«Alguien intentó besar a alguien anoche»
Ese pensamiento resuena como un eco grave en cada esquina de mi mente. Puedo escucharlo como una palabra que se repite al infinito. Chocando en el subconsciente y volviendo hasta hacerme consciente de que… no sé que diablos significa.
En la marea oscura, ¿Marea? ¿Mar? De mi ensueño escucho esas palabras. Chocan como el oleaje ante dos rocas. No, personas. Dos personas frente al mar, un golpe de agua fría envuelve sus cuerpos. La piel desnuda ante la noche y el frío entra en un pequeño estado de escalofrío, se comprime y relaja en pequeños espasmos eróticos. Y ahí la palabra que enloquecida grita en mi mente vuelve con más fuerte en repetición hasta volverme loco:
«Alguien intentó besar a alguien anoche»
Despierto.
No sé que día es, no sé donde estoy. Tengo la cabeza adolorida y sigo algo confundido. Alrededor mío está oscuro y no sé decir en que lugar del mundo me encuentro. Espero no haber hecho una tontería, sobre todo espero no estar al otro lado de la ciudad, o peor del país. Recuerdo haber salido de la iglesia. Sí.
Carlos estaba a mi lado y caminábamos por las calles.
Recuerdo el como nos reímos del estrés, estábamos frente al carro cuando me preguntó a donde iba. ¿Qué le respondí?
— A mi casa — creo que le dije.
Él asintió, como suele hacerlo cuando está pensando en algo sin saber que decir. Me miró a los ojos y me dijo algo. Recuerdo vagamente el movimiento de sus labios del cual ninguna palabra surgió.
No, no…
Ahora recuerdo.
— ¿Cuál casa? — me preguntó.
«¿Cómo qué cual casa?» me quedé pensando.
— Pues mi casa — le dije, creo.
— Yo tampoco tengo a donde ir. No realmente — me dijo, viendo a través de mí. Como siempre. De eso sí puedo estar cien por ciento seguro.
Recuerdo verle sonreír.
Sus labios gruesos, sus ojos casi ocultos por su sonrisa amplia. Su cabello espeso y n***o siendo volado por la brisa del mar. ¿Brisa del mar, en plena ciudad? El viento nocturno, la oscuridad. Ahí en el estacionamiento estaba claro, después. Fue después cuando nos sumergimos en la oscuridad.
Carlos me dijo que fuéramos a la playa. Yo acepté. ¿A dónde más iría? El departamento en su infinita oscuridad no era lugar para pasar la navidad. Nadie debería estar solo en navidad. Carlos y yo lo sabíamos. Más aún sabíamos que en su casa estaría solo. Aún en compañía. Y vaya que compañía tendría. Su hermana seguro estaría con Gutiérrez su comprometido. Carlos parece estar incomodo al hablar de él. No me dice porqué. No le pregunto más, su padre estaría con Tlanesi, fingiendo que odiaba al pobre bebé por su humilde origen, por su color de piel. O más probable porqué era la prueba irrefutable de que el gran Juan Carlos había flaqueado y caído bajo sus propios instintos.
Mientras tanto Carlos se quedaría solo, mirando a todos. Sin hacer nada. Le hablé de la época en la que mis navidades se limitaban a la posada del banco, en la que me quedaba en una esquina comiendo en silencio y me iba a la camita al llegar a casa.
Ambos nos reímos de la soledad, brindando con copas imaginarias rellenas de aire.
— ¡Por la soledad! — gritamos alegremente.
Usamos un teléfono publico para llamarle a Juan Carlos. Entramos riéndonos.
Juan Carlos nos escuchaba, apenas. Parecía más ocupado con otras cosas, no hizo preguntas. Sólo me dio indicaciones de que Carlos no bebiera. Mientras felicitaba a su hijo por casi un mes de trabajo. Carlos no dijo nada, pero vi sus ojos llorosos. Estaba agradecido.
Fuimos a la tienda Moxxo más cercana, Carlos se compró un café. Me regaló un Whiskey, recordaba que le había dicho que me gustaba más el Whiskey que otras cosas. Se lo acepté, pero le dije que no podía beberlo. Me miro un poco triste, pero aceptó después.
En la playa comencé a beber, una copa tras otra. Carlos se reía. Yo me reía. Alguien comenzó a bailar. Alguien se quitó la ropa, el otro lo siguió. En la oscuridad nadie ve absolutamente nada. Dos figuras en la oscuridad, fundiéndose con el mar.
Al siguiente día sólo puedo pensar en una cosa:
«Alguien intentó besar a alguien anoche»
Funcionó.