La Cruda Moral.

1976 Palabras
Me muevo en la oscuridad, tanteo con las manos. Tras unos minutos de estar en completo silencio tratando de encontrar cualquier pista que me diga donde estoy, me encuentro con una habitación oscura que se me hace desconocida. Me trato de mover. A mi lado topo con alguien. Me quedo quieto. Escucho su respiración, es un ronquido muy suave como el ronroneo de un gato. Entre cierro los ojos intentando que mis ojos se adapten más a la oscuridad, quiero ver su rostro. Veo una nariz casi aguileña que termina en una bolita, unos labios gruesos y la ligera sombra de un cabello risado. Casi se parece a… No, no… Estoy apunto de dar el grito al cielo cuando noto que me he dado un golpe a la cabeza al darme cuenta de quien era. Me tapo la boca, no quiero despertarlo. Me comienzo a arrastrar a fuera de la cama, intentando moverme con lentitud y serenidad. Aguanto la respiración por un segundo mientras veo que se acomoda en la cama. Sigue dormido. Me deslizo hasta tocar el suelo. En el suelo me pego al colchón como soldado en trinchera. Busco con la mirada mis cosas en la habitación. No las encuentro. Estoy sin zapatos, no tengo cinturón. Peor aún, tengo el torso desnudo. Raro en mí. Nunca salgo sin camisa, nunca uso camiseta. Nunca dejo que nadie me mire sin una playera. Comienzo a rezar porqué no haya ocurrido lo peor. — ¡Dios mío! — susurro lo más bajo posible. Con mucho cuidado me muevo en la habitación, busco mis zapatos debajo de la cama. Los encuentro y los pongo cerca de mí. Comienzo a gatear en busca de mi camisa. Escucho un ruido sobre la cama, me asomo. Se ha movido un poco, para mi suerte ha girado en dirección contraria a mí. Sigo gateando. Mi camisa está en una silla frente al clóset, justo fuera de este. Parece un chiste. Me arrastro por el suelo, jalo la camisa y me la pongo acostado para evitar que alguien me vea desde la cama. Me asomo una vez más, en la cama aún duerme la figura. Me levanto con cuidado, zapatos en una mano para evitar hacer ruido. Con la otra tomo la perilla de la puerta. Salgo con cuidado, dedicándole una mirada más a Carlos, dormido en la cama. La poca luz que entra por la puerta me deja ver su espalda desnuda por unos segundos. Luego salgo antes de que se de cuenta de que estuve ahí. Cierro la puerta con mucho cuidado, me recargo en ella como si intentara evitar que algo saliera de ella. Cierro los ojos y alzo la cabeza al cielo, quiero procesar lo que ha pasado. «¿Acaso él y yo? ¿Hemos...? No, no puede ser. ¿O tal vez sí?» — Soy un asco — digo en susurros. — Vaya que sí — me dice una voz de mujer. Abro los ojos, es la hermana de Carlos. — No es lo que crees — le digo. — Oh no, seguro que es mucho peor — me responde con una sonrisa, me mira de pies a cabeza — . Eso explica los gemidos. — ¿Gemidos? — le pregunto mientras me pongo frío. Ella asiente, luego comienza a imitar espasmos físicos mientras se ríe de mí. — ¡Oh, Carlos! ¡Ay, Carlos! ¡Eh! ¿A dónde vas? — ¡Uy! ¿ya viste que hora es? — le digo mientras camino a las escaleras. — Y… Por ahí yo no iría — me dice. — ¿Porqué? — respondo preocupado. — Baja la voz, allá abajo está mi papá. Está dormido, pero le da por despertar cuando se asusta con sus propios ronquidos. — Gracias — le digo en un tono más bajo. — Sal por la ventana, Alfredo. La de esa esquina — Samantha me señala el final del pasillo superior. Ahí hay una ventana grande que da a la parte trasera de la casa, donde se encuentra la cancha de tenis — . Si tienes cuidado, puedes usar el techo para bajar y salir. Sólo que ten cuidado la cancha de tenis tiene una cámara. — Gracias. Pero ¿estás segura que es seguro? Samantha me sonríe. — Alfredo, así han salido todos los novios de Carlos. Asiento. Sin preguntar más me voy a la ventana. Me asomo por la ventana, es una caída de dos metros. Ni hablar, es eso o arriesgarme a que Juan Carlos me vea. Echo primero mis zapatos, los veo caer en el pasto. Me asomo a todos lados antes de lanzarme, sería horrible caerle encima a alguien en mi caída. No sólo por humillante, sino por lo peligroso. Al ver que nadie pasa, me lanzo al vacío. Afuera, el cielo lechoso del amanecer me recibe. Caigo de rodillas, estas se doblan y en mi cuerpo se expande una sensación de dolor. Aguanto el grito tal como llega. Desdoblo mis piernas mientras busco algún soporte para levantarme. Me jalo del pasto para poder moverme. Para mi buena suerte no hay nadie cerca, así que ruedo a la tierrita para que la vegetación ahogue mis gritos. Ahí me doy rienda suelta, grito boca abajo. Nadie me escucha. Después de desahogarme me quedo un rato en silencio mirando al cielo, parece ser que será una mañana despejada, son cerca de las seis casi siete de la mañana. «Estoy muy viejo para esto » digo para mis adentros. En la casa comienzo a oír ruidos, me levanto de inmediato. Ya me he quedado demasiado tiempo, no quiero tentar a la suerte. Salgo corriendo en dirección a la reja principal, bajo por las escaleras de gravilla casi resbalando con las piedritas. En la reja me detengo. Ahí me doy cuenta, si alguien no abre desde adentro, la reja se mantendrá cerrada. Comienzo a buscar una salida alternativa, debo correr. Sea navidad o no, sé que Juan Carlos despertará en cualquier momento. Levanto mi pierna y la pongo en una de las latas de basura, estoy apunto de alzarme usándolas de pilares para poder escapar cuando escucho el sonido de la reja abriéndose. Giro la cabeza en dirección a la casa, confundido. Samantha me saluda desde lejos, le saludo de regreso. Una vez afuera me deslizo bajo la cámara de seguridad y corro por toda la calle hasta salir de la zona de las mansiones. Mis pies terminan doliendo como el infierno mismo pero mil veces correr todo lo que me sea posible a tener que enfrentarme con las consecuencias de mis acciones inconscientes. «¿Acaso hice algo que no debía?» Me subo al primer taxi que veo y le digo que acelere sin decirle a donde, el taxi me obedece y conduce unos minutos sin saber bien a donde debía dirigirse. Le termino diciendo, hacemos una vuelta en ciento ochenta grados para ir al lado contrario del camino que tomamos para poder ir a mi departamento. En mi departamento me encierro, pongo las cortinas hasta arriba. Cada cuanto me asomo como si me estuvieran siguiendo. La paranoia me esta matando. No cometí ningún delito, no cometí nada inmoral. Aún así, mi ser se sentía sucio. Por donde lo viera: Esto estaba mal. No sólo era el hijo del jefe. No sólo era alguien que necesitaba ayuda de un amigo, y que estaba en una posición vulnerable. También significaba que yo… No, no debería ser posible. Ya me había dado cuenta. A mí no me gustan los… Pero aún así, había pasado. El resto de la mañana me la paso en un estado de nervios, no recuerdo lo que pasó anoche. Hay mil pensamientos que se me ocurren, todos igual de inapropiados. Todos con problemas para mí. La sombra de la duda no me abandona, sigue ahí. Se esconde un tiempo. Vuelve a salir. Quiero huir, escapar con todas mis fuerzas, pero no puedo huir de mi mismo. Justo cuando comienzo a tranquilizarme, a eso de la una de la tarde, comienza a sonar mi teléfono. Primero lo escucho pero trato de mantener el rostro neutral ante este. Como si no quisiera que quien llame se de cuenta de que me ha asustado. Es Carlos. Veo al condenado aparato sonar y sonar. Decido ignorarlo con la mirada. Prefiero que suene hasta que cuelgue, así no tendré que responderle. Es demasiado difícil. Siento que estoy siendo increíblemente grosero. Carlos no ha hecho absolutamente nada malo, soy yo el que se ha equivocado. Estoy confundido, estoy aterrado. Me alejo del teléfono. Lo dejo sonar en la sala mientras me hundo en las sabanas de mi cama en la habitación. Incluso su música me marea y me hace daño. Dejo que pase el día. No hago absolutamente nada, me mantengo quieto. Pensando. Ni siquiera como cuando llega mis horas. No siento hambre, sólo siento la preocupación de lo que me espera. A eso de las tres de la mañana, cuando ya ha dejado de sonar el teléfono desde al menos cuatro horas lo reviso mientras como mi primera comida de todo el día. Tengo cincuenta y siete llamadas de Carlos, junto con al menos doscientos treinta y tres mensajes. Todos preocupados. Le contesto con un mensaje único: «“Lo siento, me sentía mal. Dormí todo el día”» Dejo el teléfono en la mesa, mientras cocino unos huevos. Ni medio minuto ha pasado y recibo un mensaje de respuesta: «“No te preocupes, descansa. Sólo estaba preocupado.”» Me dejo caer al sofá. «¿Qué le estoy haciendo a este pobre?» me pregunto. Decido que es mejor llamarle, no puedo huir de él por siempre. Independientemente de lo que haya pasado. Total, si él no lo menciona. Tal vez no pasó lo que creo que pasó. Pocos segundos después recibo otro mensaje. «¿Vaya que nos divertimos anoche, eh?» Adjuntado al mensaje, una carita feliz con un guiño. «Maldita sea, sí pasó» me digo a mi mismo. Grito en mi almohada de coraje. En la mañana del día veintiséis me despierto con mal sabor de boca. Sé que hoy debo enfrentarme a Carlos. A eso de las siete estoy parado frente al espejo. Ajusto mi corbata mientras ensayo lo que voy a decirle, como buen vendedor antes de la venta del siglo. — Carlos mira, yo… Tu sabes que me agradas mucho, que somos buenos amigos. Que hemos pasado un mes interesante. Pero la verdad es que yo… Yo no soy. O bueno, siento que no soy. Tu sabes. Eh. Mira, el punto es que somos buenos amigos. Eso nada lo puede cambiar. No, que malo soy para esto. Me giro mientras me miro al espejo, apunto con los dedos como le hacían cuando quería halagar un cliente. — Amigos juntos hasta el final ¿Entendido? Pero todo lo demás. Ya fue. ¿Entiendes? Me veo ridículo. Como una mala imitación de Robert De Niro en “Taxi Driver”. — Con un demonio ¿Cómo no lo va a entender? ¿Acaso lo voy a tratar como idiota? Niego con la cabeza. Cubro mi pelo con gel, sigo repasando mi discurso más que un finalista del premio Nobel. Cada palabra debe ser precisa. Alguien toca a mi puerta. Me resigno, debo pausar mis ensayos. Seguro llegó algún correo con una deuda. Para variar. — Así que en resumen, por favor. No. No llores, lo sé. Es que soy un animal coqueto y caíste en mis redes, pero por favor no sigamos. ¿Amigos, está bien? — sigo diciendo, aún no suena convincente. Abro la puerta. Frente a mí el Señor Tanque me mira rojo de furia. — Animal coqueto— me dedica una sonrisa enojada — . ¿Se puede saber dónde demonios estuviste los últimos días? Me quedo en silencio, no ensaye para esto.
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