Mi lado de la historia, Parte dos.

1736 Palabras
La tensión se siente palpable. Les he soltado una bomba, sé que lo he hecho. No venía en los documentos que ellos mismos me dieron sobre el caso. — ¿Dónde aprendiste ese nombre? — me pregunta el Señor Jefe. — Hablé con Juan Carlos, directamente. Le pregunté cosas. El Señor Jefe asiente. — Eres listo niño, muy listo si pudiste hacer que hablara de ese nombre. — No parecía querer decirlo, y usted no lo incluyó en la lista para investigar. La Señorita Turpentina se comienza a reír, se aleja de nosotros. — ¿Estuviste buscando a Roberto Madrigal? — pregunta el Señor Jefe con una sonrisa incomoda. — Sí. — ¿Y lo encontraste? — No. — ¿Y quieres saber porqué? — ¿Por qué, Señor? — Porqué Roberto Madrigal está muerto. Murió hace muchos años. Hasta donde sé fue enterrado en el extranjero, no mucho tiempo después de que Juan Carlos hiciera la primera tienda Mendoza y se volviera exitosa. — Sí. Me lo comentó. — ¿Qué más te dijo de él? — Que le pidió dinero luego de tratarlo como basura. — ¿Eso fue lo que te dijo? — Sí. — Te mintió. Madrigal no lo trataba como basura, era bueno con todos los empleados. Nunca le falló a nadie, su único fallo fue confiar en Juan Carlos — El Señor Jefe parece ponerse rojo de furia —. Maldito mentiroso, cobarde y poco hombre. El Señor Tanque se acerca al Señor Jefe y lo agarra de la espalda, consolándolo. — ¿Usted lo conocía? — le pregunto. — Sí — me responde en seco. — Mi sentido pésame. — Gracias. — Igual me gustaría si es posible que me cuente más de usted, si no quiere hablar de Madrigal, bien. Pero su historia si podría servir mucho. — ¿Exactamente que quieres saber? — ¿Cómo vivió usted el incendio? ¿Cómo era su relación con Juan Carlos? — Esto ¿Es para hacer que Saúl esté de nuestro lado? — Sí. — Entonces… Anota. Saco mi libretita de notas del bolsillo, me pongo en la zona con más luz posible. El Señor Jefe se queda mirando al vacío. — Yo conocí a Juan Carlos cuando ambos eramos jóvenes. — ¿Se podría decir que eran amigos? — Yo lo consideré uno, sí. No sé él. Probablemente él no a mí. Yo mismo le di el dinero para su primer negocio. — ¿El primer hotel? — Antes de que ese hotel saliera, él tuvo un motel. Que era de su papá, ese motelucho sólo funcionaba como de paso, ni más ni menos. La gente iba caía una hora o dos ahí y después comían en mi restaurante que estaba al otro lado de la calle. Yo ya tenía una cadena de restaurantes, nada demasiado grande, pero sí más grande que su negocio. Un día se me acercó. Llegó con una maleta de papeles, imagínate un joven casi siete años menor que yo diciendo que quiere hacer negocios contigo, y que a pesar de que tiene el negocio más chico, feo y jodido que tus ojos hayan visto te tiene una propuesta para que tu negocio crezca diez veces más de lo que creías. — Ambicioso desde joven — respondo. — Y sobre todo testarudo. Me insistió hasta que caí, básicamente fusionamos nuestras empresas. Él se dio cuenta de que la gente al salir tenía hambre así que metió una franquicia la cual pegó como bomba. Poco a poco ese lugar comenzó a crecer y comenzó a tener planes más grandes. Quería armar un hotel, no tan grande como sus planes actuales, diez pisos. Grande, sí pero no enorme. Me pidió capital, íbamos a ser socios. Se lo di todo, vendí mi franquicias porqué creía en él. Como socios armamos el hotel de pies a cabeza. Él se encargó de la hostelería yo de la cocina. — ¿En qué momento se involucró el señor Madrigal? — ¿Qué? Ah. Sí. Poco después de mí… Eh. Fue cuando el hotel ya estaba. Entonces yo dejé de ser socio, sí. Me la pasaba en las cocinas, ahí era mi lugar. No me quejaba tampoco. No soy un hombre ambicioso. Anoto cada palabra de lo que el Señor Jefe dice. — ¿Trabajaba en la cocina? ¿Estuvo presente cuando empezó el incendio? — Sí. Estuve ahí — dice el Señor Jefe mirando al océano. — No tienes porqué decirle nada — dice el Señor Bala cuando ve que el Señor Jefe se pone a reflexionar de su vida. El Señor Jefe asiente. — Igual lo haré. ¿Qué tanto te contaron de esa noche? — Me dijo Juan Carlos que peleó con Madrigal, por los precios de los costos de varias cosas, luego averigüé con el hombre de la aseguradora que gracias a eso se complicaron las cosas. El Señor Jefe asiente. — ¿En qué sentido? — me pregunta él. — Entre los artículos que se abarataron estaban varios de seguridad. Gracias a eso el incendio no se apagó a tiempo, y al parece hubo gente que se quedó en un pasillo gracias a una puerta atorada. Murieron quemados gracias a eso. El Señor Jefe se queda con la boca abierta. — Dios mío. Es la primera vez que escucho esto. — Los papeles. ¿No los había estudiado a todos? — No, no a todos. Tenía un poco de algunos, el Señor Tanque está corriendo la investigación. Se te fue transferida. ¿Dices que lo tienes todo anotado? — Sí. Tengo algunas cosas. Lo mejor es que Saúl podría estar de nuestro lado si le llevo pruebas. Lo que más me llamó la atención fue que dijo que sería capaz de dejar a Juan Carlos si le llevaba pruebas. Pero eso no es lo interesante. Lo interesante es que dijo que sería capaz de dejarlo a la mitad de un proyecto, el que sea. Así lo terminara él o el otro endeudado. Esas fueron las palabras que usó. El Señor Jefe me mira como si no me entendiera. Sonrío. — La primera vez que hablamos, me dijo que quería arruinar a Juan Carlos ¿No es así? En estos momentos Juan Carlos está poniendo todo su dinero en el hotel. Está entrando en deudas. Si dejamos que siga haciendo esto, y a la mitad de la construcción le entrego el paquete de información a Saúl. Juan Carlos está jodido. Se queda sin apoyo económico, endeudado hasta las orejas. El Señor Jefe abre los ojos, parece al fin entender. Miro a la gente que nos rodea, el Señor Bala y el Señor Tanque se miran entre ellos satisfechos. El Señor Jefe me da la mano. — Es una fantástica idea — me dice — . ¡Haremos exactamente eso! Bajo la mirada como haciendo un gesto humilde. Es una idea terrible. Sí, voy a entregarlo todo a Saúl; eso no es mala idea. El hecho es que comienzo a dudar de las intenciones y métodos de esta gente. Cada vez parecen más desesperados. Menos profesionales. Me pregunto que tantas cosas son mentira y que tantas serán reales. Al mismo tiempo, me ha llevado a un agujero de realidad que nunca antes había visto, o siquiera pensado. Juan Carlos ha hecho cosas imperdonables, sí. Pero eso no significa que esta gente tenga buenas intenciones. Mi única ancla de momento es Saúl, es la única persona que abiertamente parece ser neutral en esta situación. Es la única persona que puede ayudarme. Debo de momento seguir jugando el juego doble, que mi fachada no se caiga hasta que haya logrado formular un plan, necesito pensar más; hasta que tenga una verdad absoluta e inquebrantable. — Entonces esa será tu misión, concentrate en eso. Sigue informándonos — dice el Señor Jefe. En ese momento el Señor Tanque hace señas con un reloj — . Bueno, debemos irnos de momento. Debes descansar Alfredo. Muchas gracias por todo. El Señor Bala comienza a llevarse al Señor Jefe. — Señor, no me contó su historia. Del incendio — digo intentando sonar casual. Se detienen. — Ah, sí. Estaba en la cocina, no vi cuando el fuego comenzó. Fui al baño, cuando salí vi a Juan Carlos corriendo. Empujando gente por las escaleras. Salió por la puerta del lobby. — Muchas gracias, señor. He encontrado la diferencia entre ambos: Juan Carlos honestamente no quiso hablar, el Señor Jefe habló mintiendo. Les dedico una sonrisa mientras se van. No habla como las personas a las que el incendió verdaderamente les afectó. Tal vez estuvo ahí, incluso parece ser que se ha quemado. Pero el incendio no le importa en lo más mínimo. «¿Quién diablos es este tipo?» pienso mientras voy a la salida. El Señor Tanque me lleva al otro lado, para que salgamos por salidas contrarias, como es de rutina. Subimos al coche rojo, me conducen a mi casa. — ¿Esa era la manera para caer que tenías planeada? — me pregunta cuando llegamos a la puerta del departamento. — Sí, algo así — le respondo. — Es perfecta. Juan Carlos va a caer por su propia mano. Asiento. — Sólo quiero que esto acabe, pronto. — Amén por eso — me responde. El Señor Tanque se sube a su coche y se queda esperando hasta que suba al departamento. Se le ve un poco preocupado aún. Sé un fragmento de su nombre. Parece ser que esta gente no es lo que parecía en un principio. Pero si no son matones... ¿Qué son? No lo sé. Ya no sé nada de nada. Subo a mi departamento y preparo Café. Esta noche no dormiré. No podré dormir, hay tantas cosas que no entiendo que parecen haberse presentado una tras otra hasta dejarme confundido. Un pensamiento es más fuerte que los demás: «¿Quién me garantiza que esta gente no me matará cuando ya no les sea útil?» En la radio escucho una vieja canción de Blues con armónica. «“Me encontré al diablo en el cruce de caminos, Déjame afino tu guitarra, me dijo. Le vendí mi alma en el cruce de caminos el diablo ya viene niños, el diablo ya viene niños.”» Paso el resto de la noche meditando frente a la ventana, pensando en promesas rotas, amenazas de muerte... Fuego, mentiras y gente que ya no está.
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