La familia camina orgullosa, en dirección a la limusina que se ha rentado para esta ocasión. Juan Carlos organiza a todos mientras cada uno parece estar en su propio mundo. Carlos se queda en una esquina intentando quitarse el frío sobando sus manos.
— Caminen, tenemos que llegar temprano para volver temprano — dice Juan Carlos.
Samantha lleva una maleta grande, va muy bien arreglada, vestida en un rojo brillante sobresaliendo entre el resto, pues los demás vamos en trajes negros; Samantha lleva en brazos a Tlanesi mientras que Juanita arregla su chamarra, sus chambritas, una bolsa de mano para luego correr tras ella.
— Samantha, sólo vamos a la capital por unas horas ¿Para qué es la maleta?
— Maquillaje — le responde.
Juan Carlos está apunto de refunfuñar como siempre, sin embargo se queda callado.
— ¿Me ayudas con la maleta? — me dice Samantha.
— Claro.
Jalo la maleta para ponerla en la cajuela. Intento alzarla.
— ¡AY! — grito mientras la maleta se mantiene en el suelo — . ¡Esto está muy pesado!
Me agarro la espalda.
— Alfredo ¿No lo sabías? El mejor maquillaje del mundo siempre es pesado. Mientras más pesado es mejor.
— Eso no parece real — le digo.
Samantha se baja los lentes caminando hacia mi.
— ¿Sabes de maquillaje, Alfredo?
— No, no mucho.
— Entonces no rezongues. Que te ayude Carlos.
Samantha se sube los lentes y me da la espalda, camina alejándose cadereandose como si tuviera la música en el alma.
Carlos escucha y se acerca a mí cuando lo llaman.
— La reina roja ha hablado — me dice susurrando para evitar que ella nos escuche.
— ¿Susurras porqué le tienes miedo, no? — le pregunto.
Carlos sonríe.
— ¿Porqué más lo haría?
— Me agrada tu hermana. Pero a veces me hace sentir que estoy en una película sobre chicas ricas de preparatoria metiéndose cizaña. Te lo juro que cada vez que camina siento que escucho una canción de batería marcando su paso. ¿Te ha pasado eso?
— Ah sí. Le digo el efecto “Mean Girls”. Lo pero es que a veces escucho el tema de guitarra eléctrica que suena cuando te pone un ultimátum — me responde.
Comienzo a reírme.
Me río en voz baja, también a mí me da miedo.
Volteamos a ver a Samantha.
— Entiendo que vaya el niño pero… ¿Hija estás segura que Juanita debería ir? — dice Juan Carlos.
— No va ella, no voy yo — responde Samantha.
Carlos se ríe.
— Tararararara — hace Carlos imitando a una guitarra.
Comienzo a reírme sin control.
Samantha nos voltea a ver.
— ¿Ya terminaron ustedes dos?
Mi risa se ahoga.
— Eh… Sí. Ya vamos — decimos al unisono Carlos y yo.
Subimos la maleta y ponemos la cara serie para evitar más problemas.
— Alfredo ¿Revisaste el aceite? — me pregunta Juan Carlos.
— Sí, también tiene el anticongelante nuevo ¿Revisó la batería señor? — le respondo.
— Completa y recién estrenada ¿Gasolina? — dice Juan Carlos revisando la parte de enfrente.
— Tanque lleno, también las llantas son nuevas y están bien niveladas. También tenemos repuestos en la cajuela. — le respondo.
— ¿Porqué tantas medidas de seguridad? — pregunta Carlos preocupado.
Juan Carlos refunfuñe al aire, recordando el viaje.
— La última vez que fuimos a la capital nos quedamos varados en medio de la nada, en medio de la noche — le respondo.
— ¿En medio de la nada, en medio de la noche? — pregunta Carlos.
— Suena a libro de auto ayuda — dice Samantha.
— A mí me suena a una porno muy mala — dice Carlos mientras se ríe.
— Imaginate al señorito desmayado — dice Juan Carlos molesto — . Con un calor terrible y sin agua.
Asiento con la cabeza.
— En todo caso, si hoy se nos hace muy noche nos quedamos en la capital. Ya no quiero otro evento similar, muchas gracias — dice Juan Carlos subiéndose a la limusina.
— No se preocupe señor, de todas maneras. Que aburrido sería repetir — digo mientras le guiño a Carlos.
Carlos sonríe.
Nos subimos a la limusina y salimos de la mansión con calma, tenemos tiempo, el evento será hasta las doce la tarde. Son las cinco de la mañana.
Llegamos a la capital a eso de las ocho, esta vez no hay nadie enfermo. Solamente Juanita que se siente algo mareada y a Carlos le duele la cabeza pero parece no ser tan grave como lo mío.
Esta vez tenemos la suerte de que la nieve que está en la ciudad ya se está derritiendo junto a las calles, lejos de nosotros. El frio es fuerte, sí. Pero no tanto como la vez pasada. Aún así traemos chamarras y la calefacción interna de la limusina nos mantiene tibios.
Pasamos por un lote de construcción, Juan Carlos comienza a señalar por todos lados mientras grita como un niño emocionado.
— ¡Miren, es ahí! ¡Aquí es su patrimonio hijos!
Todos en el coche voltean intrigados unos segundos y luego parecen decepcionarse al ver a un espacio casi vacío.
—Ahí no hay nada — dice Samantha.
— Ahí no hay nada aún, hija. Aún.
Juan Carlos mira con ojos brillantes al trozo de tierra vacío.
— Eventualmente ahí estará la torre Mendoza. Un edificio que lleve nuestro apellido, que se mantenga cuando nos hayamos ido de este mundo. Este es mi legado para ustedes — dice Juan Carlos orgulloso.
— ¿Puedo ser la gerente general? — pregunta Samantha.
— ¿Qué? No. No, no. Ese será tu hermano.
— Ay no, yo no quiero. Muchas gracias — responde Carlos.
Juan Carlos mira a su hijo algo enfadado.
— Carlos, tu hermana estará muy ocupada con su marido, el cual tendrá las tiendas Mendoza. ¿Planeas darle todo a ellos?
— No tengo ningún problema con eso.
Juan Carlos mira a su hijo altamente decepcionado.
— Necesitas ambiciones, hijo. Ese es el combustible que enciende a todo el mundo.
Carlos baja la cabeza, nadie parece escucharlo porqué los demás comienzan a platicar. Pero yo lo escucho perfectamente.
— Yo tengo mis ambiciones, sólo que no son las tuyas — dice Carlos, casi en un susurro.
Volteo a verlo, Carlos baja la cabeza mientras se encoje de hombros. Samantha lo mira, puedo ver destalles de envidia en sus ojos.
«Juan Carlos tenía razón. Ambos creen que el otro es el favorito» pienso.
Mi mirada y la de Samantha se cruzan por un segundo. Parece intentar ocultar sus emociones y cambia a una pose falsa de orgullo que ni ella se cree.
Le dedico una sonrisa pasajera antes de seguir viendo la carretera al conducir.
Una parte de mí se siente triste porqué aún no puedan con todas sus ganas decir todo lo que piensan. La otra recuerda que cada persona tiene un proceso y que lo importante es que cada vez parecen un poco más dispuestos a negociarlo que antes.
Hace un mes Carlos no hubiera podido ni decirle de broma que no quería ser parte del negocio familiar. También hay que tomar en cuenta de que ni de broma Juan Carlos hubiera invitado a su hijo a tomar parte en ellos.
Un paso a la vez.
Con eso uno puede caminar kilómetros.
Un paso, aunque sea pequeño, a la vez.
— Jefe, ¿A dónde veremos al señor Saúl?
Juan Carlos se aclara la garganta mientras se acomoda la corbata en el espejo.
— El hotel Matsubara.
— Disculpe, ¿El qué?
Juan Carlos me mira como quien mira a un tonto.
— El Hotel Matsubara. Centro de la ciudad. Hogar de los famosos. Es un hotel que está encima de una zona de despachos. Algo pequeño si me preguntas. Pero cumple su función. Centro sur, zona financiera.
— ¿Me va a decir que ese es un hotel? Al que fuimos la otra vez. Creí que era un edificios de oficinas.
— ¿Verdad que sí? Yo siempre lo he dicho, es patético ese hotelucho. En parte siento que Saúl te aceptó la oferta, digo, me aceptó la oferta porqué quería subir de categoría. ¿Porqué más si no? No es como si tu oferta de “invierte en él y comprueba si es de fiar” convenciera a nadie. Es absurdo. No, lo que él quiere es bañarse en la gloria del nombre de los Mendoza.
— Guacala — dice Carlos.
Juanita se ríe.
— Papá, ¿Ya vas a empezar con tus fetiches raros? — dice Samantha.
Juan Carlos mira a sus hijos confundido.
— ¿Cómo? No entiendo.
— Quiere ver quien tiene el hotel más grande — dice Juanita.
Todos comienzan a reírse.
Juan Carlos hace la cara de un niño enojado que hace puchero.
— Olvidenlo pues.
Juan Carlos se queda callado hasta que llegamos a la torre Matsubara. Ahí nos recibe Saúl, con los brazos abiertos, esperando fuera del edificio.
— ¡Bienvenidos todos! ¿Está es tu bonita familia, Juan Carlos? — dice Saúl al vernos.
— Todos menos el que ya conoces — dice Juan Carlos.
Saúl se ríe.
— Te ves bien, Alfredo — me dice el Señor Saúl al verme — . Ya no estás verde.
Sonrío.
— Gracias, ahora ya no me duele tanto estar tan arriba — le respondo.
Saúl me da la mano, lo único que puedo pensar es que necesito tener a Saúl de aliado. Necesito alguien como él, centrado y honesto que me pueda dar una perspectiva más amplia de todo lo que está pasando. No sé si confiar en Juan Carlos, no sé si confiar aún en el Jefe. Todas las posibilidades son inciertas. Lo único que me tranquiliza es que alguien como Saúl me ayude a ver las cosas de mejor manera. Pero para eso debo hablar con él, a solas. Quitando a toda las personas que nos rodean de en medio. Sólo teniendo privacidad podré hablar con él. Tal vez incluso con sus contactos me ayude a encontrar a Roberto Madrigal, ya que todas mis búsquedas de él han sido en vano, como si la tierra se lo hubiera tragado.
Trato de mantener las apariencias mientras le suelto la mano.
Hasta que no lo pueda encontrar solo, debo mantener mi distancia para que nadie sospeche de mí.
Carlos se acerca a Saúl, sin mirarlo a los ojos señala la torre.
— ¿Y porqué se llama Matsubara?
Saúl sonríe.
— Por una cantante japonesa, me gusta creer que cada edificio es una pieza de arte. Y que cada pieza de arte debe ser dedicada a quien creamos que la merezca. Yo le dediqué esta a una cantante que realmente me gusta. Ella me trajo felicidad, y con este hotel quería traerle felicidad a la gente.
— Me agrada tu forma de pensar, Saúl — dice Carlos.
— Me alegra escuchar eso. Por cierto, ahora que Juan Carlos y yo somos socios, y que estaremos haciendo negocios juntos. Si alguno de ustedes llegan a visitar la capital en algún momento. Sepan que son libres de quedarse en cualquiera de las habitaciones del hotel sin costo alguno. Por el tiempo que quieran.
— Muchas gracias Saúl.
— Para eso estamos los socios — dice Saúl con una sonrisa.
Saúl nos mueve de un lado al otro por todo el hotel y sus oficinas, escucho a la gente bromear. Incluso Tlanesi parece andar muy cómodo en la torre Matsubara donde vive una vida de lujo aún mayor de la que vive en casa.
Me mantengo cerca de la familia, detrás de ellos. Atento a cualquier momento que pueda usar para lograr hablar con Saúl. Me es difícil, Juan Carlos como una mosca está pegado a él en todo momento.
El único momento en el que puedo estar cerca de él es cuando nos encontramos en el baño. Él iba entrando cuando yo estaba apunto de salir. Estaba apunto de hablarle, pero me encuentro con que Carlos llega justo en ese momento.
Es un juego de gato y ratón que Saúl no sabe que estamos jugando.
Al menos llego a confirmar que Saúl no miente sobre el trato ético a sus trabajadores. Antes de la ceremonia de que la primera piedra sea colocada desayunamos en el restaurante italiano del hotel, Saúl nos agradece a todos por venir mientras le pide dos botellas de vino de quince mil billetes cada una. Todos parecen sorprendidos y esperan con ansias para probarlo.
Al momento de llegar a la mesa, la joven mesera se cae; tirando esos treinta mil por todo el suelo. La joven se pone a llorar.
Juan Carlos se levanta apunto de regañarla, cuando Saúl se le adelanta, se hinca con ella y le pregunta con una voz honestamente preocupada.
— ¿Estás bien? ¿Te cortaste?
El increíble acto de bondad desarma a Juan Carlos, el cual regresa a su asiento, avergonzado. Saúl no nota nada de esto, pero todos los demás en la mesa miramos a Juan Carlos intentando imitar a Saúl para evitar que se de cuenta de que Juan Carlos ni en un millón de años haría lo mismo.
El Señor Saúl aparta un momento a la mesera y habla con ella en una esquina del restaurante, tan lejos que no podemos escuchar su conversación. Pero les entendemos claramente: Ella llora desesperada, parece preguntarle sobre el precio del vino. Saúl le pone una mano en el hombro, niega con la cabeza. Ella llora más fuerte mientras lo abraza, agradecida. Él le sonríe y le regresa el abrazo. Le da una palmada en la cabeza antes de regresar con nosotros.
Saúl se sienta, todos en la mesa menos Juan Carlos y Carlos lo miran con una sonrisa, Saúl humildemente nos la regresa sin prestarle mucha atención. Carlos parece no entender lo que pasó, saca su tarjeta de débito.
— Saúl, yo pago por las botellas sin problema.
— Ah, no te preocupes — dice Saúl — . Esa las pago yo, los accidentes ocurren. En todo caso, el problema parece ser los zapatos que les damos. Por el hecho de ser formales, no tienen buen agarre.
Saúl se levanta mueve los pies un poco, uno de sus pies resbala.
— ¿Vieron? Voy a buscar que se hagan unos con mayor agarre, como los tenis. De esa manera este error no vuelve a suceder. Problemas prácticos, soluciones practicas — dice Saúl con una sonrisa.
Todos en la mesa parecen admirarlo cada vez más.
— ¡Ay, ojalá mi jefe pasado hubiera sido como usted! — dice Juanita.
Juan Carlos la voltea a ver.
— Yo fui tu jefe pasado — dice Juan Carlos ofendido.
— Mmm — hace Juanita, vuelve a comer como ignorándolo.
El resto de la mesa se ríe.
— Ni hablar, te ganaron esa — dice Saúl con una sonrisa agarrando del hombro a Juan Carlos. Lo sacude un poco en tono de broma
Juan Carlos hace una risita falsa, apenada.
Al terminar de comer, nos dirigimos a la ceremonia de la primera piedra.
Juan Carlos da un gran discurso sobre los edificios como un monumento a la permanencia, un testamento en vida dado a nuestros hijos, eso y un millón más de tonterías que sólo sirven para enaltecer el ego de Juan Carlos. En la ceremonia nos acompañan algunos funcionarios públicos junto con algunos inversionistas que vienen acompañando a Saúl.
Al terminal el discurso la gente se agrupa para tomarse distintas fotos.
Una primero de los hombres inversionistas, políticos, y Juan Carlos con Saúl a su lado. Otra que organiza Saúl después con la familia de Juan Carlos, sin los políticos o demás gente desconocida.
Saúl insiste en cargar a Tlanesi, el cual agarra su cabello risado mientras jala de él.
Juanita y yo no separamos del grupo cuando la foto va a ser tomada.
Inmediatamente Carlos y Samantha van por nosotros, nos jalan a donde la foto va a ser tomada formándonos a cada uno junto a ellos.
Toman la foto.
Algunas horas después, vemos las noticias.
Por todos lados ponen la foto de la familia la cual ponen más veces antes que la de los políticos. El mensaje es claro: En los negocios, somos familia.
Incluso llegan a poner el video de Samantha y Carlos jalandonos para que entremos en la foto, metraje del cual las noticias parecen ser fans declarados, pues lo repiten junto con la foto.
Las noticias corren un perfil de todos los involucrados, entrevistan a todos los que pueden. Un reportero pregunta por el video a Juan Carlos, con Carlos a su lado.
— Juan Carlos, felicidades por la nueva torre y su regreso a la hoteleria. Vemos muchas caras nuevas entre los miembros de la familia, algunos que la gente en casita tal vez no reconozca, diga ¿Quienes son estos que jalan para la foto? — pregunta el reportero.
— Ah, muchas gracias. Sí, ese de ahí es Alfredo. Es nuestro chofer — dice Juan Carlos.
— Pero es casi familia ¿Verdad Alfredo? — dice Carlos.
Asiento con la cabeza y saludo a la cámara.
— Bueno ¿Y quien es ella? — pregunta el reportero.
— Ella… Bueno… Ella es la madre de mi hijo más joven. Tlanesi.
— ¿La madre de su hijo? ¿Porqué no le habíamos visto antes? — pregunta el reportero. Al fin entiendo el porqué tanta pregunta personal. Aquí el chiste es joder usando a Tlanesi como una pedrada. Por este tipo de cosas odio a los periodistas.
— Bueno, porqué la privacidad del niño es más importante que cualquier noticia amarillista — responde Juan Carlos con una sonrisa.
El periodista parece ofendido, se traga el insulto con amargura.
Carlos se tapa la boca para ocultar una risa, discretamente.
— Bueno, y si es la madre de su hijo ¿Cuando podemos esperar una boda?
Juan Carlos se queda callado un segundo. Sonríe.
— ¿Porqué no le preguntas a ella? — dice Juan Carlos, se levanta — . Ahora si me disculpan debo ir a darle de comer a mi hijo.
Los periodistas pasan el resto de la mañana atosigando a Juanita.
Juanita siendo siempre pragmática, les tira un balde con agua cuando se enoja lo suficiente. De ahí, la dejan en paz.
Nadie se mete con Juanita, nunca.
Por un rato me separo del grupo para esconderme en el baño, de manera que pueda responderle un mensaje al Señor Tanque, que me mandó felicitándome por haberme infiltrado a tal punto.
Sólo le respondo con un gracias en seco, no quiero hablar con esa gente de momento. Sigo confundido sobre si debo confiar en ellos luego de buscar información sobre ese tal Madrigal y no encontrar nada.
Cuando regreso veo a Saúl caminando por los pasillos de la torre Matsubara.
Está sólo.
«Al fin, esta es mi oportunidad» pienso.
Mis manos sudan, mi corazón late con fuerza.
Me siento como un criminal.
Comienzo a seguirlo intentando que nadie me escuche.
Tener a Saúl de mi lado… Esa será mi primera piedra.