Confrontación de media noche, Volumen 1.

2658 Palabras
La reja eléctrica suena, se abre para mí interrumpiendo el silencio de la noche. Estaciono el Bentley en la entrada, hace un ruido extraño cuando lo apago. Para verificar intento encenderlo otra vez. No vuelve a encender más. Al menos ha vuelto a donde pertenece, aún si no está integro o completo. Juan Carlos me espera en la casa. Hace media hora le mandé un mensaje, pidiéndole que me dejara verlo. Al principio no quería, insistí. Le dije que necesitaba hablar con él. Al final aceptó. Salgo con el peso de otro problema añadido, en un maletín he guardado todos los papeles, sé que ya no volveré a usar ese coche por un largo tiempo. En la sala Juan Carlos me espera, adentro sólo hay una sola luz de una lampara de mesa pequeña con forma esférica. Juan Carlos tiene en la mesa preparada su caja de puros, una baraja de cartas y una botella de vidrio con Brandy junto a la lampara. — Buenas noches, Alfredo — me dice cuando entro. — Buenas noches, señor. — Por favor, sientante — me dice mientras me señala uno de los dos sofás que ha preparado para la reunión — . También hay café en la barra, sin embargo… Es descafeinado, espero no te moleste. Supongo que no estaremos toda la noche ¿O sí? Debo despertarme mañana temprano. — No, no se preocupe, señor. Un par de horas es suficiente. — Bien. Eso me agrada más. Juan Carlos fuma de su puro y toma un trago. — Que comience la velada. Me siento. — Primero que nada, muchas gracias por aceptarme la solicitud, sé que es un hombre ocupado. — Ah, no te preocupes. Últimamente he hecho cosas mucho más difíciles, esto… No es nada. Además nos has hecho más que sacarme de apuros desde que llegaste. Eso te lo reconozco — dice mientras me sirve una copa de brandy, sin preguntarme. Sé que no debo negarme, esta noche habrá muchas negaciones, no me puedo dar el lujo de ser la primera. — Gracias, señor. — Ahora dime Alfredo, en tu llamada me dijiste que tenías dos cosas de las cual querías hablar. ¿Cuales son? — En primera, de su hijo. Juan Carlos parece incomodo, lo suficiente como para no querer preguntar, lo hace de todas maneras. — ¿Y cual es la segunda? — El incendio del noventa y dos. Juan Carlos asiente. — De modo que… ¿todo esto es para hablar de dos temas personales que no te incumben en lo más mínimo, eh? Asiento. — Muy bien, pero que sea la última vez que buscas entrometerte en mi vida. Esto consideralo tu pago por ayudarme con el cierre de la compra del hotel. ¿Entendido? — Sí, señor. — Bien. ¿Con cual quieres empezar? — me dice mientras comienza a repartir sus cartas. — Quisiera saber que pasó esa noche. La del incendio. — No lo recuerdo bien, eh, creo que estuve peleando con Roberto. Me quedo en silencio. — ¿Roberto? — Sí, Roberto Madrigal, mi socio — dice Juan Carlos dándole una calada a su puro. — Perdone pero a ese señor… No había escuchado de él — respondo. — ¿Y porqué habrías de hacerlo? No hablo de él porqué era una rata almizclera digna de las más finas alcantarillas. ¿Quien te hablaría de él? — No, nadie — digo bajando la cabeza. Roberto Madrigal, es la primera vez que escucho ese nombre. He buscado por todos lados, todas las historias y documentos que el Señor Bala me ha dado. Nunca había visto o leído ese nombre. ¿Porqué me había ocultado a alguien tan importante como al socio de Juan Carlos? ¿Que razón habría de tener el Señor Jefe para ocultarlo? Comienzo a dudar un poco del Señor Jefe y su gente, tendré que confrontarlo cuando me sea posible. De momento debo mantenerme en una fachada de curiosidad. Recuerdo lo que me dijeron alguna vez, a Juan Carlos le gusta jugar juegos con la gente. Le entretiene. Si logro entretenerlo tal vez diga más información. Un paso en falso y sé que se cerrará. Permanentemente. La única estrategia que puedo pensar es en des-equilibrarlo. El jugador vuelto el juego en sí. Voy a cambiar entre temas, uno tras otro hasta que no pueda elegir entre ninguno. De esa manera lograré que baje la guardia. — ¿Todavía le duele el golpe? — le pregunto. Parece ser que funciona. — ¿Creí que estábamos hablando del incendio? — dice Juan Carlos. Me encojo de hombros. — Sí, pero el hecho es que se le ve inflamado todavía — respondo como si no le diera importancia. Juan Carlos se toca la cara. Por un momento sólo se queda viendo, al vacío. Parece ser que ha bajado un poco las defensas. Una persona tan consciente de su propia imagen por supuesto caería en algo como esto. — Bueno. Ya no me duele, pero sigue algo hinchado. Muchas gracias por preguntar. Tomo un poco del Brandy. Hago el sonido de satisfacción que hacen en los comerciales. Sonrío. — ¿Usted estuvo la noche del incendio? — pregunto de golpe. Juan Carlos me mira, se detiene en plena calada a su puro. Comienza a toser. Se aclara la garganta como si lo tuviera todo ensayado. — Sí. Estuve adentro del hotel — responde Juan Carlos. — ¿Cómo fue? Juan Carlos me mira, intenta leerme. Mantengo la cara sin expresiones. Juan Carlos prepara la baraja para el póker. Comienza a repartir las cartas. — Si ganas, te diré — me responde. — No sé jugar. Juan Carlos sonríe. — Exactamente — me dice satisfecho de si mismo. — Eso no sería justo. — ¿Te parece justo el juego que estás jugando, Alfredo? — me pregunta Juan Carlos — . Vienes a mi vida, te doy un empleo. Tu primer empleo si no mal lo recuerdo, te doy casi diez años de trabajo, un trabajo en el que creciste de limpieza a gerente. Trabajo en el que ganaste mucho dinero. Un día me llegas a reclamar que el trabajo no es suficiente, que te sientes no valorado. Que porqué no te invitaba a mi casa, a pesar de que se corrían rumores muy feos sobre ti. En un sentido muy literal llegas, te quejas de problemas ajenos a mí con tu renuncia en mano, te niegas en elaborar y sales bailando como un pelmazo tratando de arruinar la imagen de la empresa que me tocó sudor y sangre lograr... — Yo no lo había visto así señor — interrumpo a la mitad. Juan Carlos con una seña en la mano me contra-interrumpe, interrumpiendo mi interrupción. — Permiteme tantito, te doy un trabajo justo. Un préstamo de la voluntad de mi corazón porqué me sentí identificado con un fuego que te quite lo más preciado en la vida. Te quejas, te doy la confianza de confiar en mi hijo, el primer día se golpean, y luego resulta que ahora son los mejores amigos; aún cuando te prohibí que tuvieran una relación que no fuera estrictamente profesional. Te llevo como chofer a la capital, te me desmayas en el regreso así que tengo que conducir yo. Luego terminas involucrado en el ataque a mi tienda, golpeas a Gutiérrez… Sí ¿Crees qué no me iba a enterar? ¿Crees que soy idiota o qué? Él me informa todo, es mi yerno después de todo. Luego apareces una tarde y me dices que quieres hablar conmigo de temas que no sólo no te incumben sino que tampoco deberían importarte. ¿Y crees que me puedes poner presión haciéndome preguntas una tras otra? ¿Quién crees que soy, Alfredo? Así que te pregunto, ¿Cuál es tu juego? Espero que no sea póker, porqué que pésima mano tienes, y aún así sigues apostándolo todo. Me quedo callado. — Nunca lo había pensado así, señor. — No, Alfredo. Nunca lo piensas. Realmente eres un caso curioso. Siempre pensando pero nunca llegas a nada. Y luego la culpa la tiene uno. — Bueno, en mi defensa...Yo... Trato un largo rato de justificarme, quiero decirle que está mal. Que todo lo que piensa de mí siempre estuvo mal. Me quedo callado. — No, es verdad. Tiene razón. Pienso demasiado las cosas, eso no me ha llevado a nada — respondo con algo de vergüenza. Juan Carlos asiente. Ha ganado el primer round, así que toma mientras disfruta su victoria. — Estuve en el hotel. Ese día tuve una discusión con Roberto — me dice Juan Carlos. — ¿De qué discutieron? — pregunto. — Precios. Él quería abaratar costos. Mis ojos se abren, siento como mi corazón comienza a palpitar más fuerte que nunca. Como si estuviera frente a un pozo oscuro con ligeros reflejos que me hacen pensar que tiene agua, mi mente grita al mismo tiempo: «“¡Huye!”» Tanto como grita «“¡Sumérgete!”». Antes de preguntar más, miro a Juan Carlos Parece no darle importancia, como si esperara que le pregunte más. De momento no sabe que más que cualquier otra cosa quiero información de precisamente eso. Lo pienso un poco. Juan Carlos parece entender el patrón que puedo tomar. Sé que si le cambio el tema de conversación, sabrá que lo que busco es precisamente lo que intento hacer como que ignoro. Si me mantengo por este camino tal vez no espere que me importe algo tan técnico que termine bajando la guardia. Como una batalla de Box mental, cuento mis golpes. Tomo un poco de brandy. — ¡¿Qué clase de gastos?! — digo extremadamente emocionado. Juan Carlos me mira extrañado. Quiero que crea que finjo mi emoción para que piense un poco que este tema es el que no me importa. — Gastos varios — dice Juan Carlos cayendo en mi anzuelo. Me mira a los ojos intentando encontrar mis verdaderas intenciones — . Dime Alfredo, si se puede saber ¿Qué lograbas intentar cuando pediste renuncia al banco? ¿Te dieron otra oferta en algún lugar? ¿A dónde pensabas ir? Suspiro. «Debo dar para obtener» pienso. — Realmente no, solamente quería irme. Lejos. — ¿A dónde? — La patagonia. Quería cambiar de carrera, volverme artista de tiempo completo. Específicamente escultor. — ¿Ah, sí? ¿Sabes esculpir? — Un poco, de hecho en casa tenía una escultura pequeña, un pingüino de cuarenta centímetros. Se derritió en el incendio. — Una lastima. — ¿Qué tipo de gastos? — le cambio de tema. — No lo recuerdo bien. Igual dudo que importaran tanto los gastos. Probablemente fue por otra cosa, no lo recuerdo. Nos peleabamos por mucho, su deporte favorito era darte gato por liebre. Por favor, ya no me preguntes más sobre Madrigal. No te responderé más sobre él. Si quieres saber sobre el incendio, salí apenas gracias a que salí corriendo usando las escaleras principal. Otras personas no tuvieron tanta suerte. Nunca averiguaron la causa del incendio, para mí que fue el maldito Madrigal el que empezó. No me extrañaría. — ¿Ha hablado con alguien más? De la gente que estuvo en el incendio. — No. ¿Porqué habría de hacerlo? Uno de ellos me intentó demandar, madrigal lo demandó de vuelta. Otra vez otra pista enorme, Madrigal ha estado en todos lados. Madrigal es una pieza clave ¿Porqué el Jefe no me habló de él? Vine por respuestas, he salido con más preguntas de las que me siento cómodo. Necesito entrevistar a Madrigal. — Se notan que eran muy amigos ¿Qué le pasó a esa amistad? — Lo siento, te dije que de él ya no quiero hablar. Asiento. — ¿Ha intentado hablar con su hijo, desde lo que pasó? Juan Carlos niega con la cabeza. — No. Carlos no me quiere hablar desde que se fue del restaurante. Tú lo viste, yo lo intenté. Él fue el que cerró la puerta sobre esto. — ¿Y antes de eso, alguna vez logró hablar con él? Sobre sus sentimientos, sus gustos. Sus miedos. No lo sé. Cualquier cosa personal. — Alfredo, soy su padre. Los padres no hablan de ese tipo de cosas. — Los míos sí — le respondo. — Los míos no, y seguro que los míos eran mejores que los tuyos. Me muerdo la lengua. Juan Carlos se ríe. — Es una broma, hombre — dice Juan Carlos, feliz consigo mismo. — Igual podría intentarlo, aprendería mucho de su hijo. — Lo dices como si lo conocieras más que yo. — Tal vez sí — le digo con una sonrisa. Juan Carlos hace una risita seca, irónica. — ¡Já! Adoro como me crees tan ingenuo como para caer en provocaciones tan estúpidas — Juan Carlos comienza a reírse tan fuerte que tira un poco de bebida en su camisa. Pone la copa en la mesa de golpe, de milagro la copa se mantiene intacta. Me mantengo serio. — No creo nada más que lo que dije. ¿Sabía que Carlos siente que es ignorado por usted? Me comentó alguna vez que siente que usted prefiere a su hermana. — ¿Y eso qué? — dice Juan Carlos limpiándose — . Todos los hijos creen que el otro es el favorito. Te aseguro que si le preguntas a Samantha, te dirá que piensa lo mismo. — Bueno, pero igual esa sensación le ha carcomido por mucho tiempo. — El señor psicólogo ha hablado. — Pues su psicóloga sí me confirmó eso. Juan Carlos se queda callado, procesando. — ¿Psicóloga? ¿Carlos está viendo a una psicóloga? — Oh sí. También retomó el plan de alcohólicos anónimos. Por voluntad propia. Juan Carlos se levanta de la mesa. — ¡Alfredo, no juegues conmigo! — No lo hago. Es cien por ciento real. — ¿Pero qué? Me estás diciendo que lo que nunca hizo en años de mi guía lo está haciendo porqué ¿Qué? ¿Porqué tú le dijiste? ¡No seas ridículo! — No fue porqué yo le dijera. Carlos ha cambiado por su propia voluntad. No lo subestime. De hecho, en tres días habrá un evento en celebración a sus diez días de tratamiento. Carlos quería que usted fuera. Saco una pluma, tomo una de las cartas y escribo en la parte de atrás la dirección. — ¿Así que para eso fue todo esto? ¿Invitarme al evento? — En parte sí. También quería información del incendio — le digo, me levanto. Juan Carlos mira la dirección en la carta. — ¿Para qué la quieres? — pregunta. — Sólo quiero entenderlo, señor. La última vez que le pregunté parecía usted estar sufriendo por eso, hoy me ha confirmado que es algo delicado. Quiero ayudar, sólo eso. Juan Carlos se ríe. — Como si alguien como yo necesitara tu ayuda — dice Juan Carlos. — Todos necesitamos ayuda alguna vez señor. Juan Carlos se guarda la carta en el bolsillo. — Gracias por traer el recado — Juan Carlos hace una pausa — . Lamento no haberte dado lo que querías. Simplemente prefiero olvidar esa época de mierda. — No se preocupe Señor. He aprendido lo suficiente. ¿Tengo su palabra de que irá al evento? Juan Carlos me mira con seriedad. — Por supuesto. Después de eso hace como que no le importa y le da un trago a su bebida. Salgo de la casa tratando de organizar mis pensamientos. Le gustaba dar gato por liebre, Roberto Madrigal, incendio. Me doy cuenta de que hay mucho que me falta aprender de todas esta situación. La firma de Juan Carlos estaba en los papeles; sí. Pero si Madrigal es como lo pintan tal vez Juan Carlos sea inocente. Necesito más información. Debo interrogar al Jefe. Aún queda un largo camino por delante; y voy a recorrerlo a paso seguro.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR