Una visita inesperada.

2041 Palabras
— Señor Tanque, yo… Instintivamente busco al teléfono rojo, no lo encuentro con la mirada. Seguro lo dejé en algún lado de la sala. No sé donde, me alarma un poco eso. — ¿Usted me llamó Señor Tanque? — continuo, escucho en mi voz un poco de inseguridad. Sé que estoy frito. — ¿Qué si te llamé? Alfredo, llevo desde el veinticuatro intentando comunicarme contigo. ¿Sabes que día es hoy? — ¿Veintiséis? El Señor Tanque se agarra la cara con coraje atorado. — Sí, Alfredo. Es veintiséis. ¿Pero qué más? — ¿Segundo día de recalentado? — ¡Es viernes, maldita sea! — El Señor Tanque se pone rojo, golpea el suelo al gritar viernes, sus ojos parecen que estar apunto de volar de sus cuencas de coraje. Con cada palabra suena más y más desesperado —. No importa. Ahora, por favor. Ponme al corriente sobre los Mendoza. — Llegó su hija de su viaje. — ¿La mayor? — Sí. — Ya era hora. — Sí. Y la deuda de Carlos fue saldada. De momento. — Está bien ¿Qué más tienes, Alfredo? — Bueno, ahora la casa tiene un nuevo m*****o, se llama Tlanesi, es un gran niño la verdad. Es hijo de Juan Carlos, ilegitimo. Al parecer lo hizo con la sirvienta pasada. — Ah, no me digas. ¿Y está saludable y gordito? — dice el Señor Tanque cada vez más desesperado, mientras se acomoda el pantalón. — Pues algo así. Realmente se ve que come bien en su pueblo. De pronto siento una cachetada caer en mi rostro. — ¿Porqué fue eso? — le pregunto asustado. — Un mes, hijo de la gran... — el Señor Tanque cierra su puño en coraje, después con las manos acentúa cada silaba — . Escúchame, llevas un mes dándonos información que sirve para ABSO-LU-TA-MENTE NADA. ¿Entiendes el problema aquí Alfredo? El teléfono en mi pantalón comienza a sonar. Lo miro por un segundo, regreso a ver al Señor Tanque el cual me dedica una mirada retadora. Alzo las manos a nivel de mi pecho para que las vea vacías, quiero que sepa que tiene mi completa atención. — Tú no sabes la presión que ahora mismo tengo encima Alfredo, bendito sea que sólo te toca informarme a mí. Yo tengo que ver el resto de la operación, tengo que coordinar a una cantidad enorme de personas todas quieren algo de mí, todos quieren que les resuelva algo. Aparte de esto, todavía debo lidiar con un idiota que no sabe todavía la seriedad del asunto. ¿Y me dices después de un mes, qué? ¿Qué ya llegó su hija, que su hijo es un borracho, y que tuvo un bebé bastardo? Alfredo ¿Dinos qué diablos nos importa a nosotros esto? De verdad. Dime ahora mismo como eso afecta a la empresa. Entiende, a Juan Carlos esto no lo toca. Sus hijos y con quienes los tiene pueden morirse y él seguirá igual. Su empresa es lo que le importa más. — No sé si ese es realmente el Juan Carlos que he visto, señor. — Ay, no me digas que ahora lo comprendes bien. ¿Dime entonces qué le sabes que no sea la porquería que me acabas de decir. — Pues… Sí es un desgraciado con su familia pero no lo he visto hacer algo tan terrible como dice. Trago saliva. El teléfono suena otra vez, haciendo la pausa más incomoda. — Es pporqué yo no… El teléfono suena más alto. — Yo no voy a seguir haciendo esto el próximo mes, tragándome cada maldita estupidez que se te ocurra decirme. Prioridades, Alfredo. — Pero señor, yo... — No, maldita sea Alfredo. Ya no quiero más excusas — me interrumpe el Señor Tanque. — Si me da una segunda oportunidad. Le aseguro que yo… — Yo, yo. Y más yo. Alfredo, esta era tu segunda oportunidad. La verdad ya estoy hasta la… El teléfono grita en mi bolsillo. — ¡Contesta, maldita sea! — explota el Señor Tanque. En un movimiento automático, sin voluntad propia le hago caso y contesto sin mirar el número. El rostro del Señor Tanque parece enrojecerse. Hago una sonrisa intentando que la voz del otro lado del teléfono suene sin problemas. — ¿Bueno? — digo de inmediato. — Tenemos que hablar. Ahora — dice Juan Carlos mientras siento como el mundo se viene abajo. Me quedo en silencio. Por un momento el mundo se detiene. Es casi como si pudiera escuchar la respiración del señor Tanque y la mía de lo silencioso que está. — ¿De qué, señor Juan Carlos? — pregunto. El Señor Tanque me mira inquisitivo. — Tengo unas sospechas que quiero aclarar contigo — responde Juan Carlos. — ¿Sospechas, señor? Juan Carlos se calla un segundo. Se escucha como se revuelve en su asiento. El Señor Tanque aguza el oído como si — Sí. Será mejor que hablemos en persona. Es sobre tú y mi hijo. — Ah. Claro, claro que sí. — le respondo, nervioso. El Señor Tanque parece notar mi nerviosismo. En sus ojos veo esa mirada afilada de un animal que tiene a su presa en la mira. En sus labios delgados se dibuja una sonrisa. — ¿Qué tan rápido puedes venir? — ¿Ir? Bueno yo… Estoy ocupado con… Con algo, yo. — Miro al Señor Tanque, buscando su aprobación, él niega con los dedos —. Perdón ¿Dije que estaba ocupado? No, no. Yo estoy libre. Déjeme voy para allá. — Aquí te espero — Dice Juan Carlos, se aclara la garganta y me cuelga. Guardo el teléfono mirando al Señor Tanque. — Maldito seas — me dice — . ¿Hiciste un pacto con el diablo? — No que yo recuerde — lo pienso un poco — . No, espere. Sí. Es un contrato de cinco años como chofer. El Señor Tanque hace una risa irónica. — Me estoy hartado de ti, Alfredo. Antes te defendí, antes estaba ahí para evitar que te hicieran algo — Intento discutir. Abro la boca para hablar el Señor tanque me detiene con una mueca y una señal de las manos —. No, no me jodas. ¿La muela? El plan original era tu dedo. ¿Los golpes? Bala quería castrarte. Yo soy tu único apoyo en este lugar. Ni Bala ni el jefe te van a perdonar nada. Vienes aquí luego de un mes ¿Y me dices qué Juan Carlos tuvo un bastardo? ¿A nosotros de que nos sirve eso? Dime tú. — Perdona, pero eso es lo que hay. No he podido aprender más de ellos. Tampoco es como que quiera. El Señor Tanque me mira como un adulto mira a un niño que está regañando. — Entonces no nos sirves de nada — El rostro del Señor Tanque parece ensombrecerse y llenarse de tristeza — . Reza Alfredo, reza porqué eso cambie el próximo año. Hazlo tu propósito de año nuevo, porqué si no nos sirves de nada, me temo que cualquier trato que hicimos tú y yo será revocado. — ¿Eso qué significa? — Que tu vida y la de tu novio acabarán muy pronto. El Señor Tanque se levanta, se arregla el traje. Me pone una mano sobre el hombro. — Nos vemos, Alfredo. Este es el último viernes del año. Te veo el dos de Enero. Feliz año nuevo. Con eso el Señor Tanque se aleja de mí, parece decepcionado. Pero sobre todo, mortalmente cansado. Me deja pensando, ahora ellos no sólo tienen mi vida secuestrada, también la de Carlos. Si quiero que esté bien debo obedecer. orqué ni siquiera has interactuado con él más que unos días, idiota. Te la pasaste todo el mes con su hijo y seguro tienen grandes historias que compartir, claro que sí. Pero no me interesan yo estoy aquí por Juan Carlos. No me interesa que te fuiste un tiempo a trabajar a una cafetería. A nadie le importa, entiéndelo. Pon tus prioridades claras porqué yo no… El teléfono suena más alto. — Yo no voy a seguir haciendo esto el próximo mes, tragándome cada maldita estupidez que se te ocurra decirme. Prioridades, Alfredo. — Pero señor, yo... — No, maldita sea Alfredo. Ya no quiero más excusas — me interrumpe el Señor Tanque. — Si me da una segunda oportunidad. Le aseguro que yo… — Yo, yo. Y más yo. Alfredo, esta era tu segunda oportunidad. La verdad ya estoy hasta la… El teléfono grita en mi bolsillo. — ¡Contesta, maldita sea! — explota el Señor Tanque. En un movimiento automático, sin voluntad propia le hago caso y contesto sin mirar el número. El rostro del Señor Tanque parece enrojecerse. Hago una sonrisa intentando que la voz del otro lado del teléfono suene sin problemas. — ¿Bueno? — digo de inmediato. — Tenemos que hablar. Ahora — dice Juan Carlos mientras siento como el mundo se viene abajo. Me quedo en silencio. Por un momento el mundo se detiene. Es casi como si pudiera escuchar la respiración del señor Tanque y la mía de lo silencioso que está. — ¿De qué, señor Juan Carlos? — pregunto. El Señor Tanque me mira inquisitivo. — Tengo unas sospechas que quiero aclarar contigo — responde Juan Carlos. — ¿Sospechas, señor? Juan Carlos se calla un segundo. Se escucha como se revuelve en su asiento. El Señor Tanque aguza el oído como si — Sí. Será mejor que hablemos en persona. Es sobre tú y mi hijo. — Ah. Claro, claro que sí. — le respondo, nervioso. El Señor Tanque parece notar mi nerviosismo. En sus ojos veo esa mirada afilada de un animal que tiene a su presa en la mira. En sus labios delgados se dibuja una sonrisa. — ¿Qué tan rápido puedes venir? — ¿Ir? Bueno yo… Estoy ocupado con… Con algo, yo. — Miro al Señor Tanque, buscando su aprobación, él niega con los dedos —. Perdón ¿Dije que estaba ocupado? No, no. Yo estoy libre. Déjeme voy para allá. — Aquí te espero — Dice Juan Carlos, se aclara la garganta y me cuelga. Guardo el teléfono mirando al Señor Tanque. — Maldito seas — me dice — . ¿Hiciste un pacto con el diablo? — No que yo recuerde — lo pienso un poco — . No, espere. Sí. Es un contrato de cinco años como chofer. El Señor Tanque hace una risa irónica. — Me estoy hartado de ti, Alfredo. Antes te defendí, antes estaba ahí para evitar que te hicieran algo — Intento discutir. Abro la boca para hablar el Señor tanque me detiene con una mueca y una señal de las manos —. No, no me jodas. ¿La muela? El plan original era tu dedo. ¿Los golpes? Bala quería castrarte. Yo soy tu único apoyo en este lugar. Ni Bala ni el jefe te van a perdonar nada. Vienes aquí luego de un mes ¿Y me dices qué Juan Carlos tuvo un bastardo? ¿A nosotros de que nos sirve eso? Dime tú. — Perdona, pero eso es lo que hay. No he podido aprender más de ellos. Tampoco es como que quiera. El Señor Tanque me mira como un adulto mira a un niño que está regañando. — Entonces no nos sirves de nada — El rostro del Señor Tanque parece ensombrecerse y llenarse de tristeza — . Reza Alfredo, reza porqué eso cambie el próximo año. Hazlo tu propósito de año nuevo, porqué si no nos sirves de nada, me temo que cualquier trato que hicimos tú y yo será revocado. — ¿Eso qué significa? — Que tu vida y la de tu novio acabarán muy pronto. El Señor Tanque se levanta, se arregla el traje. Me pone una mano sobre el hombro. — Nos vemos, Alfredo. Este es el último viernes del año. Te veo el dos de Enero. Feliz año nuevo. Con eso el Señor Tanque se aleja de mí, parece decepcionado. Pero sobre todo, mortalmente cansado. Parece ser que todo este tiempo tuve un ángel de la guardia, ahora esté me había abandonado.
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