Hasta en las mejores familias.

1783 Palabras
En todas los días que llegué a pasar yendo y viniendo por la casa de los Mendoza ese invierno, ninguno es tan memorable como el veintidós de ese mes. Si algún día en la historia de esa familia merece ser recordado por lo mucho que cambió a la familia en todos sus sentidos y relaciones hasta fracturar los cimientos de esta, fue ese Lunes. Cuando llegué la casa estaba agitada y todos corrían para todos lados. — ¡¿Dónde está la muchacha del aseo?! — grita Juan Carlos. — No lo sé, señor — dice servicial Jonás detrás de su jefe. — Si no aparece, despidela como a la pasada. Juan Carlos corre por toda su casa arreglando cada pequeña cosita que puede encontrar y que siente que está mal puesta. Algunas de esas cosas ni siquiera están mal puestas, y Jonás acomoda detrás de su jefe lo que él desacomoda. Llego y toco la puerta intentando no molestar. — ¡Buenos días! — digo. — ¡Ah, Alfredo! — dice Jonás — . Carlos se está arreglando. Ya va a bajar pronto. — Está bien — Me siento en la sala y miro el desastre causado. —. ¿Qué pasó? — Hoy viene Samantha, la hija del señor. Vuelve de su viaje. — A ella nunca la he visto — le digo. — ¡NO! ¡Y no quiero qué te le acerques! — dice Juan Carlos explotando con su rostro en enrojecido de coraje. — Ni que mi belleza fuera tal que la enamorara, jefe — le digo y me aguanto la risa. — No te subestimes Alfred — dice Carlos mientras baja las escaleras — . Hasta la gente con cara de Akita Inu puede enamorar a alguien como mi hermana. No es como si fuera la gran cosa llegar a ella. — ¡RESPETA MÁS A TU HERMANA! — grita Juan Carlos. — Perdón, se me olvida que es tu joyita. Alfredo, hazme un favor. No la mires con tus pérfidos ojos perversos, que se desgastará la pobre e inocente niña. Yo suelto una risa inconscientemente. Juan Carlos me mira con odio. — Mejor ya váyanse a su trabajo. — ¿Y perdernos la llegada de mi querida hermana? Ni hablar señor — dice Carlos. Se voltea hacía mí — . ¿Qué dice si nos esperamos un poco? Yo asiento. Más por curiosidad que por otra cosa. Al fin veré a la dichosa hermana. Nos quedamos sentados en silencio. Juan Carlos sube al piso de arriba corriendo tal vez para arreglar algo allá arriba, tal vez porqué se le acabaron los lugares a los cuales caminar nervioso. Le veo abrir y cerrar las manos como su hijo cuando se pone nervioso. Ya vi de dónde lo sacó. — ¿No vamos a llegar tarde? — le pregunto a Carlos entre susurros. — Tranquilo. Hablé en la noche diciendo que llegaríamos tarde hoy, entraremos al turno de las diez. Mi hermana quería que estuviera aquí para cuando ella llegara. Me dijo que había una sorpresa. Que necesitaba mi apoyo. — Vaya, suena serio. — Sí — Carlos me mira con ojos de preocupación — . ¿Sabes qué me preocupa más? — ¿Qué? — Ella es la favorita de mi padre, aún así me dijo que quería que la defendiera de él. Estamos hablando de que ella ha hecho un millón de locuras. Y nunca me pidió ayuda. Mi padre jamás le reclamó. Entonces ¿Qué pasó? Carlos comienza a abrir y contraer su mano. — Tranquilo — le digo y lo agarro de la mano. Carlos asiente. Jonás pasa cerca de nosotros. Nos mira, parece escandalizado. Carlos quita su mano. Está apunto de decir algo. Pero en ese momento se escucha el timbre de la puerta. — Es Samantha. ¿Con quién viene? — dice Carlos asomándose a la ventana. Segundos después Samantha Mendoza entra a la casa vestida de un colo blanco perla. — ¡Hija! — grita alegremente Juan Carlos. — ¡Ah, Hermana! — dice Carlos haciendo como si no supiera que su hermana había llegado. Samantha va corriendo en dirección a su hermano, ignorando a su padre completamente. Ambos se abrazan emocionado, el padre espera junto a ellos por su turno, como niño chiquito. — Familia. No me lo van a creer. ¡Les traje a un nuevo m*****o! En ese momento Samantha sale un rato de la puerta. — ¿Un nuevo m*****o? — dice Jonás. — ¿Habrá traído un perrito? — dice Carlos. Samantha regresa, en sus brazos tiene una mantita muy suave color azul. Algo se mueve bajo ella mientras lucha por liberarse. — Familia, quiero presentarles al nuevo m*****o de la familia: Tlanesi. Seguido de esto Samantha abre la manta revelando un bebé moreno de menos de un año. — ¡Madre mía!— dice Jonás se persigna. Juan Carlos mira a su hija confundido como si no pudiera entender lo que está pasando. — Hija pero te fuiste hace menos de un mes y no estabas embarazada… Yo… no entiendo. — Dinos la verdad ¿Te lo robaste o lo encontraste en la calle? — pregunta Carlos. — Eres un grosero Carlos — dice Samantha — . Este niño es tu hermano. — ¿No dirás mi sobrino? — dice Carlos confundido. Juan Carlos parece romperse la cabeza. Se sienta en el sofá luego de la impresión. — No. Este niño es tu hermano. Es hijo de mi padre. — ¡¿QUÉ?! — gritan todos en la sala. Todos en la salsa tienen un rostro que varía entre la sorpresa y el asco. — Oiga, Jefe ¿Aún puede? — pregunto yo muriéndome de la risa. — ¡Callate, ensalada! — dice Juan Carlos poniéndose rojo como un tomate. — Alfredo es la salsa de una pasta, padre. No una ensalada — dice Carlos. — ¡No, es un insolente eso es lo que es! ¡Ya me tiene harto! ¡Yo… Yo! — Juan Carlos se tira al sofá mientras se agarra del pecho. — ¡Respire señor! — dice Jonás. — Mi punto exactamente — digo con una sonrisa. — Sam, lo lograste. Mataste a papá de un coraje. Que perra, me ganaste. — Es la verdad. Este niño es nuestro hermano. — ¿Pero con quién? — ¿Recuerdan a Juanita? Yo niego con la cabeza. Carlos me mira. — Era la señora de la limpieza de antes. Hace un año que no la… ¡Eres un desgraciado! Carlos se levanta, deja de atender a su padre. Jonás es el único que se queda a su lado. — ¡Tu sabías que estaba embarazada! ¿No es así? Samantha asiente. — Así es… Hace unas semanas recibí una felicitación por parte de Juanita, me estaba felicitando por mi compromiso. — Felicidades — le digo. — Gracias… Eh… Ah… — Alfredo. — Gracias Alfredo. El punto es que le pregunté que donde estaba, ella me dijo que había vuelto a su pueblo. Total que un día le caí de sorpresa y me estaba ocultando al bebé. Resulta que una cierta persona de aquí la corrió y le prohibió que nos contactara. — ¡Es porqué esas son pura calumnias! Yo jamás… ¿Porqué me miran así? — dice Juan Carlos viendo como todos lo examinaban como si de un experimento se tratara. Samantha saca al bebé y lo pone frente a todos. El bebé tiene una cara de sapo enojado. — Dios mío, son idénticos — dice Jonás. — ¡Se parece más él que yo! — dice Carlos mientras se persigna —. ¡Gracias Dios! — Como dos gotas de agua — dice Samantha. — A eso yo le llamo “E-F-I-C-I-E-N-C-I-A” señor — le digo a Juan Carlos. Juan Carlos me mira con odio. — Alfredo. — Dígame señor. — Recuérdame bajarte el sueldo hasta su mínima expresión posible. — Entendido y anotado. — ¿Pero y cómo es que te trajiste al bebé? ¿Dónde está Juanita? — pregunta Carlos. — Se quedó en el pueblo. Dice que hasta que el señor Mendoza no le deje entrar a la casa. No va a venir. Me dejó traerlo para que todos, incluso su padre lo conociera. Tlanesi pasará el año nuevo con nosotros. — Yo digo que se vaya. ¡De inmediato, no lo quiero aquí! — grita Juan Carlos — . ¡Saquen a ese tal Tonalli de aquí o como sea que es su horrible nombre! — Creí que le gustaba lo indígena jefe, con eso de que es dueño del Banco Tláloc — le digo yo con una sonrisa. — Presencia de marca Alfredo, presencia de marca. Fuera de eso me importa un bledo. Ahora saquen a ese niño de aquí. — Yo digo que se quede — dice Samantha. — Yo también — dice Carlos. — Dos votos contra uno, perdiste papá — y con esas palabras Samantha se lleva a Tlanesi consigo al piso de arriba. Juan Carlos, Jonás y yo nos quedamos con la boca abierta. Carlos se para y comienza a imitar a su papá. — Recuerda Alfredo — dice con una voz casi perfecta — . Nunca tengas hijas. Son las únicas mujeres a las que no les puedes decir que no. Juan Carlos mira a su hijo. — Sí, eso mismo. Juan Carlos así, enojado como estaba se va azotando puertas. — Vayámonos, Alfred. Tenemos que trabajar. Me muero por acabar con ese cochino trabajo para poder volver. Siempre quise tener un hermanito. Carlos sonríe. — ¿Crees que es seguro dejar a ese bebé solo en manos de tu hermana en esta casa sin ayuda? — le pregunto a Carlos. — Buen punto — dice Carlos. — No se preocupen, que yo ayudaré a que no lo lastimen — dice Jonás. Nos vamos a trabajar, todo el día Carlos se la pasa hablando de lo emocionado que está por jugar con el nuevo bebé en su casa. Incluso trabaja mejor todo el día. Al final del día, cuando Carlos y yo llegamos a la casa luego del trabajo vemos al bebé dormido en brazos de Juan Carlos. — Al final el que menos quería lo va a terminar queriendo más — me dice. Tiene razón. En el rostro de Juan Carlos se nota la sombra de una sonrisa. — Sólo espero una cosa Alfred. — ¿Qué? — le pregunto. — Que ojalá no cometa los mismos errores que hizo conmigo. — Esperemos que así sea. Así dejamos descansar a padre e hijo dejándole soñar a ambos con lo que sea que un Mendoza sueña por las noches.
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