Viaje a la capital.

3197 Palabras
Son las seis de la mañana, escucho las palmeras crujir con el primer viento del día. Me encuentro frente a la mansión Mendoza desde hace media hora. El frío me está matando, aún lado de eso. Anoche no pude dormir por la intensa anticipación del viaje. Esta será mi primera vez en la capital. De momento, estoy encerrado en el Bentley verde de Juan Carlos poniendo la calefacción al máximo. Aún cuando está en máxima potencia siento mis manos temblar. En la mansión se mantiene un silencio espectral. Hay sólo una luz encendida, la de la sala. Desde aquí puedo ver a Juan Carlos arreglarse, se ha puesto una chamarra café oscuro de Gucho con un suéter n***o de cuello de tortuga que adorna su propio inexistente cuello. Juan Carlos se mueve apurado en lo que sólo puedo describir como pequeños saltos de un saltamontes ebrio. Lo veo cruzar la sala de la mansión de un lado a otro mientras mueve su boca diciendo lo que imagino son mil y una maldiciones sobre si olvida algo o no. Eventualmente la luz de la sala se apaga y Juan Carlos sale de la oscuridad deteniéndose en el portón de la mansión donde se queda parado. Ahí se mantiene con una maleta grande metálica mirando al frente por varios minutos como esperando a alguien. Juan Carlos mira su reloj,se aclara la garganta y me hace un gesto con la mano sin voltear a verme. Primero lo hace casualmente. Luego lo hace irritado. Al final me mira con odio mientras grita — Alfredo no tengo todo el maldito día. Por mi parte, con todo el pesar del mundo abandono la seguridad del Bentley. Es una lástima, pues estaba muy ocupado haciendo figuras en la ventana aprovechando el vapor creado por la diferencia de temperatura adentro y afuera, que cómo bien sabrán el hacer figuras en los coches es no sólo un hobby sino un estilo de vida. «No, no es sólo una fase mamá» pienso en sonrisas que yo sólo pudo ver. Dejo un "Ya, lávame" con una carita feliz en la ventana antes de irme a ayudar a Juan Carlos. — Alfredo, nunca me vuelvas a dejar esperando — me dice en el oído. — Discúlpeme, señor — le respondo en una voz calmada. — No, nada de perdón que para eso te pago. Juan Carlos se limpia el sudor de la cara mientras yo bajo su maleta pesada por cada uno de los escalones de grava. Mis manos apenas pueden con la combinación del peso de la maleta y el frío el cual es incrementando por el metal frío en el agarre superior de esta. — ¿A qué parte de la capital vamos? — le pregunto. — Centro sur, zona financiera. —¿Ahí están los terrenos, señor? — le pregunto. Juan Carlos se detiene, comienza a reírse. — ¿En ese cuchitril maloliente? ¿Me ves la cara de cerdo? — Juan Carlos me mira. Lo piensa un poco —. Pensándolo mejor no me importa tu opinión. El hecho es que efectivamente vamos a esa zona, pero la torre Mendoza será en la zona comercial, zona norte. Ahí, entre los edificios de lujo, y los departamentos de la gente importante estará el edificio que le diga al mundo: Estoy aquí. Y no hay nada que puedan hacer al respecto. Juan Carlos mira al horizonte, imaginando tal vez un mundo perfecto donde la gente se pone debajo de él y le reza. Guardo la maleta en la cajuela, y nos movemos en la noche. Las siguientes dos horas conduzco por carreteras prácticamente vacías. A la mitad del camino pasamos por una gasolinera, Juan Carlos pasa al Moxxo que se encuentra dentro de las instalaciones. Al principio me sorprende verlo en una tienda de conveniencia. No sé si es un increíble acto de humildad por su parte o un increíble halago hacía la cadena. Juan Carlos se toma un café mientras habla con el gerente dándole órdenes no solicitadas sobre como mejorar su negocio. El gerente cansado, asiente para que Juan Carlos se desahogue y se calle; con la mirada trata de buscar quien le ponga un alto. Me mira por un momento. —¿Oye, no te conozco? — me dice el gerente. Volteo a ver al lugar. No me parece conocerlo. Gasolinera, tienda de autoservicio. Baño… ¡Baño! — No. No lo conozco — le miento y salgo para que no me reconozca más. Juan Carlos se aburre de la falta de atención, me sigue al coche sin prestar atención al gerente. Mientras el coche acelera, veo como el gerente corre a la carretera gritando. —¡Te reconocí, borracho! — grita alzando su puño. Continuamos por nuestro camino por un largo rato, la carretera serpentea a nuestro alrededor. Vemos el lento pasar de las horas sentados en el asiento del coche. Poco a poco el cielo se aclara lentamente hasta que el sol sale deslumbrante cegandome por el lado derecho. El coche pasa por pequeños valles, sumergiéndose en gruesas nubes de vapor que nos hace sentir en la cima del mundo. Poco a poco el frío aumenta y el mismo aire crece denso, me es difícil respirar en un ambiente tan elevado. Mi cuerpo está muy acostumbrado a la relativa poca presión atmosférica del nivel del mar. — ¿Cuanto tiempo falta, señor? — pregunto cada cuanto. — Ya falta poco — me respondía cada vez. Comienzo a escuchar un sonido repetitivo en mi oído, un chillido que me atonta, mi estomago hace una sensación extraña entre hambre y dolor que me confunde. Mi boca se siente seca sin importar que tanta agua tome. Mi brazo derecho duele muchísimo, lo estiro para determinar si está entumido por la posición incomoda de conducir por horas. Duele más, pero no parece ser entumecimiento. Volteo a ver a Juan Carlos. Juan Carlos mueve los labios en silencio mientras mira la ventana completamente tranquilo, de vez en cuando escribe lo que parece es un discurso en una libreta. Parece ser que lo que me pasa sólo me afecta a mí. Me acomodo el cuello de la camisa. — ¿Usted no se siente como que se ahoga? — pregunto. Juan Carlos parece no escucharme. Sigue concentrado en sus pensamientos. Abro la ventana, intento que más aire entre. Parece inútil. Saco la mano, y no hay brisa, ni siquiera la del flujo del viento siendo desplazado por el coche en movimiento. Agito la mano fuera de la ventana: nada. La atmósfera se mantiene congelada, como si el frio la mantuviera cubierta de hielo hasta el punto en que nada pudiera moverse. Sólo mantenerse en la relativa quietud en la que ya se encuentra. El coche vuelve a sumergirse en otra nube, quedamos completamente cegados por el vapor blanco que envuelve el mundo. Me acomodo el cuello para poder respirar mejor. Conduzco en el vapor, viendo solamente siluetas pasar alrededor de nosotros. Por un momento el sonido del mundo se va y sólo queda el sonido de mi respiración. A mi lado derecho pasa una silueta negra, alta. Me da la sensación de que nos vigila desde su posición. Pronto la dejamos atrás, pero no lo suficiente como para poder decir que no puede alcanzarnos, si quisiera. Siento que alguien nos vigila, en algún lado. No, no un alguien. Algo. Salimos de la nube, el páramo se encuentra vacío. — ¿Qué tanto falta para llegar, señor? — Ya falta poco — responde Juan Carlos. — ¿Qué tanto? — Poco. Ya, déjame en paz Alfredo. Debo concentrarme. Juan Carlos regresa a su libreta. Me pongo a respirar lentamente, inhalando y exhalando en largas escalas. Eso parece ayudarme un poco. Lentamente el páramo vacio se llena de edificios, al principio pequeñas casas de una zona rural, a lo lejos poco a poco se dislumbran edificios chaparros y largos de la zona industrial de la ciudad. Al menos ya vamos a llegar. Mi vista parece nublarse, mis ojos se sienten pesados. «Lo que me faltaba» pienso enojado. — ¿A quién es al que vamos a ver, señor? — le pregunto a Juan Carlos para mantenerme despierto— . ¿Con quién se cerrará el trato de la compra? — A Saúl Hernández. Es el que me venderá los terrenos. Eso si logro que me los venda. Será una compra difícil. — ¿Ah sí? — digo mientras oculto un bostezo con la mano. — Sí, bueno. Al parecer Saúl tiene esta sensación de auto importancia asignada, se da ínfulas de ser más moral que otros. — ¿Osease qué…? — Que no hace negocios con gente que no sienta que es digna a sus ojos, pide que la gente con la que haga cualquier negocio tiene que tener tres requisitos. — ¿Cuales son esos? — Impecable historial, impecable al negociar, e impecable con sus trabajadores. — ¿Y cómo va con la tercera cosa? — sonrío. — Para eso estás aquí, Alfredo. Juan Carlos sigue con su libreta. A lo lejos se puede ver la capital, las nubes se acumulan encima de esta. — Maldita sea, está nevando — dice Juan Carlos. — ¿Nevando? — pregunto incrédulo. Trato de acomodarme en el asiento entrecerrando los ojos para ver bien, no puedo. Mis ojos duelen demasiado al intentar cerrarlos. — Sí, está nevando Alfredo, ¿Qué, me vas a decir que nunca habías visto nieve? — No, señor. Nunca en mi vida. — Te falta salir más. — Deje se acaban estos cinco años — le digo sarcástico. — ¿Ya vas a empezar, Alfredo? Hoy no, por favor. Tenemos un trabajo que hacer que ya es muy difícil, encima está nevando y no trajimos ropa para la nieve. — Está bien. Atravesamos la zona financiera hasta llegar a un edificio enorme, Juan Carlos se comienza a acomodar la corbata y es cuando me doy cuenta de que llegamos — Listo, es hora del show — dice Juan Carlos mientras se ve en el espejo. Estaciono el carro. Juan Carlos sale corriendo disimuladamente del coche, casi como si sólo caminara rápido. Mi cuerpo lo sigue, digo que mi cuerpo porqué este se siente como un ente extraño de voluntad propia, mis ojos ven como me muevo pero no siento que sea yo. Quiero vomitar, me contengo. En el lobby del edificio nos recibe una mujer delgada, nos saluda con ese saludo plástico de los trabajadores mientras nos conduce por distintos pasillos. — Por favor tomen asiento en lo que el señor se desocupa — nos dice la secretaria cuando llegamos a una habitación con unas sillas y una puerta en frente, con dos plantas al lado. No es tan diferente a las demás habitaciones por las que pasamos. Nos mantenemos en silencio, el reloj marca cada segundo, lo escuchamos cantar. Tic, Tac. Pasa una hora. Juan Carlos mira su reloj, su pierna se mueve desesperada. — Maldito sea ese Saúl — me dice Juan Carlos en un susurro. La puerta se mantiene cerrada frente a nosotros, mis piernas tiemblan. ¿Qué me está pasando? Mis ojos piden descanso, mis piernas piden correr. Permanecemos sentados otra hora más. El reloj sigue cantando, Juan Carlos parece a punto de explotar. ¿Porqué se tarda tanto? Para dañar. — Ya pueden pasar — nos dice la secretaria luego de cuatro horas esperando. Juan Carlos se levanta. — ¡Al fin! Vamos Alfredo, yo… Juan Carlos me mira. — Maldita sea, ve a limpiarte — me dice Juan Carlos. — ¿Qué? — Traes sangre en la nariz. Me da asco ver la sangre. Juan Carlos se tapa los ojos, yo me levanto de mi asiento. Comienzo a caminar en linea recta sin dirección alguna. Al levantarme siento un fuerte jalón, como si al levantarme muy rápido hubiera dejado partes de mí atrás. Me toco la cabeza, está llena de sudor frío. «No importa, nada importa» pienso. Comienzo a caminar sin rumbo. Pasillos, y más pasillos. Todos se parecen, se retuercen. El piso se mueve, al principio casi caigo golpeándome la cara. No sé como pero llego al baño. Me paro frente a un lavabo, comienzo a vomitar. Siento mi alma salirse, me limpio. «Que situación más horrible» Mi nariz sigue sangrando y sangrando. Subo la mirada, para interrumpir su salida. Grave error. De pronto siento la sangre caer por mi garganta, siento como si me ahogara. Me limpio con el agua. Me miro en el espejo. Me veo terrible. Me enjuago constantemente hasta que el flujo de sangre deja de correr. Me quedo unos segundos parado en el baño pensando en lo que debo de hacer. Aún siento como si el piso se me moviera, pero sé que debo volver. Limpio un poco el lavabo. Salgo del baño, por un momento no reconozco el pasillo. «¿Dónde estoy? ¿Cuanto tiempo ha pasado?» es lo que pienso mientras busco porqué pasillo llegué. Parpadeo intentando que mis ojos se adapten a la luz. Comienzo a caminar. Pasillos interminables, cubiertos de blanca luz. Me enceguecen. Escucho a la gente reírse en algún lado. Hay un aroma de ropa planchada en algún lugar barato, y café enmohecido. Me siento mareado. No puedo respirar. Me acerco a una ventana que mira a una oficina, intentando que la gente ahí me vea. — ¡No puedo respirar! — les digo. Nadie me escucha. Sigo caminando, un largo tiempo. Se siente como años, tal vez camino en círculos. Eventualmente me caigo contra un muro, miro alrededor de mí. Estoy frente a una oficina ¿Es acaso en la que estábamos? No lo sé, todas se ven iguales. Toco la puerta. Si no es al menos podré pedir ayuda. Un hombre joven a traje de mas o menos mi edad me abre la puerta, parece extrañado cuando me ve. Como si me analizara. — ¿Estás bien? — me dice. — S… Sí. No. Me caigo sobre él, él me sostiene para que no caiga en el suelo. El hombre a traje me ayuda a mantenerme de pie, me mete a su oficina. — Explícame exactamente como te sientes. — Siento una presión en el pecho, me siento mareado. Me duele el estomago, la cabeza. Los oídos. Quiero vomitar. Siento que me voy a desmayar. — ¿Comiste algo pesado? — No, todo normal. Sándwich, Jamón y queso, sin mayonesa. — ¿Desde cuando te sientes así? — Desde el camino. — Y dices que sientes el pecho apretado ¿No es así? — Como si quisiera escapar de algo. — Ah, ya sé que es. — ¿Qué, señor? — Mi abuela solía decir que eso que sientes le sucede a la gente que está apunto de cometer el error más grande de sus vidas. — ¿Ah sí? — le pregunto al hombre de traje. — Sí — hace una breve pausa — . Claro, a eso hoy en día se le llama simplemente ansiedad generalizada. En otras palabras, es sólo un ataque de pánico, Toma asiento y respira hondo, por favor. Eso te hará sentir mejor. Me tiro en la primera silla que encuentro, el hombre de traje me mira complacido mientras me analiza. — ¿Es tu primera vez en la Capital…? Eh, disculpa ¿Cuál era tu nombre? — Alfredo, señor. El hombre saca de su escritorio un vaso de vidrio, lo sirve con agua de una de las botellitas de plástico en su refrigerador personal. Me da el vaso con agua en las manos. — Muchísimas gracias. Sí, señor. Es mi primera vez aquí. Mis manos siguen temblando, tomo un poco de agua. Tomo un poco de agua. Siento como el agua fría pasa lentamente por mi garganta hasta llegar a mi estomago. Es una sensación rara, que me lastima; Sobre todo lastima la sensación del frío chocando con mi garganta caliente. — Ah, sí. Eso pasa cuando la gente del sur viene acá. Al menos la primera vez. ¿No te ha sangrado la nariz o sí? — De hecho sí. — ¿Y le dijiste a alguien? — Sí, pero me ignoró. Creí que era algo, no sé. Normal. — Común, sí. Es común. Pero el sangrado de nariz nunca es normal. No está bien que Juan Carlos lo haya ignorado. Es inmoral hacerle algo así a alguien. — Sí, pero tal vez el señor… Espere ¿Cómo supo que vengo con el señor Juan Carlos? El hombre de traje me sonríe. — ¿Quién es usted? — Saúl Hernández, para servirle. Me tapo la boca, he hablado de más. — Mil disculpas, yo… No sé que digo. Es tal vez cansancio. — Podría ser pero, ¿Qué clase de jefe le hace eso a sus empleados, Alfredo? — me dice Saúl con una sonrisa inquisitiva. En ese momento se abre la puerta, es Juan Carlos. — Parece ser que se ha perdido, no logro encontrar a… — dice Juan Carlos distraído, me ve sus cara parece sorprendida. Me ve; Juan Carlos reprime un regaño cuando ve a Saúl mirándolo fijamente — ¡Alfredo! ¿Donde estabas? Te estuve buscando, me tenías muy preocupado. Saúl mira a Juan Carlos, le sonríe. — ¿Que haría uno sin sus trabajadores, no es así Juan Carlos? — Efectivamente. ¿De qué hablaban por cierto? — Ah, nada. Me decía Alfredo que se sentí algo mal. — No se preocupe, Jefe. Ya me siento algo mejor — le digo. Juan Carlos me mira preocupado, no por mí sino por lo que pude haber dicho. — ¿Seguro? Podemos ir al doctor si … — No, por favor. Hay que cerrar el trato ¿Les parece? Me siento mejor. Si acabamos rápido podemos irnos rápido ¿No es así? — digo. Juan Carlos mira a Saúl. Saúl me mira a mí, como sospechando. — Sí, es cierto — dice Saúl. — Bueno, ¿Entonces Saúl, que dices sobre la compra del terreno? ¿Trato hecho? — Me temo que no Juan Carlos — le responde Saúl con una sonrisa. — ¿Disculpa? — No, Juan Carlos. Mi respuesta es no. No quiero venderte nada. No quier hacer negocios contigo de ningún tipo. — Pero… — Por favor no insistas. Me levanto de mi asiento. — Oigan si es por mí… Yo estoy… Las piernas me fallan. Me caigo un poco. Mis ojos se sienten pesados. — ¿Estás bien Alfredo? — dice Saúl. — Sí, estoy… — No, Alfredo, no estás bien — dice Juan Carlos — . ¿Porqué no te vas a descansar un rato al coche? Juan Carlos lo dice en forma de reproche, en sus ojos veo que está enojadisimo. Pero seguro alguien como Saúl que no lo conoce no sabría detectarlo. Hasta para eso es bueno ocultándose ante los demás. Asiento. Saúl llama a una persona de seguridad para que me ayude a bajar. Salgo, afuera la nieve continúa cayendo. Me duele la cabeza, ha sido una mañana muy larga. Aún en el coche no encuentro calor alguno. Me acurruco en el asiento del conductor y duermo en el frío. Esta ciudad es un infierno.
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