Tres llamadas, parte tres.

3203 Palabras
Al finalizar el día recibí la última llamada, era el Señor Tanque. La verdad no me sorprende, ya lo esperaba. Después de un día largo siempre llegaban ellos. Como para ponerle una cereza al pastel. — ¿Estás disponible para que vaya por ti? — me dice por teléfono. Observo mi reloj, son cerca de las siete de la noche. — Sí. Ven por mí. El señor Tanque me cuelga. Guardo mi teléfono, camino por el departamento. Carlos está dormido en la cama, está así desde hace media hora. Parece ser que se mantendrá así toda la noche. Aún así, escribo una nota que pego frente al televisor en caso de que se despierte. Me asomo por la ventana, ya está oscuro. «Salí a caminar para despejar mi cabeza, no me esperes. Hay comida en el microondas» le escribo con letra más cuidada de lo normal. No quiero que se de cuenta de que me he escapado en la noche. No importa que, no debo meterlo en problemas. Me quedo esperando bajo la calle de mi departamento, mirando los coches pasar. Pasado diez minutos de esperar como un idiota veo una camioneta blanca llegar cerca de mí. Me le acerco sin fijarme en nada, incluso bajo la mirada al suelo. Sé que ellos odiarían que mire cualquier dato que les delate, o identifique. — Hola Alfredo — me dice el Señor Bala desde el asiento del conductor. — Ah, eres tú. ¿Y ese milagro? — pregunto sin voltear a verlo. El Señor Bala me mira enojado. — Mejor súbete — responde enojado. La puerta de la camioneta se desliza, el señor Tanque me espera en los asientos. A su lado está el jefe, el hombre de la silla de ruedas. — Alfredo, por favor acompáñanos — dice el jefe. Dudo un segundo. No me esperaba verlo a él. — Claro que sí, señor — le respondo en un acto mecánico. Entro con mucho cuidado, esta vez mirando a los ojos al anciano para no parecer irrespetuoso. Bajo la cabeza al piso esperando que me pongan vendas en los ojos. — ¿Qué haces? — me pregunta el señor Tanque. — Sigo el protocolo. El anciano se ríe. — No te preocupes, no vamos a ningún lugar clasificado. Me siento. — ¿Entonces a dónde me llevarán hoy? El Jefe parece sonreír. — Eso sí no te diremos hasta que lleguemos. La camioneta arranca, por un momento casi me caigo. Nos quedamos sentados en silencio, por bastantes minutos. Vamos al sur, cerca de la zona turística del puerto. El Señor Tanque me mira de reojo, fingiendo que no me pone atención. Arqueo mis cejas como saludo, aleja la mirada de mí. — Me enteré que fuiste a la capital — dice el Jefe —. ¿Qué tal te fue? — Ah, sí. Pues era mi primera vez así que sentí que me moría — respondo bajando la cabeza — . Aunque… Admito que me da miedo preguntar como se enteró de eso. El jefe se ríe. — Alfredo, tengo mis contactos. Asiento. — ¿A quién fuiste a ver, por cierto? — dice el jefe. — Al señor Saúl Hernández. El jefe por un momento me mira incrédulo, parece entender la información de inmediato. — ¿Así que quiere comprar el terreno del viejo hotel? — Sí. ¿Usted sabe del hotel? El Señor Bala se ríe en el asiento del conductor. El Jefe y el Señor Tanque miran a Bala con molestia. — Se podría decir que sí… — ¿Sabe qué pasó con ese hotel? Vi que Juan Carlos se altera cuando habla de él. No me quiso decir nada cuando le pregunté. De hecho nadie me quiso decir nada de nada. — ¿De verdad te interesa saber más del hotel? — me pregunta inquisitivo. — Sí. Muchísimo. El Jefe mira al Señor Tanque, intuitivamente el señor Tanque se le acerca. El Jefe comienza a susurrarle en el oído, Tanque asiente y se vuelve a sentar a mí lado. Tanque toma su teléfono y comienza a mandar un mensaje. — Ya — responde luego de unos segundos. El jefe asiente, voltea a verme. — Si quieres saberlo todo del hotel, lo sabrás. — Muchísimas gracias. Espero no sea mucho pedir. El Jefe hace una sonrisa, es algo triste. — En realidad, eventualmente te iba a dirigir en esa dirección. Tengo un grupo de notas y papeles sobre eso. Sólo te pediré un favor ¿Puedes mantener la mente abierta ante todo lo que escuches? Escucharás múltiples historias, todas ellas importantes que te harán entender a Juan Carlos… Claro, eso si sabes como convencerlos a todos. — ¿A quienes? — le pregunto inquisitivo. — ¿A quienes más? A las victimas por supuesto. Son la mejor fuente de información. Además, todos ellos son las victimas de Juan Carlos. No tan diferentes a ti, todos trabajaban para él. Los trató de manera no muy diferente a ti. Asiento. — Entiendo señor. — Oh mira, llegamos. La camioneta se detiene en lo que parece ser un estacionamiento bien iluminado, aunque vacío. Bajamos de ella, me quedo afuera mirando el paisaje intentando adivinar a donde me han traído mientras el Señor Bala y el Señor Tanque bajan con cuidado al Señor Jefe. Al fin, en la blanca luz de la calle puedo ver bien su rostro y sus manos, noto que parte de su cara está llena de cicatrices que en la oscuridad de nuestro previo encuentro no había podido notar. El Señor Jefe está quemado. Quemado de pies a cabeza, en todo su lado izquierdo. Es más notable en sus manos, donde puedo notar una ligera decoloración del tono de su piel en las partes quemadas. No necesito preguntar para saber donde las obtuvo. Sé la respuesta, tiene mucho sentido si uno lo piensa. Las piezas del rompecabezas parece armarse lentamente. El Señor Jefe nota que lo miro fijamente, esconde sus manos de mi mirada, apenado. El Señor Tanque y el Señor Bala no parecen darse cuenta de esto. Lo ponen en el suelo. El Señor Tanque se pone detrás de la silla de ruedas, la comienza a mover a mi dirección, mientras el Señor Bala se queda a cerrar la camioneta. «Me alegro que él no nos acompañe» pienso. Comenzamos a caminar, nos dirigimos a un edificio blanco y alto, es el único edificio visible en el estacionamiento, tal vez por la oscuridad que rodea a lo demás, o tal vez porqué es el lugar de donde salen las luces. — ¿Dónde estamos? — pregunto. — El club de Yates — me responde el Señor. — ¿El club de Yates? ¿Porqué el club de Yates? — Sí. Se me informó por el… Ah… El Jefe mira al Señor Tanque buscando su ayuda para recordar algo. — Tanque — le responde en voz baja. — Tanque, sí eso. El Señor Tanque me informa que eres un gran fanático del mar. Me detengo en seco. — Que no te sorprenda, te dije que estamos en todos lados — me dice el Señor Tanque cuando me ve detenerme. Comienzo a caminar de nuevo. — ¿Realmente venimos aquí sólo por mí? — les pregunto. — Sí. Fue idea de Tanque también — responde el Jefe. — Quería un lugar donde te sintieras cómodo para hablar — complementa el Señor Tanque, mirando al suelo. — Muchas gracias. Pasamos por el arco principal del edificio blanco, ahí un guarda nos saluda sin ponernos demasiada atención, parece ser que esperaba nuestra llegada. Nos abre la puerta, caminamos por un pasillo oscuro que nos lleva a la bahía. Tras el edificio se encuentra un muelle en el que se estacionan decenas de botes de distintos tamaños y colores. De distintos tipos de utilidad, desde los medianos pesqueros hasta los enormes que se usan para fiestas. La vista nos deja ver la silueta negra de la bahía ligeramente iluminada por las luces de los hoteles, edificios, centros comerciales y casas de la ciudad. En completo silencio, roto solamente por las olas, vemos un camión de pasajeros pasar por la carretera principal. Nunca antes había visto la ciudad de esta manera. El Señor Tanque deja al Jefe y a mí cerca de la rampa que baja a los botes, ahí hay unos rieles para sostenerse. Me recargo y miro bajo de nosotros el agua oscura por la cual se mueven unos pequeños peces y algunas botellas de refrescos. «¡Ah, por supuesto! ¡El maravilloso Pez Plástico, nativo de los mares del Moxxo y tiendas participantes!» pienso mientras le veo flotar contra las rocas. El Señor Tanque se queda en una esquina ligeramente lejos de nosotros, como dándonos privacidad. Sin embargo se mantiene lo suficientemente cerca en caso de que algo pase. — ¿Tienes Hambre, Alfredo? — pregunta el Jefe. — No, gracias. Estoy bien. — Bueno, allá tú — dice el Jefe mientras saca de su saco una pequeña bolsa con frutos secos y cacahuates sin sal. Sus manos tiemblan mientras intenta abrir la bolsa. Veo como se esfuerza sin lograrlo, le ofrezco la mano. — Déjeme ayudarle — le digo. El Jefe me mira con algo de recelo. Me da la bolsa en la mano. Abro la bolsa, de hecho es demasiado, demasiado sencillo. Se la doy de inmediato. El Señor Jefe se mete un puño de cacahuates en la boca, algunos caen. — ¿Se siente bien? — le pregunto. — Yo no soy importante Alfredo. ¿Porqué no mejor hablamos de lo que verdaderamente importa? ¿Sabes que pasó hoy en la mañana en Tiendas Mendoza? — Éxodo, señor. Eso fue lo que pasó. — No sé si entiendo. — Comenzaron a despedir masivamente a quien podían. Algunos se rebelaron. Todo es por la reestructuración que va a tener la empresa. Todo por el cochino hotel. El Jefe se ríe. — Lo que me temía. Juan Carlos es tan predecible — El Jefe mira a la bahía mientras niega con la cabeza. Se mete otro puñado en la boca. — No sé que le pasa, realmente parece empeñado en construir esa torre, así le cueste todo en la vida. — ¿A qué te refieres? — me pregunta consternado el jefe. — Bueno, ¿Si le contaron que tiene un hijo no reconocido? Un bebé. — Fui informado. Sí. — Bueno, hace unas horas intentó comprarlo. El Jefe me mira extrañado. — ¿Comprarlo? ¿Qué no es su hijo? — Oh sí. Pero quería comprarlo para que la madre no pudiera verlo — ¿Qué? — De esa manera no arruinaría su reputación. Claro, sus otros hijos no le aceptaron su intento descarado. Esto no ha salido en las noticias, pero su hijo Carlos lo golpeó por eso. Muy fuerte. Vi incluso algo de sangre. — Me agrada ese niño — dice el Jefe riéndose. Yo sonrío. — A mí también. El Jefe se queda pensando un poco. — Esas son patadas de ahogado. — ¿Le parece? — le pregunto mientras me acomodo en la barra. — Oh sí. Juan Carlos es un poco más cuidadoso, significa que está acorralado. Eso es bueno. Por si mismo ha caído en una trampa de su propia creación. Son unas maravillosas noticias las que nos has traído. — ¿De verdad? — ¡Claro que sí! Piénsalo, sí está desesperado en esto, en el ámbito personal ¿Dónde más se ha descuidado? — No creo entender a lo que se refiere, señor. — Considera esto, Juan Carlos siempre es metódico hasta la obsesión en dos cosas muy especificas: Su imagen personal y sus negocios. Lo pienso un poco, creo entender. — Y sí ha descuidado uno ¿Quién dice que no ha descuidado el otro? — digo intentando seguir el hilo de pensamiento. El Jefe sonríe. — Exactamente. Ahora debemos ver si efectivamente el buen Juan Carlos ha perdido el filo en su colmillo para saber si ese es el ángulo que podemos tomar. Si tenemos el indicado todas las piezas caerán en su lugar. Al final del día, todas las piedras, sin importar su tamaño, pueden ser movidas por una buena polea; sólo necesitas encontrar el ángulo correcto. Sólitas rodarán hacía el vacío. — Sí. Eso es cierto. — ¿Qué me dices de Saúl? — pregunta el Jefe con una sonrisa inquisitiva. — Es un hombre algo raro. No hable mucho con él y realmente no sé como tomarlo. Pero si no hubiera sido por mí no hubiera comprado el terreno. Comienzo a arrepentirme. Todo esto es mi culpa. El Jefe me mira a los ojos, los suyos brillan. — No te culpes, no sabías que esto pasaría… — Igual, duele. Me arrepiento de todo esto. Ni siquiera sé porqué continuo, realmente no quiero lastimar a Juan Carlos… Aún cuando se lo merece, y se lo merece mucho. — Mmm ¿Aún no estás muy convencido? — No. Para nada. El Jefe asiente. — Entonces supongo que debes aprender más, entender que la situación no es algo de ti o de mí. Va más allá de lo que crees. — Pero ¿Porqué yo, señor? — ¿Cómo? — ¿Porqué sí o sí debo ser yo? ¿No sería mejor en este punto simplemente buscar a otro? No he hecho más que retrasarlos. — ¿Bromeas? — el jefe se ríe — . Alfredo, en primer lugar no eres ni el primero ni el último que hemos enviado. Sólo has sido más eficiente. En poco tiempo te has infiltrado en ese hogar, te has vuelto parte de ellos. Incluso, Juan Carlos te ha llevado a donde nunca llevaría a nadie más. Te aseguro que podrías entrar mañana a su casa o a la empresa y nadie te diría nada. Por eso insistimos. Confiamos en ti. El Jefe me agarra de las manos. Sus manos están frías, tiemblan. — Ya llegó — nos dice el Señor Tanque. Nos quedamos unos segundos esperando, del edificio aparece una mujer pelirroja de pelo enmarañado sonriéndonos. En sus manos tiene un paquete de hojas, se nota que es pesado por su grosor; se los pone en las piernas al Jefe con mucho cuidado. — Te conozco, eres la señora de la caseta de cobro — le digo. Ella se ríe. — Señorita aunque te tome más tiempo. Me guiña el ojo. — Muchas gracias — le dice a la señorita, ella lanza un beso al aire y se va. El Jefe me ofrece las hojas — . Esto es un trabajo de investigación de múltiples años. Dices que no estás seguro, bien. Te mereces saber más, así estarás seguro de que este es el camino correcto. Sobre todo si vamos a ser socios está vez. — ¿Qué es esto? — le digo mientras acepto las hojas. — Información de contacto, de la gente que estuvo en el incendio. Informate, investiga. Una vez que sepas, sabrás que hacer. A cambio, busca el angulo. Tal vez Juan Carlos esté moviendo dinero, tal vez tenga oscuros secretos. Está en tus manos. ¿Tiene una oficina donde guarda todo, no? Podrías buscar sus libros contables. No lo sé. Tú eres el que ha logrado llegar tan lejos en puro instinto. Asiento. Miro las hojas, el paquete pesa casi un kilo. El Jefe hace una seña, La mujer pelirroja se pone detrás de él, comienza a llevárselo. — Y Alfredo, lee las notas. Hay pequeñas notas en algunas hojas. — Sí, lo haré. Muchas gracias. El Señor Tanque se queda detrás de mí, se me acerca. — Te vienes conmigo. Asiento, abrazo las hojas como si mi vida dependieran de ello. Comenzamos a caminar por el lado completamente contrario. Sé que no quieren que sepan a donde van, o cuando se van. Salimos por un segundo estacionamiento, este está menos iluminado. Parece ser el estacionamiento de los que trabajan en la zona. En este al menos hay algunos coches, reconozco el coche rojo que no hace tiempo me persiguió. Nos subimos y me quedo callado en lo que el Señor Tanque me conduce a mi casa, en completo silencio leyendo las hojas que me dieron. Distintos nombres desfilan ante mí. Me temo que no conozco a ninguno. Nos estacionamos frente a mi apartamento, miro las luces, siguen apagadas. Eso es buena señal. Saco mis llaves y abro el Bentley verde. — ¿Ese no es el coche de Juan Carlos? — me pregunta el Señor Tanque. — Sí. — ¿Qué hace aquí? Me meto en el Bentley y guardo las hojas de papel bajo el asiento del conductor. — Cuando se peleó con su hijo, su hijo se quedó con el coche. Está en mi apartamento ahora mismo. El Señor Tanque parece sorprendido. — ¿Así de familiar te has vuelto con ellos? Cierro el Bentley con seguro. — Sí. — Bien. Significa que no nos hiciste perder el tiempo todo un mes. — Esperemos que no me hayan ustedes hecho perder el tiempo a mí — le digo. El Señor Tanque se ríe. — Ya veremos. Me acerco al Señor Tanque, de mi bolsillo saco uno de los puros que el Señor Mendoza me dio. Se lo pongo en la mano. — Feliz año nuevo atrasado — le digo. El Señor Tanque mira el puro con sus manos. — ¿Sabes qué esto no te hará ganar puntos ni nada por el estilo, verdad? — Lo sé. Esto es por el apoyo que me has dado. En esta situación tan jodida. El Señor Tanque asiente. — ¿Es verdad no? ¿Ahora seremos socios de verdad? — Sí. El Señor Tanque se guarda el puro en uno de los bolsillos de su saco. — Lo guardaré para cuando todo esto termine. — Yo igual — le digo — . De todas maneras no fumo. El Señor Tanque sonríe. — Yo tampoco, pero un habano es un habano. ¿Sabes cuanto cuestan estos no? — No, no realmente. — Si son de los que Juan Carlos fuma, cada uno cuesta entre cincuenta y sesenta. — ¿Solamente? Son algo baratos. — Mil. Entre cincuenta y sesenta mil. — Ah, eso tiene más sentido. — Igual, muchas gracias… Socio. El Señor Tanque se regresa a su coche. Subo por las escaleras de mi departamento. — Nos vemos. — Descansa Alfredo, te esperan unas semanas difíciles. Sólo, averigua lo que puedas. Tú mismo te darás cuenta que nosotros no somos los malos. El Señor Tanque se sube al coche rojo y conduce por la calle sin mirar atrás. Carlos me espera sentado en el sofá. Tiene los ojos rojos del llanto. — ¿A dónde fuiste? — me pregunta preocupado. — Al parquecito que está a dos cuadras. Me senté en los columpios. Te gustará verlo. Carlos asiente. — Sí. Mañana iré. Tal vez. ¿Se te despejó la mente? — me dice y me muestra la nota que le dejé. — Como no te imaginas — le respondo con una sonrisa. — Bien… Entonces me iré a dormir, mañana debo trabajar. Será un día pesado — me dice Carlos. «¡Como no te imaginas!» pienso amargamente.
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