Los que dejamos atrás, Parte dos.

3526 Palabras
El Señor Blas me dice que tiene que seguir cuidando a sus cerditos, el trabajo de la granja nunca termina. Lo tomo como un “necesito estar solo, por favor”. Lo entiendo. Antes de salir de su hogar le veo los ojos, siguen húmedos de lagrimas. — Lamento revivir viejas heridas — le digo en la puerta. — Ah, no te preocupes. El pasado no puedo cambiarlo, pero, al menos más personas saben sobre lo que pasó. Sufrir en soledad no es bueno. Además, si lo de tu grupo es verdad… No sé, tal vez ahora haya justicia — me responde con una sonrisa triste, casi irónica; él sabe en carne propia que no hay tal cosa como la justicia. — Sí, yo también espero eso, señor… Eh, Blas. Amablemente me despide con una señal en la mano mientras conduzco fuera de su propiedad, dejándola lejos muy rápido hasta que desaparece de la vista. Me quedo sentado en el Bentley, estacionado junto al camino. El viento corre haciendo que los pinos alrededor crujan y se muevan en dirección a la montañas del valle. «¿Quién es la siguiente persona en la lista?» pienso. Miro mi reloj. Aún me quedan cuatro horas antes de que vuelva Carlos del trabajo. Tengo tiempo para ir a ver otro de los tantos afectados por Juan Carlos. Reviso las hojas, elijo nombres al azar. Uno llama mi atención. «”Elizabeth Rodríguez, Camarista” 1992» Me detengo, no parece un nombre especial sin embargo lo he escuchado antes, en algún lado. Dentro de los detalles rezan una instrucciones: «”Llama a su hijo. Pregúntale del incendio”». A un lado un número de teléfono, y una dirección. «El nombre, la dirección ¿Porqué se me hacen conocidas?» Conduzco un rato en dirección al valle, sé que debo volver a la ciudad por la dirección en los documentos. Comienzo a llamar al número mientras enciendo el auto. No me contestan; Por más que llamo el hijo parece estar indispuesto. A medio camino, al fin entra la llamada. — ¿Bueno? Samuel Quintero Rodríguez a su servicio — contesta la voz, suena de un hombre mayor, con un ligero acento del norte del estado. — Buenas tardes, disculpe ¿Usted es el hijo de Elizabeth Rodríguez? Hay una pausa. — Sí ¿Quién habla? — Soy Alfredo Gomís, estoy escribiendo un libro sobre el incendio del noventa y dos del Hotel Mendoza, donde su madre era camarista ¿Estaría dispuesto a contarme su historia o contactarme con su madre para hablar de su experiencia? Al otro lado de la linea reina el silencio, por un segundo pienso que me han colgado la llamada. Me tranquilizo un poco cuando escucho la respiración de Samuel. — Ese libro tuyo, ¿Es a favor o en contra de Mendoza? — Samuel se escucha algo tenso. Como con una mezcla de odio y profunda tristeza. — Bueno, de momento estoy recopilando las historias de los que estuvieron, presente. Pero para como va la cosa. Toda la información está en contra de Mendoza. — Me alegro. Mire, ahorita tengo tiempo libre ¿Está bien si nos vemos de una vez? — Sí. Ahorita mismo voy a Acres ciento-veintisiete. ¿Está bien ahí? — le pregunto. Otra pausa. — ¿Porqué específicamente ahí? — me responde luego de un rato. La verdad es que no sé, sólo voy a donde el papel me dice. Pienso en alguna mentira. — ¿Porqué no? Es tan buen lugar como otro. — Pues… Pues sí. Pero… Es algo poco común, encontrarse en un cementerio. Está bien, ahí te veré. De todas maneras ahí está mi madre — dice Samuel antes de colgar. «¿Cementerio?» pienso. Acres Ciento-veintisiete, por supuesto que conozco el lugar. ¿Cómo no lo haría? Es un cementerio que se alza en medio de los suburbios, rodeado de casas clase media sobresaliendo como un pulpo en un desierto. No lo había visitado desde… — Ay… Con un carajo — digo en voz alta. Pocos minutos después estoy frente al cementerio. «Acres. Que horrible lugar para poner condominios» Miro bien la zona, cerca de aquí hay un parque donde los niños juegan tranquilos. Los carro pasan lentamente intentando no generar ninguna clase de problemas. A dos calles hay una escuela primaria, y a cuatro una secundaria con modalidades de preparatoria. Fuera de los edificios departamentales cercanos al cementerio, la mayoría de las casas por aquí tienen una alberca compartida, por lo regular bien mantenida. Nadie hace ruido, no parece haber vecinos molestos. Diablos incluso parece el tipo de lugar en donde si un vecino fuera molesto los demás se unirían en causa común para sacarlo de patitas a la calle. «Pensándolo bien... ¡Que horrible arruinar tan bonito lugar con un cementerio!» Me quedo parado frente al cementerio esperando a que llegue Samuel, no sé como luce, si es alto, bajo, con barba o calvo. Pero sé que en cualquier momento llegará alguien buscando a una persona que tampoco conoce para hablar sobre una persona que la otra persona nunca conoció. Me hace sentir incomodo que estamos en el mismo cementerio en donde está mi madre. Pero me hace sentir peor el hecho de que su único hijo no ha venido a visitarla desde hace más de diez años. Tal vez más. Es muy difícil el olvidar o llegar a superar este tipo de cosas. Una parte de mí intenta buscar con la mirada la tumba, aún cuando hay un muro enorme que separa mi cuerpo y los restos de quien fuera ella... Lo peor es que mi mirada ubica casi de inmediato la zona en donde está su lápida, como una segunda naturaleza oculta pero nunca olvidada. Una señora pasa a mi lado con un racimo de flores, me tapo la nariz. Es de esas flores que se les deja a los muertos. Mi memoria olfativa está demasiado bien programada como para ignorar ese hecho, haciendo que entre en un estado nervioso. Decir que la muerte me incomoda es poco decir. Realmente lo que quiero decir cuando digo que la muerte me incomoda es tan poca cosa en comparación de la sensación física que me da en las entrañas cada vez que pienso en la mortalidad (propia o ajena), sólo comparable a la sensación que algunos le tienen a las arañas o a la infinidad del espacio. Un escalofrío recorre mi espalda mientras me trato de sacudir el pensamiento de la muerte frente a un cementerio. Lo sé, la manera en que mi vida se convirtió en una mala comedia a tan alta velocidad es realmente merecedora de un estudio de campo. Un hombre se baja de un coche azul marino, algo viejo pero todavía bastante funcional. De él baja un hombre de igual manera, algo viejo pero todavía bastante funcional, es más me atrevería a decir que con sus enormes brazos podría sin problema cargar el coche y a mí con ambas manos y no sudaría ni una gota. El hombre es de piel blanca, casi rosada, con algunas manchas de vitíligo en partes de los brazos que se notan gracias a su camisa polo desmangada de un verde limón casi chillón; es calvo y porta un bigote de morsa tan seco que su bigote bien podría estar hecho por las cerdas de un palo de escoba barato, demasiado barato. El hombre se acerca a mí, se acomoda sus lentes cuadrados de marco delgado. — Buenas ¿Eres Alfredo? — me pregunta mientras se encorva a mi tamaño, como si quisiera parecer menos alto de lo que es. — No — digo de manera automática, algo me da mala espina de él. Aún si parece un hombre amable — . Digo… Sí. Perdone, no estoy tan acostumbrado a hablar con gente que no conozco. — Fue usted el que me llamó ¿No? — Sí, pero incluso yo no estoy acostumbrado a ver gente, mil disculpas — doy un paso atrás, alejándome de él. — Bueno ¿Quiere hacer esto sí o no? «Realmente no» pienso. — Claro que sí — digo — . ¿Se siente cómodo aquí? — ¿Aquí en general o aquí fuera del cementerio? — pregunta Samuel. — Aquí en toda la extensión de la palabra — respondo mientras me acomodo la camisa, de repente siento algo de calor. — No, pues aquí no. Entremos — dice Samuel, sin darme la oportunidad de negarme. Camino tras él, casi hipnotizado. Al principio ni me doy cuenta, porqué intento no mirar. Intento no recordar, pero en este cementerio, por su edad y zona cotizada los cuerpos están demasiado juntos, casi uno encima de otro sin poder caminar uno sin pisar la tumba de alguien más mientras ibas por la de tu familia. Subimos por todo el cementerio intentando no mirar abajo para no sentirnos como profanadores de tumbas. Caminamos en silencio, en ningún momento accedí a subir hasta arriba, pero sé que esto es tan importante para él como lo es para mí. Ambos nos entendemos mutuamente. Llegamos a la parte de arriba de la colina del cementerio, me detengo. — Es un poco más arriba — me dice Samuel. Me quedo callado, no me salen las palabras. — No, aquí es — digo sin pensarlo. Como hipnotizado camino unas cuantas tumbas a la derecha, Samuel me mira extrañado. Me detengo frente a la tumba de mi madre. La tumba está hecha un chiquero, llena de hojas de árboles caídas y tierra. Me agacho, comienzo a recoger las hojas, una por una. Samuel se acerca. — Sofía González. ¿La conoces? — me pregunta. — Se podría decir que sí — le respondo. Samuel se agacha a mi lado, comienza a limpiar un poco. — Déjame voy por una escoba. Que irresponsable que nadie haya venido a limpiar. Samuel se levanta y se va, dejándome solo. Sin saberlo me ha mordido, con dientes tan afilados como mi indiferencia. ¿Qué clase de persona soy que no he podido en más de siete años tener la decencia de venir a visitar a mi propia madre? ¿Ha sido flojera? No ¿Miedo? Lo dudo. ¿Entonces qué hay dentro de mí que pueda causar tal reacción? Me siento apenado, con un pesar entre la coronilla de la cabeza y el corazón. ¿Acaso soy un cobarde? Un mal hijo, desamorado; De mal criar. Arrepentido en el día a día, Sin dormir en las noches por el “Te quiero” no dicho. Suspiro. Samuel vuelve con las escobas, un recogedor, varias bolsas de basura, un par de veladoras y un paquete de cervezas enlatada; sin decir nada se pone a barrer. Juntamos las hojas dejando al descubierto la forma cuadrada del espacio funerario donde el féretro fue bajado hace tantos años. Me detengo un momento para verlo, como si todavía me fuera imposible procesar que hay ahí abajo. Mis manos tiemblan. Siento la mano de Samuel tocarme por la espalda, intentando darme ánimos. — Vamos a prenderle una vela ¿está bien? — Sí — digo en voz baja, casi imperceptible. Con pasos cuidadosos, como si intentara no desperar a quien duerme en eterno sueño, Samuel se coloca cerca de la lapida, prende una vela pequeña en un vaso de vidrio. Hace la señal de la cruz en la tumba y se sienta a mi lado en la esquina de otra tumba que se alza justo en medio tamaño entre la tumba de mi madre y una más baja haciendo una especie de escalera. — Con permiso — le dice a la lapida detrás de nosotros. Nadie le responde. — Mil disculpas — le digo a Samuel. Samuel se acomoda un poco y abre una cerveza, le da un trago y me pasa otra. La sostengo en la mano sin beberla. — No te preocupes. Entiendo. Es difícil perder a alguien. ¿Ella es…? — Mi madre. Es mi madre. Samuel arquea las cejas. — Que mórbida coincidencia — responde. — A veces siento que mi vida es una sitcom sin chistes — le respondo. Jalo la perilla intentando abrir la cerveza. Se escucha un sonido metálico. Veo mis manos, la cerveza aún está cerrada, y el trozo de metal usado para abrirla ahora yace en mi otra mano. Samuel se ríe. — Ahora veo — le da un trago — . La de mi mamá es esa que está allá arriba. Samuel me señala una tumba con pintura rosada con un adorno de mármol en forma de unas manos que sostienen un libro con el nombre de “Elizabeth Rodríguez”, abajo está escrito la fecha de nacimiento y fecha de defunción con un mensaje final en letras doradas “Amada esposa, madre e hija. Ida, pero no olvidada”. — Ya la había visto antes. Cuando enterraron a mi mamá. Esa fue la última vez que vine. Samuel voltea a ver a la tumba de mi madre, probablemente buscando la fecha. — ¡Oh, vaya! — dice sorprendido — . ¿Tanto tiempo? — Sí. — Bueno, yo también la había visto. Siempre me preguntaba el porqué estaba abandonada y sucia. — Yo también me pregunto eso — respondo. Samuel vuelve a tomar, mira al resto de las tumbas. El silencio domina nuestro mundo, aquí no hay pájaros, carros o personas. Sólo silencio apenas interrumpido por una brisa pasajera que hace sacudir a los árboles. — Es curioso como un nombre en una lápida no significa nada hasta que conoces a la persona. Después... Lo significa todo — me dice Samuel. Asiento. — Si no es mucha molestia ¿Puedo preguntar cómo murió? — Demencia con cuerpos de Lewy. Eso fue lo que se la llevó. — ¿Y eso cómo se manifiesta? — Imaginate demencia con síntomas de parkinson. Los pacientes viven máximo cuatro años luego del diagnostico. Ella no llegó a tres. El deterioro fue tan grave que su cuerpo se apagó, digamoslo así. Samuel me mira impactado. — Que horror. — Sí. Lo peor es que la vi cambiar lentamente, empeorar. Volverse otra hasta que sólo quedó un cascarón vacío — digo mientras siento las lagrimas juntarse en mis ojos — . Hasta que no quedó nada. Un día simplemente la encontré en su sillita. Ya no se movía. Fue tan lento y al mismo tiempo tan repentino que siento que no… No puedo procesarlo, para nada. Es como si todo lo que tuviera que ver con la muerte me hiciera temer. Incluso cuando te vi me diste miedo. — ¿Miedo? — pregunta Samuel. — Sí. No entendía porqué. No eres aterrador. Sólo que el hecho de que los dos compartieramos esto… Me llenaba de un horror profundo. Lo siento por haber pensado mal de ti. — No te preocupes, no pasa nada. Samuel me intenta reconfortar poniendo su manos en mi espalda. — Perdona, esto era sobre tu madre. Te estoy quitando tiempo. — Te dije que tenía el día libre ¿No? Es verdad. ¿Qué quieres saber? — Cuentame de ella, ¿Qué hacía? ¿Sabes qué fue lo que pasó ese día? Samuel se queda mirando al horizonte un poco, intentando recordar. — Bueno, ella como bien sabes era camarista. No porqué quisiera serlo, realmente ella tenía los planes de ser una doctora. Ella era muy ambiciosa. Muchisimo — Samuel se ríe — . Bueno, nunca lo logró. Pero su nieta, mi hija sí está estudiando medicina. Incluso se llama como ella. Samuel saca su telefono con una foto de una mujer joven, se parece mucho a la mujer de las fotos en los documentos que me dio el Señor Jefe. — Vaya, es su viva imagen. — Sí — dice Samuel extremadamente orgulloso. — ¿Y que fue lo que pasó? — Nunca me dijeron, se cree que ella quedo atrapada en uno de los pasillos. El edificio se quemó, le cayó encima. Yo era un niño, le pregunté a los bomberos, al cobrador del seguro. A todos, nadie tenía una respuesta para mí. Es como si lo ocultaran. Como si supieran que pasó algo sucio. Siempre he creído que el Mendoza es responsable ¿Quien más? Era su hotel. Se sabe que ese insensato vendería el alma de sus empleados si fuera por él. — Bueno… — A todo esto ¿Porqué me citaste aquí? ¿De dónde salió el tema del incendio del noventa y dos? Me muerdo la lengua. — Estoy tratando de saber, estoy investigando a Mendoza. — Espero que encuentres toda su tierra. — Creo que lo estoy haciendo. Hace unos minutos hablé con Blas García. Al que le echaron la culpa del incendio. Lo tuvieron en la cárcel por varios años. Por nada. — Maldito sea Juan Carlos — dice Samuel. — Así es él. — ¿A cuantas personas como mi madre ha dejado sin descanso? — pregunta Samuel. — No lo sé. — Sólo quiero que se sepa la verdad. Que por fin se encuentre el culpable. Ya no quiero más mentiras. Ya no más mentiras. Samuel comienza a llorar. Lo pienso un poco, no quiero verlo triste. No a una persona que desinteresadamente me ayudó. La bondad se paga con bondad. — Te diré algo, te lo prometo. Te prometo por mi madre, que veré que el culpable de la muerte de la tuya pague por lo que ha hecho. Que las acciones que uno comete tienen consecuencias. Samuel me mira, limpiandose las lagrimas. — ¿Lo prometes? — Lo prometo — digo. En ese momento una brisa corre por el cementerio. Samuel mira alrededor, sonríe. — Mi madre decía que cuando el viento corre, es porqué el alma de un fallecido te sonríe. Me lo dijo cuando mi abuela murió. — ¿Crees que esa brisa sea ella? — pregunto. — Quiero creer que sí. Sonrío también. — Mi mamá decía algo similar… Pero del clima. Que el sol era la sonrisa de mi abuelo. — Todas las mamás tienen sus creencias raras ¿No? — dice Samuel. — Sí Samuel y yo comenzamos a reír. Pasamos el resto de la tarde hablando de anecdotas de nuestros familiares, madres, abuelas, tíos, primos. A veces reímos, a veces nos agarra una profunda tristeza. A eso de las seis de la tarde Samuel se levanta. — De momento debo irme, mi hija sale a esta hora de la universidad. Espero que tengas suerte, Alfredo. Si puedo ayudarte en algo tú dime ¿Está bien? Tú tienes mi telefono y yo el tuyo. — Gracias — le digo —. Cualquier cosa lo haré. Samuel sonríe. Subimos a la tumba de su madre donde se persigna. — Por fin podrás descansar en paz — dice Samuel mientras comienza a llorar. Lo abrazo, lloro con él. Después de un rato conduzco en silencio a mi casa. Es demasiado para procesar en un día. Todas las personas con las que he hablado, hablan pestes de Juan Carlos. Sé que es una pesima persona pero… ¿Tanto como para que haya dejado que esa gente inocente muriera? No lo sé. Pero espero con todo mi corazón que no sea cierto. No quiero imaginar que pasaría si Carlos se llega a enterar. Preferiría que se quedaran así, alejados. De esa manera si Juan Carlos es realmente culpable, cuando todo pase, cuando a Juan Carlos le den su merecido Carlos esté tan lejos como le sea posible de su padre. Ya no quiero verlo llorar. Me quedo parado frente a la puerta de mi departamento. Tomo respiraciones largas, intensas. No quiero que Carlos me vea llorar. Abro la puerta fingiendo una sonrisa. Carlos me mira, viene del baño; se acaba de bañar. Rompo en llanto. Carlos corre a abrazarme, no me pregunta nada. Sabe que sólo quiero llorar sin responder nada. Me conoce demasiado bien. Cuando me tranquilizo le digo lo que pasó, sin contarle la razón por la que vi a Samuel. Sólo le cuento el hecho de que estuve en el cementerio, y le cuento todo lo que quería decir sin poder nunca decir. Carlos me deja hablar cuatro horas de todos los recuerdos que puedo de mi madre, él habla de la suya. Ambos lloramos. Me duele admitirlo al principio, el abandono. La sensación de que le había fallado sin poder nunca despedirme, sin poder nunca decirle lo que no fue dicho. Me duele sobre todo no poder decirle que la amo, con todas mis ganas. Carlos y yo seguimos hablando hasta muy entrada la noche, antes de dormirme Carlos me da un beso en la frente. Me doy cuenta de que he despertado algo en él. — ¿Recuerdas eso de que mi papá quería verme? — me pregunta algo tímido. — Sí — respondo temiendo la respuesta. — Tal vez intente… Ya sabes, hablar con él. Arreglar las cosas — me dice Carlos. — ¿Qué no quede nada sin decir? — pregunto. Sus ojos llorosos me lo dicen todo. — Intentaré arreglar una reunión — le digo arrepintiéndome de cada una de mis palabras.
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