En Medio de la Nada, En medio de la Noche.

2523 Palabras
Le sonrío de regreso. — Que gran broma señor, por un momento casi me la creo — le digo. — ¿Broma, Alfredo? — me responde confundido. — ¿Era una broma, no es así? Eso de que iba a despedir a media empresa. Juan Carlos me mira seriamente. — Honestamente Alfredo ¿Porqué haría bromearía con eso? — Juan Carlos se arregla la corbata, luego continua caminando dejándome parado en mi lugar. Completamente congelado. Sé que es un desgraciado, pero ¿Realmente tiene tan poca moral? Comienzo a seguirle. — Jefe, entonces ¿Qué pasaría con todos los empleados que va a despedir? — ¿No es obvio? Se van a la calle. — ¿Así, sin más? — Así sin más — me responde mientras sale por la puerta. Afuera comienza a atardecer, la luz del sol corta la ligera neblina causada por el frío. Siento de golpe el cambio de temperatura al salir de la puerta, afuera unos centímetros de nieve cubren toda la calle. — Pero señor, buenas personas trabajan para usted. Muchísimas de ellas dependen de sus trabajos para mantener familias. Juan Carlos se detiene. — Lo siento, pero me perdí la parte en la que ese es mi problema — me dice con una sonrisa relajada. Me dan ganas de cachetearlo, me resisto. Seguimos caminando calle abajo, buscando el coche del señor. Me estoy desesperando, es difícil caminar con toda la nieve alrededor de nosotros. — ¿Al menos piensa reconsiderarlo, señor? — No, Alfredo. ¿Qué hay que considerar? La empresa puede pagar la inversión. La torre Mendoza nos ayudaría a incrementar la imagen de la empresa y mejor aún. Movernos a otros tipos de negocios. ¿Qué te parecería suites de lujo para empresarios que puedan pagarlos en medio de la capital, eh? — No me refiero a eso, señor — le digo cuando logro alcanzarlo en el coche — . Hay mucha gente indispensable en Tiendas Mendoza, en cada sucursal. En el Banco Tláloc, gente que si se va no sería lo mismo. La empresa no se puede dar el lujo de despedir gente con tanto tiempo, tan preparada. — Alfredo, por eso es que voy a despedir sólo los que están hasta abajo. Gente de limpieza, edecanes. Ese tipo de gentuza — Juan Carlos lo piensa un poco — . ¿Ya no sales con Sarita, verdad? — Nunca lo hice señor. — Perfecto, ella también se va. Juan Carlos entra a la puerta, se encierra sin pensarlo más, mira por su ventana en una muestra de la poca importancia que le da al evento. A veces me desconcierta su increíble desconsideración por otros. Es casi como si no pudiera conectar la vida humana detrás de sus decisiones. Probablemente no pueda. Me acerco, comienzo a tocar la puerta. «Click, click, click». Juan Carlos me mira con cara de ofendido. — ¿Qué? — pregunta. — ¿Cómo que qué? Señor… Esto es un error. — ¿Comprar el terreno es un error? — No. el que quiera correr a todo el mundo para ahorrar costos, ¿Cuantas tiendas Mendoza hay en total? — Mil doscientas — Mil doscientas — repito procesando la información — . ¿Y porqué sólo se la pasa en una? Sólo lo he visto ir a la misma por años. — Le tengo nostalgia, fue la primera y para eso le pago a mucha gente que supervisa el resto de las operaciones ¿Cual es el problema? — Bueno es que pareciera que sólo hubiera una si sólo lo veo en una. — ¿Alfredo, acaso yo cago? — ¿Qué? — Si tú no me has visto cagar ¿significa que cago? Tengo una vida más allá de tus narices… Hablando de eso ¡Maldita sea limpiate! Me toco la nariz, otra vez comienza a sangrar. Mi respiración se acelera. — No, por favor no. No ahora. El mareo vuelve, en olas más fuertes. Siento un punzar en mi cabeza. Doy un paso adelante, resbalo, me agarro del frente del coche. Golpeándolo con toda mi fuerza, siento como mi quijada rebota de golpe contra el capó. — ¡Hey, insensible lo vas a abollar! — dice Juan Carlos. Me intento sostener con las uñas del metal frío, una capa de hielo se ha formado. Se rompe haciendo que me deslice. Caigo al suelo mirando al cielo. Juan Carlos sale del coche, me mira desde arriba. — Alfredo, levantate por favor. Estamos haciendo el ridículo. Lo miro desde el suelo. Su rostro se aplasta y me mira con odio. «Viejo Psicópata» pienso. — Está bien, si así vamos a jugar — dice Juan Carlos mientras se agacha, con sus brazos gordos y rechonchos me intenta alzar la cabeza. Siento como me jalan al interior del coche, escucho el motor encenderse. El sol comienza a ocultarse. Mi cuerpo comienza a temblar en el asiento trasero. «Ojalá pagues por esto, maldito viejo loco» pienso antes de perder la conciencia. Mi estomago gruñe. Abro los ojos, el mundo está oscuro. «¿Cuanto tiempo ha pasado?» pienso. Busco a mi alrededor alguna respuesta. Juan Carlos conduce nervioso. Intento hablar, Juan Carlos me voltea a ver. El coche comienza a derrapar, salgo volando, me golpeo contra los asientos de en frente. Me duele la cabeza. Me jalo con un brazo para levantarme. — ¿Qué pasó? — le pregunto. Juan Carlos me mira extrañado. — ¡¿Ah, con qué ya despertaste?! — grita Juan Carlos. — ¿Qué fue lo que pasó? — ¡Que tuve que conducir desde la ciudad, cuando tú eres el maldito chofer! — ¿Pero qué acaba de pasar? — ¿Yo que sé? — grita Juan Carlos mientras se agarra la cabeza. Me jalo por el asiento intentando salir. La carretera está oscura, completamente. Independientemente de donde uno mire. La única luz es la del coche, que apunta hacia delante. — ¿Sabe por donde estamos de casualidad? — pregunto a Juan Carlos. — ¿Te parece que tengo un GPS integrado al cogote? — No, pero tiene un teléfono. Juan Carlos parece acordarse de que los teléfonos existen, comienza a buscar en sus bolsillos, uno tras otro. Todos vacíos. Baja la mano al piso del asiento del conductor. Juan Carlos saca su teléfono de las sombras, lo revisa. — No hay señal. Lo tira donde estaba. Pongo mi teléfono en modo de lampara, comienzo a iluminar cada llanta. — Maldita sea, no tengo tiempo para esto — comienza a decir Juan Carlos. — ¿Usted cree qué yo sí? Aún me siento mal, señor. — ¿Y a mí que me importa lo que te pase? Me agacho bajo el coche. — No parece ser que se rompiera una llanta. Juan Carlos intenta encender el coche mientras sigo bajo las llantas. Me sobresalto, el coche no se mueve ni un poco. — ¿Qué le pasa, maldito loco? — le grito. — ¿Qué me pasa a mí, qué te pasa a ti? ¿Sabes la prisa que tengo de irme a casa? Tengo que cambiar todos los planes que tenía, tomar la empresa y como plastilina volver a formarla desde cero. No puedo perder ni un segundo aquí. — Pero eso no le da el derecho a ser grosero — le digo mientras me pongo frente a la cajuela del coche, la intento abrir con las dos manos mientras sostengo el teléfono con los dientes. De un click se escucha como se abre. El interior del motor parece un diseño alienígena incomprehensible. Comienzo a revisar sin realmente saber que hago, mi lógica es que si algo se dañó, visualmente se verá dañado y así podré saber que ha pasado. Muevo las manos entre partes de metal caliente. Todo parece bajo control hasta que toco una parte afilada de metal que parece colgar. Me meto entre el metal intentando agarrar esa parte que cuelga. Parece ser un cable. Lo jalo un poco. Parece ser que la batería se desconectó. Estoy apunto de conectar el cable a la batería cuando escucho a Juan Carlos quejarse y patear la cabina. — Maldita sea, hace un calor de mil demonios — grita Juan Carlos — . Apurate que me estoy asando. Veo adentro del coche, Juan Carlos comienza a sudar a gota gruesa. De tantos años de trabajar con él recuerdo una cosa muy importante: La peor cosa que le pueda pasar a Juan Carlos siempre ha sido el calor, lo afecta demasiado. Mis recuerdos comienzan a volar hacia mí. Dos memorias se cruzan, vuelan, se mezclan: En una recuerdo cuando Tiendas Mendoza tuvo un apagón durante un caluroso verano, Juan Carlos estuvo todo el día sudando gritando por todos lados intentando buscar quien podía resolverle el problema, intentando alejarse de cualquier pasillo cerrado o ligeramente caluroso como su oficina. En otro recuerdo, me figura la voz orgullosa de Juan Carlos hablando casualmente de despedir a todos sus trabajadores independientemente sus vidas y necesidades. Ambos recuerdos se quedan en un punto medio en mi cabeza. «Ahora me la vas a pagar» pienso. Cierro el capote del coche. — Parece ser que no tiene nada. Juan Carlos intenta encender el motor. No funciona. — ¿Entonces porqué no arranca? — Ni idea señor. Juan Carlos golpea repetidamente el claxón, el coche aúlla en la oscuridad. Nada le responde. «Que aterrador sería si algo nos contestara» pienso en silencio. Lo veo salir fuera del coche, comienza a patear la tierra que rodea la carretera, comienza a maldecir, tirar piedras a lo lejos. Rascarse la cabeza en ansiedad. — Yo mejor no me quedaría en la noche al descubierto señor. — ¿Porqué dices eso? — Noches de pueblo, carreteras abandonadas. ¿Qué no por aquí salía el chupa-cabras? — pregunto fingiendo inocencia. Juan Carlos entra al coche casi corriendo. — Vuelvo a entrar porqué no quiero que me piquen los mosquitos. Eso del chupa-cabras es un mito — me asegura con la voz temblorosa. Juan Carlos mueve las piernas impacientes. No faltará mucho tiempo en romperse, está al borde de un colapso nervioso. — Lo mejor será guardar energías hasta el amanecer. — ¡¿Hasta el amanecer?! — dice Juan Carlos enojado — . No puedo esperar hasta el amanecer. — Dudo que alguien pase por aquí — Ave de mal agüero — dice Juan Carlos escupiendo afuera de la ventana. Me acuesto en el asiento trasero mientras escucho a Juan Carlos moverse en ansiedad, en desesperación. Sonrío sin voltear a verlo. Me duermo un rato. Siento como me despiertan unos murmullos. Me levanto en la oscuridad. Tomo mi teléfono y lo pongo como lampara hacia el asiento del copiloto. — Alfredo, tengo sed — dice Juan Carlos. Está sudando tanto que pareciera que hubiera paseado en la lluvia — . Tengo mucha sed. Juan Carlos comienza a llorar, no le salen más lagrimas, parece ser que verdaderamente está deshidratado. — Yo también, señor. — ¿Porqué esto me pasa a mí? — ¿Ha escuchado sobre el concepto del karma, señor? — ¿El Karma? — pregunto confundido Juan Carlos. — Sí. Es un concepto budista. ¿De verdad no lo conoce? — No tengo tiempo para cuentos de hadas del medio oriente. — En el medio oriente no son budistas, señor… Bueno, como sea. Ellos creen que el Karma es una especie de energía invisible, omnipresente y omnipotente que se genera a partir de la acción de cada uno de nosotros. — ¿Y eso qué tiene que ver conmigo? — Tal vez esto fue un resultado de sus acciones señor — le digo. — ¿Qué hice yo? — Hace… Reviso mi teléfono. — Hace como cinco horas decía que iba a despedir a todo mundo. — ¿Crees que por eso esté pasando esto? — No lo sé, pero si el Karma existe… Tiende a ser un desgraciado sediento de venganza. — ¿Osea que…? ¿Qué? ¿Le he fallado a la providencia? Que tontería. — Tal vez. Juan Carlos se afloja la corbata, desesperado. — ¡Dios mío que sed! — grita Juan Carlos. — Y no hay agua aquí cerca. Juan Carlos se jala del pelo. — ¡Quiero irme a casa! Por lo que sea, por lo que más quieras. ¡A quién sea! Prometo que seré bueno. Lo prometo. Haré lo que sea. — ¿Le promete a la providencia que no despedirá a nadie? — ¡Lo juro! — grita desesperado — . ¡Lo juro por mis hijos! Suspiro. Eso es lo que quería oír. — Bueno, Jefe. Deje veo si puedo intentarlo una vez más. Tal vez la providencia nos haga el milagro. Juan Carlos comienza a llorar, parece ser que no me hace caso. Salgo del coche, pongo el cable en su lugar y me siento en el asiento del conductor. Enciendo el motor. Juan Carlos se sobresalta. — ¡Lo lograste! — Al parecer sí. Vayámonos. Juan Carlos grita de felicidad mientras el coche acelera por la carretera. A eso de las cuatro de la madrugada nos detenemos cerca de una gasolinera para que Juan Carlos tome agua. Toma un litro sin detenerse a respirar, compra otro para echárselo encima. Me quedo adentro del Bentley para evitar que me vea el hombre de la gasolinera. Al final Juan Carlos vuelve a subir y se acuesta en el asiento trasero para dormir el resto del viaje. Mientras más nos acercamos al puerto más siento que mi pecho puede respirar con tranquilidad y menos tiemblan mis manos. El resto del viaje pasa sin incidentes de ningún tipo. Regresamos a la mansión cuando el cielo comienza a tener un tono azulado, aún si es algo oscuro se puede ver claramente. Juan Carlos sale del coche para sentarse en las escaleras de su casa. — Que noche más terrible — dice Juan Carlos Me siento a su lado. — Y que lo diga... — ¿Sabes qué? Tomate el resto del día. — Muchas gracias… ¿Se encuentra bien, señor? — Ah, sí. No entiendo que pasó, el coche estaba bien antes de irnos. — Los accidentes ocurren. Alguno debió pasarnos. Que quede de lección. — Que lección más estúpida — dice Juan Carlos. Me quedo callado unos segundos. — ¿Y sí va a honrar su trato con la providencia? — le pregunto. Juan Carlos guarda silencio. — Alfredo ¿De qué me estás hablando? — El trato que hizo. — Ah sí. Interesante como es la necesidad humana ¿No es así? — responde sin darle importancia — . Nos hace decir cada tarugada en momentos de debilidad. Me levanto de las escaleras. — Nos vemos mañana, señor — respondo en seco. — Nos vemos mañana, Alfredo. Normalmente no digo esto, pero… Muchas gracias, nada de esto hubiera sido posible sin ti. Juan Carlos se queda mirando el amanecer en las escaleras de piedra mientras yo camino a la salida intentando no mirar hacia atrás directamente. «¡Dios mío! ¡¿Que he hecho?!» grita mi mente mientras salgo de la mansión.
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