Estrés Pre-traumático.

704 Palabras
Para la mañana del veinticuatro, la familia ya se había acostumbrado al nuevo m*****o (con excepción del señor Juan Carlos, por supuesto). Todos le habían llevado regalos distintos el veintitrés, desde peluches para adornar su nuevo cuarto hasta una cuna para que durmiera cómodo. El más bonito fue un suéter a juego con un reno que Carlos trajo, comprado por su hermana claro, pero en nombre de él. Parece ser que la familia lentamente encuentra su punto gravitacional. En el trabajo, Carlos llega agresivamente feliz saludando a todo el mundo. Luciendo una sonrisa de comercial de dentífrico. Todo el día se la pasa rascándose el cuerpo. Abriendo sus manos y cerrándolas en ansiedad. — No es nada — me dijo cuando le pregunté en la mañana. — ¿Es sobre el bebé? — le pregunté Carlos negó con la cabeza. Estaba siendo honesto. Tenemos un día pesado. La gente entra y sale en manadas pegadas que forman filas que salen hasta la calle de afuera, ahí la gente grita y se empuja. Yo hago cafés calientes, y Carlos le tocan los frappuccinos, mientras que Montserrat hace sandwiches y otras cosas del menú con la velocidad de una experta cocinera. Para poner las cosas en perspectiva, el tiempo de entrega de cada café es de un minuto. Mientras que el de los sandwiches es de tres. Montserrat sin embargo, entrega tres sandwiches por cada café que hacemos. A la hora de la comida no veo a Carlos contento. Come en soledad, apurado. Con los ojos hinchados. Probablemente no durmió anoche. — ¿Ya casi acaba todo esto, no es así? — me dice con una sonrisa nerviosa. — Sí, ya casi acaba — le respondo. Carlos parece mirar al horizonte como meditativo. — ¿Esto es por el dinero? — le pregunto. — Algo así. Asiento y continúo con mi comida A eso de las dos de la tarde, cuando veo que la fila se hizo más pequeña le pido a Carlos y Montse que me cubran mientras tengo que salir de urgencia al banco a terminar unos asuntos pendientes. Cuando regreso, Carlos parece un volcán apunto de estallar. Mira a todos lados como si fuera perseguido. Está muy irritable. Le hablan y parece que lo están amenazando. El resto del día a Carlos le continúa pasando un incidente tras otro. Sus manos tiemblan, así que se corta múltiples veces. No pone atención así que se cae múltiples veces. Al terminar del día, él y yo terminamos cojeando. Él por sus caídas, yo por el trabajo pesado. — ¿A qué horas crees que nos paguen hoy, Alfredo? — me dice Carlos nervioso. — ¿Hoy? — le sonrío — . Por lo regular se paga en quincena. Carlos se detiene. — ¿Se paga en qué? — Carlos se ve alterado. — En quincena. Los días primero, o último del mes, y el día quince. ¿No te han pagado ya? Carlos niega con la cabeza. — ¿Me estás diciendo qué no has cobrado un centavo desde que estamos aquí? ¿Qué no preguntaste cuando pagaban? — Me dio miedo preguntar eso. — ¿Porqué creías que pagaban hoy? — Nos contrataron por la temporada navideña ¿no? Así que supuse que nos pagaban antes de navidad o durante navidad. — Así no funciona esto, Carlos. A ver si no te retrasan el pago — le digo. Carlos entra en shock, parece al borde de las lagrimas. — ¡Ay, no! ¡AY NO! — comienza a decir Carlos mientras entra en pánico. — Tranquilizate, Carlos. Todo está bien. — ¡No! ¡No! ¡Ya no queda tiempo para pagar! Dos días. ¡No! ¡Un día! No hay tiempo. Carlos comienza a jadear, su respiración se ve completamente alterada mientras me mira con horror. Sus manos se contraen y se abren en espasmos rápidos. Carlos se lanza a correr, un coche casi lo atropella, él sigue corriendo. — ¡Carlos! — grito — . ¡Espera Carlos! Comienzo a seguirlo, pero es muy tarde. No puedo alcanzarlo y mis piernas no dan para más. Sólo puedo verlo correr más y más mientras se aleja en la oscuridad hasta perderse de vista.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR