Otras manera de caer.

1393 Palabras
La fiesta continua. Juan Carlos comparte historias con Gucho, Carlos toma café junto a Juanita. Samantha y Montserrat parecen llevarse muy bien, hablan mientras se ríen. El resto de ex-alcohólicos pasa de vez en cuando a donde está la familia y los felicitan por ser amistades y familiares de Carlos. Hay aplausos dados, uno tras otro. Carlos llora de felicidad cada cuanto. Está ebrio de felicidad. Me alejo por un momento mientras voy al baño, reviso mi teléfonos por pura inercia. Tengo un mensaje del Señor Tanque. «“¿Ya estás listo? -S.T.”» Como siempre, mal momento. Pienso en como responder, debo decirle que no sin que suene a un no. «“¿Te puedo ver en la tarde?”» Me lavo las manos esperando un mensaje de regreso. Cualquier cosa, debo mantener las apariencias. «Aquí no pasó nada» pienso. Al menos ahora que ha pasado un poco de tiempo, y que he podido aclarar mis ideas; entiendo que Juan Carlos debe pagar por sus crímenes, pero de manera que Carlos pueda primero arreglar sus problemas con él antes de que Juan Carlos caiga. Eventualmente su pasado le caería encima como una piedra, eso lo sé, pero mi amor por Carlos me ata en común beneficio. Sé que si Carlos no sana sus heridas con él, si Carlos no logra tener ese cierre con su padre; jamás lo hará. Así que, en mi mente he maquinado una manera alternativa. Ayudar a las victimas sin condenarlo a la cárcel, aún. Lo ayudaré a caer, sí. Pero será a mi manera. Salgo del baño con una sonrisa relajada, el problema con mentir siempre es que mientras más mientes más fácil se vuelve. La fiesta continua como si no necesitaran que estuviera aquí, en muchos sentidos, sería mejor que no estuviera aquí. Me he convertido en un lobo en piel de oveja. Soy una porquería de persona. Carlos me mira cuando me ve salir, alegremente corre hacía mí. Me agarra del brazo y me jala, obligándome a correr hacía la tarima. Las distintas conversaciones se detienen mientras nos ven llegar al escenario. — Y ahora quiero agradecer a la persona por la que todo esto ha sido posible — dice Carlos sonriendo de oreja a oreja con el micrófono en mano. Todos comienzan a vernos. Carlos me susurra — . ¿No te incomoda verdad? Yo niego con la cabeza. Sí, sí lo hace pero no puedo decir el porqué. No puede enterarse nunca de mi parte que he trabajado desde el primer día para romper a su familia, aún si he ayudado… Lo he ayudado solamente a él, por un amor secreto, que no puede ser correspondido en buena moral. — ¡Todo esto es gracias a ti, Alfredo! — dice Carlos. Carlos aplaude, todos le siguen. Juan Carlos mira como los demás aplauden y luego les sigue, solamente para no destacar de manera negativa. Carlos me abraza. Sus brazos con fuerza me estrujan, tan fuerte como no hace mucho abrazó la botella. — Muchas gracias, muchas gracias — comienza a decir Carlos como disco rayado. Está llorando. Lo siento temblar junto a mi cuerpo. Le regreso el abrazo, siento su calor y su perfume. También lo aprieto tan fuerte como me es posible, nos abrazamos como queriendo fundirnos en un mismo espacio, un mismo cuerpo. La gente sigue aplaudiendo. Samantha me guiña el ojo, ella sabe. — No agradezcas — le digo, comienzo a llorar también — . Por favor, no agradezcas. — Te lo debo todo, Alfred. Te lo debo todo. Niego con la cabeza. Mientras más me agradecen peor me siento. Nos mantenemos en un abrazo que se siente eterno, no importa cuanto dure, soy feliz de estar junto a él. Poco a poco la fiesta va muriendo, sin embargo todos parecen estar satisfechos con los momentos vividos. Los invitados, entre sonrisas y unos cuantos “debemos vernos después” salen alegres de la sala. — ¿Hoy vas a ir a tu casa? — le pregunto a Carlos. Carlos asiente. — Ya es hora de volver, hay mucho que quiero hablar con él. Muchas gracias por todo, Alfredo. Por todos los problemas que te causé. — Tenerte a mi lado no es problema. El que estés lejos de mí, sí lo es — le digo. Carlos se sonroja. — Igual, muchas gracias — Carlos me regresa mis llaves, las intenta poner en mis manos. Niego con la cabeza. — Son tuyas, vuelve cuando quieras. Carlos sonríe. — Te tomaré la palabra — me dice mientras me guiña el ojo. Me regreso a casa en Taxi, más no entro al edificio. Me quedo sentado en las escaleras. Sé que pronto llegarán por mí. Pasa media hora, el Señor Tanque llega en el coche rojo. — ¿No hay camioneta? — le pregunto. — No. Solamente seremos tú y yo esta noche. — Bien. — ¿Y bien? ¿Cual será el plan? — me pregunta el Señor Tanque. — Realmente, sí te soy honesto. No lo sé. No tengo idea. — Mhm — dice el Señor Tanque mientras se sienta en las escaleras del departamento — . ¿Fuiste a ver a las personas que venía en el paquete de hojas? ¿Qué aprendiste de eso? — Que Juan Carlos es un desgraciado. — Sí, pero no necesitabas escuchar todo eso para saberlo. — No. — Cuéntame, más de Juan Carlos como ser humano. ¿Cuales son sus pilares? — ¿Sus pilares? — Sí. Sus pilares ¿Qué lo mantienen vivo? — No lo sé. — Claro que lo sabes. En primera están sus hijos, pero no los quieres meter en esto ¿No es así? Así que ¿Qué más queda? — Fuera de sus hijos están su imagen y su empresa. — Que para el caso es casi lo mismo. — No tanto, si la empresa se cae le duele. Pero le duele más su imagen. Si él queda mal, — Es una interesante observación, Alfredo. Sin embargo si tiene su empresa, tiene dinero. Si tiene dinero puede comprar o callar a quien sea para que su imagen no se vea beneficiada. Entonces, piensa… ¿Cómo le haremos caer? Me quedo pensando un poco. Pienso en lo que he aprendido durante el mes, sé que no puedo hablar aún del incendio del noventa y dos. Aún no. Pero puedo hablar de todo lo demás. Tal vez. ¿Pero a quién? ¿A quién? Una idea se me viene, es fugaz pero efectiva. — Mañana temprano vamos a ir a poner la primera piedra de la torre Mendoza, con toda la familia — comienzo a decir. — La mentada Torre Mendoza — dice el Señor Tanque riéndose. — Sí. Nos vamos a reunir con Saúl. Se va a tomar la foto de inauguración con nosotros. ¿Qué tal sí…? — lo pienso un poco más — . ¿Qué tal si le cuento a Saúl la verdad de los despidos? El Señor Tanque me mira confundido. — ¿Qué crees que eso causaría? — me responde. — Saúl es como Juan Carlos, pero en versión moral. A él le importa también lo mismo, su nombre, su moral y su compañía. Si le digo que Juan Carlos es justamente la clase de personas que él odia, tal vez retire su inversión. El Señor Tanque mira a la calle. — Continúa. — Imagina la reacción de Juan Carlos, hizo todo lo que hizo, despidió a todos los que despidió y todo ¿Para qué? Para una torre que no se hará. El Señor Tanque se comienza a reír. — Eso tal vez funcione. — ¿Tal vez? Lo hará. — Muchas cosas pueden pasar. De todas maneras ¿ese es todo tu plan? — No, digamos que es sólo la primera piedra — le digo sonriendo. El Señor Tanque asiente. — Es tu mejor idea hasta ahora, Alfredo. Me gusta. Se la diré a los demás. — Muchas gracias. — Y que lo digas. Me ganaste con lo de “primera piedra”. Juan Carlos tendrá la suya, tú la tuya. — Se podría que será una batalla a pedradas — le digo. El Señor Tanque se sube a su coche y se va. Me voy a dormir, mañana me espera un día pesado.
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