Los Primeros diez días.

2396 Palabras
Carlos se pasea nervioso de lado a lado por toda la tarima, viste sus mejores ropas engalanando la ocasión. Han pasado diez días desde que comenzó con el programa de alcohólicos anónimos, por fin dejando de fingir que quería cambiar, para poder comenzar su proceso de sanación real. Diez días. — ¡Que largo camino! — le había dicho su psicóloga — . Pero recuerda que es apenas un primer paso, un primer pilar si gustas. Aún queda mucho camino por recorrer. No te confíes. Pero también celebra las pequeñas victorias. Y celebrar haríamos. Una de las ideas del grupo en el que estaba Carlos era el uso constante de refuerzo positivo como herramienta de cambio. Por ello, cada cuanto tiempo se celebraban distintos convivios, pequeñas fiestas para aquellos que lograran las metas del plan. Nada espectacular para aquellos que ya habían pasado por eso. Enormes para los que apenas habían comenzado. Es por eso que Carlos estaba tan nervioso esa tarde. — ¿Crees que alguno de ellos venga? — me pregunta nervioso. — ¿Les dijiste que había café y pan gratis? — le respondo. — Sí. — Entonces sí. Vendrán. Carlos sonríe. — Bueno pero no a todos les gusta el café o el pan. — No, pero a todos nos gustan las cosas gratis. — Buen punto. Carlos continúa caminando por la tarima con el rostro preocupado, de vez en cuando se detiene y su mirada se posa en la puerta, esperando a que alguien asome la cabeza, quien sea. Su desesperación es palpable. — ¿Y que pasa si no vienen? — pregunta Carlos. — Vendrán — respondo de inmediato tratando de cortar de un tajo sus dudas. — ¿Pero qué pasa si no? La psicóloga me dijo que invitara a todos mis conocidos, familiares y amigos. ¿Qué pasa si me quedo solo? Voy a hacer el hazmerreír del grupo. — No estarás solo. Estoy yo — le digo fingiendo indignación. Carlos abre los ojos como platos, su cara se pone roja de vergüenza. — ¡No! ¡No me refería a eso! Perdona, yo… — Ya lo sé, no te estreses más. Tranquilizate Carlos se acomoda el moño azul de su cuello, de un color tan azul como su traje, cortesía de Grucho, obviamente; el cual amablemente le había regalado el traje a Carlos, sin pedirle dinero a cambio ni decirle que le pasaría la cuenta a su padre cuando Carlos había ido a invitarlo a que viniera a la reunión. — ¡Estaré ahí puntualmente! — le respondió Grucho de inmediato — . Para ti lo que sea, Carlitos. Haré un lugar en mi agenda, pero estaré ahí. Me verás justo cuando el reloj den las campanadas exactas. Sin faltar a su palabra, Grucho tal como dijo, justo a la hora en punto, sin segundos de más ni segundos de menos se apareció por la puerta principal de salón. — ¡Carlitos! — ¡Grucho! Ambos corren a los brazos del otro, sonríen alegremente mientras el diseño de mar en fondo blanco del traje de Carlos rebota tirando brillos por todos lados. Pareciera por un momento que las olas se mueven con realmente. Me recuerdan a nuestro lugar especial, donde no hace mucho logré que dejara la botella. No me arrepiento de nada. No cuando se le ve tan feliz. Grucho toma su asiento mientras que Carlos sube a la tarima para intentar practicar el discurso inaugural de la ceremonia. La psicóloga le había indicado que tenía que memorizarlo uno dos días antes; desde entonces lo ha estado practicando mañana, tarde y noche; debe ser pesado para él, yo le ayudé a corregirle cada vez que lo dijera mal por sólo media hora... Y a mí ya me tiene harto. Carlos se aclara la garganta. — Buenas tardes damas y caballeros… Alfredo ¿de verdad crees que vengan damas? — Tu hermana confirmó que ya venía ¿Qué no? — Por eso, viene mi hermana… ¿Pero cuales damas? Grucho se ríe en su asiento. — ¿Cómo que cuales damas? — grita Samantha en la entrada. Grucho deja de reírse mientras baja la cabeza. — ¿Vino juanita? — pregunta Carlos. — Claro que vino Juanita — dice Samantha — . Está cambiando a Tlanesi allá afuera. — Ah, entonces si hay damas — dice Carlos sin voltearla a ver. Samantha sonríe, se sienta junto a Grucho. Bajita la mano, Carlos se agacha de la tarima quedando frente a frente con Samantha. Samantha se aleja un poco al tenerlo tan cerca. — Gracias por venir hermanita. — Para eso estamos — dice Samantha. Juanita entra corriendo con Tlanesi. — ¡Oh por dios! — dice Grucho al verla. Se para, se quita sus lentes de diseñador. Grucho examina a Juanita de pies a cabeza, mirando sobre todo su vestido típico del pueblo del que es originaria. — ¡Eres preciosa! — dice Grucho — . ¿Te gustaría ser modelo para mi próxima colección? Juanita aleja a Tlanesi de Grucho, visiblemente confundida de lo que está pasando. — No, cállese viejo arrecho. Juanita le da la espalda y va a las mesas por donas. Grucho nos voltea a ver sorprendido. Samantha se encoje de hombros. Grucho parece que algo se le ocurre y comienza a anotar algo en una pequeña libreta. — Ya empezó — dice Samantha riéndose. — ¿Empezó a que? — le pregunto. — Cuando a Grucho le viene una idea se pone de necio, mientras más le digan que no, más insiste. Cuentan que una vez estuvo persiguiendo a un playero de esos que venden cocos y mangos con chile por un kilómetro intentando enseñarle sus diseños para que se volviera su modelo. Pero aquí llegó a su tope. Grucho se levanta y va con Juanita la cual niega con cabeza mientras se aleja de él. — Juanita es demasiado tímida y necia como para que le diga que sí. — Eso te hace preguntar que hizo o que le dijo mi papá para que aflojara — dice Carlos susurrando. Samantha se ríe. — Que poco conoces a las mujeres hermanito. Juanita es tímida, pero si alguien tuvo que convencer a alguien fue Juanita a mi papá, y herramientas no le faltan — dice ella con una sonrisa. Carlos asiente. — Tienes razón, no conozco a las mujeres. Y tampoco quiero conocerlas — dice Carlos mientras se vuelve a subir a la tarima. — Lo sé — dice Samantha, mientras me voltea a ver. Me dedica una sonrisa y me guiña el ojo. Alejo mi mirada. Me incomoda que no sé nunca si realmente sabe lo que nos hace creer que sabe, Sobre todo porqué parece siempre estar muy cerca de la verdad en todo momento. Pasado un rato llega Montserrat y varios miembros del grupo de alcohólicos que estarán presentes en la fiesta. Carlos los recibe a todos como viejos amigos, algunos lo felicitan, otros le cuentan la historia de como fue su fiesta de sus primeros diez días. Todos le dan palabras de aliento, que Carlos toma con mucha dignidad y respeto. — Muchas gracias a todos — les dice dando una pequeña reverencia. Carlos me voltea a ver con nerviosismo en busca de refuerzo positivo. Desde el lugar de las donas hago un ademán de apoyo. Carlos suspira y sonríe fingiendo que todo está bajo control. No lo está. Ambos sabemos que lo mantiene tan preocupado. No es ni el discurso que se memorizó, ni siquiera el que va a estar en un escenario a la vista de sus compañeros y sus amigos completamente expuesto a cualquier falla en pleno aire. No, Carlos tiene un sólo gran problema que siempre lo ha desgastado y su nombre es Juan Carlos Mendoza. Es entendible, viendo el pasado que han tenido ambos, que su padre sería siempre un problema constante en la mente de su hijo, como un lastre que le hunde sin importar cuanto intente mantenerse a flote. Incluso, cuando ya tiene mi palabra de que Juan Carlos vendrá, se le hace demasiado difícil digerirlo y sobre todo, verdaderamente entenderlo. Carlos se mantiene en todo momento su vista hacia la puerta como un niño que espera al camión de los helados. Todo mundo parece haberse dado cuenta; y a pesar de que conversan alegremente, se puede sentir la tensión en el aire. Como si el mundo se detuviera en un punto de tensión, las personas se mantienen a la expectativa; incluso la atmósfera se siente densa. De pronto se abren las puertas, de par en par. Todo mundo voltea, algunos incluso se paran de sus sillas por la expectativa. Todos se quedan en silencio. La psicóloga entra extrañada al ver la ola de impresiones que causó su llegada. — ¿De verdad me esperaban con tantas ansias? — dice bromeando — . Si es así, ya hay que comenzar con la reunión. ¿Podría el festejado pasar a la tarima para que recite el poema de los diez días? Carlos me agarra del brazo. — No estoy listo — me dice Carlos al oído. — Sí, lo estás — le digo. Tomo su mano y lo jalo a la tarima. Acomodo el micrófono por él mientras se queda callado, mirando al publico. Carlos abre la boca, voltea a ver una vez más a la puerta. La puerta sin embargo, se mantiene cerrada y sin nadie que quiera abrirla, por dentro o por fuera. Carlos se queda callado. — Eh… Me mira pidiéndome ayuda. Me acerco al micrófono. — Damas y caballeros, si nos permiten un momento. Carlos, el festejado va a recitarnos un poema que se cuenta aquí cada vez que pasan los primeros diez días. Ahora, si nos podrían hacer el favor de aplaudir cada vez que Carlos señale a alguien que sea aludido en el poema, se lo agradeceríamos mucho — digo en el micrófono. Carlos detrás de mí se mantiene. Apagan las luces dejando sólo una única luz en la tarima apuntando a Carlos — . ¡Ahora reciban con un fuerte aplauso a Carlos Mendoza! Me alejo de la luz y veo como la gente empieza a aplaudir y animar a Carlos. Carlos se acerca al micrófono. Le acerco la copa que va con el monologo. — Estos son mis primeros diez días. Si la ironía no me matara les diría que brindaba por ellos — Carlos enseña la copa — . Pero, como verán. Yo ya no bebo. Algunos sonríen. Otros se quedan callados a la expectativa del monologo. Me bajo de la tarima y tomo asiento junto a Samantha. Carlos me mira intentando no salirse de la rutina bien ensayada. — Nunca más envenenaré mi alma con ese agua ardiente que mi corazón salaba, dejaba estéril para que nada creciera. Y me hacía fiera de mil corajes. — ¡Nunca más! — dicen los ex alcohólicos en coro, probablemente han escuchado ese discurso una y otra vez. — ¡Nunca más dejaré mis obligaciones de padre, hijo, hermano, amigo, esposo y amante por una misera copa! — ¡Nunca más! — vuelven a gritar. — Nunca más — dice Carlos, pensativo —. Tal vez sea mucho decir para alguien que sólo ha pasado por diez días. ¿Qué son diez días? Díez días, son lagrimas derramadas. Incontables temblores, gritos y odios. Interminables ansiedades. Horrores nocturnos. El primer día sin alcohol fue una eternidad, y tuve ya diez eternidades para probar en carne propia un infierno de mi propia creación. Carlos llora un poco. Me toco una mejilla, mis ojos están húmedos. Cada palabra me recordó distintos momentos de sus primeros días, todos sus llantos, gritos, lagrimas y vómitos. Me hace pensar en lo fuerte que es realmente Carlos, si para mí fue algo terrible… Para él debió ser traumatizante. — Pero les pido que brindemos esta noche, no por mí. Claro, dirán ¿Si por mí no brindo, entonces porqué brindar? — dice Carlos mirando a la copa, luego mira a todos los que están en el salón — . Sencillo, brindo por las vida. — Brindo por todos los presentes, por acompañarme esta noche. La gente aplaude. Los alcohólicos alzan sus tazas de café. — Brindo por mis hermanos. Carlos señala a Samantha con la copa, ella grita de felicidad mientras alza a Tlanesi. — ¡Brindo por amistades y amores, que por mí culpa y el demonio en mí, todos mis pecados aguantaron! — dice Carlos mientras me señala. Me pregunto si me señala por amistades… O por amores. Mi corazón ruega porqué sea por ambas. Le sonrío y él me sonríe de regreso. — ¡Brindo por mi madre, pues ella me dio la vida! Carlos alza la mirada y su mano hacia arriba, como señalando al cielo. La gente aplaude. Carlos sonríe. Luego se queda pensativo, meditando, recordando. — Y brindo por mi padre… Carlos se detiene. Está apunto de llorar. La gente comienza a susurrar. Carlos cierra los ojos intentando que no se vean sus lagrimas. — Brindo por... No puede continuar. Me aclaro la garganta, como para recordarle que estoy aquí. Darle ánimos. Carlos asiente, entiende mi mensaje, abre los ojos. Carlos sin embargo no continua, se queda callado mirando fijamente a algún lugar más allá de nosotros. Todos voltean a ver. Nadie cree lo que ve. Parado ahí en las sombras, como intentando pasar desapercibido está Juan Carlos Mendoza, mirando a Carlos con solemnidad. Juan Carlos asiente, como diciéndole a su hijo “adelante”. Carlos suspira, comienza a llorar pero parece no darle pena ya. Carlos alza la mano y señala a su padre. — ¡Brindo por mi padre, por enseñarme a amar la vida! Los presentes aplauden y parecen genuinamente alegres de que viniera, incluso la gente que no sabía quien era. — Brindo por todos los demás, por compartir la vida conmigo. Cualquier fallo dado, que en el pasado quede, se hunda y no vuelva más. Que una nueva vida comienza… Carlos toma la copa vacía y la alza, hace ademán de tirar el liquido. — Y estos son mis primeros diez días — termina Carlos, se apaga la luz. Todos aplauden. Me siento increíblemente orgulloso de él. Queda mucho camino por recorrer, pero sé que se mantendrá estable. Ha dado su primer paso, y así ha concluido sus primeros diez días.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR