Estoy llegando tarde.
Escucho la música salir de la mansión. La fiesta ha comenzado.
Reviso mi ropa otra vez. Creo que está todo en orden.
Toco el timbre con nervios.
El día treinta y uno en la mañana recibí un paquete a mi departamento, era de Carlos.
«Originalmente era tu regalo de navidad. No contestas mis mensajes, así que decidí mandártelo a casa. Usa el blanco para que estemos uniformados» decía la nota que acompañaba la caja. Adentro tenía dos pares de trajes, ambos carísimos. Ambos de Gucho. Uno era de un azul marino oscuro con detalles en n***o, el otro blanco con detalles dorados. Ambos exactamente iguales en su corte entallado y su bordado que detalla colibríes bebiendo de las flores de la copa de oro. Adoro ambos diseños, aún si uno de los trajes es más brillantes de lo que acostumbro a usar.
Ni hablar, Carlos me pidió que llevara el blanco. Así que me puse el blanco.
Este por sus colores parece casi brillar, como si tuviera detrás de la tela un sistema de luces muy potente.
«Efectivamente, me hizo brillar» pensé cuando me vi en el espejo.
Ahora que estaba frente a la fiesta me sentía como un pelmazo que sobresaldría demasiado en medio de una fiesta nocturna con ropa de día.
«Al menos sólo quedaré en ridículo ante los Mendoza» pensé, tratando de tranquilizarme.
Para mi sorpresa, el que me abre la puerta es Samantha, la cual viste de un vestido azul también de Gucho.
— ¡Ay, Alfredo! ¡Que guapo!
— Muchas gracias Sam. ¿No me veré muy disparejo?
— No, te ves muy bien. Encajarás perfecto.
Entro a la mansión.
Me doy cuenta del error que cometí al vestir el traje blanco.
La mansión está llena de gente, habrá alrededor de unas treinta a cuarenta personas. Los hombres se visten en trajes lisos de color n***o, grises o marrones si se era aventurero. Mientras que las mujeres usaban tonos azules, vinos y verdes muy oscuros.
«Vengo de colores más brillantes que las mujeres» pienso aterrado del como me perciben los demás en ese momento.
Estoy tan fuera de lugar como un pingüino en el desierto.
Primero sonrío intentando mantener una postura calmada, luego la sonrisa se muere cuando veo a Gutierrita, mi sucesor en el banco ocultando su risa burlona tras un vaso. Samantha le da un codazo para que se calme. Gutiérrez finje seriedad.
Al menos Carlos y yo vestimos de maneras similares, su traje también es blanco con detalles dorados. En el suyo hay un Quetzal volando encima de unas buganvilias.
No me siento tan solo ahora.
La fiesta fluye, se separa en múltiples grupitos. Samantha invitó a Jonás a la fiesta, el cual bebe a fuera de la sala, frente a la alberca. Carlos y Samantha lo jalan para que entre un rato. Gütierrita parece incomodo al tener a los empleados en la casa, Juan Carlos parece avergonzado ante sus amistades. Le sonríe como intentando decir «Todo está bien».
Todos beben, hacen bromas.
Escucho a Jonás jugar con Tlanesi, mientras Samantha y Gutierrita se dicen cosas al oído. Por momentos el grupo de empresarios que acompaña a Juan Carlos estalla en risa en chistes poco graciosos, pero dichos por alguien de alto rango.
De vez en cuando Carlos y yo nos encontramos entre las personas y nos hacemos un saludo cordial, pero distante.
Incluso cantamos a dueto “Don’t go breaking my heart” en el Karaoke que organiza la familia a petición de Samantha. Cantamos con todo el corazón, riendo y bromeando. Más nada de eso es en serio.
Ambos sabemos fingir que no pasa nada para complacer a los demás.
Al final, a eso de las once cincuenta nos quedamos solos, Jonás me lleva al exterior; En el lado izquierdo de la casa, cerca de la cancha de tenis donde nos espera una mesita de vidrio con dos sillas. Jonás me explica que ahí Carlos había reservado un lugar para que estuviéramos en una fiesta privada dentro de la fiesta. Yo entiendo, Juan Carlos no me quiere dentro de su casa mucho tiempo.
Sentados en la mesa, permanecemos en completo silencio. Allá, al otro lado de la casa se escucha una fiesta que bien podría romper bocinas pero aquí en nuestro lado suena tan lejano que apenas sirve para callar a medias el silencio.
Carlos toma de un vaso rojo que se encuentra en la mesita de vidrio.
— ¿Qué estás bebiendo? — le pregunto.
— Es jugo, esto lo sirvió Jonás. No te preocupes.
— ¿Ha sido una semana dura en Stellarüs?
— No realmente. Es como si luego de que te fueras nuestra vida se hubiera vuelto relleno en la historia grande de tu vida.
— ¿En serio?
— No, Alfredo. Por supuesto que ha sido difícil. Nos quedamos sin una persona. Montse y yo estamos peleando todos los días. El estrés está hasta arriba. Pero al menos ya va a terminar la temporada.
— ¿Te vas a quedar a trabajar ahí al terminar la temporada?
— Sí, la verdad es que me gusta mucho — Carlos deja su vaso en la mesa un poco mientras me mira decepcionado — . ¿Sólo me quieres hablar de trabajo, Alfred?
— No, disculpa.
Del bolsillo de su saco saca el teléfono rojo.
— Toma, lo olvidaste en mi cuarto — dice Carlos indignado.
Siento frío recorrer mi espalda. Lo tomo de inmediato.
— Muchas gracias.
— De nada. Espero que ahora me dejes de odiar.
— ¿Qué? No, yo no te odio.
— ¿Entonces qué es Alfredo? ¿Porqué no me has hablado?
Me levanto de la mesa de vidrio, no puedo siquiera verlo a los ojos.
— ¿Me tienes asco o algo así?
Carlos se levanta y se pone a mi lado.
— No, no es eso.
— Sólo dilo. Por favor — Carlos parece desesperado.
— Yo creí que… Tú y yo…
— ¿Qué tú y yo qué, Alfred?
Con una seña en la mano junto dos dedos. Se acarician mutuamente.
Carlos me mira primero sin entender, luego parece sonreír avergonzado.
— Pero que tontería. No, Alfredo. No pasó eso.
— Pero estaba sin cinturón, ni camisa.
— Eso es porqué vomitaste. Limpie tu camisa en el mar. Como cuando tu me limpiaste a mí. Te traje a mi casa para que durmieras, te pusiste muy mal. Hasta te pusiste a cantar la macarena. Alfredo, ya nadie canta la macarena.
Me comienzo a reír. Estoy aliviado.
— ¿Hoy por ti, mañana por mí? — le pregunto.
Carlos asiente.
— Me siento como un estúpido — le digo después de unos segundos.
— No te preocupes.
Carlos toma jugo de su vaso.
— ¿Es por eso que no me hablaste estos días? ¿Porqué pensabas que tú y yo…?
— Sí.
Carlos parece triste.
— ¿Tan malo sería eso? — me pregunta.
— No. Mira, me sentí mal. Sí, pero porqué no lo sé. Sentí que tal vez yo me había aprovechado de ti o algo así — digo después de unos segundos luego de ver la reacción de Carlos confundida —. Tenía miedo de que hubiera pasado algo. Porqué no quería darte alas de algo que no estoy seguro yo mismo. Sería inmoral.
— ¿Alas de qué?
— De una relación o algo así.
— ¿Y una relación estaría mal?
— No. Pero… Mira, una relación, de cualquier tipo debe basarse en la estabilidad de ambas personas. Si ni tú ni yo estamos estables. Cualquier cosa que surja. Sólo sería lastimarnos.
Carlos hace una pequeña sonrisa triste.
— Bueno, entonces. Si yo estuviera mejor, y tú estuvieras mejor…
Por un momento me quedo quieto. Hasta ahora sólo he hablado sin pensar, las palabras salían del inconsciente. Por primera vez pienso lo que le voy a decir. Debo ser honesto con él. Pero más importante, conmigo mismo. Este mes me ha cambiado, ha cambiado mi forma de ser. De pensar. Me he dado cuenta de que no soy quien yo creía ser. Esto me hace increíblemente feliz.
— Sí. Si los dos estuviéramos plenos. Me gustaría intentarlo.
Carlos me sonríe.
— Ya me diste un propósito de año nuevo — me dice Carlos, ocultando su rostro bajo el vaso rojo.
— También gané uno ahora mismo.
En las bocinas de la casa suena el programa de año nuevo, comienzan la cuenta regresiva. Escuchamos desde donde estamos el ruido de la familia gritar de emoción.
— Aclárame una cosa, al siguiente día, tuve este sueño. Que no sé si fue un sueño.
— ¿Qué pasaba en él? — me dice Carlos, siento como recarga un poco su cuerpo en mí.
Carlos se detiene tan cerca que puedo oler el perfume de su ropa, sí. Pero también el de su piel, el de su pelo. Siento incluso el calor de su respiración.
— Soñé que alguien intentó besar a alguien esa noche.
— ¿Ah sí? — me dice Carlos, su voz ha bajado de volumen. Se vuelve un susurro.
— ¿Pasó o sólo fue un sueño?
Carlos me sonríe, cada vez veo su rostro más cerca del mío. Acomoda su cara para que quede en diagonal a la mía.
— ¿Fue bueno? — preguntó.
— ¿Quieres intentarlo de nuevo?
Intento decir «Sí» pero la voz no sale. Mi boca se cierra, sólo quiero acercarme más y más. Siento su respiración en la punta de mis labios.
A lo lejos la gente grita: “¡Feliz año nuevo!”. Cohetes, gritos. Música.
De pronto, algo cae sobre la mesa de vidrio rompiéndola en un sólo golpe. Carlos y yo saltamos hacía atrás. Vemos como el vidrio se desbarata en el suelo.
— ¡¿Qué pasó?! — grita Juan Carlos el cual llega corriendo preocupado desde el otro lado de la casa.
Carlos y yo nos acercamos a la mesita con mucho cuidado. Entre los vidrios roto tomo un trozo de metal. Lo levanto para verlo mejor en la luz.
— Es una bala — les digo.
— ¡¿QUÉ?! — dicen padre e hijo al unisono.
— Sí, miren.
Les muestro en la palma de mi mano, es una bala de nueve milímetros.
— ¡Algún loco debió haber disparado por año nuevo! — dice Juan Carlos.
— Que mala suerte — dice Carlos.
Yo sonrío.
— ¿No saben lo que significa, verdad?
Ambos me miran como un loco.
— Si tuviera la suerte de antes. Esto hubiera caído en mi cabeza. El hecho de que cayera lejos significa una cosa: Mi suerte está mejorando.
— Eres un raro, Alfredo — dice Juan Carlos y se va.
Carlos se ríe y escucho su risa nasal.
— Sí eres un raro, Alfredo.
Yo me encojo de hombros.
— No sé, siento que el próximo año me irá mejor. No es como si pudiera empeorar.
Me río.
— ¿O sí? — digo después de un rato.
Carlos me hace una seña con las manos que sólo pueden significar una cosa: «”más o menos”». Lo hace de broma. Sin embargo me muerdo el labio. Conociendo mi suerte sé que sí, se podrá peor. Sé que el próximo año todo se vendrá de cabeza.
— Pues ya, que sea lo que deba ser— digo y bebo la primera copa del nuevo año.