El lunes ocho de Diciembre entramos a trabajar a la cafetería.
En su primer día de trabajo Carlos se lo pasó sufriendo. A eso de las diez de la mañana ya quería rendirse.
— ¡Me duelen los pies! — me decía de vez en cuando, al pasar a su lado.
— Acuérdate de ese dolor cuando te den ganas de apostar en cualquier cosa — le respondía cada vez que me lo cruzaba en los pasillos.
— ¡No es justo, Alfredo! ¡A ti te tocó algo más fácil! — me dijo cuando me pusieron en los Frappuccinos. ¿No podemos cambiar?
— No. Sigo enojado que estoy haciendo esto en primer lugar — era mi respuesta.
— Perdona — me dijo arrepentido.
— Ya, no se llora por la leche derramada… Hablando de eso, limpia las mesas.
Cliente tras cliente pasaron, todos de distintos gustos y tamaños. Todos con distintos modales. Algunos muy limpios tiran todas sus cosas en los lugares correctos cuando se van. Otros dejan sus vasos en la mesas a sabiendas que un pobre desgraciado (que de momento era Carlos) tendría que tirarlos.
Carlos cada cuanto se quejaba conmigo. Era algo torpe para hacer las cosas. Apenas estaba aprendiendo y aún cuando era muy lento, lo hacía bien… Al final.
Al principio del día no sabía ni el como barrer propiamente. Al terminar el día se la pasó tres horas barriendo el oxido y los cigarros bajo las escaleras del estacionamiento.
Al principio, todos estábamos preocupados por él. Nadie lo había visto por horas. Creíamos que se había fugado del cansancio.
— ¿Seguro que no se fue? — me preguntó Montserrat.
— Estoy seguro, él no es tan cobarde.
El gerente lo encontró cuando salió enojado por la puerta trasera. Lo encontró ahí, sólito batallando contra años de oxido. Al principio le gritó. Luego al ver que estaba todo limpio, más limpio de lo que esperaba encontrar algún día esas sucias escaleras se relaja. Le da una palmada en la espalda a Carlos y lo dejó descansar veinte minutos. Aunque Carlos tomó esos veinte minutos para aprender a hacer Frappuccinos, sorprendiendo a todos. Montserrat le aplaudió el esfuerzo aún si todavía le salían horrendos.
El segundo día no solo limpiaba las mesas, estuvo limpiando los baños, e incluso el techo de la cafetería.
El tercero limpió un horno de metal enorme y cochambroso. Tuvo que sumergirlo en agua prácticamente hirviendo y tallarlo mientras el metal estaba caliente. Se quemó las manos al intentarlo. Montserrat amablemente le enseñó luego de un rato donde se guardaban los guantes con el que se usaban.
Se podría decir que se tardó demasiado, pero como le dije a Carlos en la tarde mientras lo llevaba a su casa.
— Pudo ser peor — Carlos me miró enojado desde el espejo retrovisor — . Pudo no habértelos dado en primer lugar.
Carlos me dio la razón.
Todos los días hablamos en nuestra hora de comida. Nos sentamos en el techo tomando una de nuestras tres bebidas regaladas. A veces hablábamos del trabajo, a veces me preguntaba de lo que hacía en el banco. El Jueves once le dije como bailé en mi salida del banco Tláloc. Carlos se murió de risa y su bebida casi se le sale de la nariz.
— ¿Y qué cara hizo mi papá cuando te subiste al refrigerador? — me preguntó en medio de las risas.
Hice una cara de horror de caricatura y él se rió aún más.
— Los tienes bien puestos. Yo no me atrevería a desafiarlo. No de manera directa al menos.
— El día en que fuiste al bar ¿Qué eso no fue desafiarlo?
— Sí, pero no quería que se enterara. Por eso te dejé en el coche. Quería estar de vuelta antes de que volvieras a estar consciente. Y si despertabas antes no podrías salir. Así si le decías también te ibas a ver mal. No sé. Creí que eras un espía de él.
— Pues no. A mí me torturó tanto como a ti.
— ¿Porqué nunca nos habíamos visto, Alfredo?
— Antes de despedirme tu papá me dijo que era porqué tenía miedo de que yo fuera un rarito. Ya sabes… No le gustan las personas.
— Sí. Lo sé.
Carlos miró al horizonte. Inconscientemente me recordó a la vez que estábamos en la playa.
— ¿Y lo eres Alfredo? — me preguntó.
— Yo...La verdad no lo sé. Nunca lo había pensado. Toda mi vida ha sido trabajar. Nunca he tenido tiempo para más. Empecé a los dieciocho, a mis veintiocho aún no sé que quiero.
Carlos asiente.
— Eso es muy triste.
— ¿Tu sí sabes lo que quieres?
— No. Pero al menos no dudo de mi sexualidad — dijo Carlos riéndose mientras tomaba de su bebida.
Yo le regreso la sonrisa.
— ¿Y cual es?
— ¿Cual es qué?
— Tu… Ya sabes.
— Alfredo, nos conocimos cuando te agarre más que la mano. ¿Tú qué crees?
— Ah. Cierto.
Carlos se rió. Después se dio cuenta de lo que dijo.
— Por cierto — Carlos comenzó a balbucear un poco antes de por fin decirlo — . Mil disculpas por eso. De verdad.
— Ah, no te preocupes. Estabas ebrio — tomo de mi bebida — . Igual, dicen que los borrachos son como los perros. Desconocen a sus dueños.
Carlos comienza a atragantarse con su bebida.
— ¿De dónde sacas tanta estupidez? — me dijo cuando pudo hablar propiamente.
— La compro en linea — le dije mientras sonreía — . Aprovecha, luego hay ofertas.
El viernes le mando un mensaje al Señor Tanque informándole la situación.
«”No he visto a Juan Carlos toda la semana.
Juan Carlos nos tiene trabajando en Stellarüs,
Vamos a pagar deuda. Confía en mí.”».
Por la tarde el Señor Tanque pasa por Stellarüs. Se acerca a la barra como quien está fuera de su ambiente.
— Buenas tardes, mi nombre es Montse ¿En qué puedo servirle? — le dice Montserrat al verlo entrar.
— ¿Qué tipo de café me recomienda? — responde el Señor Tanque.
— ¿Le gusta con leche? ¿Dulzón? ¿Le gusta caliente o frío?
— Ah — El Señor Tanque mira alrededor como analizando. No sabría decir nunca si analizaba el menú o a mí — . Deme un café dulce, frío. De… ¿Vainilla tiene?
— ¡Claro que sí! ¿A qué nombre?
— Al de “Alfredo” — responde el Señor Tanque, inteligentemente. Es tanto un amenaza como una manera de ocultar su nombre de mí. Sonrío.
Montserrat anota su nombre y lo pone en mi barra para preparar mientras le cobra.
— Alf — me dice Montserrat, acercándose por mi espalda — . Salida de emergencia ¿Te puedes encargar?
Asiento.
Montserrat se va dejándonos solos.
Sigo preparando la bebida como profesional que soy.
— ¿Qué más se le ofrece, señor? — le digo al Señor Tanque.
Lo veo reflejado en el menú, atrás de mí sonríe y me ve por encima de sus lentes. Tiene la misma mirada de la vez que lo vi por primera vez en el parque.
— Sólo venía a ver si era cierto — voltea a ver alrededor de él — . Eso de que el café es muy bueno aquí.
Le entrego su bebida en la mano. Le da un trago.
— ¿Está satisfecho, Señor?
— Sí.
El Señor Tanque hace como si se retirara. Justo antes de la puerta se regresa.
— Por cierto tengo un amigo en el coche, ¿No sé si lo vea?
Me asomo por detrás del vidrio. En el estacionamiento de enfrente está el coche rojo del Señor Tanque. En el, el Señor Bala me mira con sus ojos asesinos. Sigue algo golpeado por su accidente. Pero parece estar bien. Lo saludo con la mano. Él me ignora.
— Sí, lo veo.
— ¿Qué me podría recomendar para él?
— ¿Para él?
— Sí.
— Un shot de cianuro — digo en voz baja.
— ¿Un qué? — dice el Señor Tanque divertido.
— Un shot de expreso. Son muy buenos. Seguro que le gustará.
— Deme uno de esos — me dice.
En menos de un minuto el señor Tanque tiene su shot, el cual se lleva a la camioneta. Al final finjo que limpio un poco la máquina para observar desde lejos al señor Bala tomando su shot de expreso. Hace la cara de asco cuando prueba su gusto amargo y lo escupe a fuera de la camioneta. Con un gesto de mano me recuerda sobre la profesión de mi santa madre y tira el pequeño vaso en dirección hacía la tienda. Veo como el viento se lo lleva antes de llegar a la tienda. El coche rojo se va poco después.
La siguiente semana de empleo resulta igual, personas entran y salen, les atendemos con una sonrisa. El viernes diecinueve, antes de abrir le hacen una prueba a Carlos.
— Queremos ver si estás listo para los cafés. Empecemos con los fríos.
Carlos se pone frente al mostrador, comienza a abrir y cerrar su mano en ansiedad, mientras observa a Montserrat ponerse frente a la barra, como si fuera una cliente.
— Tú puedes — le digo.
Él me sonríe.
Carlos aprieta sus manos una última vez y toma el marcador con el que anotamos en los vasos los datos de la bebida.
La primera bebida es una bebida de vainilla, sencilla. Anota los datos como debe, pone la leche y la vainilla en el vaso. Toma las tazas de hielo, duda un segundo con el color de estas. Usa la correcta. Aprieta como un maestro el botón de la licuadora.
Listo.
Todos le aplauden. Carlos grita de felicidad.
Montserrat me hace pasar frente a la barra. Le pido uno sencillo, un expreso. Sólo es apretar un botón y entregar el café como sale de la máquina. Montserrat me regaña.
— Entonces un Latte — le digo, es aún sencillo. Al menos no es como el capuchino que requiere que la espuma sea más ligera. Requiere ligeramente más técnica de parte del que lo realiza. Ni a mí me sale el capuchino, aún si ya puedo hacer todo lo demás.
Carlos lo intenta. Inmediatamente falla, al meter la leche en la máquina la leche sale volando por todos lados. Sigue intentado, me da el café. Casi.
Montserrat lo felicita, le dará unos días de prueba en el área de frappes.
En la tarde de ese día, cuando lo llevo de camino a su casa, Carlos se la pasa viendo a la ventana mientras suspira. Por primera vez lo veo feliz.
— ¿Y porqué tan sonriente? — le pregunto.
— No te rías, pero cuando me salió bien ese frappuccino. Y todos me aplaudieron… Siento que fue uno de los mejores momentos de mi vida — me dice. Yo le sonrío, lo rodeo con mi brazo para felicitarlo. «De la mía también» pienso.
Y así, fueron nuestras primeras semanas en Stellarüs.