Nido de cuervos, volumen uno.

3297 Palabras
Escucho una serie de golpes en el vidrio. «Click, click, click». Al principio, escucho el sonido y lo acepto como parte de los sonidos de ambiente en mis sueños, por lo que llega a mí y se va como llegó: Sin inmutarme. Sueño con cuervos, cientos… ¿Un millar tal vez? Sí, pero en especial sólo uno. Pequeño y de pico afilado el cual golpea las ventanas de la torre de un rey; el cuervo es su única compañía, pues este carecía de reina. El rey vivía sólo en su palacio de piedra, vidrio… ¿Y acero? Sí, ¿Porqué no? En un sueño hasta los castillos pueden lucir vigas de acero galvanizado. Cada mañana el rey solitario recibe al cuervo con una moneda de oro, como parte de un pequeño trato entre ellos que jamás fue dicho o confirmado; pero siempre fue ampliamente entendido por ambos. A cambio de las monedas de oro, el cuervo trae siempre un ojo. Todos los días, cerca de la madrugada, el rey escuchaba cerca de su ventana un pequeño sonido: «Click, click, click». Después escuchaba el pequeño sonido del batir de unas alas y al despertar frente a él se encontraba un ojo fresquecito, recien sacado de dios sabrá dónde. Todos los días esta era su rutina. El rey tomaba los ojos como un regalo por lo cual nunca se inmutaba o preguntaba sobre su procedencia. Pues cuando uno se está en soledad hasta el regalo más feo resultaba hermoso, así que guardaba a todos los ojos que cada mañana juntaba en una torre para que se quedaran ahí, esperando a que otro ojo se le uniera. Un día el rey se dio cuenta de que su torre se había llenado, y los ojos caían cada vez que intentaba meter uno nuevo. Desde arriba, allá más de veinte metros de alto, hasta el sótano de cuarenta metros de profundidad. El rey al principio no sabía que hacer con tantos ojos, los intentó poner en una y otra torre, de todas maneras eran demasiados. Comenzó con el tiempo a guardarlos en par, ni así logró guardarlos a todos. El cuervo aún así seguía trayéndole más y más. Todos los días. Sin descanso. «Click, click, click» . Sonaba su ventana. El rey muy cansado deseaba tener a alguien que le ayudara, quien sea. El cuervo seguía trayendo más ojos, y él seguía dándole monedas para que el cuervo siguiera viniendo. Ya no por los ojos, sino porqué el cuervo era el único que lo iba a visitarlo. Cansado, con un par de ojos en la mano el rey se sentó en su trono, y a su lado dejó el par de ojos. Dormitó, y cuando despertó la silla parecía regresarle la mirada afectuosa. El rey la saludó, y la silla le regresó el saludo. Maravillado, el rey le preguntó si es que los ojos le habían dado vida. La silla le respondió que los ojos son la ventana del alma y con eso fue suficiente. El rey tomó millones de clavos y con ellos comenzó a ponerle un par de ojos a cada objeto, mesa, silla, pintura y cosa que pudiera encontrar en su hogar hasta que todos los objetos tenían un buen par y con ellos lo veían con grato gusto. Pronto cada pasillo, cada rincón y habitación de su castillo se llenó de ojos que le regresaban la mirada y junto a él reían. Reían, y reían. Treinta días y treinta noches se la pasó de fiesta el rey, haciendo festines donde la comida y monedas eran derrochadas por todos lados. Tantas monedas fueron derrochadas que al final todas se acabaron. Fue una noche que se dio cuenta, justo antes del amanecer. Preocupado el rey de que sólo le quedaba una moneda y que en unas horas se quedaría sin nada cuando el cuervo llegara con sus click, click, click a primera hora del día. El rey comenzó a entrar en pánico. Buscó entre todos sus cojines y pantalones, en los sacos vacios donde antes guardaba sus monedas antiguamente. Nada. Incluso le pidió prestado a cada uno de sus compañeros ojones, pero ninguno quería prestarle. “Dinero dado, dinero olvidado” le dijo una escoba. El rey, a sabienda de que las escobas eran muy sabias, se dio por vencido en su búsqueda de prestamos. Resignado el rey miró por la ventana buscando una señal del cuervo, para intentar explicarle la situación. Tal vez si le explicaba un poco este le daría una respuesta. Ahí, a la luz de la madrugada miró que colina abajo estaba un pueblo. Su pueblo para ser más precisos; el cual nunca había visitado, y hasta hace muy poco ni recordaba que existía. “Como soy su rey ellos me darán sus monedas” se decía el rey a si mismo. Bajó corriendo la colina hasta llegar al pueblo, debía comenzar a recolectar todas las monedas que pudiera encontrar, así eso significara quitarsela al sacerdote como al monaguillo. El rey incluso pensaba en quitarsela a cualquier vagabundo que en el pueblo encontrara. Si no ¿Cómo podría volver a tener amigos en su castillo que le amaran y respetaran? El rey se subió a la plaza principal del pueblo, ahí las personas del pueblo estaban reunidos, comenzó a gritarle a las masas, reclamando el dinero que él sentía era suyo. Las personas le escuchaban con atención, con el rostro mirando al suelo. “Hacen eso porqué me temen, son humildes ante mi superioridad y poder” pensó el rey muy complacido. De pronto escuchó una risa en la multitud. “¿Quién podría ser?” se preguntó el rey, enojado de que su autoridad fuera cuestionada. Miro a todos lados buscando al culpable, quien sea que fuera estaría en grandes problemas. Se tardó un poco, pero pronto descubrió que en los techos de cada uno de los edificios del pueblo había cientos de cuervos. Tantos eran que los techos parecían manchas negras en constante movimiento. Uno de los cuervos se acercó volando. El rey se agachó, para evitar que el cuervo chocara en él. El cuervo sin embargo se quedó parado en una pequeña campana que estaba encima del rey. Ahí se posó un rato, mirando al rey. Al cual saludó al final con un: «Click, click, click». La gente del pueblo alzó la mirada, escuchando al cuervo. Horrorizado, descubrió el rey que el pueblo estaba completamente tuerto, en sus cuencas ni siquiera un ojo podía ser encontrado así fuera niño, anciano o perro. El rey recorrío las calles gritando, buscando ayuda mientras los cuervos en sus nidos reían y reían. Como persiguiéndole. Nadie podía o tal vez nadie quería ayudarle. El rey subió a su castillo lleno de arañazos y golpes, gritando a todo pulmón. En su castillo ahí las cosas con ojos aguardaban, esperando. El rey les suplicó ayuda, pero sólo encontró silencio de parte de cada uno de sus amigos. El único sonido que podía escuchar era el casi eterno graznar de millones de cuervos riendo afuera del castillo. El rey lloró arrastrándose en el suelo, buscando consuelo. Posado en el trono esperando en ligero ensueño, el cuervo esperaba en plácida pose al rey, su dueño. El cuervo graznó. El rey suplicante pedía paz. Tranquilidad “¡Por favor has que se callen!” gritaba el rey. De su bolsillo sacó la última moneda y se la ofreció al cuervo. En todo el castillo se hizo el silencio. En otro castillo, un cuervo tocó un vidrio. En el vidrial, tras pedir una moneda. El cuervo dejó una oreja. «Click, click, click». Despierto. Junto a mí, en el vidrio empañado del coche se ve una silueta negra moviéndose lentamente. Como buscando una manera de entrar. Con una mano limpio el vapor, justo en medio. Detrás del vapor veo unos ojos negros que me observan atentos. «Click, click, click». Como el cuervo, toca la ventana con una punta afilada. Grito de horror. La figura tras la ventana también se sobresalta. — Maldita sea, Alfredo ¿Qué te pasa? — pregunta la voz de Juan Carlos — . ¿Te quedaste dormido o algo así? — No, jefe. Mil disculpas. ¿Cómo están las negociaciones? ¿Qué le dijo Saúl? — Pura basura, dice que no confía en mí como hombre de negocios y otras idioteces. Tonterías. Sólo está regateando porqué sabe que pagaría lo que sea por esos terrenos. Así que quiere verme la cara de tonto. No lo dejaré — dice Juan Carlos mientras se sube al asiento trasero. Juan Carlos se recarga en la ventana, con el puño en su mano, como pensando. Su pierna con un ritmo acelerado comienza a subir y bajar en pequeños golpecitos rápidos de quien está desesperado. — ¿Porqué es tan importante para usted ese lugar, señor? Dijo que Saúl sabe que usted pagaría lo que fuera, pero ¿Porqué? ¿Qué no hay otro lugar en toda la ciudad para que sea haga su torre? Juan Carlos me voltea a ver, aún recargado en la ventana. Parece enfadado como si hubiera hecho una pregunta tonta, o peor una pregunta obvia. — Aquí alguna vez estuvo mi primer gran empresa. Era un hotel. Era mi hotel. Lo di todo para tenerlo, hacerlo crecer y que fuera el mejor hotel de la capital. — ¿Qué le pasó? — Eventualmente, se quemó. Tuve que empezar desde cero. Juré que cuando volviera a tener el dinero, la oportunidad. Compraría el terreno, aquí edificaría uno veinte pisos más grande. — ¿Ahora es el momento entonces? — Así es, pero este sujeto me tiene amarrado. Me pide más dinero del que tengo o puedo pagarle en un plazo razonable. — Entiendo. El Señor Juan Carlos se queda inmovil en la ventana del coche. Mira al cielo como buscando ayuda divina. Comienza a llorar. — Aún recuerdo verlo en llamas, Alfredo. Todo el edificio. Todo lo que yo tenía. Mi futuro, mis planes. Todo se fue entre llamas y cenizas. No le deseo eso a nadie — dice Juan Carlos entre lagrimas. — Lo entiendo, señor. Me pasó algo similar. — Sí, Alfredo. Lo sé. Por eso es que te di otra oportunidad. De pronto cae todo comienza a tener sentido. El entendimiento de esto me sacude, es como un golpe frío en la cara que me deja confundido al principio, sin poder respirar. Después me conmueve y pone las cosas en perspectiva. Por supuesto que sí, el trabajo de chofer lo podía hacer quien sea. Entonces, sólo se podía explicar como un acto de mutua comprensión que me lo dieran a mí. No podía ser otra cosa. — ¿De verdad quiere tanto esos terrenos? — le digo. — Con toda fibra de mi cuerpo y alma — me responde Juan Carlos. Asiento mientras lo pienso un poco. — Señor, ¿Si el dinero es un problema porqué no le propone una asociación? Juan Carlos me mira, confundido. — ¿Una asociación de qué tipo? — Saúl mencionó que no confía en usted, sigue subiendo precios para evitar que lo compre. Intentemos ganar su confianza, invitelo a unirse a la nueva dirección de la empresa. No le pida que baje los precios, lo mandará al diablo. Digale que le va a pagar lo que había acordado antes, y el resto del nuevo precio lo pague él. Que se volverán socios. Usted hará la torre, así que el mayor riesgo económico es para usted. Pero que sí le da una cantidad extra de capital la torre puede crecer más. Que su porcentaje podría ser tan grande como el que esté dispuesto a aportar. Demosle a entender que si es una persona de confianza, que si puede hacer negocios y que no quiere simplemente sacarlo de la competencia. Mantengamoslo atado así. Una asociación temporal. — Alfredo, es que esta torre es mí proyecto — me dice Juan Carlos limpiándose las lagrimas. — . No quiero que sea de él. — No lo será. Pasando unos años, compre su parte. Es solamente una formalidad. Ganemos su buena voluntad. Juan Carlos asiente. — Ahora veo que cometí un error al no ponerte más atención como negociador, Alfredo. — Pues ya ve. Así es la vida — le respondo. Juan Carlos me da una sonrisa triste. Pocos minutos estamos en el despacho de Saúl, Juan Carlos le explica mi idea, tomandola como suya para mantenerse más respetable. Saúl parece pensarlo. — ¿Una asociación? Juan Carlos. Esto es muy inusual en ti. — Circunstancias especiales — Juan Carlos me mira — , Requieren medidas especiales. Saúl nos observa a ambos. — Antes de decirte mi respuesta definitiva, Juan Carlos. ¿Me dejarías hablar con tu Alfredo, a solas? Juan Carlos se queda callado. — ¿Pa-Para qué? — Sólo quiero hablar, no es de tu incumbencia. Quiero una segunda opinión. Depende de Alfredo mi respuesta a tu propuesta. Juan Carlos intenta negociar, trata de preparar un monologo. — Alfredo habla conmigo en privado o no hay trato. Esa es mi oferta final, Juan Carlos. Tomala o dejala. Juan Carlos asiente, se sale de la oficina. Yo me quedo paralizado, sin saber que hacer o decir. — ¿Y bien, Alfredo? ¿Qué opinas? — ¿De qué, señor? Saúl se prepara en su escritorio una bebida. — ¿Gustas? — No, gracias — le respondo. Saúl arque las cejas. Se sienta encima de su escritorio mientras mantiene la mirada fija en mí. Como si intentara leerme. — Confiesa, por favor ¿Esto de la asociación es tu idea? — Yo… — Por favor, se honesto. Odio a los mentirosos — me interrumpe Saúl. — Sí, fue mi idea, señor. Saúl asiente. — Bien, entonces tú puedes responderme esto. Este hombre me pide una asociación, que prácticamente le preste dinero para pagarme a mi mismo. Que invierta en su negocio. ¿Qué opinas de eso? — Es un buen trato. Al menos en mi opinión — le respondo. — ¿Y quién eres tú, Alfredo? ¿Quién o qué eres para ese sujeto? Pareces una persona decente. ¿Porqué trabajar para alguien como él? No ayudaría ni a una mosca a salirse de su propia sopa sin importar cuan hambriento esté. Probablemente también dejaría que otros sufran con tal de vivir bien. ¿Porqué trabajar para alguien así? Lo pienso un poco. «¡Qué fácil sería! — Pienso — El poder simplemente decirle la verdad. Dejar que Mendoza se hunda. Sin embargo ¿Puedo decir realmente que el Señor Mendoza no ayudaría a una mosca? ¿Puedo acaso decir que él no me ayudó en un momento de necesidad? Una casa quemada, puentes entre empleado y trabajo quemados. Todos los motivos en el mundo para dejarme que me fuera al carajo. Y aún así… Me dio un empleo, me dio un lugar para quedarme. Aún si todo esto tuvo un precio alto. No puedo negarlo. Él me ayudó en mi momento de mayor necesidad. Ahora era mi turno». — Creo que usted no entiende muy bien al señor Mendoza, él no es quien usted cree que es — le digo, al final de un rato de silencio largo. — ¿Ah no? — No. Saúl parece interesado — Entonces dime ¿Qué clase de persona es el señor Mendoza? — Bueno, si le soy sincero. Tiene razón, el señor Mendoza a primera vista parece una persona mala. Sin embargo, creo que bueno o malo no es algo que deba ser usado para medir a una persona. Todos cometemos errores. Todos tendemos dañar a otros por accidentes. Sin embargo, siento yo que las buenas acciones tienen más importancia que las malas. — Depende mucho del tipo de acciones — dice Saúl. — Sí. En mi caso le puedo decir esto, Señor. El primero de diciembre del año pasado, yo renuncié a mi trabajo luego de años de sentirme aburrido, quería cambiar de profesión e irme a Argentina. Yo trabajaba para Juan Carlos, él me pidió que me quedara. No le hice caso, es más hice mi despedidda tan pública que hice quedar mal a la empresa. — ¿Tan mal fue? — Mucho peor de lo que se imagina, señor. La cosa es que al regresar a mi departamento, este se había quemado. Todas mis cosas, dinero, ropa y en general mi patrimonio se fue de un momento a otro. — Lo lamento mucho — dice Saúl — No se preocupe. El hecho es que al siguiente día, cuando mi jefe se dio cuenta de que había perdido todo. Me dio tres sobres, uno para que rentara un nuevo departamento. Otro para que me comprara ropa nueva, y otro como un regalo de navidad — Saúl intenta decir algo, lo interrumpo con un gesto de la mano — . No sólo eso, me dio un trabajo nuevo. Uno diferente al que tenía. Todo esto para no dejarme caer. Y le agradezco por eso. Me preguntó que clase de persona es Juan Carlos. Pues basándonos en lo que acabo de decir. Creo que eso suena a una persona muy buena. Saúl queda sorprendido, me sonríe con incredulidad. — ¿Y si te dijera que dejarás a Juan Carlos y te pidiera que trabajaras para mí? ¿Qué dirías? — me dice Saúl con la mirada fija en mí. Me muerdo el labio. Sé que es una trampa. — Le diría que no gracias, Señor. Yo ya tengo un jefe. Saúl se queda pensando. — ¿Así que esto que me dices, es verdad? ¿Cada palabra? — dice Saúl luego de un rato. — Sí. Señor, cada palabra — miento tratando de sonar con naturalidad, debatiendo internamente si una verdad dicha a medias era realmente una mentira — . Sólo, por favor, no le diga al señor lo que le dije exactamente. El señor es muy timido respecto a sus buenas obras. No quisiera incomodarlo. — Entiendo. Dile a tu jefe que puede entrar — me dice el señor Saúl, peinándose el pelo relamido. Salgo por la puerta, Juan Carlos está sentado en la sala de espera. Está sudando, parece nervioso. — ¿Y bien? — pregunta Juan Carlos. Saúl se acomoda la corbata. — ¿Sabes? Si me hubieras negado el derecho a hablarle a tu empleado en privado, jamás te hubiera aceptado ninguna proposición. Pero el hecho es que aquí, Alfredo me ha persuadido de tus buenas cualidades. — ¿Así? — Antes creí que eras un hombre de negocios sin escrúpulos. Alguien que sólo le daba por joder aquellos con los que hacía negocios y que no se pondría a pensar nunca en sus empleados. Este joven dijo lo contrario. Ante tan buenas señales, no me queda más que aceptar un gran trato. — ¿Entonces que sucede ahora? — Pues me alegro informarle que es un trato, Señor Mendoza. — Que así sea — dice Juan Carlos sonriendo. Ambos hombres se toman de las manos fuertemente, ambos sonriendo. Ambos ganaron algo, ambos perdieron algo. El Señor Saúl me da la mano. Salimos del despacho — ¿De verdad qué fue lo que te preguntó? — me pregunta al oído Juan Carlos. — Pues eso. Sólo quería saber si usted era de confianza, señor. Le dije que sí. Juan Carlos me da una palmada en la espalda. — ¿Así? Que rara situación — me dice mientras — . De todas maneras, muchas gracias. — No fue nada, señor. — El costo de construcción del edificio será demasiado elevado. Tendré que reestructurar la empresa — me confiesa Juan Carlos cuando pasamos por el lobby del edificio. — ¿Reestructurarla, cómo? — le pregunto. Juan Carlos se ríe. — ¿Cómo más? Voy a despedir a media empresa— dice con una honesta sonrisa.
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