El Punto Medio.

2517 Palabras
No hay ni dudo que pueda existir nadie que honestamente pueda decir que tiene todo en la vida. Ni siquiera los más ricos. Algunos que parecieran tener todo, como si la vida buscara balancearlos, carecen de algo igual o más vital aún. Nunca en mi vida me había puesto a pensar en esto hasta que conocí a los Mendoza, que si bien aparentan tener de todo, no he logrado ver en los pocos días que tengo de conocer su lado familiar ni una pizca de felicidad o paz interna. Más bien parecen ser criaturas del caos demasiado repelidos el uno del otro que no veo como pueda esta familia mantenerse lo suficientemente unida como para vivir en la misma casa, no tiene sentido. Con el dinero que tienen podrían incluso comprar casas separadas para vivir cada uno en distintos continentes sin tener que volverse a ver nunca. Supongo que es algo esperanzador que aún no se les haya ocurrido esa idea. Aún. Una muestra de lo poco que parecían entenderse mutuamente la presencio al llegar a la mansión poco después de mi conversación con el Señor Tanque. Llego y la mansión se encuentra en completo silencio, ni siquiera las manecilla del reloj parecían querer ser escuchadas. Carlos y su padre están en la sala esperando. Ambos distanciados en distintas esquinas de la misma sala intentando no mirarse a los ojos. Jonás tiene los ojos rojos mientras mira a padre e hijo hacerse la ley del hielo. — ¿Quién murió? — llego preguntando. — Es una locura, Alfredo — dice Jonás con el rostro morado de preocupación mientra se limpia el sudor con un pañuelo. — ¿Y ahora qué pasó? — Quiero un empleo, le dije a mi padre que quería un empleo. Por eso armó este drama de la nada — dice Carlos. — No fue así — dice Juan Carlos rojo de coraje — . Sí. Sí me dijo que quería un empleo. ¿Pero ya escuchaste cuales eran sus demandas? — Lo mínimo que alguien de mi talla puede pedir — dice Carlos con índigo orgullo. — Pidió un trabajo de medio tiempo, con un suelo de más de treinta mil donde acepten a alguien sin experiencia, sin estudios y de preferencia que no fuera demasiado pesado, en algún puesto importante de empresas Mendoza, sin ningún contrato que lo ate por más de quince días — dice Juan Carlos amarillo de risa — . ¿Puedes creerlo? — ¿Qué esperas? ¿Que trabaje de mesero? — dice Carlos verde de asco. — Lo más a lo que podrías aspirar con lo que tienes es precisamente de mesero. — Pues me parece bien — digo yo, Naranja… No de algo en especifico, pero quería completar este arcoíris de emociones. — ¡¿QUÉ?! — gritan padre e hijo al unisono. — Que trabaje de mesero. — ¿Eso no te haría el chofer de un mesero? — dice Juan Carlos. — Usted sabe que he hecho cosas peores señor — le digo honestamente. Juan Carlos con un gesto de las cejas y las manos me da la razón. — ¿Estás demente, idiota? — dice Carlos. — Señor, con todo respeto. Carlos quiere un empleo. Y usted me contrató como su chofer para que aprenda las responsabilidades de estar arriba. ¿No sería igual de bueno tener un empleo que le enseñe las responsabilidades de estar abajo? ¿Cómo se puede liderar si no se sabe seguir ordenes? — ¿Estás idiota, demente? — dice Carlos apunto de levantarse a golpearme. — No. Pero tú quieres un trabajo. — ¡Desgraciado! ¿Porqué siempre te entrometes en la vida de otros? ¿Quién te crees para querer resolver los problemas de los demás? Creí que nos entendíamos. Creí que eramos amigos. ¿Qué no tienes corazón? — ¿Amigos? — dice Juan Carlos algo enojado. Me doy cuenta del error que podría ser que Juan Carlos supiera que su hijo y yo somos amigos. Al final del día todo esto se trataba de poner a su hijo en su lugar. No podía dejarlo pasar. Trago saliva y pongo mi mejor expresión y postura de gerente. — Carlos, con todo respeto. Fui por más de diez años el gerente de un banco. Mi trabajo era resolver problemas más grandes que este. Imaginate resolver problemas tan grandes que si hubiera fallado, toda la empresa se venía abajo. Sí, la empresa que te ha dado todo lo que tienes. Todo esto lo hacía mientras la gente me gritaba, escupía o me contaba la historia de su vida y yo tenía que tragarme el corazón y negarles los prestamos para la operación de su madre o la quimioterapia de su hijo. A diario. Juan Carlos asiente. Parece satisfecho con el hecho de que le ponga un limite a su hijo. Carlos se sienta en el sofá devastado. — Señor — le digo a Juan Carlos — . Es importante que Carlos tenga un empleo digno. Tal vez no lo que pidió. Por obvias razones. Carlos me mira con ojos llorosos. — Principalmente porqué ese empleo no existe, Carlos. Lo siento — le digo mirándolo a los ojos. Carlos niega con la cabeza, no me cree. ¿Cómo podría hacerlo? Nunca ha trabajado y como buen niño de papá nunca le ha tocado la escasez. No lo envidio ni lo compadezco por ello. — Creo que lo mejor sería que tenga un empleo que le haga aprender lo que se vive detrás de el mostrador. Algún empleo de servicio. Sí. Pero no algo tan fuerte, recuerde al final del día es su hijo. La imagen de usted se verá reflejada en él. Si ven a su hijo lavar platos, o barriendo ¿Que se dirá de usted? Juan Carlos me mira al mismo tiempo extrañado como aterrado. Sabe que tengo razón. Mejor aún, sabe que yo sé que tengo razón. Me quedo en silencio. — Continúa. No tengo como continuar, pero sé que debo pensar en algo rápido. — Bueno, Carlos quiere un empleo. Supongo que le gustaría algo de dinero. ¿No es así Carlos? — Sí — responde en automático. — ¿Para qué quieres dinero Carlos? Todo te lo compro yo — dice Juan Carlos. — Yo… eh… Bueno... — Dile lo que me dijiste ese día, Carlos. Carlos se queda callado me mira con terror. — Me dijo que quiere comenzar a tener más responsabilidades. Quiere tener un dinero para si mismo, ganado por él. Que algún día le gustaría vivir por ejemplo en un lugar propio. Ser como su padre, una persona que se hizo a si misma. No sabe lo mucho que su hijo lo admira, Jefe. Carlos se queda extrañado de las mentiras que salieron de mi boca, una tras otra. Comienza a entender al fin. Jonás nos mira extrañado, no nos cree a ninguno de los dos. Juan Carlos por su parte parece un poco conmovido. — ¿Eso te dijo? — dice Juan Carlos. — Sí — dice Carlos siguiendo la corriente al fin —. Me gustaría al final del siguiente año tener el dinero suficiente para mudarme a un lugar bonito. No es porqué no quiera tu dinero, o alejarme. Pero quiero aprender a ser independiente. ¿Estás bien con eso? Juan Carlos le tiembla el labio. — ¡Dios mío, cuantos años había esperado para escuchar eso! — ¿De verdad? — dice Carlos. — Sí. ¿Cómo puedo ayudarte hijo? — Ayudelo a encontrar un empleo, algo que le permita conseguir mucho, mucho dinero. — Sin embargo, es necesario que empiece de abajo — dice Juan Carlos, como advirtiéndome — . Sino, ¿Cómo va a crecer? — Bueno. ¿Qué tal si él trabaja y usted le paga el sueldo? Le da un poco más que al empleado promedio. — O de preferencia más. Mucho más — dice Carlos con una sonrisa — . Así fácilmente podré irme a un lugar muy, muy bonito. Juan Carlos lo piensa un largo rato. Al final con sus manos parece desesperado, probablemente no se le ocurre algo bueno. Así hace cuando se enoja. — Es que en las tiendas Mendoza sólo está disponible el puesto de Gerente. — Lo acepto — dice Carlos de inmediato, parándose de la emoción. — No — decimos Juan Carlos y yo al unisono. — Es demasiada, demasiada responsabilidad Carlos. De verdad no quieres eso — le digo. Carlos parece desanimado, se vuelve a sentar. — ¿Porqué no con Gucho, señor? — le propongo luego de un rato. — ¡Sí! — dice Carlos. — ¿Y qué mi hijo se vuelva un modista? — dice con desprecio Juan Carlos — . Ni hablar. — ¿Qué tiene de malo eso papá? — dice Carlos ofendido. — Es un trabajo de rarito, ni hablar. — ¡Papá! — Creí que usted era amigo de Gucho, señor — le digo — . ¿Cómo puede hablar así de un amigo? — ¡No te confundas Alfredo! Le di dinero para que empezara su compañía, porqué tenía un buen producto y consideré que se vendería excepcionalmente bien. ¿Acaso me he equivocado? — dice Juan Carlos altamente ofendido. — No, señor. — Bueno, entonces no quiero volver a escuchar nada de eso. Mucho menos de ti, sino fuera porqué Sarita me dijo que te quedabas en su departamento ni siquiera te hubiera considerado. Aún con novia, todavía tengo mis dudas sobre ti. «Como te odio viejo idiota, cara de sapo. Cada vez me das más razones para entregarte a los señores Bala y Tanque. Ni siquiera tengo que saber que les hiciste, para saber que les arruinaste la vida » pienso en silencio. — Bendita sea Sarita — le respondo con las manos juntas, como haciendo una oración. — Bendita sea, así es. Mira que tener un novio como tú — Juan Carlos da una risa irónica con todo el desprecio del que es capaz — . Raro el novio, rara la niña. — Y eso que no ha hablado con Lisbeth, señor — le respondo intentando no insultarlo por atreverse a atacar a Sarita. Ella no ha hecho nada más que ser buena con todo aquel que se le acercara. — ¿Quién? — La botarga de perro, antes limpiaba los pasillos. — No tengo idea de quien hablas, Alfredo. — Ha trabajado para usted por más de siete años. — Si fuera importante la recordaría. Alzo los brazos en coraje. Estoy apunto de insultar a Juan Carlos cuando Carlos se mete. — ¿Y no tienes algún otro amigo que te deba un favor o algo así? Juan Carlos se queda pensando. — Bueno. Ahora que lo mencionas está… No. No te atreverías. — Lo que sea, lo tomo — dice Carlos decidido. Juan Carlos mira a su hijo con una sonrisa irónica y niega con la cabeza. — No. Es demasiado pesado. — ¿Duda de su hijo, señor? — le pregunto. Juan Carlos me dedica una mirada que me lo dice todo: «Sí». — Es en Stellarüs. ¿Lo conocen? — Juan Carlos muy satisfecho parece haber tirado una bomba sobre nosotros. Abre los brazos como si esperara que eso nos impresionara. — ¿La cafetería? — pregunto yo. Juan Carlos asiente. — ¿Qué tiene de difícil eso? — pregunta Carlos, inseguro. — Es un trabajo pesado, te la pasas a píe todo el día caminando en un trozo de terreno tan pequeño que se vuelve una tortura. Los empleados no duran mucho tiempo por lo regular. Parece sencillo. Pero todo trabajo mecánico, y sobre todo en alimentos y bebidas es un empleo demasiado difícil. No importa quien seas. Esos lugares te rompen. — Puedo hacerlo — dice Carlos. — ¿Así? Hagamos un trato entonces — dice Juan Carlos mientras mira a su hijo con la sonrisa felina de un cazador apunto de lanzarse sobre su presa — . Dura ahí la temporada de invierno, lo que queda de ella. Y te daré el dinero que necesites. Yo personalmente te pagaré como dice Alfredo. Quejate un día, dime que no puedes o falla en tu trabajo y olvidate de cualquier privilegio que quieras por el resto del contrato de Alfredo ¿Es un trato? — ¿Cuanto te queda de contrato, Alfredo? — me pregunta Carlos. — Cinco años — le respondo. Carlos lo piensa. Asiente. Le da la mano a su padre. Juan Carlos sonríe. Me doy cuenta de que cuando quiere joder a alguien, se siente increíblemente satisfecho. No importa si al que jode es a su hijo. — Pues sea así, ya no te puedes retractar — Juan Carlos se va en dirección a la escalera, tomando su tiempo para dar cada paso — Ah, y por cierto. Hablaré con el dueño del lugar, te pagaré yo. Pero para eso tienes que ser contratado en primer lugar. Eso no te lo puedo asegurar, tendrás que ganártelo tu mismo. Falla la entrevista, y también perderás todo. — Pero… — comienza Carlos. — Lo siento, yo no hice las reglas; sólo el juego — dice Juan Carlos y se va. Carlos se tira al sofá. Se queda pensando un largo tiempo. — Debo organizar mis ideas Alfredo. Tomate la tarde. ¿Nos vemos mañana, está bien? — Claro, no te preocupes. Espero tú tranquilo. Es pan comido. ¿Está bien? No te desesperes. Carlos asiente. — Nos vemos mañana — me dice, me voy en dirección a la salida. Carlos me detiene en la entrada, se acomoda su pelo rizado mientras me susurra en el oído, mirando a todos lados en vigilia. — Yo… Yo sé que es muy difícil para ti todo esto, arreglar todos mis problemas teniendo tú los tuyos. Pero… ¿Te puedo pedir un favor más, Alfredo? — Claro, dime. — ¿Me acompañas mañana a ese trabajo? — De todas maneras debo llevarte, ¿de qué hablas? — No, me refiero… A que si puedes entrar conmigo. — Oh — lo pienso un poco —. ¿Porqué? — Tengo miedo. Los ojos de Carlos me miran con profunda tristeza, no tan diferente de la noche en la playa. Hay algo en ellos que me hacen bajar la guardia. Asiento con la cabeza. — Gracias, Alfredo — dice Carlos mientras me abraza. Me suelta rápidamente en caso de que llegue su padre. Carlos me despide desde la entrada de su casa. Cuando estoy ya fuera del terreno volteo la mirada hacía atrás. Allá, Carlos me mira aún, me sigue con la mirada. Tal vez como yo, nos es difícil despedirnos mutuamente. Me voy a casa. Aún horas después pienso en Carlos. En su miedo, en la fragilidad que oculta bajo una máscara de chistes malos y una actitud de pelea. Recuerdo hace unas noches, cuando lloramos juntos. Sobre todo recuerdo como sentí que por fin un peso se había caído de mi espalda. «Ya no estoy sólo» pensé. Aún lo pienso. Suspiro. Ni hablar, mañana será otro día.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR