Estoy frente a la mansión Mendoza.
Esta se impone ante mí como el primer día en que la vi: Como un lugar frío, sin vida. No veo a nadie para recibirme.
No hace dos días la navidad vino y se fue sin que la casa pareciera inmutarse.
Así son los Mendoza, supongo. Inamovibles ante lo que sea.
Repaso las palabras exactas de Juan Carlos, mencionó que debíamos hablar. Que tenía sospechas relacionadas con su hijo. «¿Se habrá enterado de lo que pasó? ¿Cómo podría? ¿Acaso Samantha le dijo? No. No es posible ¿Podría ella condenar a su hermano de tal manera?»
Ni siquiera debo tocar la puerta, Jonás me espera en la entrada. La reja se abre haciendo sonar su alarma Avanzo por la escalera de gravilla sintiendo el peso de cada paso.
— Buenos días — le digo a Jonás. Este me mira serio, me responde únicamente con un movimiento de cabeza tranquilo, sin siquiera poner sus ojos en mí.
Caminamos por la casa, son cerca de las nueve de la mañana. Sé que Carlos todavía no trabajará. No aún. Hoy le toca el turno de las cuatro de la tarde, así que dormirá hasta que el sueño le deje.
— ¿Sabe de qué quiere hablar el Jefe, señor Jonás?
— Es mejor que él te lo diga.
Caminamos al despacho de la casa. Es la primera vez que lo veo. Es realmente sorprendente.
La habitación es pequeña, sí. Tan pequeña como se puede ser en la casa de un hombre rico, calculo que es ligeramente más amplia que la sala de mi nuevo departamento. Pero no tan amplia como la habitación de Carlos. Cada pared está recubierta con distintos libreros de madera oscura, llenos en cada repisa de distintos libros de pasta gruesa. Algunos parecen de finanzas, otros de leyes. Unos cuantos de ficción y alguno que otro de materia esotérica.
Juan Carlos está situado en medio, fumando un puro enorme mientras mira a la ventana que está a la izquierda de la habitación. Desde ahí parece poder ver la alberca, no estoy seguro. Su mirada es meditativa, sus manos se expanden y cierran en la ansiedad típica de los Mendoza. Pocas veces lo había visto así de tranquilo en completa tensión.
— Señor, Alfredo ya está aquí — dice Jonás.
El señor Juan Carlos parece recobrar la conciencia, cuando me nota en la habitación.
— Ah, sí. Alfredo. Siéntate — responde Juan Carlos.
Juan Carlos señala el único asiento frente a su escritorio. Fuma un poco más y coloca su puro en un cenicero de vidrio. Saca el humo en pequeños hilos que salen entre sus dientes mientras me mira en silencio. Jonás sale de la habitación cerrando la puerta con cuidado, intentando hacer la menor cantidad de ruido posible. El único ruido en la habitación proviene de un pequeño reloj cuyo segundero genera una melodía apresurado.
— ¿Fumas, Alfredo?
— No. Nunca lo he probado. Menos de esos.
Juan Carlos inmediatamente saca una cajita de bajo de su escritorio. Me la presenta. Está llena de puros.
— Toma dos. Uno para ahora, el otro es por navidad.
— Gracias, jefe.
Con un movimiento de la mano Juan Carlos me da a entender que no es nada. Guardo uno de los puros en un bolsillo el otro lo pongo en mi boca, apagado. Sólo para imitar a mi jefe. Juan Carlos mira al techo pensativo.
— Aclárame esto… Eso del trabajo ¿Fue tu idea, no es así?
Me acomodo en mi asiento.
— Sí, fue mi idea, Señor.
Juan Carlos asiente.
— Bien. ¿Y en el tiempo en el que has trabajado aquí, Carlos ha bebido frente a ti o ha hecho insinuaciones sobre ir a beber?
— No — le miento automáticamente.
— ¿Ni siquiera una vez?
— Ni una sola vez. Sólo hemos trabajado.
Me quito el puro de la boca.
— ¿A qué viene esto, señor? — le pregunto francamente. Me incomoda ser interrogado.
Juan Carlos toma un poco de su puro.
— Me he dado cuenta de un patrón aquí, Alfredo. Desde que llegaste, Carlos es diferente.
— ¿En qué sentido?
— Más alegre, más responsable. Con menos probabilidades de ser encontrado tirado en la calle, si sabes a lo que me refiero.
— Bonita coincidencia — le digo.
— Tonterías Alfredo. La gente no cambia a menos que haya algo de beneficio para ellos en su “cambio”. Así que por favor dime ¿Cómo le hiciste?
— Sólo hablar con él. Realmente no hubo más.
Juan Carlos se queda mirándome con el puro en la boca, luego comienza a reírse.
— No, en serio — me responde.
— Es en serio, señor.
Juan Carlos se rasca la nuca.
— Bueno, si no me vas a decir. Allá tú. Igual, un buen trabajo es un buen trabajo. Le pusiste limites. Se está corrigiendo, un poco. Eso es algo. Es más de lo que esperaba.
— Muchas gracias.
— Es por eso que te requiero en otro lado.
— ¿Disculpe?
— Mira Alfredo, ese niño es mi hijo. Lo quiero como me quiero a mi mismo, pero el hecho es que hasta hace poco pensé que estaba roto. ¿Me entiendes?
— Creo que no, señor.
— El hecho es que lo lleve a todos lados, le pedí ayuda a medio mundo y quien me lo terminó arreglando fue un trabajador por azares del destino. Bueno, has hecho lo imposible. Sospecho que tienes buena lengua y no me di cuenta antes. Quiero que me acompañes a un viaje.
— ¿Un viaje, señor?
— Sí. Un viaje. Iremos a la capital.
— ¿A la capital?
— ¿Eres sordo? Por supuesto que a la capital. Estoy pensando en expandir la empresa, y para mostrarle al mundo que esta es una empresa de provecho voy a hacer un edificio que sea nuestra central. Piensa en grande, un rascacielos. Algo moderno que haga que la competencia se vea ridiculizada.
— Entiendo, señor.
— Sí, bueno. Como sabrás ir a la capital sin coche propio es arriesgarse al transporte publico. Demasiado peligroso, así que llevaré mi coche. El problema es que ida y venida son demasiadas horas. Quiero estar fresco allá. Tengo aún que negociar la compra del terreno. Así que quiero que me acompañes, Alfredo. No sólo en calidad de chofer. Sino que de negociador, en caso de que no pueda cerrar el trato.
— Me siento halagado, señor. Pero una cosa es Carlos y otra es un trato así.
— Alfredo, ¿Fuiste o no gerente? Seguro llegaste al puesto por una de dos, talento y merito, o una buena lengua. Con mi hijo mostraste que tienes una buena lengua.
— Una buena lengua.
De pronto recuerdo, la noche anterior. Mi sueño, las palabras «Alguien intentó besar a alguien anoche». Es casi como si supiera. Le sonrío intentando ocultar mi nerviosismo.
— ¿Qué te parece Alfredo? Pareciera como si te estuvieras sonrojando.
— ¿Eh? No, no. Mil disculpas. Le agradezco sus palabras.
— ¿Entonces irás?
— Tengo el trabajo en la cafetería, por unos días más, luego Carlos lo debo cuidar.
— Eso se puede arreglar. Tú no te preocupes.
Juan Carlos comienza a revisar los papeles de su escritorio.
— Es más, tomate unos días de descanso. Te lo mereces. El dos de Enero comenzamos nuestro viaje. ¿Entendido?
— Está bien. Muchas gracias señor.
— Bien, ahora vete. Descansa.
Me levanto rápidamente. Cualquier cosa para alejarme de la casa antes de que Carlos despierte. La vergüenza me mataría.
— Ah, y Carlos insistió que nos acompañaras a la fiesta de Año nuevo. Te espero aquí ese día. Sólo… No te acostumbres, esto no cambia nada. Sigues siendo un empleado nada más.
Asiento.
— Nos vemos ese día, señor.
Me voy, corro saliendo de la casa sin mirar atrás.
Con todo el dolor de mi corazón paso el resto de los días, desde el veintiséis hasta el treinta y uno en completo aislamiento, evitando a Carlos.
De vez en cuando veía sin contestar sus mensajes. Después de dos días dejó de mandarlos.