Llevo minutos corriendo. Sigo la vaga idea de donde vi la silueta de Carlos la última vez. Parecía que se dirigía hacía el este, y que luego comenzó a caminar hacía el norte. Tal vez ni él sepa hacía donde va. Lo más probable es que él no sepa hacía donde va.
— ¡Carlos! — grito por todos lados.
Las calles están vacías con la excepción de los coches que de vez en cuando pasan a nuestro lado, pareciera que se burlaran de que soy el único que se atreve a estar a fuera en noche buena en vez de estar con familia y amigos.
Un coche me hace una señal con su claxón. Lo toca repetidas veces haciendo una melodía muy conocida para mí. Es una hermosa melodía conocida por todas las personas del país sobre como mi madre se dedica a hacer cosas con todos los que se le pongan en frente.
— ¡La tuya! — le grito de regreso.
Sigo caminando unos cuantos metros «¿Qué tan lejos estaré de Stellarüs?» me pregunto. Ni idea. Pero el centro comercial da paso a un conjunto de condominios y casas suburbanas. En todas hay luces de colores y melodías alegres de navidad que con su felicidad te llenan de unas enormes ganas de que se callen para siempre y la casa que las tiene en repetición sea clausurada sin más y los dueños de la casa sean arrestados por crímenes de odio en contra de la humanidad.
En las casas veo las siluetas de las personas celebrando. Me hacen sentir nostalgia. Hace mucho que no la celebro, no propiamente al menos. Navidad, año nuevo. Todo eso se volvieron simples fechas más del calendario. Cuando uno se desvive trabajando no es posible que sea de otra manera. Antes, cuando tenía menos responsabilidades en el banco me iba en la tarde de noche buena al valle, el pueblo de donde soy para reunirme con mi familia. Solíamos ser muy unidos. Hoy en día rara vez nos hablamos. Ya ni siquiera sé si viven ahí aún. Lo único que realmente tenía era mi trabajo y todo lo demás pasaba a ser cosa de segundo plano.
Las últimas tres navidades las he pasado sólo en el departamento. Por lo regular veía las películas navideñas que pasaban en la televisión publica. Todas ellas igual de malas. Todas ellas igual de genéricas. Pero al fin, navideñas; con esa sensación del calor de hogar a la luz de una fogata mientras la nieve cae. Claro, en esta ciudad tropical no cae la nieve nunca y si lo hiciera todo el mundo tendría miedo y gritaría que el fin del mundo se acerca… Probablemente si cayera la nieve aquí, si sería el fin del mundo.
En fin, pareciera que hace mucho no ha habido una noche buena, buena en mi vida. Por lo que tampoco me molesta demasiado el perdérmela.
El único problema, es que realmente me siento preocupado por Carlos. Está aterrado, tiene ansiedad y está en un estado delicado de pánico. Eso nunca ha sido bueno para nadie. Por menos de eso idiotas han quemado sus propias casas.
Camino por las calles sin rumbo, cada vez me temo que lo he perdido. Estoy apunto de rendirme cuando escucho el golpe de una reja de metal siendo golpeada con la suela de algunos zapatos. Me dirijo al ruido.
Sé que podría ser un asaltante, o un drogadicto. Pero esa es mi única pista de alguien en la calle, no queda más. Cruzo los dedos porqué sea Carlos.
Me acerco y veo que el sonido proviene de la reja de una iglesia. Una persona delgada y alta cruza la reja agarrándose cuidadosamente en cada trozo de metal hasta que logra estar arriba. Se tira de un salto y cae al suelo de rodillas. Grita un poco de dolor y luego se controla para evitar que alguien note que se metió ilegalmente a la iglesia cerrada.
— Ay, no — digo. Yo sé que la figura es Carlos. Ni siquiera necesito confirmación.
Me acerco con cautela para que nadie que haya escuchado el grito me note acercarme. No quiero causar problemas ni para mí ni para Carlos. Si nos descubren aquí, podría ser el fin. Para Carlos y para mí.
Entro en completo silencio a la iglesia imitando a Carlos al entrar, sólo que en vez de lanzarme desde arriba, simplemente escalo hacía abajo para evitar ruidos y golpes.
La iglesia está en completa oscuridad, esto le da una sensación de adentrarse al estomago de una bestia. Pero eso no importa, ya he tenido demasiadas bestias este mes como para que me moleste una más. Lo que me preocupa realmente, lo que realmente me hace helar la sangre es que la iglesia está en completo silencio.
— ¿Carlos? — pregunto en voz baja.
No hay respuesta.
Busco en cada sombra y rincón alguna prueba, alguna muestra de que está aquí. No encuentro ninguna. Poco a poco mi mente se llena de horror. ¿A qué vino hasta acá? ¿Qué es lo qué pasa? ¿Porqué no me contesta?
Vuelvo a preguntar.
Nada.
Sostengo mi respiración. Estoy apunto de preguntar otra vez, esta vez sé que gritaré. Tengo demasiado miedo de que algo le hubiera pasado.
— Por favor, vete — me responde al fin.
Lo busco con la mirada. Al fin encuentro un espacio, arriba en el segundo piso hay una linea de luz que entra por una ventana. Ahí puedo ver apenas una ligera sombra de una silueta.
— Carlos, por favor baja de ahí.
— No, no lo entiendes Alfredo. Ya no puedo más. Lo he arruinado dos veces, te he causado problemas. Sería mejor que muriera. Le diré al cobrador que venga por mí. Que te deje en paz. No quisiera que te hicieran daño por mí culpa. Yo… Yo no podría soportalo.
— Carlos, tranquilizate.
— ¡¿CÓMO QUIERES QUE ME TRANQUILICE?! — me comienza a gritar —. ¡Ya no queda más tiempo! Me van a matar. Te van a matar. Es mejor que acabe con mi vida antes de que ellos me…
Carlos comienza a gritar de horror.
— ¡Carlos, con un demonio! Escúchame. No me dejaste explicarte hace rato. Ya está. Ya se pagó tu deuda. No te preocupes por eso.
— ¿Qué?
Asiento con la cabeza.
— Cuando me comprometí con tu papá me dio tres sobres de dinero. Había setenta mil pesos en ellos. Esta mañana deposité cincuenta. Realmente no quería tocar ese dinero porqué de todas maneras debo reponerlo en cinco años. Pero… No quería que te rompieran las piernas.
Le sonrío.
Desde la sombras veo el rayito de luz tocar sus ojos llorosos.
— Por favor, no mientas — me dice.
Alzo la mano en forma de promesa.
— No tengo porqué mentirte. Es cierto.
— Pero tú tienes tus deudas, mi papá. Y la gente que te persigue, y… ¿Y lo gastaste en mí? — La voz de Carlos tiembla.
— Pues…
Miro alrededor buscando alguna vela. No me gusta estar en este lugar tan oscuro. Realmente me aterra.
— Que te diré. Las buenas personas merecen buenas cosas. A ti te tocó una mala mano. Toda tu vida te dieron varios diez, nueves y ochos. Como a mí. Así que quería darte un rey, una reina y un arlequín. Mejorar tu mano, por así decirlo — me muerdo el labio. No quiero decirlo — . Y la verdad Carlos es… Es que me agradas demasiado como para dejar que algo te pase. Mereces más.
Carlos me mira desde las sombras.
— Tú también me agradas mucho Alfredo. Pero… De verdad no debiste.
— ¿Y qué se supone que debía hacer? ¿Dejar que te mataran? ¿Qué haría tu familia sin ti? No. ¿Qué haría yo sin ti?
Carlos se detiene asoma su cabeza por los pilares del segundo piso.
— No digas eso.
— Carlos, tengo veintiocho años. Yo puedo decir lo que se me de la regalada en gana, y tengo que decirte eso. Te necesito. No sólo en el trabajo. Yo… Realmente necesitaba a alguien como tú. Alguien que me entendiera. Alguien que hablara mi mismo idioma que supiera lo que paso. Alguien que me hiciera reír como tú. Alguien que me hiciera sentir que la vida es emocionante de nuevo.
— Basta, ya casi me pides que me case contigo.
— Pues… Estamos en una iglesia ¿Qué no?
Carlos comienza a reírse.
— Que pésima propuesta de matrimonio. Es como si propusieras frente a un motel tus sucias intenciones, así “nos queda de paso”.
— Pues… Hay uno no muy lejos de aquí. Realmente podemos llegar caminando en menos de cinco minutos.
Carlos se tapa la boca con la mano mientras se muere de la risa.
— ¿Seguro que me quieres proponer hacer el delicioso en terreno santo, Alfredo?
— Tienes razón. Baja, vayámonos. Tu familia nos espera.
Carlos asiente y comienza a bajar con cuidado por las escaleras. Al estar en la planta baja de la iglesia me abraza.
— Muchísimas, muchísimas gracias Alfredo — su voz se quiebra en llanto.
Le regreso el abrazo y lo aprieto fuerte.
— Tranquilo.
— Te lo juro que te lo pagaré — me dice.
— No te preocupes por eso.
— Ahora vayámonos, por favor. Me dan miedo los lugares oscuros. Sobre todo las iglesias oscuras.
Carlos mira a su alrededor. Me da la razón.
Salimos por donde entramos. Nos aseguramos de que la iglesia de haya mantenido intacta y que nadie nos viera entrar y salir. Nos quedamos parados viendo al interior oscuro. Como si ahí adentro pudiéramos ver todos los problemas que hemos dejado atrás, disolverse y ser olvidados. No los extrañaremos, sinceramente.
— Vaya mes — dice Carlos.
— Sí, salió todo a relucir… Bueno… Casi todo.
— ¿Qué más se puede decir que no se haya dicho? — pregunta Carlos.
— Sólo una cosa — le digo.
— ¿Cuál?
Sonrío y alzo la voz para que todo mundo me escuche.
— A ti y a quién esté escuchando: ¡FELIZ NAVIDAD!
Carlos se ríe.
— Feliz navidad a ti también Alfredo… A ti y… A quién esté escuchando.
Dicho esto, nos perdemos en la noche caminando por las calles vacías en silencio, no hay necesidad de decir más. Dejamos que el ambiente lo diga todo.
Al fin, tuve una noche buena, buena.