¿Me daría empleo por favor?

1903 Palabras
— ¿Me veo presentable? — me pregunta Carlos. — Sí, ya te dije que sí. Tres veces de hecho — le respondo. Carlos se intenta mirar en el espejo retrovisor, se acomoda la corbata de su padre arruinando el nudo perfecto que había hecho. No le diré nada de eso hasta mucho después, cuando ya estemos frente a las oficinas. Ahí simplemente le acomodaré la corbata antes de que entre. El pobre ya tiene demasiados miedo juntos como para decirle que parece un pobre condenado que se dirige a su propia ejecución. — ¿Cómo sé que no estás siendo amable conmigo y mintiéndome? — Te ves bien Carlos — El me dedica una mirada preocupada en el espejo, reformulo mi táctica para hacerlo sentir mejor—. Incluso diría que hasta te ves guapo. Inmediatamente me arrepiento. Carlos se sonroja y evita mi mirada. Por mi parte me siento tan apenado que sólo me sale una sonrisa falsa para no verme tan estúpido. Me veo en el espejo y parece que tengo un mal caso de infección estomacal que busca brotar mientras aprieto con todas mis fuerzas deseándole a dios que el siguiente baño que encuentre esté vacío. Desaparezco la sonrisa de mi rostro y como Carlos bajo la mirada. — Me refiero a que te ves mejor que antes… No es que antes no estuvieras. Bueno, yo no sé. Realmente. Eh... ¿Entiendes? — Sí entendí, no hablemos más. Por favor. Maldigo internamente mi bocota, pero sobre todo mi mala costumbre de hablar sin pensar previamente que debía decir. Nos mantenemos en silencio hasta llegar al lugar que nos indicó Juan Carlos. Es un centro comercial de clase media con un estacionamiento amplio, al final de este una cafetería se mantiene en soledad. La cafetería tendrá unos seis metros de amplio, y dos metros y medio de alto. Se ves ligeramente graciosa por su aspecto achaparrado. Pero debo admitir que por sus decoraciones externas parece un lugar decente. — Es ahí — le digo a Carlos. Carlos se asoma. — Detén el auto — me dice. — Está bien. Le hago caso, inmediatamente el coche rechina y se detiene. Carlos abre la puerta y se dirige a un bote de basura cercano al centro comercial. Lo veo recargarse en él y vomitar. Veo como se contornea de dolor y como la gente lo rodea intentando escapar de él cuando pasa a su lado en su camino al exterior del estacionamiento. Salgo del coche y me paro junto a él. Me asomo al bote de basura, es amarillo. — Estás vomitando puro coraje. ¿Comiste algo antes de venir? — No. — He ahí el problema. — ¿Crees que debía? No quería vomitar por eso no comí — la voz de Carlos suena temblorosa, cansada y ahora incluso algo rasposa por el esfuerzo. — Precisamente por eso vomitaste. Carlos asiente. — ¿Ya los sacaste todo? — Espero que sí. Carlos y yo estacionamos el coche en un trozo de estacionamiento que está detrás de la cafetería. Ahí el piso está lleno de colillas de cigarrillos y hay un bote de basura donde los empleados regularmente depositan lo que sacan de los botes dentro del lugar. Nos sentamos en unas escaleras que van al techo del lugar. — Dime otra vez, como lo ensayamos — le digo. — Hola, muy buenos días mi nombre es Carlos Mendoza — comienza Carlos — Ahora dilo intentando no sonar a exposición en primaria. — Hola, muy buenos… — Más fuerte el “hola”, intenta impresionarlos. Trata de sonar feliz de verlos. Si te ponen a vender café esa es tu habilidad número uno. — ¡Hola! Buenos días. — Más servicial el “Buenos días”. Pongo mis manos detrás de mí y hago una ligera reverencia, sutil pero perceptible para cualquier persona. Carlos intenta hacer una imitación de esta pero la sutileza se pierde y parece ser que se está hincando ante la superioridad de alguien más. — No, no son el emperador de china — me río sin intentar ser grosero. Carlos sonríe nervioso. — Así, menos fuerte. Que no se vea tanto que te inclinas. A la gente se le hace raro al principio porqué nadie saluda así aquí, pero se sienten halagados. Debes intentar ser servicial pero no como si fueran tus dueños. La gente nota la lambisconería — Buenas tardes — hace la reverencia —. Mi nombre es Carlos Mendoza, vine por el empleo. Asiento, le doy una reverencia y le sonrío. Mejoró, aún si sigue siendo malísimo. — ¿Estoy listo? — No. Pero lo que hay es lo que tenemos. Le acomodo la corbata a Carlos. Asiento intentando re-afirmarlo. — ¿Puedo tomar tu mano? — ¿Para qué? — Para agarrar valor. Tengo miedo. Asiento. Y así, tomados de la mano entramos a la cafetería. La cafetería por dentro tiene un color cálido muy hermoso. El lugar entero huele a café y a diferencia del banco Tláloc, aquí todo mundo parece querer estar aquí. Desde la persona que limpia las mesas hasta los clientes que cómodamente beben café mientras hablan o usan sus computadoras portátiles. Algunos otros solo se quedan en silencio mientras contemplan la escena, como nosotros. Carlos parece sonreír. — Bueno no es tan malo como me lo imaginaba — me dice. — Parece decente — le respondo — . Es un lugar fresco, huele bien y la gente no se ve tan mala. Una mujer vestida en uniforme n***o, mandil color vino y una gorra con logotipo nos saluda desde la barra con una sonrisa. — ¡Bienvenidos a Stellarüs! Mi nombre es Montserrat ¿Puedo tomar su orden? Carlos saluda con la mano. — ¿Puedes decirle? — me susurra. — ¿Porqué no le dices tu mismo? — le digo en voz normal. — Me da mucha pena — me vuelve a susurrar, ahora más bajo. Me acerco a la barra. — Hola, buenas días, me llamo Alfredo — hago mi pequeña reverencia con la cabeza y sonrío— . Venimos a ver al gerente. ¿Está? — Ah. ¿Son los que tienen una cita con él? Los está esperando desde hace veinte minutos. — Mil disculpas, surgió un contratiempo. — Déjeme le hablo — dice y se va. Carlos me mira, se está riendo. — ¿Qué? — le pregunto. — Hablan y se mueven iguales. — Y pronto tú hablarás igual — le digo y sonrío. Su sonrisa desaparece y parece preocupado. Nos quedamos en silencio esperando a que llegue el hombre. — ¿Crees que sea amable? — ¿Quién? — El gerente. La verdad es que este sería mi primer trabajo. No me gustaría que fuera… — ¿Cómo tu papá? Carlos asiente y traga saliva. — ¿Es tu primer trabajo? Tu papá me dijo que tú y Gutiérrez habían cerrado una venta en la fiesta de compromiso de tu hermana. — ¿Eso dijo? — Carlos parece ponerse aún más nervioso — . No, no es cierto. Gutiérrez… Él es… Bueno. En ese momento entra con prisa un hombre grande apretando el paso, con muchísimas prisas. Se nota que es el Gerente del lugar. — ¿Quién de los dos es el hijo de Mendoza? Carlos se queda callado del shock. Yo le doy un codazo. — Se refiere a ti — le digo. — ¡Ah, claro! — Carlos hace la reverencia mal hecha — . Buenos días, mi nombre es Carlos Mendoza… — ¡Ay dios mío! ¡Me tocó el idiota! — dice el hombre. — ¿Disculpe? — dice Carlos. El hombre suspira. — ¿Qué tipo de experiencia tienes para realizar este trabajo? — Yo… La verdad es que ninguna. El Gerente asiente. — Mala respuesta — me voltea a ver a mí —. ¿Y tú? Dile a tu amigo cual sería la indicada. — Diría que ninguna pero tengo ganas de aprender. — Esa dice lo mismo, pero suena mejor — dice el Gerente. — Efectivamente. El Gerente pasa detrás de la barra. — Ahora demuestra que puedes aprender rápido. Montserrat les va a enseñar a hacer Frapuccinos. Eso es lo más sencillo que tenemos. No debería de tomarles mucho. Ahora, Montse. Enséñales. — Sí jefe. El gerente se recarga en la pared mientras nos mira de lejos. Montserrat se acerca a nosotros, nos muestra las licuadoras e ingredientes. Nos dice que para el tamaño pequeño se le echa una medida de saborizante, y para el mediano y el grande se le echan dos. Nos muestra también como usar distintas bandejas de hielo que se usan para los distintos tamaños de vaso, así como los distintos botones de la licuadora. — Ahora deja que hagan uno cada uno. Me pasan un vaso con las notas de una bebida. — Desde el principio, desde que se saluda al cliente. ¿Cómo lo harías? Yo hago mi rutina de saludo, imito lo que vi que Montserrat hacía. Al final Montserrat y el gerente mi miran sorprendidos y altamente felices. — Fantástico, se nota que tienes que tienes facilidad de aprender y de manejo al cliente. ¿Dónde aprendiste todo eso? — Ah, trabajé en el banco Tláloc muchos años. — ¿De qué? — Nada importante. Seguido de mí, el Gerente le pide lo mismo a Carlos. Lo mira con atención mientras Carlos se tambalea al hablar y usa una pala de hielo equivocada haciendo que el frappe salga aguado. Después de eso nos sientan en una oficina, el gerente nos mira muy serios. — Verán, tengo este dilema. A ti no te quiero — le dice a Carlos. Luego me mira y me sonríe — . A ti sí, pero se supone que debo contratar al otro, porqué me sale regalado. — La cosa es que yo no vine a audicionar, señor — le digo. — Mmm. Pero eres muy bueno. Deberías intentarlo. Viene la temporada de invierno. En navidad está cafetería está llena hasta el tope. Necesito a alguien como tú. — ¿Y porqué no a Carlos? — No tengo la paciencia ni el tiempo para enseñarle. Tú, amigo. Vales por tres. Carlos se ve decepcionado. Mira al suelo intentando mantenerse firme. No creo que sea tanto por el dinero, sino por el rechazo. — Lo siento. Sin Carlos no hay trato. El Gerente comienza a jugar con su barbilla. — ¿No hay nada que pueda hacer para qué cambies de opinión? — ¿Y si nos contrata a ambos? — le digo — . Si valgo por tres, cualquier déficit que haya, será compensado conmigo ¿No es así? — No lo sé, eso suena muy arriesgado. Incluso si no le pago ¿Cómo sé que no tratará mal a los clientes? — Yo le enseñaré. Por muchos años capacité a los empleados del banco. En ese momento se abre la puerta. — Yo también podría jefe — dice Montserrat. El Gerente lo piensa. — Bueno. Si te mantiene aquí una temporada… — Trato hecho entonces. Carlos me mira sonriendo. — ¿Porqué lo hiciste? — me preguntó cuando salimos — ¿Querías que me quedara en el coche todo el día mientras tú te diviertes? — le miento. En realidad prefiero que tenga una mano amiga dentro, así me cueste el sudor de la espalda.
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