La Primera Piedra, parte dos.

1365 Palabras
El pasillo más adelante me lleva donde Saúl, me muevo en silencio, siguiendo el camino que parece haber seguido. No tengo mucho tiempo antes de que se den cuenta de que me he desaparecido. Antes, cuando me sentía enfermo los pasillos de su oficina me parecían laberintos interminables que serpenteaban en todas las direcciones posibles. Ahora me doy cuenta que en realidad son cuatro pasillos que se conectan y regresan al mismo lugar eventualmente. «¡Como cambian las cosas dependiendo de la perspectiva!» me admiro. Veo a Saúl entrar por una puerta de madera, parece ser una oficina. Me detengo. Comienzo a arreglarme un poco, debo estar preparado. — Señor, quiero hablar con usted — digo en voz baja. Respiro, toco la puerta. — Pasen — dice una voz desde adentro. Entro con la mirada baja, muero de miedo. — Buenos día señor… Yo. Me detengo en seco, en la oficina Juan Carlos y Saúl están sentados en el escritorio tomando mientras juegan a las cartas. — ¡Alfredo! ¿Porqué no vienes a acompañarnos? Toma asiento, tenemos café, bebidas y botana — dice Saúl. — Hola Alfredo — dice Juan Carlos mirándome extrañado — . ¿Ya desayunaste? — ¿Qué pasa aquí? — pregunto. — Estamos celebrando el inicio de un buen negocio, todo te lo debemos a ti — dice Saúl — . Se podría decir que eres el tercer socio, tal vez no económico pero si Moral. Pienso un poco lo que voy a decir, sé que no puedo decir mucho más a menos de que esté completamente seguro. Estoy en terreno de tiburones. — ¿Significa que me van a subir el salario? — digo bromeando. Saúl se ríe, Juan Carlos se queda callado. — ¡No, pero deberían! — dice Saúl. — ¿Porqué viniste? — pregunta Juan Carlos mirándome fijamente. — Ah, sí. Parecías preocupado — dice Saúl — . ¿Cuéntanos, que pasa? Lo pienso un poco ¿Cómo puedo decirle a Saúl sin que Juan Carlos escuche? No parece haber una manera obvia. Me siento en el escritorio con ellos. — Realmente sólo quería jugar — les respondo. — ¡Ah, perfecto! Igual íbamos a empezar apenas, reparte una mano para Alfredo, Juan Carlos — dice Saúl. Juan Carlos se queda en silencio, comienza a repartir. — Me dijiste que no sabías jugar — dice Juan Carlos — . El otro día en mi casa. Lo miro a los ojos, parece sospechar de mis intensiones. — Nunca es tarde para aprender — respondo. Juan Carlos asiente. — Juan Carlos, estabas apunto de contarme del incidente de tiendas Mendoza — dice Saúl muy interesado mirando fijamente a Juan Carlos… Y a mí. — Pues ya sabes ¿Qué te cuento? Un loco que quiso atacarnos. — No entiendo porqué, si tú eres buena persona — dice Saúl. — Pues ya ves — dice Juan Carlos — . Uno le da todo a sus empleados y así te pagan. Miro fijamente a Juan Carlos. Juan Carlos me mira a mí, como retándome a contrariarle. Sonrío. — Igual — comienza a decir Saúl — . Tienes que saber, mi código moral no me dejaría nunca trabajar con nadie que maltrate, dañe o por capricho deje sin empleo a sus trabajadores. Créeme, si Alfredo no hubiera dado testimonio por ti, nada de esto sería posible. Juan Carlos me mira, baja la cabeza; se dio cuenta de que no está en posición de amenazar de momento. — ¿Qué pasaría si se encontrara con alguien así? — le pregunto a Saúl. Juan Carlos mira sus cartas, sé que sólo se hace el que no le importa. Pero me está viendo de reojo. — Bueno si tuviera pruebas de que ese fuera el caso, lo más probable es que lo cortaría de mi vida y de mis negocios. — ¿Así sin más? — Sí, no me importa perder dinero por falta de contratos o demás. Prefiero sencillamente no trabajar con esclavistas modernos ¿Entiendes? — Entiendo señor. Una pequeña luz en mí comienza a brillar, potente. Me compele a gritarle frente a Juan Carlos todo lo que sé. Hacerlo un aliado, contarle todas las historias que he recopilado. Siento la suerte de mi lado por primera vez. Alzo mis cartas: Es un As, y un diez. Una mala mano. Respiro. — ¿Pero, señor Saúl, qué pasaría entonces si cualquier persona le dice así nada más? Digamos que le sale de la nada — pregunto mientras miro mis cartas. — Bueno, sin pruebas no me sirve de nada. Un “tu palabra contra la mía” no vale ni medio centavo. Todo debe hacerse en base de pruebas. Con todo el dolor de mi corazón, pero sin pruebas. No puedo actuar. Asiento. — ¿Y con pruebas? — pregunta Casualmente Juan Carlos como intentando fingir que no le duele que hablemos de esto Saúl se pone serio. — Con pruebas, me encargaría de que ese desgraciado me pagara hasta las últimas instancias, lo dejaría que se jodiera. Que gaste todo su dinero, y ahí. Ahí lo abandonaba. Quien no sabe darle buen uso al dinero para ayudar a los demás, no lo merece. Me da un ataque de risa. Después de todo, mi suerte se mantiene. ¿Qué esperaba? ¿Que sólo por decirlo se me haría caso? Tonterías. Una cosa es decirle a un hombre como Saúl que Juan Carlos no fue malo conmigo, otra es decirle que es responsable de la muerte de varias personas inocentes y que necesito su ayuda para desmantelar el negocio que tiene sin afectar a su hijo… De momento. Sin embargo, me dio una clave. Sólo necesito juntar todas mis pruebas. «¿Quieres pruebas? Te daré pruebas» pienso. — ¿De qué tanto te ríes? — pregunta Juan Carlos. Señalo mis cartas. — Me retiro caballeros, me tocó una mala mano — le digo. Las pongo sobre la mesa mientras me levanto. Saúl hace sonido como de que algo se quema. — Así es la vida, se gana o se pierde — dice Saúl. — En efecto… Aunque ¿Me podría hacer un favor? Saúl me mira extrañado. — Claro, tu pide. — ¿Puedo ver sus cartas? Saúl sonríe. — No veo porqué no. ¿Te opones Juan Carlos? Juan Carlos lo piensa un poco. — Está bien. Observo las manos de ambos, Juan Carlos por supuesto tiene dos As de distintos colores. Como siempre, un ganador. Le doy una palmada en la espalda a ambos, a Juan Carlos le doy una extra queriendo decirle “Aún no te venzo, aún no. No te durará mucho esa suerte”. Salgo de las oficinas, en la cafetería del hotel me encuentro con Carlos. Comemos en silencio hasta que llega la hora de volver a nuestra ciudad. Al final del día Saúl nos despide a cada uno entre abrazos, saludando a todos; diciéndoles lo bien que se ven mientras se suben a la limusina. Al final me quedo con Saúl, bajo la fuerte vigilancia de Juan Carlos. — Alfredo, que gusto haberte visto de nuevo, ojalá vuelvas pronto — me dice mientras me da la mano. — Gracias señor, espero verlo pronto. Saúl me da un abrazo. — Sólo que a la próxima, por favor arreglate mejor la camisa. Lo miro extrañado. — ¿Cómo? Saúl comienza a arreglar mi camisa y mi corbata. Con una mano desliza una tarjeta en mi bolsillo, me sonríe. — ¿Ya ves? Que bien te ves. — Muchas gracias — le respondo, nervioso —. ¿Por cierto, al final quien ganó? Saúl sonríe. — Tú, si no te hubieras rendido. Salió un diez, un arlequín y una reina. — Muchas gracias — le digo sonriendo. Después de eso nos vamos de la capital sin ningún otro incidente. Me espero hasta llegar a mi casa para revisar el bolsillo de mi camisa, en él hay una tarjeta de presentación, es de Saúl viene con su número y correo electrónico. Y una nota escrita en pluma: «“Si tienes pruebas, mándalas aquí”» dice — Misión fallida exitosamente — me digo a mi mismo.
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