Me tiro en el sillón de mi departamento.
«Quiero morirme» pienso.
No he dormido bien en los últimos días, el mes termina pronto.
En la mano tengo todo el conocimiento que he llegado a juntar sobre Juan Carlos. Notas, fechas, etc. En la otra la conciencia de que aún no puedo, por más que quiera acabarlo. Pero si no es ahora ¿Cuando?
Veo mi reflejo en la pantalla de la computadora, tengo los ojos rojos. Me los he tallado toda la noche. Siento como arden gritándome que por favor los deje descansar.
No lo haré.
Estoy deshidratado, eso lo sé.
Hace media hora fui a orinar, y al hacerlo sentí un dolor inmenso que me recorría el cuerpo, como un cuchillo o un objeto punzante entrando por debajo de mi estomago y a travesando en su camino hacia mis pulmones.
Tomo agua por galones y aún así me siento enfermo.
Aún así continuo pasando todas mis notas y las que los Señores Jefe, Bala y Tanque me han proporcionado palabra por palabra a un formato digital.
Sé que en caso de cualquier cosa, que me pasara a mí o a mi departamento todo se mantendría en una pequeña USB que cuando no uso mantengo en un pequeño collar alrededor de mi cuello. Tengo que estar preparado.
Incluso me he tomado la libertad de escanear cada trozo de papel que se me ha dado, como un obsesivo he escrito por cuatro días seguidos, se me acaba el tiempo.
En unas horas tendré una reunión con el Jefe.
Debo explicar todo lo que ha pasado, incluso como he fallado mi misión.
No importa, debo tener algo que mostrar, sí o sí.
Mi teléfono suena, contesto sin mirar el número.
— ¿Bueno?
— Sí. ¿Este es Alfredo Gomis? — dice una voz impaciente.
— El mismo — respondo mientras continuo escribiendo rápidamente. El tiempo se acaba. — . ¿Quién habla?
Del otro lado del teléfono escucho la voz cambiar, pasa de impaciencia a enojo.
— Al fin te encuentro, maldito hipócrita.
— ¿Disculpe? — digo deteniéndome de golpe.
El número aparece desconocido.
— ¿Ah, vas a fingir que la virgen te habla ahora? — me dice la voz.
— No sé de que hablas — respondo honestamente.
— A ver hijo de la ch…
— Oye ¡No tienes derecho a hablarme así! — le interrumpo explotando.
— Lo tengo y de más, de mucho más. Te mereces lo peor, hipócrita asqueroso.
— No entiendo de que me habla.
La voz se detiene.
— Hace unos días, a principios de este mes me citaste en un cementerio ¿Te acuerdas?
Me levanto, inmediatamente sé quien es.
— ¿Ya te acordaste de mí? Bien. Porqué quiero que te acuerdes esto: Por la tumba de mi madre me prometiste que ayudarías a atrapar a ese desgraciado ¿Y qué veo? Tienes múltiples fotos con él y su familia. Trabajas para él, ¿Con qué cara pues me mentiste, maldito chofer?
— Prometí que ayudaría a las victimas a tener justicia. Que estaba haciendo investigación. Eso fue lo que dije — digo. Mis manos están sudando.
— ¿Y dime, es Juan Carlos culpable o no?
Me quedo callado.
— Eso creí — la voz se ríe — . Considerate muerto, hipócrita.
El teléfono cuelga.
Comienzo a caminar por todo mi departamento, como animal enjaulado.
Eventualmente trato de tranquilizarme, quiero no pensar en nada.
Enciendo la televisión.
Sólo están las noticias, ahí le dejo. Por lo regular son buenos ruidos de ambiente para una mente cansada.
Estoy apunto de quedarme dormido viendo las noticias cuando escucho un nombre muy familiar.
Me tapo la boca intentando aguantar un grito.
El noticiero anunciaba, como una noticia intransigente, de esas que pasan entre artículos más fuertes y comerciales; con letras grandes:
«”Abuelito comete suicidio”»
Junto con el nombre de la victima:
«“Jonathan Ronzales”».
Los noticieros entrevistan a la hija del señor Jonathan, la mujer llora.
— Vino a visitarlo un extraño, no recuerdo de que hablaron. Pero hizo llorar a mi papá. Después de eso se puso bien raro, ya no comía, ya no nada. Es como si le hubieran dicho que se iba a morir — dice la señora — . Decía que la muerte vino por él y que él le había abierto la puerta. De ahí, se puso muy raro, hasta ayer… Mi papá se tiró de la ventana.
Las noticias muestran la foto de Jonathan, muchos años más joven. Antes de que la edad y la ceguera cambiaran sus facciones.
Otra vida perdida,
esta vino de mi mano.
«”Te voy a matar”» me habían dicho.
Que ganas de responderle la verdad: “No te preocupes, para cuando me encuentres el estres se te habrá adelantado”
Me echo a llorar.