Noticias y no-verdades.

2365 Palabras
En la mañana me siento en el sofá de mi departamento mientras Carlos se prepara para un nuevo día de trabajo en Stellarüs. Tomo un poco de café mientras enciendo la televisión. Atrás de mí se escucha la regadera. — Volvemos con la cobertura especial en las tiendas Mendoza, que para aquellos que nos acaban de sintonizar ayer tuvo un asalto a mano armada el cual terminó con el dueño Juan Carlos Mendoza gravemente lastimado — dice un reportero en la televisión mientras camina por las tiendas Mendoza — . Por suerte distintos trabajadores frutaron este intento, aunque no sin dejar daños graves al inmueble. Las noticias comienzan a pasar video de ayer, se ve grabado desde un teléfono por su horrible calidad. La grabación es fuera de la multitud, la bolita de personas que rodea la tienda se ven en completo caos. Cuatro pares de manos salen de entre la multitud en medio de ellas un arma apunta al cielo. Dispara. — Lo que están viendo en pantalla es el momento exacto en el que los empleados de las tiendas Mendoza frustraron el asalto. Pueden ver como uno de ellos arriesga su vida para evitar que alguien salga lastimado, mientras que un grupo de trabajadores alrededor de ellos detienen al resto del grupo armado. La televisión a continuación muestra a Gutiérrez, está lastimado, con un collarín apretado acomodándole el cuello. Tiene la nariz rota, cubierta de múltiples capas de vendas; se encuentra frente a los vidrios rotos de la tienda dando una entrevista. Bajo su nombre un texto reza “Empleado Ejemplar”. — Estamos aquí con uno de los empleados que frustró el asalto — dice el reportero mientras Gutiérrez mira a la cámara con ojos llorosos — . Señor, cuéntenos por favor. ¿Cómo fue el evento? Gutiérrez se acomoda la venda de la nariz. — Sí, mire. Esos hombres llegaron, querían el dinero del banco. Así que se lo estábamos dando sin problema, pero entonces vi que comenzaron a atacar a mi jefe. Lo golpearon, querían incluso secuestrarlo. Aquí en empresas Mendoza queremos mucho a todos, somos una gran familia y entre familia nos protegemos. Así que metí mano junto con varios empleados. Entonces tomé el arma en mis manos y trate de quitársela. Fue cuando disparó al aire. La cámara mostró imágenes de Juan Carlos herido, no por el golpe de ningún asaltante pero en manos de su propio hijo. Cada moretón bien ganado. El reportaje continua, comienzan a mostrar los vidrios rotos. En pocos segundos se inventan una farsa de empleados amando a su jefe, accidentes de trabajo. Dejan fuera el hecho de que en sólo un día despidieron a múltiples empleados fueron despedidos masivamente, mientras la compañía cambia de forma, enfoques y sobre todo se le sacan los ojos a sus empleados en pos de sueños estúpidos de un rey loco. La regadera se detiene. Carlos sale en toalla. — ¿Qué clase de idioteces andan diciendo? — pregunta Carlos. — ¿Escuchaste? — le pregunto mientras bebo de mi Café. — Sí. Son puras mamadas. — Así son las noticias de este país — le digo con una sonrisa. — De todos los países. Desayunamos en silencio. Al terminar, Carlos se va. Le doy un abrazo antes de irse. Llora un poco, sigue herido de todo lo que está pasando entre su familia. Mientras más llora más lo abrazo. Será un proceso largo, y apenas está empezando. — Estoy aquí para lo que necesites — le digo. Se va un poco más animado. Me siento a revisar mi celular, esperando alguna llamada inesperadamente esperada como las de ayer. No recibo ninguna. Sólo llega un mensaje de Juan Carlos. «Alfredo. Ven a las tiendas. Ya.» Antes de que den las Diez de la mañana estoy parado frente a las tiendas Mendoza. El caos aún sigue, esta vez no por un grupo de personas enojadas frente al lugar, sino por gente que toma fotos y pasa corriendo por todo lados. La mitad son reporteros, la mitad son policías. Miran la escena del crimen haciendo preguntas de distintos tipos a la gente de seguridad. No hace falta ser un experto para saber que mienten. El sujeto al que le quite el arma ayer me ve pasar a su lado, me saluda con un movimiento de cabeza, luego intentando evitarme continua dando su declaración que absolutamente nadie parece creer. Un equipo de personas las cuales tienen en sus manos una placa de vidrio enorme apuran a un par de policías, casi tronando los dedos. — ¿Ya? Tenemos que poner este vidrio lo más pronto posible, jefe. — Ya casi — responde un oficial mientras toma notas Adentro de la tienda, los clientes parecen mirar con mórbida curiosidad toda la acción. Algunos observan en silencio, otros hablan entre ellos, sonriendo ante el espectáculo fuera de lo común. En medio de esto Juan Carlos da entrevistas, sentado en uno de los juegos de salas que se venden en la tienda. Tiene el ojo izquierdo tan hinchado que no puede abrirlo, el otro se mantiene abierto por muy poco. El resto de su cara es una mezcla de distintos parches moreteados por toda su cara hinchada. Aún así, se ve diez veces mejor que Gutiérrez. En una de sus manos hay un bastón con el que juega mientras sentado contesta todo lo que la prensa le pregunta. Juan Carlos parece harto de tanta gente, contesta casi mecánicamente. Para él no es un problema. Probablemente ha practicado tanto el guión que se ha vuelto su segunda naturaleza. No necesita verificar los datos, él es la fuente primaria de las mentiras. — Precisamente por eso redoblaremos la seguridad. No sólo por mí, la seguridad de todos los empleados es mi mayor prioridad — le dice Juan Carlos a una señorita rubia. Yo la conozco, es la del noticiero de la noche. El más importante. Juan Carlos se mantiene en control de su cara y sus emociones mientras dice cada palabra no como un hombre convaleciente sino uno fuerte en pleno uso de sus facultades físicas y mentales. Hasta para eso, tiene su imagen bien medida. — ¡Ah, Alfredo! ¡Qué gusto verte! — dice cuando me ve pararme a su lado — . Si me disculpan, necesito descansar. Ya llegó mi mano derecha. Alfredo ¿Serías tan amable de ayudarme a levantarme? Juan Carlos me hace una sonrisa amable, falsa y perfecta para causar lastima frente a las cámaras. Las personas del noticiero me miran con expectativas esperando mi respuesta. Les dedico una sonrisa amplia, bien ensayada. — Claro señor Mendoza. Para usted lo que sea — le digo. Me agacho para ayudarlo a levantarse, Juan Carlos recarga todo su peso sobre mí así que me veo forzado a prácticamente cargarlo con un abrazo como un bebé enorme, gordo e inútil. Ambos sonreímos mientras lo levanto. Un camarógrafo se pone junto a nosotros. Sentimos el destello de la cámara cegarnos un segundo. — Se nota que lo estiman sus empleados — dice la señorita de las noticias. — Como no tienes idea — presume Juan Carlos. Ambos ríen. Ayudo a Juan Carlos a caminar a su despacho, me usa a mí y al bastón para recargarse. Juan Carlos sigue cojeando todo el camino hasta que siente que la cámaras no pueden verlo; ahí comienza apretar el paso para salir de vista totalmente. — Maldita sea, te habías tardado. Esa gente me estaba matando lentamente — me dice entre susurros. — Disculpe por no saber que quería huir de la prensa. Aún no he aprendido a leer su mente, Señor. — Hoy no, Alfredo. Hoy no quiero oír ninguna pelea absurda, Alfredo — me dice aún fingiendo una sonrisa mientras pasábamos cerca de las cajas del Banco. Saluda desde lejos a las cajeras con la mano del bastón mientras se recarga en mí. Nos sentamos en su oficina. Lejos de todas las cámaras. Juan Carlos tira el bastón en el escritorio, enojado. — Maldita sea mi suerte — dice Juan Carlos — . ¿Cómo diablos me metí en esta situación? Primero mis hijos me golpean, me abandonan y se roban mis coches. Luego mis ex-empleados arman un motín. Comienzan a romper la tienda, hacer destrozos y se ponen ha hacer pucheros. La prensa llega con la policía y tengo que dar entrevistas cada maldita hora desde ayer mientras esos policías piden que la gente no se acerque. La tienda está hecha un desastre. Ahora estoy nadando en en tres mil metros de caca, y ya me cansé de nadar. Joder. — Si no mal lo recuerdo, primero fue lo de los empleados, señor. Juan Carlos me mira enojado. — ¿Te estás burlando de mí? — Sinceramente, no. No señor. — Bien, porqué sólo eso me faltaba. Juan Carlos se agarra la frente con dos dedos, como dándose un masaje, haciendo el símbolo universal de la desesperación. — ¿Qué piensa hacer, señor? — ¿Podrías parar de decirme “Señor”? Estoy cansado de no saber si me lo dices con doble sentido. Ya no sé si es una burla o no. No sé si confiar en ti, Alfredo. — Perdone, Se… Juan Carlos. ¿Porqué siente que no puede confiar en mí? — digo poniéndome a la defensiva. Me acomodo en la silla «¿Acaso sospecha de mí?» pienso. — Porqué no puedo confiar en nadie. La mayoría de la gente me está jodiendo o me odia a mis espaldas. ¿Qué les he hecho yo para que me traten así? — Bueno, siendo francos. Los empleados sienten que usted y la empresa los trató mal. Por los despedidos, y años de trabajo aquí. — Absurdo, no he hecho más que darles más de lo que merecen. Los que se fueron no eran tan necesarios. — Muchos sienten que no ha hecho más que humillarlos señor. — ¿Quién? ¿Dime uno, por ejemplo? — A mí me humilló con un contrato de Cinco años como chofer — le digo. — Sí, pero tú me humillaste primero. Públicamente. Manchaste mi nombre y el de la empresa. Básicamente te pedorreaste en mi dirección general ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Aceptarlo como si fueran rosas? — No, pero ¿Chofer, señor? Estaba en administración. — Ya te expliqué porqué te elegí de chofer. Era una lección para ti y para mi hijo. ¿Funcionó, no es así? Tu aprendiste a no tratarme como si fuéramos iguales, y él está mejorando. — Pues sí, pero el método… — Si funciona, el método es lo de menos. Alfredo. Me quedo callado. Tampoco quiero pelear. — A ver, dime señor “Lo sé todo” ¿Porqué entonces mis hijos me tratan así? ¿Eh? ¡Me golpeó, mi propio hijo me golpeó! Juan Carlos se toca la cara, sobando con cuidado las partes magulladas. Parece que le duele demasiado, no tanto el golpe, sino la acción en general. — ¿Cómo excusas o justificas eso? — Juan Carlos se tapa la boca, sin saberlo imitando los manierismos de su hijo — . Mi propio hijo. A Juan Carlos le brillan los ojos con pequeñas lagrimas. — Tiene razón. No puedo justificarlo, estuvo mal. Carlos se excedió. — Primero mi hijo me golpea, luego mi hija no quiere hablar conmigo… Yo… No sé que hacer. Estoy llegando a mi limite. Juan Carlos se recuesta en su silla, comienza a abrir sus manos y cerrarla rápidamente. La silla truena por el peso de Juan Carlos. — ¿Porqué no habla con ellos? Con los dos. Hay mucho que tienen que discutir. — Alfredo, ni siquiera sé donde están. No sé si tienen que comer, no sé si están a salvo. No me responden las llamadas. — Yo sí sé. A Juan Carlos le brillan los ojos, con un rayo de esperanza. — ¡¿Y me dirás?! — No. — ¡Que falta de respeto la tuya! — dice Juan Carlos. — Al contrario, es por respeto a ellos. Ellos no quieren que sepa donde están. Pero puedo decirle que los tres están a salvo. Tienen que comer, donde quedarse. Son felices por todo menos por la pelea. — ¿Los tres? ¿Cuales tres? Ah… Ya. No, no me importa el bastardo. — A sus otros hijos sí. Le recomendaría que aprenda a aceptarlo si quiere volver a verlos. Es con él o nada. Así se lo dejaron en claro ese día, ya debería entenderlo. — Maldita sea ¿Esas son las condiciones no es así? — Sí. — Ni hablar. Al menos están bien. Juan Carlos lo piensa un poco. — Al diablo entonces, ¿Puedes arreglar una reunión entre todos? Diles que quiero hablar con ellos. — Claro, les diré. Pero… Por favor, deles un poco de tiempo. Probablemente no quieran al principio. Carlos aún sigue enojado. Deje que se enfríe. Al final del día es como usted. Juan Carlos me mira, sé que está pensando un insulto. Se lo guarda. — Está bien. Cuando estén listos me hablas. ¿Te parece? — Perfecto señor Mendoza. Juan Carlos se para. — Sí, bueno. Ahora ¿Me ayudas a regresar allá a la tienda? Este teatro seguirá todo el maldito día. Y debo volver a interpretar mi papel. Juan Carlos toma su bastón. Asiento, lo llevo a su lugar. El resto de la tarde se la pasa haciendo entrevistas. Por la tarde llego a mi departamento, Carlos está mirando la tele. Me llega un mensaje por teléfono «” Alfredo, tomate unos días de descanso, en lo que logras convencerlos.”» Respiro tranquilamente. Justo lo que necesitaba, mañana empezaré mi investigación. La última noticia del día muestra la foto de mí y Juan Carlos en las tiendas Mendoza mientras lo cargo como un bebé. Ambos sonreímos para el otro con cariño. La fotografía es demasiado perfecta, incluso pareciera a propósito. Es excelente publicidad para Juan Carlos. Con letras grandes el noticiero declara: ”Juan Carlos Mendoza: El empresario más querido por sus empleados del país” «Si tan sólo supieran — pienso — Si tan sólo supieran».
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