Tres llamadas, Parte dos.

2199 Palabras
La segunda llamada es de Carlos, el cual me llamó en la tarde cuando salía por el portón del departamento de Sarita. — ¿Dónde has estado, Alfredo? — me pregunta preocupado. — ¿Dónde has estado tú? Te estuve buscando en Stellarüs — le respondo. Hay un silencio en la linea. Le escucho tragar saliva. — Surgió un problema en la casa, no fui a trabajar. Es algo grave. — ¿Qué pasó? — le pregunto mientras le hago señales a un taxi. — ¿Recuerdas que te hablé de Juanita? La mamá de Tlanesi. — Sí. Era la de limpieza en tu casa antes. Estaba en su pueblo ¿No? — Bueno, ya no. Ella vino por su hijo. — ¿Y cual es el problema ahí? — le pregunto. — Mejor ven, te explico aquí. Tomo el primer taxi que se digna a llevarme y me acurruco en el asiento. Comienzo a pensar dos veces lo que hice. Le afilé los colmillos a la bestia. Le di el poder de conseguir todo lo que quería. Ahora, en un movimiento rápido parecía estar devorando al mundo a su alrededor. Me hacía sentir enfermo y sucio. Esto era mi responsabilidad. Realmente ¿Qué hubiera pasado si no conseguía sus terrenos? En el peor de los casos, hubiera llorado. Se hubiera sentido mal. Hubiera hecho algunas rabietas… Y ya está. Ahora, en menos de unas horas había logrado que el mundo a su alrededor, como en un terremoto se sacudiera hasta sus cimientos sin importar la gente que se colara por las grietas. «¿Qué le pasa a este idiota?» me pregunto. Miro mis manos. Están temblando de coraje, rabia e impotencia. Las aprieto, con coraje. Debo controlar mis emociones, hoy más temprano golpee a Gutiérrez. No supe de mí. No debí hacerlo. Sin embargo, lo hice. El taxi se detiene frente a la mansión. Desde aquí afuera todo se ve tranquilo. Carlos me espera en la reja, está preocupado. Tiene los ojos llorosos. — Lo odio. No sabes lo mucho que lo odio — me dice cuando lo veo. — ¿A quién? — le pregunto. Se escuchan gritos llegando de la mansión, Carlos y yo volteamos a ver. Desde aquí parecemos ver las siluetas de las personas adentro, Samantha mira desde la ventana a la lejanía. Parece pensar algo. Tiene los ojos tan rojos como su hermano, pero en ella puedo ver algo más fuerte, mucho más fuerte: Sincero desprecio. Muy diferente a Carlos, él podrá decir que lo odia, pero lo conozco. Lo dice por estar enojado. Samantha sin embargo, parece ser que verdaderamente, sin remordimientos odia a su padre con toda su alma. — ¿Qué es lo qué pasó? — le pregunto a Carlos. La reja se abre con un sonido fuerte. La empujo. Carlos niega con la cabeza, como tratando de sacudir un pensamiento muy malo. — El maldito desgraciado — comienza a decir Carlos entre lagrimas — . Quiere comprar a Tlanesi. — ¿Qué? Comenzamos a caminar en dirección a la casa, con paso apretado. — Dice que quiere evitar que haya escándalos ahora que se hará la torre Mendoza. Quiere tener todo bien controlado. Por lo tanto un hijo bastardo está fuera de sus planes. Así que le ofreció a Juanita un ultimátum: O me lo vendes y no lo vuelves a ver. O se lleva a Tlanesi y desaparece de aquí, y nunca se le puede acercar a la casa, a él o a la familia en general. Que asco. — Maldito perro — le digo mientras subimos las escaleras de grava. — Así es él, le quita a todos lo que tienen con tal de ser feliz. No le importa la carga que es para los demás el precio de su felicidad. «Horrorizado, descubrió el rey que el pueblo estaba completamente tuerto, en sus cuencas ni siquiera un ojo podía ser encontrado así fuera niño, anciano o perro» pienso mientras entro por la puerta. En la sala, Juan Carlos está con el bebé en brazos, una mujer humilde llora mientras lo agarra de las piernas. — Por favor, no diga eso — le llora Juanita. — Sólo dime cuanto quieres por él. Dinero, mujer — responde Juan Carlos. Juanita comienza a llorar más. — Yo sólo quiero que mi hijo sea feliz con su padre. — ¡No digas eso! — dice Juan Carlos muy enojado —. Sólo dame un precio. Y ya está. Nada de dramas. No tienes porqué hacerte la mustia. — Ya déjala en paz, papá — le dice Carlos a su padre cuando entramos a la mansión. — No me digas que hacer, Carlos — dice Juan Carlos — . Es la mejor opción. Se lo compro, lo adopto. Las noticias dicen que Juan Carlos Mendoza ha decidido adoptar a un niño de la calle y Tlanesi se puede quedar aquí…. Claro, después de que le cambiemos el nombre por uno menos… Feo. ¿Entiendes? — ¿De la calle? — dice Juanita mientras llora. — No hay nada de feo en el nombre de Tlanesi, padre — dice Samantha. — Samantha, no me contradigas. ¿Dónde está Jonás? Jonás sale del pasillo, cerrando la puerta de la oficina de Juan Carlos. En la mano trae un librito de cuero. — Fui por su chequera, como me la pidió, Señor — responde Jonás. — Te dije que encontraras mi chequera no que la fueras hacer. Te tardas demasiado. — Mil disculpas. — ¡Papá, pero Tlanesi es parte de la familia! ¿No es más fácil reconocerlo como tuyo? — ¿Quieres que nos arriesguemos a que hablen pestes sobre nosotros? Ni hablar. O lo adoptamos o no lo vuelven a ver. Y francamente ya me estoy decidiendo más por la segunda que por la otra. Me tienen harto. — Pero… — empieza Carlos con la voz temblorosa. — Pero nada — responde Juan Carlos. — ¿No hay nada que podamos hacer para cambiar tu opinión? — pregunta Carlos desesperado. — No, y no quiero que me discutas más. — ¡¿Porqué siempre haces esto?! — dice Carlos mientras lanza un golpe a la pared. — ¿Ya ves todo el desorden que causas? Sería mejor si no estuvieras aquí, Juana — dice Juan Carlos — ¡SERÍA MEJOR QUE TÚ NO ESTUVIERAS AQUÍ! — grita Carlos con todo su ser, por el esfuerzo su rostro se pone rojo. Su voz tiembla, él tiembla. — ¡No me vuelvas hablar así! — le dice Juan Carlos — . Una sola vez más que me levantes la voz, y te vuelvo a internar. Que de nada me sirve un hijo borracho y rebelde. — ¿Rebelde por pedirte un poco de decencia humana para tu hijo? — ¡No digas que ese es mi hijo! — grita Juan Carlos señalando a Tlanesi, se pone tan rojo como su hijo. Tlanesi comienza a llorar, Juanita llora como él. Samantha, corre hacía ella y la protege como si Juan Carlos fuera a golpearla. — ¿Ves lo que provocas? Ya lo — Eso es a lo que me refiero. Rebelde por ir en contra de esta casa, en contra del buen nombre que he construido. Nada más hay problemas contigo, desde que naciste. Eres la peor vergüenza de esta familia. — ¿Vergüenza porqué no puedes presumirme como a un trofeo? — Vergüenza porqué eres un borracho, maleducado que se la pasa llorando todo el tiempo. Que nunca le ha importado la seguridad de esta casa. ¿Sabes el miedo que tengo de que todo lo que yo he construido se vaya al carajo porqué no tengo a quien heredarle mi legado? — ¿Lo único que te importa es tu nombre? — Sí — dice Juan Carlos sin pensarlo, a mitad de la frase. Carlos asiente. Nos mira a todos alrededor de la sala. Mira a su hermana abrazando a Juanita la cual sigue llorando. Mira con ternura a Tlanesi, el cual grita confundido por los gritos. Luego, me mira a mí. Se encoje de hombros, hace una sonrisa triste. — Hijo de puta — dice Carlos mientras le lanza un golpe en la cara a su papá. Juan Carlos cae al suelo rompiendo la mesa de la sala en el proceso. Carlos lo golpea en el suelo, no diferente a mí cuando golpee a Gutiérrez. Juanita intenta correr hacía Juan Carlos, Samantha lo detiene. — No, no. Se lo merece — le dice a Juanita. Jonás se agarra la boca en shock en una esquina de la casa. En sus ojos se ven lagrimas. No sabe que hacer. De inmediato me lanzo hacia Carlos, lo agarro de la espalda. En su coraje me golpea en la cara, lo sigo agarrando fuertemente por la espalda, poco a poco logro despegarlo. Carlos se queda en el suelo, como un animal viendo a su padre tirado boca arriba. Juan Carlos mira al techo, y luego a nosotros. Jonás cuando ve que alejé lo suficiente a Carlos se acerca a levantar a Juan Carlos. — Largate de mi casa — dice Juan Carlos a su hijo mientras se agarra de la mandíbula. — Alfredo, vámonos — dice Carlos. Asiento, ayudo a que Carlos se levante. — ¿Tú porqué no hiciste nada? — le pregunta a Jonás — . Viste que me atacó y no hiciste absolutamente nada. Estás despedido. Jonás, el cual agarraba a Juan Carlos de la mano para ayudar a que se levante lo suelta cuando escucha eso. Juan Carlos cae y rebota contra el suelo. — Porqué se lo merecía — dice Jonás. Juan Carlos se ríe en el suelo. — Déjenme sólo, todos lárguense de mi casa. — Ya lo estás — dice Samantha. Todos en la sala se alejan de Juan Carlos. Comienzan a salirse uno tras otro hasta que la casa está completamente vacía. Carlos me espera en la puerta, yo me quedo. Intento levantar a Juan Carlos, le ofrezco mi mano. — No, aquí déjame. Tampoco a ti quiero verte — me dice. — Está bien. Nos vemos mañana, señor — le digo y me voy. Cuando estoy en la puerta de la mansión, lo veo otra vez. Tirado en el suelo mirando al techo. Se limpia la sangre de la nariz con el borde de su muñeca. — Sí, nos vemos luego Alfredo — me dice. Cierro la puerta dejándolo completamente solo. En el patio de la mansión Samantha lleva a Tlanesi en brazo mientras ayuda a Juanita a caminar. Jonás mira la mansión con nostalgia. Sus ojos están rojos, patea la grava. — Ni hablar. Así son las cosas — dice mientras nos observa a mí y a Carlos. — ¿Cuantos años trabajó para él? — le pregunto a Jonás. — Demasiados — me dice Jonás con una sonrisa. Jonás comienza a caminar lejos de nosotros como paseando, mirando una última vez cada uno de los rincones. Como despidiéndose. — Es mejor que nos vayamos de aquí, un rato — le dice Samantha a su hermano mientras saca las llaves de su coche — . ¿Hay algún amigo que te pueda dar asilo un rato, aunque sea unos días? Carlos titubea. — Yo — le digo, miro a Carlos el cual me mira agradecido — . Quedate en mi departamento un tiempo. Carlos asiente. — ¿Y tú hermana? — dice Carlos. — Voy a rentar un apartamento. Igual tengo algo de dinero ahorrado. Me llevo a Juanita y a Tlanesi. Juanita la mira, comienza a llorar otra vez. — Dios te bendiga, mija. — No se preocupe, usted es parte de la familia Juanita. Samantha abre uno de los tantos coches que están en el patio. — ¿A dónde se va usted señor Jonás? — pregunta Samantha. — Ah, a mi departamento. Voy a empezar de nuevo. — Yo lo llevo, venga. Samantha comienza a sacar un manojo de llaves de coche de su bolsa. — Elige uno Carlos, tengo las llaves de todos. — ¿No crees que los va a reportar como robados o algo así? — responde Carlos. — ¿Crees que se arriesgaría a que su hijo estuviera en prisión cuando está apunto de cerrar el trato más grande de su vida? — Tienes razón. Me llevo el Bentley entonces — dice Carlos, me pasa las llaves — . Aún no tengo licencia. ¿Podrías…? Yo asiento, abro el coche y nos subimos. — Me llamas — dice Samantha. — Sí. Ambos hermanos se despiden desde lejos y todos salimos de la mansión en coches distintos. Los veo irse la distancia mientras Carlos se queda distante, pensando. — ¿Qué pasa? — le pregunto a Carlos. — No es nada. — Por favor, dime — le digo mientras nos detenemos en medio del camino. Carlos mira por la ventana, está llorando. — A veces siento que si él no viviera, ya no podría lastimarnos — me dice Carlos. Su voz le tiembla, se cubre la boca con la mano, arrepentido. Lo abrazo mientras comienza a llorar en mi hombro. «Sí, tal vez sería mejor así» pienso.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR