Los que dejamos atrás, Parte uno.

1886 Palabras
Aprovecho mi primer día de vacaciones. Carlos y yo desayunamos en un restaurante antes de llevarlo a Stellarüs, parece que hoy está un poco más tranquilo. Al principio, juega un poco con la comida cuando se la presentan. Después mientras pasamos una mañana tranquila comienza a tomar ánimos. Mientras terminaba con su plato de huevos con jamón se me queda viendo. — ¿Ayer qué te dijo mi papá, Alfred? — me pregunta. — ¿Qué me dijo de qué? — ¿Fuiste a verlo, no es así? — Ah. Sí. Me dio un descanso. Y quería que le dijera donde te estás quedando. — ¿Qué le dijiste? — Que sabía donde te quedabas, pero que no le iba a decir. Sólo le dije que estabas seguro. Que no pasabas hambre. — ¿Qué te respondió a eso? — pregunta Carlos con los ojos como platos Tomo un pedazo de concha y lo mastico. — Ya sabes como es tu papá. Primero intentó hacerse el digno. Pero si te soy completamente sincero, se nota que se sentía aliviado. Él te quiere, claro. Pero con su orgullo le es imposible decirlo. Carlos asiente, continua comiendo. Una lagrima le sale del ojo. — Ojalá se le cayera ese orgullo. Aunque sea un ratito. Le agarro la mano a Carlos. — No te preocupes, lo hará. Eventualmente. — Lo dudo, Alfred. Está ganando en todo. Mientras siga así no hay manera de que se entere del mal que está haciendo. — No en todo. No los tiene a ustedes. — Para él no parece ser la gran perdida. — O más bien, no se ha dado cuenta. Carlos sonríe. — Gracias, Alfred. Terminamos con nuestro desayuno. Carlos entra a trabajar dejándome sólo en el Bentley verde de Juan Carlos. Veo mi reloj, tengo ocho horas para volver sin que se de cuenta de que salí de la ciudad. Tomo los documentos que tengo guardados en una pequeña bolsa bajo el asiento del conductor y comienzo a buscar el primer nombre en la lista: «”Blas García, Antiguo Jefe de Recepción” 1992» Vive algo lejos, parece ser que ahora reside cerca del valle a unos minutos de la ciudad. Ni hablar, debo saber lo que le pasó a cada una de esta gente. El Jefe me dejó esa tarea a mí, nada más a mí. Debo llegar al fondo de esto. Saber si verdaderamente Juan Carlos merece su fin. Una parte de mí, dice que sí… La otra aún se mantiene neutral. Tomo la carretera estatal, la misma que va a la capital. Sólo que a medio camino giro a la derecha, el camino ahí desciende a un valle cubierto de pequeñas flores perenne color moradas, estas dotan a todas las colinas de su color. Es un espectáculo hermoso. En el centro del valle se ve una iglesia blanca con una reja roja que se alza por encima de todas las casas a su alrededor. La iglesia es grande, se nota que tomó muchísimo dinero el poder construirla, en contraste las casas a su alrededor son producto de la escasez, la pobreza. Aquí sólo hay gente olvidada por la sociedad que jamás fueron aceptadas por la ciudad. Todos aquí viven de la ganadería, y pequeñas granjas, la mayoría ubicadas más allá del bosque conífero que tienen al nordeste. El Señor Blas vive más allá de ese bosque. El auto pasa de largo al pueblo entre las montañas, muy a mi pesar, pues el pueblo entero huele a pan dulce recién hecho y flores. Los altos árboles comienzan a rodearme, cada uno medirá poco más de quince minutos haciéndome sentir increíblemente pequeño. El camino se divide en uno más pequeño y otro que continua hasta llevarme a otra ciudad, sé que el señor Blas vive en el conjunto de casas por el camino pequeño, lo tomo y poco a poco comienzo a ver pequeñas chozas hechas con la madera de los pinos que me rodean. Llego a una choza en la que un hombre maduro alimenta a unos puerquitos que tiene en un corral junto a su casa. — ¡Buenas! — le saludo. El hombre me voltea a ver, solo un segundo. Después me ignora, al parecer no valgo suficientemente la pena como para que me voltee a ver. Uno de sus puerquitos rezonga cuando el hombre le mete la mano en la boca, sin embargo no lo muerde. — ¿Es usted el señor Blas? — Heh — responde el señor sin voltearme a ver. — ¿Ehhh podría responderme unas preguntas? — Hheh — vuelve a decir. — ¿Eso es un sí o un no? — Heh — repite. — Bueno sigo sin entender. — Que sé — dice el señor Blas con un acento grueso que no logro ubicar. Por un segundo me sobresalto, luego intentando apurarme meto mano en el coche para sacar una libreta con notas. Escucho un «click» detrás mío. — Ne te mueves, se te mueves te mete. ¿Eiste? — “Sé” — digo imitando su acento. — ¿Qué ves e’egerrer ehí? — Mi libreta — respondo. — Velteate. Le hago caso, comienzo a voltearme lentamente. El hombre me apunta con un rifle grande que no llegué a ver mientras veía su casa. — ¿Pere qué es le lebrete? — Anotar, señor. Es donde guardo mis notas, respuestas de las preguntas que hago. — ¿Pregentes? ¿Pregentes de qué? — Bueno… Yo… — ¡Respende! Comienzo a titubear. — Só...sólo vengo a preguntar sobre el incendio del noventa y dos — respondo. El anciano escupe. — ¿Y para qué quieres saber eso? — me pregunta. — ¿Podía hablar normal todo este tiempo? — ¿De qué hablas? — Bueno, creí que hablaba con un acento. — Es el tabaco masticado. ¿Algún problema? — No, no. El hombre baja el rifle. — ¿Qué quieres saber? — De los eventos, que recuerda. El hombre se sienta. — ¿Gusta una limonada? Asiento. Nos dirigimos a la cabañita, una gallina sale por la puerta cuando la abren. El señor Blas la ignora, por lo tanto yo también. Su sala es pequeña, rustica y llena de muebles tan viejos como él. — Pasa y toma asiento. — Muchísimas gracias señor. Blas saca una jarra de limonada de su refrigerador, parece ser que la tenía lista desde antes. Me da un vaso. Está helada, pero carece de azúcar; aún así el sabor ácido me refresca un poco. — Heh — dice el Señor Blas — .“Señor” me hace escuchar respetable. — Mil disculpas… Blas. Blas se sienta y comienza a preparar una pipa: Aplasta el tabaco, le prende fuego, deja que se apague en una cama de cenizas; luego la vuelve a prender, todo esto sin mirar a la pipa ni una vez. — No me digas, ¿trabajas para Juan Carlos? — ¿Porqué lo dice? — Ese reflejo de “señorear” pasaba mucho en el hotel. Dime, ¿Que hacías para Juan Carlos? Blas comienza a tirar círculos de humo, uno tras otro saboreando y disfrutando cada segundo. Me mira fijamente. Sé que no puedo ocultarme de él, es como si tuviera algo en su persona que me obligara a decir la verdad. — Era el gerente de Banco Tláloc, señor. — Mmmh ¿El que está dentro de la tienda, no? — Sí. Esa misma. — ¿Y que pasó? — Renuncié, pero tuve que volver. — ¿Porqué? — Mi casa se quemó. Lo perdí todo. — ¿Y Juan Carlos te dejó volver? Eso es raro en él. — Con la condición de ser su chofer. — Ah, sí. Eso es más como él. Entonces te entiendo. ¿Estás buscando destruirlo? — No necesariamente, sólo quiero información. — Se honesto contigo mismo si no puedes ser honesto conmigo. Déjame darte un consejo: Rindete. — ¿Qué me rinda? — Sí. Yo lo intenté. ¿Sabes cómo terminó? — ¿Cómo? — Mira dónde vive él y mira donde vivo yo — dice Blas, sus ojos parecen saltar de colera. — Oh. Blas se levanta comienza a pasar por su pequeña cabañita. — Le di años a su empresa, muchísimos de mi vida. Peor aún, perdí demasiados en una demanda que llegó a nada. Perdí todo. — ¿Porqué era la demanda? — le pregunto. — Era compensaciones, solamente compensaciones. Una vez que el hotel ardió nos despidió a todos de la compañía, y no volvió a querer escuchar de nosotros. Entiendo que no quisiera hablarnos, eso no me importa pero el hecho es que no nos dio carta de recomendación ni podíamos demostrar los años trabajados para él, algunos tuvieron que empezar de cero, yo me quedé sin trabajo — dice Blas con una cara asqueada como de quien come algo muy amargo — . Solo compensaciones. Solo eso. La voz de Blas comienza a temblar, lo veo posarse en su ventana mirando afuera. Un gallo hace su llamada, el viento pasa refrescando la habitación. — ¿Se encuentra bien? — le pregunto a Blas. Blas voltea a verme. Está llorando, con una sonrisa triste. — Juan Carlos me hizo una contra-demanda, por difamación. No sólo eso, empujó por varios meses que yo había sido el culpable, el responsable del incendio, aprovechando la situación justo cuando ya no tenía dinero para pagar un abogado. Lo peor es que lo lograron — Blas comienza a gritar mientras sus manos señalan al aire — . ¡Pase once años en prisión! ¡Once años de mi vida! ¿Sabes cuanto es eso? ¿Realmente como se sienten once años de estar encerrado bajo cuatro paredes blancas por un crimen que no cometiste? Blas se derrumba en su silla, comienza a llorar de manera grotesca, casi gritando su dolor; no hay manera de ayudarle. Aún así lo intento. — Señor Blas — digo mientras pongo una mano en su espalda. — ¡Ni siquiera estuve el día del incendio! — dice negando la cabeza y agarrándose el pelo con furia — . ¡Ni siquiera estuve ese día! ¡No estaba, no estaba! — Yo le creo. De verdad. Me quedo un rato con él, dejando que llore hasta que logre calmarse. — De hecho por eso estoy aquí señor, quiero ayudar a que se haga justicia — le digo. — No hagas promesas que no puedes cumplir — me dice con una sonrisa triste — . No ilusiones a un viejo. Te pido eso. — No señor, lo digo en serio. Juan Carlos eventualmente caerá bajo el peso de sus propias acciones. Todos lo hacemos. — Algunos caemos por el peso de las acciones de otros — dice el señor Blas tomando un poco de limonada — . Esperemos que a ti no te pase así. Pienso un poco. — Si le dijera que hay un grupo de personas que buscan… Hacer que Juan Carlos pague por lo que ha hecho… — Te diría que muchas gracias pero no estoy interesado. — ¿De verdad? — Estoy muy viejo para buscar venganza. — ¿Aún con todo lo que le hizo? — Alfredo, soy al que mejor trató — me dice con una sonrisa triste.
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