Los dos días siguientes no veo para nada a Carlos. Me da instrucciones de descansar en lo que él ordena su mente. Seguimos en contacto, cada cuantas horas le mando mensajes. Hasta ahora no ha encontrado ninguna persona que le pueda prestar ni un centavo. Todos los amigos ricos de la familia inmediatamente se burlarían de él o peor aún, irían a acusarlo con su padre. Me tomo esos días para acomodar mi vida un poco. Rento un departamento extremadamente barato cerca de la carretera que lleva a la casa del señor Mendoza. Hay cucarachas en la cocina y el balcón trasero huele demasiado a humedad como para no odiar cada segundo de mi estancia en él, lo trágico es que es en él el único lugar donde puedo lavar mis trastes o mi ropa, haciendo las visitas al patio completamente necesarias. Peor aún, no es lo único que huele mal en el departamento. Cada vez que me baño de la alcantarilla de la regadera sale un aroma a aguas negras que me marea y me hace querer mudarme. Sin embargo, preferiría no gastar demasiado de lo que me dio el señor Mendoza para evitar que al termino de los cinco años cuando deba pagar la deuda que tengo, pueda entregarle integro la mayoría de lo que me dio junto con lo poco que junte para esa época. Odiaría deberle más de lo que le debo.
El Jueves en la noche le llamo a Carlos esperando instrucciones. Me dice que vaya a verlo a eso de las diez, lo noto nervioso.
— ¿Todo bien? — le pregunto.
— Sí. Sí… O eso creo — me dice. Lo noto nervioso.
Justo antes de dormir le mando un mensaje al señor Tanque:
«¿Reunión mañana antes de las ocho?»
Escribo el mensaje con cierto temor.
Sé que debo hablar con el señor Tanque, esta sería la primera de nuestras reuniones programadas. Estoy lleno de ansiedad y preocupación, casi cuento los segundos para vernos. No es por qué comience a querer ayudarle a él o al señor Bala en su misión homicida. Sino porqué tengo miedo de la reacción que puedan tener a las noticias de que alguien más les estaba ganando en su juego, y peor aún que eran mejores que ellos en lastimar a los Mendoza. Ciertamente ninguna persona peligrosa le gusta la competencia, y la idea de que el Señor Bala se pueda enterar me aterra. Me alegra un poco pensar que sólo trataré con el Señor Tanque un tiempo.
El teléfono rojo suena.
«”Centro comercial, frente a librería Siete en punto AM” »
Al siguiente día, llego al centro comercial temprano.
Me resulta un mundo completamente extraño. Demasiado alejado de la realidad que uno puede apreciar cuando está lleno y reverberante con el sonido de las personas, tenis rechinando y niños gritando. Aún para mí que había tenido la oportunidad de observar el centro comercial cerca de esta hora, nunca lo había visto tan vacío.
Los pasillos que en otros momentos había visto desbordantes de gentes caminando en todas direcciones, en estos momentos parecían casi infinitos en su vasta soledad. Las tiendas, muchas de ellas vacías y cerradas se veían completamente oscuras, esperando a su momento de brillar cuando el empleado en turno llegara a encender las luces; me daban una sensación de solemne tristeza combinada con una extraña sensación de mareo producto de las luces blancas artificiales que bañaban cada centímetro con un aura casi espectral. Y en medio de esas luces, como un fantasma pálido me esperaba el señor Tanque.
Estaba vestido a traje, uno mejor del que normalmente usaba. Este era de un azul oscuro muy bonito.
— Siéntate — me dice haciendo una señal en dirección de una silla acolchada que está justo enfrente de los vidrios de la librería.
— ¿Son las de masajes?
— Sí. Yo invito.
Me siento a su lado luego de que pusiera una moneda de cinco en cada una de las sillas.
— ¿Semana estresante? — me pregunta mientras la silla comienza a darnos un masaje con algo que sólo puedo describir como una bolas de plástico dentro de la cobertura de falso cuero que se siente caliente como axila de taxista.
— Pues… El Viernes pasado se quemó mi casa, el sábado firmé un contrato de cinco años en un trabajo que no quería, me endeudé sin mi conocimiento, me apuntaron con una pistola, me quitaron una muela, me golpearon en un baño y me cubrieron de alcohol, luego tiraron una molotov frente al departamento de mi amiga más cercana. El Lunes me peleé con Carlos, me arruinaron el plan original de ser el conductor de mi jefe para volverme el de Carlos, me persiguieron, me golpearon en un baño… Y bueno el martes me doparon en contra de mi voluntad, me desnudaron, tuve que correr desnudo a un bar para que me devolvieran mi ropa y de ahí unos sujetos nos llegaron con una pistola, nos amenazaron y se fueron luego de disparar cerca de mis pies solamente porqué les dio risa. Eso ha sido esta semana.
— ¡Jesucristo bendito! — dice el Señor Tanque con una mezcla de sorpresa y espanto — . Ya nada más falta que pisaras cagada de perro.
— Eso paso el Miércoles cuando fui a comprar la despensa. ¿Mencioné que se me cayeron los huevos al llegar a mi casa?
— ¿Y porqué?
— Una cucaracha voló hacía mí y se posó en mi mano mientras intentaba abrir la puerta del departamento. Me espanté, se cayeron. Pero pudo ser peor.
— ¿Cómo pudo ser peor?
— Pudo haberme picado, y ahora tendría poderes de Cucaracha. No sé tú. “Cucaracha-Man” no suena a que podría vender muchas camisetas o juguetes. Mucho menos una franquicia de treinta películas.
— Dudo que se aprobara la segunda.
— Es una lastima, esa era la mejor. Era sobre el multiverso de Personas Cucarachas. Nos reunimos para hablar mal de las cocinas de las personas.
El Señor Tanque se ríe.
— No sé como le haces, Alfredo.
— ¿Hacer qué?
— Decir tanta tarugada y reírte en medio de tanta tragedia.
— Mecanismo de defensa supongo.
— Explícame eso del sujeto que les apuntó con una pistola. No recuerdo que te visitáramos el martes. ¿Acaso el Señor Bala te buscó sin avisarnos?
— No. No fueron ustedes.
El Señor Tanque me dedica una mirada confundida.
— Carlos tal vez no tenga la personalidad abusiva de su padre. Pero comparte su pasión por apostar. Sólo que Carlos, a diferencia de su padre es muy malo para eso. Está endeudado hasta las orejas. Peor aún no quiere decirle a su padre para evitar que le remuevan sus privilegios.
— Una familia interesante. Padre e hijo, espejos y sin embargo contrarios — dice el Señor Tanque. Parece procesar la información buscando como sacarle provecho, después de todo el Señor Tanque desde que lo conocí ha maquinado planes sobre la marcha, resuelto cada problema que haya surgido. Por encima de todo, ha sido la persona que ha resuelto cada problema en el que nos hemos visto. Siempre rápido, siempre de manera justa — . ¿Qué te parece a ti?
— ¿Que cosa?
— El muchacho, ¿Qué opinas de él?
— Una victima de su padre.
— Como todo el mundo.
— Bueno… No sé que les hizo a ustedes Juan Carlos, pero a él se lo está haciendo desde que nació.
— Entiendo.
El Señor Tanque observa unos segundos las tiendas alrededor. Se aclara la garganta.
— Sin embargo debes saber que esto no cambia nada.
— Lo sé.
Pienso cada palabra que voy a decir. Debo ser muy preciso, palabras de más y estoy muerto. Palabras de menos y todo se arruina.
— ¿Exactamente qué es lo qué le quieren hacer a Juan Carlos?
— Con todo respeto ¿Qué te importa?
— Me importa porqué quiero saber cuales son sus planes para su hijo. Realmente no sé como el encaja en esto.
— Depende de su utilidad.
— Eso me temía.
— ¿Así?
Aquí viene la bomba, miro a los ojos al Señor Tanque, aún si el observa solamente el techo intentando que esta conversación parezca desde lejos como dos desconocidos que charlan casualmente.
— Pase lo que pase, Carlos vive — le digo seriamente.
El Señor Tanque se ríe.
— ¿Y qué, también quieres un coche del año y una casa en las lomas con su pedido jefe?
— Lo digo en serio. Carlos es lastimado y no hay trato.
El Señor Tanque me mira fijamente parece sorprendido de mi seriedad.
— ¿Sabes qué si le hubieras dicho eso al señor Bala él te hubiera metido un balazo aquí mismo?
El Señor Tanque se pone los dedos en la cabeza.
— Sí, estoy consciente.
El Señor Tanque asiente.
— ¿Y ahora porqué quieres ayudar a ese borracho problemático?
— Empatizo con él.
— ¿Por su papá?
— Por su papá, porqué un grupo de salvajes con pistola lo siguen… Pero también por mucho más. No lo entenderías.
— Un grupo de salvajes con pistola — El señor Tanque se ríe — . ¿Así es como nos ves?
— Así es como se presentan.
— Tiene sentido —El Señor Tanque se estira — . ¿Qué van a hacer al respecto de los cobradores?
— Pagar la deuda. ¿Qué más? Ya nos salvamos una vez por interferencia divina, no creo que vuelva a pasar.
El Señor Tanque extrañado me mira con seriedad.
— Cuéntame de eso.
— En el bar “El Infierno” un hombre de lentes oscuros y lentes de lentejuelas abogó por mí. Para que me devolvieran la ropa. Y también abogó para que nos dieran un periodo de tiempo para pagar. Así, de la bondad de su corazón. Creo que era alguien poderoso. Recuerdo que fumaba una cosa de vidrio con tubos y que todo mundo le tenía miedo. Hasta nos dejó usar su salida secreta. Fue nuestro ángel de la guarda.
El Señor Tanque me mira horrorizado.
— Alfredo.
— ¿Sí?
— Si te lo encontraste en el infierno, y era el jefe del lugar. Me temo que te encontraste al mismo diablo.
— ¿A que te refieres?
— Sólo hay un sujeto que encaja con esa descripción. Créeme. Ese sujeto es lo que le sigue de peligroso. Hay una leyenda en las calles, se dice que en esta ciudad viven treinta y dos de los cincuenta hombres más peligrosos en el planeta tierra.
— ¡¿Espera, eso es cierto?! — pregunto horrorizado.
— Sí, pero eso no es lo más aterrador.
— ¿Entonces qué es?
— Ese sujeto es el número uno.
Sus palabras me derriban como un golpe en la cara.
— ¿Y porqué nos ayudó?
— Ni idea. Él hace ese tipo de cosas. Pero no me confiaría en ir a buscarlo. Que te ayude no significa que es tu amigo o tu aliado. Escuché que una vez le regaló a un hombre pobre un banquete en un restaurante carísimo. Así, nada más. Ni siquiera lo conocía. Sólo lo hizo porqué podía.
— ¿Lo hizo sólo porqué sí?
El Señor Tanque asiente y me mira preocupado.
— Sí. Sólo porqué sí. La cosa es que la siguiente semana el hombre le pidió de favor que si podía darle otra cena, pero para su familia. Lo hizo. Claro que sí, con la condición de que sólo ellos podían ir, y que el hombre pobre se quedará afuera del restaurante. El Hombre Pobre aceptó. La familia cenó. Al final cuando hubo terminaron. A la familia le entregaron en una bandeja de plata la cabeza del hombre. Con una nota pegada en la frente que decía “La avaricia no es sólo para con uno mismo”.
Me quedo en completo silencio. «La avaricia no es sólo para con uno mismo» nunca lo había pensado así. Pero ahora lo entendía. Si yo quisiera ir de nuevo a pedirle un favor a ese hombre, si yo fuera a pedirle “Por favor, ayúdenos con esta gente que me sigue. O ayúdenos con la deuda”. Entonces yo estaría muerto. Mi favor me había sido dado. Me salvaron esa noche. Ya está, todo lo demás sería avaricia.
— Debí haberle pedido que me ayudara con ustedes. — digo en voz alta.
El Señor Tanque sonríe.
— Pues sí. Es tu perdida al final del día. ¿Qué se le va a hacer? Tenías todas las de ganar. Incluso el Señor Bala le teme al diablo.
— Ni hablar, la vida sigue. Ahora me toca pagar la deuda con Carlos. Conseguir información para ustedes. Y buscar mi salida pronta del contrato de cinco años. Al final del día, no me importa Juan Carlos. Se lo merece, a pulso.
— Eso es lo que quería oír — dice El Señor Tanque mientras se levanta — . Ah, y por Carlos. No te preocupes. Considera su seguridad una compensación. Pero nunca me vuelvas a pedir nada. En tu vida. Yo tampoco soy de los que dan segundos favores.
Al menos había ganado eso.