo pesada que es la inclinada subida.
A medio camino Carlos se sienta, se pone el frío del raspado justo en los labios que comienzan a hincharse.
— ¿Ya mejor? — le pregunto.
— Sí. No te preocupes ¿Okay?
Asiento, sé que no me aceptará otras disculpas.
Cuando llegamos a la punta del cielo, Carlos tiene los labios más hinchados todavía, nos sentamos en la única banca que se encuentra en la zona.
Frente a nosotros tenemos una vista privilegiada, podemos ver los juegos mecánicos de la fiera cerrada a nuestro lado izquierdo, de lado derecho puedo ver a la lejanía el club de yates donde hacia unas horas me reuní con el Señor Jefe. Justo en frente de nosotros vemos la calle frente al parque, y más allá tan cerca que siento que puedo tocarla: La playa, nuestra playa.
— La vista es maravillosa aquí. ¿No es así? — le digo a Carlos
— Y que lo digas — me dice Carlos, mirándome.
Nuestros ojos se cruzan, nos quedamos un rato así.
Siento mi corazón acelerarse, y mi respiración alentarse. La adrenalina llena cada poro de mi ser.
— Naranja — le digo — . Mi color favorito es el naranja, mi comida favorita es la crema de elote casera… Mi lugar favorito en el mundo es donde sea que tú estés.
Carlos suspira.
Veo como sus ojos se deslizan a mis labios.
Esta bien, porqué yo veo a los suyos.
Carlos quiere decir algo pero las palabras se le atoran, niega con la cabeza como hipnotizado.
— ¿Carlos, te puedo hacer una propuesta indecorosa? — le susurro, no quiero que nadie nos oiga. Ni siquiera los pájaros que en ese momento volaban por encima de nosotros. Este momento es nuestro, no lo quiero compartir con nadie más.
— Dime Alfredo.
— ¿Puedo tomarte de la mano?
Carlos sonríe.
— Sí.
Tomo su mano con fuerza, no quiero soltarlo.
— ¿Me puedo recargar en ti? — me pregunta.
Asiento, Carlos se recarga en mi pecho. Siento el aroma de su pelo en mi nariz, y lo siento apretar su oreja contra mi pecho para escuchar el latido de mi corazón.
Miramos como las nubes pasan, en silencio.
Sin palabras nos decimos todo lo que queremos decir.
A eso de las nueve y media bajamos de la colina, nos despedimos con un abrazo dándole fin a nuestra pequeña cita. Él tiene que trabajar, yo tengo que dormir un poco.
Aunque sea un momento, a su lado un segundo es una eternidad.
«Que bella fue esa eternidad» pienso.
Sonrío.