A lo largo del siguiente día tres llamadas llegan a mis dos teléfonos.
En la mañana Sarita me llamó llorando. El desgraciado lo había hecho, la habían despedido. Inmediatamente salí corriendo, ella estaba fuera de tiendas Mendoza, peleando con Gutiérrez mientras la empujaban a la calle. Ella, como perrito herido gimoteaba, gritaba; incluso pedía disculpas por algo que no había hecho.
— No me toques, sucia — decía Gutiérrez mientras se alejaba con asco de Sarita.
— ¿Pero yo qué hice? — gritaba ella.
—¡Déjala en paz, Hijo’elave… ! — decía la botarga de un perro a su lado, tirando golpes cuando los guardias de seguridad tocaban a Sarita.
Sarita, en el suelo se agarraba de las rodillas, mientras se cubría de la cara. Parecía generalmente afectada, temblaba al hablar. Los guardias de seguridad comenzaron a sacar a varias personas de Tiendas Mendoza: gente de limpieza, gente del banco.
Poco a poco una multitud de ex-empleados se reúne alrededor de la entrada. Hay gente llorando, hay gente empujando, golpeando e incluso arañando.
— ¿Qué está pasando? — le pregunto a Sarita cuando me le acerco a ayudar.
— Nos están despidiendo Alfredo. A casi todos — dice Sarita mirándome con una cara de suplica, como la de un perrito lastimado.
— ¡Los cuervos nos están sacando los ojos! — ladra Lizbeth en el traje de perro.
Una ex-cajera de entre cincuenta y sesenta años, se saca los tacones para comenzar a golpear a uno de los gorilas que la corría del lugar. Golpea a uno en el ojo haciendo que se caiga llorando. Otro guardia llega a golpear a la cajera, tirando golpes similares a los de un boxeador importándole poco la diferencia de fuerza, tamaño y género.
La cajera gana la pelea.
— Más bien parece al revés — le digo a la botarga de perro.
— ¡Eso mamona! — grita Lizbeth
— ¿Porqué nos hacen esto, Alfredo? — me pregunta Sarita — . ¿Qué les hemos hecho? Sólo estábamos trabajando. No hicimos nada malo.
La ex-cajera lanza por encima de nosotros su zapatilla, escucho como vuela por encima de nosotros. La zapatilla choca contra uno de los vidrios principales de Tiendas Mendoza. Dos guardias de seguridad, fuertes de casi dos metros se lanzan en contra de la ex-cajera agarrándola de golpe contra una camioneta que está estacionada frente a las tiendas. Cada uno de los guardias la toma de piernas y brazos para evitar que esta los ataque. La cajera sin embargo con todas sus fuerzas en sus brazos parece más fuerte, veo como en su cuello se marcan las venas del esfuerzo. Se mueve, le muerde la oreja a uno de los dos guardias, el cual la suelta por el dolor; el otro sencillamente la suelta por el horror de lo que ha visto, el guardia comienza a vomitar.
— ¡Quiero conocer la derrota! — grita la Cajera mientras se ríe enloquecida corriendo por la calle.
— Mejor vámonos de aquí. De momento, al menos — le digo a Lizbeth y a Sarita.
Gutiérrez el cual intenta controlar a las masas de personas fuera de la tienda gritando, parece haberme escuchado.
— Ah, no. Ese uniforme de santa es propiedad de Empresas Mendoza. Lo tiene que regresar ahora mismo — dice Gutiérrez mientras le jala el top a Sarita. Se escucha la tela romperse. Sarita grita aterrada mientras cae agarrándose del pecho intentando no quedar descubierta por completo con los trozos de tela que solían ser su pequeño top. Lizbeth con todo su cuerpo y el traje de Perro cubre a Sarita.
Yo me lanzo en contra de Gutiérrez de inmediato.
Es casi un reflejo inconsciente.
De un momento a otro estoy encima de él lanzando golpes, uno tras otro sintiendo el cartílago de su nariz rebotando en contra de mis puños. Lo escucho gritar, pero no importa. Nada importa. Llegado a un momento en el que no sé de mí comienzo apretar su cuello. Veo su rostro ponerse morado mientras me mira fijamente con miedo.
— ¡Alfredo, ya vámonos! — grita Lizbeth cubriendo a Sarita mientras se salen de la multitud. Sarita sigue llorando y gritando de horror
— ¡Tócala de nuevo con tus sucias manos y esa será la última vez que tengas manos, ¿Me entiendes? — le digo a Gutiérrez cuando lo suelto.
— ¡Se-seguridad! — grita él temblando.
Un hombre de seguridad se nos acerca enojado, llega y sin pensarlo saca una pistola. La alcanzo a ver, empujo el arma hacía el cielo cuando esta me apunta directamente. Comenzamos a forcejear mientras Gutiérrez comienza a llorar, gateando y alejándose de nosotros.
Mantengo el arma quieta hacía arriba. El guardia de seguridad me mira con cara de odio, peor aún él también tiene miedo.
Escucho un balazo.
El idiota le falló el pulso y disparó al aire.
Con mi pierna derecha lo golpeo en el estomago haciendo que se caiga de cabeza. La gente aterrada se dispersa alrededor de nosotros.
Pateo de la cara al guardia de seguridad para que no se levante rápidamente de manera que ganemos tiempo suficiente para alejarnos.
Agarro a Lizbeth y Sarita mientras nos echamos a correr, tenemos que irnos antes de que más personal de seguridad se nos acerquen. En el desastre y el caos es muy difícil dar explicaciones de quien o que hizo lo que hizo.
— Por aquí cerca hay un Stellarüs — les digo — . Conozco a alguien que nos puede ayudar ahí. Un amigo.
Lizbeth asiente, sigue cubriendo a Sarita, esta vez con sus brazos para evitar que Sarita quede expuesta. Sarita camina con cuidado abrazando los brazos de la botarga.
Ella tiembla en brazos de Lizbeth, va cabizbaja mientras que Liz va con la frente bien en alto, como buen perro guardián esperando al idiota que intente hacer cualquier comentario sobre Sarita para romperle la mandíbula de un golpe.
Entramos a Stellarüs.
La cafetería que al entrar estaba rebosando de movimiento, se detiene.
Todos nos miran como si hubiéramos salido de un sueño.
Sin explicar absolutamente nada nos movemos rápidamente al baño, Lizbeth sigue férreamente abrazada a Sarita. Ambas desaparecen tras la puerta. Yo camino hacia la barra, me acerco intentando ver quien está trabajando.
— Bienvenidos a Stellarüs… ¿Alfredo, eres tú? — me pregunta Montserrat.
— Hola Montse. ¿Está Carlos? — le respondo de inmediato intentando cortar formalidades o reencuentros. Otro día y me alegraría verla. Ahora, estaba en medio de una urgencia grave.
— Eh, no. No está. ¿Porqué? ¿Qué pasó? ¿A dónde desapareciste a finales de Diciembre?
— Montse, otro día con calma te explico. Ahorita me urge hablar con Carlos ¿Sabes a qué hora llega hoy?
— Alfredo…
Un cliente entra por la puerta interrumpiendo la conversación.
— ¡Bienvenido a Stellarüs! ¿En qué puedo servirle? — dice en voz altar Montserrat, luego en voz más baja me sigue hablando —. Alfredo, es que hoy Carlos no trabaja.
— ¿Es su día libre?
— Sí. Su día dorado del calendario.
— Con un demonio.
Me alejo de la barra en lo que pide el cliente su orden. Vuelvo acercarme a los baños.
— ¿Todo bien ahí dentro? — pregunto en voz lo suficientemente alta para que me escuchen en el baño, pero lo suficientemente baja para no parecer un pervertido cochino para el resto de la cafetería.
— Sí, ya casi salimos — dice Lizbeth.
Poco después, la botarga de perro emerge del baño.
Esta vez, sin la parte superior.
Sarita trae los ojos llorosos, pero porta con dignidad el traje de perro que Lizbeth le ha prestado de momento. Sarita se limpia las lagrimas. Detrás de ella sale una mujer chaparrita con rostro enojado, vestida en una camisa de polo verde y con shorts. En su cabeza trae una gorra que insulta al que lea la inscripción en esta. Me hace un saludo.
— ¿Lizbeth? — le pregunto luego de un momento de indecisión.
— La mera maromera.
— Nunca te había visto sin alguna botarga.
— Hace mucho que ni yo me veía sin botarga, la neta. Me arrepiento cada segundo que pasa. Ya extraño las voces.
— ¿Cuales voces?
— ¿Voces, de que hablas? ¿Con quién has estado hablando Alfredo?
Lizbeth me mira enojada, como si sospechara de mí.
— Pues contigo, Lizbeth.
— Más te vale. Sería una pena que algo le pasara a tu casa.
— Mi casa se quemó hace un mes.
— ¡Yo no fui! — dice Lizbeth alzando los brazos mientras me mira asustada.
— Yo sé que no fuiste ¿De qué estás hablando?
— Va, va.
Lizbeth comienza ver alrededor como si sospechara de la gente en la cafetería.
— ¿Tú qué me ves? — le dice Lizbeth a Montserrat — . ¿A los tiros o qué?
Montserrat da tres pasos para atrás, golpeándose con las licuadoras de frappuccinos. El resto de la clientela baja la mirada, genuinamente asustada.
— Gracias Liz — le interrumpe Sarita abrazándola de la espalda.
— Para eso estamos las amigas carnala — le responde Lizbeth, parece sonrojada.
Así se quedan un rato mientras yo me disculpo con Montserrat. Ella parece entender el desastre cuando le explico lo que Gutiérrez le hizo a Sarita.
— Hiciste bien — me responde — . Maldito animal que salió ese.
— Sí, es por eso. Mil disculpas.
— No te preocupes. Esta es cortesía de la casa, para tu amiga.
Montserrat le da una bebida fría de fresas a Sarita. Eso parece tranquilizarla un rato.
Después de un rato nos vamos al apartamento de Sarita, para que descanse y se quita la estúpida botarga.
Le doy dinero a Lizbeth para que compre algo de comida para Sarita mientras esta se baña. De vez en cuando la escucho llorar en el baño, intenta ser silenciosa. No lo logra. Pasa por distintos momentos de calma y tristeza, uno tras otro.
Aún cuando sale se mantiene un rato en silencio y luego vuelve a lo mismo.
— Es que no es justo Alfredo, no es justo. De ese trabajo yo pago mi universidad. ¿Ahora de dónde voy a sacar para la colegiatura? — dice Sarita de vez en cuando mientras llora.
— Lo sé. Juan Carlos es todo menos justo.
— ¿Y es que, qué hice yo, Alf?
— ¿Quieres saber la verdad? — le digo.
— Sí, cuéntame.
— Nada. Sarita. Sólo te despidió al azar. Porqué podía.
Sarita continua llorando.
Al poco rato regresa Lizbeth con las manos cargadas de múltiples paquetes de botanas, palomitas y muchas cervezas.
— Liz te dije que trajeras algo para comer, no para botanear — le digo.
— Es lo mismo. Puro nutriente — me dice mientras abre la bolsa de palomitas.
— Quiero alcohol — dice Sarita.
— Ya rugiste leona — le responde Lizbeth.
— No. Penas y alcohol, mala combinación.
— O la mejor si me preguntas a mí, la neta — dice Lizbeth.
Yo la miro reprobandola. Lizbeth me mira de regreso.
Me da miedo.
Aparto la mirada.
— ¿De verdad me puede hacer daño Alf? — me pregunta Sarita con inocencia.
— Pues…
— Mírame a mí — dice Lizbeth — . Yo lo hago y no me afecta.
— Sí pero tú eres como una cucaracha Liz, a ti nada te mata.
— Entonces aprende a vivir como yo, morra — le responde Lizbeth con la boca llena de palomitas, me tira una la cual me pega en la frente — . No le hagas caso al amargado. Él no le sabe.
— Quiero vivir la vida loca, Alfredo. ¿Qué más da?
— Bueno, pero nomás tantito — le concedo.
— Hoy es hasta tirarse a morir, Sarah. ¿Le entras? — mientras le pasa una paquete de cervezas a Sarita. Sarita los toma emocionada mientras abre una.
— ¡Le entro como nunca en mi vida, cuca! — grita Sarita.
En media hora, Sarita se queda dormida en su sofá.
Sólo tomó media cerveza.
— La neta envidio tu posición — me dice Liz en voz baja.
— ¿Porqué? — le pregunto.
— Es que estás cerca del Mendoza del diario.
— ¿Y cómo eso es envidiable? — le pregunto consternado.
— La neta Alfredo yo iba y le partía su jeta a ese Mendoza si pudiera. Pero me queda lejos, y no me le podría acercar. Si alguien puede joderlo eres tú.
— Sí, lo sé. Ganas no me faltan últimamente. Créeme.
Sarita se mueve en el sofá.
— Deberíamos dejarla, que descanse — le digo a Lizbeth.
— Va, se lo merece.
Sarita duerme, ajena a todo esto los problemas del mundo.
La miro una vez más mientras flota en su ensueño, mientras Lizbeth se queda a su lado para cuidarla en caso de que el alcohol se le suba. Veo como Lizbeth le pone una mantita encima cuando Sarita comienza a temblar de frío. Lizbeth Le quita el pelo de la frente y la mira con alto cariño.
Sarita está en buenas manos.
Salgo de su apartamento en silencio, con una sonrisa.