Mi lado de la historia, Parte uno.

1483 Palabras
Horas después escucho que tocan mi puerta. — Voy — digo. Guardo mi computadora, la escondo bajo el sofá. La memora externa la guardo en mi cuello. No puedo descuidarme ni un segundo sobre esto. Aún me siento cansado. Me termino el café de mi taza. Mala combinación con un dolor de estomago terrible, pero necesito mantenerme despierto. Abro la puerta, el Señor Tanque me espera paciente en las escaleras revisando su celular con una sonrisa. — ¿Listo? — me dice. Asiento con la cabeza. — Nunca he estado más listo. Salimos del departamento y caminamos por las escaleras en un paso apresurado. — ¿Cómo calificarías tu misión? — dice el Señor Tanque. — Una mezcla entre un fallo y un éxito. — Como siempre — dice el Señor Tanque con una sonrisa — . Debo admitir que si me hubieras preguntado antes si te consideraba un fallo o un éxito, hubiera dicho que eras más fallo que cualquier cosa. Sin embargo, te vi en las noticias el otro día parado frente a la futura torre Mendoza. Siempre estás en el ojo de la acción ¿No es así? — Que te puedo decir, soy un gato n***o. Las desgracias me persiguen a mí y a los que toco — digo mientras extiendo una mano al Señor Tanque, aprieto ligeramente su pecho por debajo de su corbata. El Señor Tanque se detiene, se ríe. — Toco madera — dice mientras me mira por encima de sus lentes. Inmediatamente toca la puerta de uno de los departamentos varios pisos bajo el mío. Me río, bajamos corriendo por las escaleras del edificio. Afuera nos espera la camioneta, adentro el Señor Bala en el volante, a su lado sentado en el asiento del co-piloto la mujer pelirroja desgreñada me saluda emocionada. — ¡Alfredo, bebé! ¡Al fin nos volvemos a ver! — me grita cuando me ve salir. — Hola eh… ¿A usted cómo le digo? — le respondo. — ¿Cómo? — pregunta confundida. El Señor Bala se acerca al oído de la mujer pelirroja, parece ser que le están explicando el concepto de los nombres claves, ella parece confundida. Al final asiente. — Bueno, a mí dime Señorita… Eh… Señorita… — Dile Turpentina — me dice el Señor Tanque. — ¿Qué es eso? — pregunta ella confundida. — Un tipo de solvente — dice el Señor Tanque. — Que grosero eres Ri... — comienza a decir la Señorita Turpentina, el señor bala la interrumpe con un codazo. Tanto el Señor Tanque como el Señor Bala se quedan quietos, callados. La Señorita Turpentina abre los ojos como platos, se tapa la boca con las manos: Asustada. Negando con la cabeza mira al Señor Tanque. — Perdón — dice. — Por eso nunca te traemos a esto — dice el Señor Tanque metiéndose a la camioneta muy enojado. — Yo no oí nada — digo en voz alta cuando me subo al coche. El Señor Tanque asiente con la cabeza. — Más te vale. Cierro la puerta detrás de mí, la camioneta avanza mientras sigo sin sentarme, me resbalo y caigo. Escucho al Señor Bala reírse. El resto del camino nos la pasamos en silencio, por un rato el Señor Bala escucha la radio y canta de manera terrible una canción en inglés que no sabe pronunciar. — ¡Bay bay mis american pay! Dronmynevitutenevibutdadada dah. Silgin disi de dei, dad ay dai — grita el Señor Bala emocionado como si cantara el último gran concierto de su vida. La Señorita Turpentina le da un codazo al Señor Bala, este voltea. El Señor Tanque mira a la ventana con un rostro que grita: “Tragame tierra”. El Señor Bala apaga su estéreo, saca un casete de esos antiguos de antes de que yo naciera o pudiera recordarlos. Lo guarda en la guantera. — Creí que era la radio — digo en voz baja. — Ojalá, lo tiene desde secundaria — dice el Señor Tanque mientras se agarra la cabeza y mira la ventana. Está sudando. Probablemente nervioso porqué he escuchado parte de su nombre “Ri”. Peor aún, no parece darse cuenta de que en su distracción parece haber soltado más información de la que deberían: Conoce a Bala desde secundaria. Parece ser que todos ellos se conocen de un largo tiempo, conocen de la vida del otro, sus nombres; hablan de manera casual, casi familiar entre ellos. Parece ser que el misterio de ellos comienza a revelarse poco a poco. Llegamos al club de yates, hoy se encuentra bien iluminado, hay un grupo de personas saliendo en grupito. El Señor Bala estaciona la camioneta intentando que el grupo no nos vea. Me hace creer que tal vez no tengamos la autoridad legal de estar aquí. Probablemente no, con el hecho de que nada de lo que hacen parece tener ni un atisbo de concordancia. A veces me da la impresión de que van improvisando sobre la marcha. Probablemente lo hagan. El grupito desaparece en la entrada del club de Yates. Bala entra de lleno al estacionamiento. El Jefe nos espera sentado mirando desde su silla de ruedas mirando con una sonrisa cuando llegamos. — Que alegría de verlos aquí, jóvenes — nos dice el Jefe. La Señorita Turpentina camina hacia el Jefe, le comienza hablar al oído, veo como este reacciona al escucharla, la agarra del brazo y abre los ojos mientras la escucha hablar. Después le contesta en el oído, parece ser que la está tranquilizando. Obviamente le contó que casi dice el nombre del Señor Tanque. El Jefe le da un golpecito en la espalda a Turpentina, algo tranquilizante, nada violento; similar a las mamás cuando tratan de sacarle el aire a sus bebés. Otro gesto de familiaridad. Familia. ¿Serán familia? — Hablamos de eso después — le dice. Turpentina asiente, se aleja dejándonos solos. — Si gusta yo lo llevo — le digo — . ¿Es al mismo lugar? — Ah, sí. Es ahí — me responde, da una señal de aprobación al Señor Tanque el cual nos sigue en silencio. Me pongo detrás de la silla y comienzo a empujarlo lentamente y con cuidado. Desde aquí arriba se ve más frágil de lo que antes lo veía, sus manos están inquietas. El Señor Jefe oculta sus manos bajo sus brazos. «¿Estará enfermo?» pienso. — Bueno Alfredo, dime ¿Qué has aprendido desde la última vez que nos vimos a principios de este mes? — Fui a entrevistar a la gente de los documentos que me dio. Conocí la historia de una de sus trabajadoras, la camarista que murió. Me vi con su hijo en el cementerio. — Ah sí. ¿Y qué aprendiste? — Sobre su vida, como ella tenía sueños, esperanzas. Y luego murió. — Eso es importante. Sí. ¿Qué más? — Vi a otro señor, Blas. Al parecer a él le echaron la culpa de todo. Fue un acto de barbarie, injusto. Ahora vive en una cabañita con unos cerditos luego de haber pasada mucho tiempo en prisión. También me contacté con otras personas, todas historias similares. Mucha gente jodida. Recordé sus palabras señor, “hay una lista enorme de personas que quieren matarlo y tú estás hasta el final”. Tiene razón. El Señor Jefe sonríe. — Ahora entiendes el valor de esta organización. — Sí. Es por eso que decidí ayudarlos, completamente. Sin peros o amenazas. No puedo ni quiero entrometerme en la justicia. De ninguna manera. — Bien, eso es bueno. ¿Y cómo puedes ayudarnos Alfredo? — Señor, creo que tengo una idea de como acabar con Juan Carlos, incluso no es letal. Pero sí es donde más le duele. — Soy todo oídos. — Recientemente Saúl, el señor Saúl me dio su número. No pude hablarle de todo lo que quería hablarle, no tuve la oportunidad para nada de contarle todo lo que he investigado pero me paso su número de teléfono escondido en unos cerillos, y venía anotado que le llamara si tenía alguna queja de Juan Carlos o denuncia. Esa fue la palabra que usó “Denuncia”. — ¿Ah sí? — Pensé en que él podría encontrarse un buen aliado, así directo. He estado juntando las historias de todos los que me pasaron. Creo que podemos enseñarle una carpeta como la que me dio usted pero completa, cada historia ahí anotada. La estoy empezando a hacer en documento digital. Sólo me faltan dos historias señor. — ¿Cuales? ¿Si se puede saber? — En primero es la de usted. Nos detenemos en el muelle, detrás la señorita Turpentina, Tanque y Bala nos siguen. — ¿La mía? — Sí. — ¿Y cual es la otra? — Roberto Madrigal — le digo orgulloso. Todos se quedan callados, sorprendidos. Le he dado al clavo.
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