Intento de Reconciliación.

2170 Palabras
El domingo por la mañana a eso de las ocho en punto nos encontramos en un pequeño restaurante, es el favorito de Carlos y el mío, donde hemos venido a desayunar todos los días desde que se fue de casa. De eso hace una semana. Aquí será la reunión. Carlos estuvo la noche anterior hablando con Samantha por teléfono, han llegado a la conclusión de darle una oportunidad a su padre de redimirse. Negociar, si uno gusta. Esperamos tranquilamente, hoy Carlos no irá a trabajar y Samantha ha apartado todo el día para esta ocasión. Sabemos que será un día largo. Demasiado largo. A lado de Samantha, se sienta Juanita con Tlanesi en brazos. Samantha le da de comer un poco de Melón a Tlanesi en la boca mientras hace ruiditos de aviones. Entre ella y Juanita se ríen hablando de cosas que no alcanzo a oír por el ruido de la música del restaurante. Además, estoy muy ocupado tranquilizando a Carlos como para poder ponerle atención a todo lo que dicen. Lo tomo de la mano. — Ya, no pasa nada — le digo a Carlos mientras abre y cierra su mano derecha en tensión. La izquierda, la cual estoy agarrando, la aprieta con fuerza, casi lastima. Lo entiendo. Carlos me dedica una mirada preocupada. Hace una sonrisa falsa, con sus ojos aún tensos en una mueca de estrés. — ¿Qué es lo peor que puede pasar? — continúo — . Mira él quiere reconciliarse, ustedes quieren reconciliarse. Sólo va a faltar que ambos pongan su máximo esfuerzo. — Fácil para ti decirlo, no es tu padre. Lo suelto. — No es lo que quiero decir — me dice — . Perdona, no te enojes. — No es eso, mira. Ya llegó — le respondo señalando la entrada. Juan Carlos entra por la puerta principal quitándose sus lentes mientras mira al estacionamiento. Deja su pañuelo en la mesa junto con sus dos teléfonos. — ¿Al final quién de ustedes se llevó mi Bentley? — dice Juan Carlos mirando el Bentley verde en el estacionamiento. — Yo me lo llevé — dice Carlos. Juan Carlos mira a su hijo. — Mmm… Según recuerdo tú no tienes licencia para conducir — le responde. — Alfredo me lleva a donde necesito. — Ah, de modo que se lo llevó Alfredo — Juan Carlos me mira — . No lo rayes… Y llévalo a lavar por dios, está más empolvado que la casa de mi abuela. — Sí, señor. Hoy mismo — le digo. Carlos suspira. Juan Carlos se sienta. — ¿Un restaurante de comida tradicional? ¿No pudieron encontrar un lugar más corriente para vernos? — pregunta Juan Carlos. Carlos se levanta. Lo agarro del pantalón, para detenerlo. — Carlos, por favor — le digo. — Él comenzó — me responde rezongando — . Desde que llegó está regañando, quejándose y jodiendo sobre un millón de cosas. Que si esto, que si lo otro. Ya me tiene harto. Por esa actitud comenzó todo esto. — Aún así. Por favor, siéntate. Carlos se sienta. Juan Carlos mira a su hijo, se toca partes de la cara lastimada. Parece arrepentido, sus ojos le brillan. — No pensé que te fuera a molestar eso — le dice. — Así es, no pensaste. Nunca piensas nada. — Carlos — interviene Samantha. — ¿Qué? — dice Carlos — . ¿Porqué no decírselo de una vez? Si no le gusta que se vaya. De una vez. Se cancela todo. Anda, vete. — ¿De modo que si me voy se cancela todo? — dice Juan Carlos. — Sí — dice Carlos, con una voz retadora. Juan Carlos se queda. — Está bien, pero si me quedo pido que se queden ustedes dos. En tanto no me vaya, y no se vayan ustedes. Seguimos hablando. ¿Les parece? — Me parece bien — dice Samantha. — Bien, empecemos las negociaciones — dice Carlos con sarcasmo. Juan Carlos asienta. Samantha se acomoda en la silla esperando el primer argumento. Todos se quedan callados. El silencio dura un largo rato. — ¿Es necesario que Alfredo y Juanita estén en la mesa? — pregunta Juan Carlos interrumpiendo el silencio. — Sí — responden al unisono Samantha y Carlos. Juanita y yo nos miramos, incómodos. — Es mejor que me mueva — digo mientras comienzo a levantarme. — Tú te levantas de esta mesa y yo también — me dice Carlos, su cara se pone roja. Me siento. Juan Carlos me mira con un rostro ofendido. Carlos por debajo de la mesa me agarra de la mano, con fuerza. Sus ojos me lo dicen todo: «Ayúdame». Aprieto su mano, para que entienda: «Lo haré». — Lo mismo para ti — dice Samantha a Juanita. Juanita sonríe apenada. — Bien ¿Cuales son sus demandas? — dice Juan Carlos mientras mira a sus hijos, pone las manos sobre la mesa como buen negociante esperando propuestas. — Para empezar, Tlanesi se queda. También Juanita — dice Samantha imitando la pose de su papá. Carlos mira a ambos con la ceja fruncida. — ¿Otra vez con eso? — dice Juan Carlos enojado. — Empezando por eso. Si te es difícil aceptar a uno de tus hijos ¿Cómo esperas que nosotros te aceptemos? — dice Samantha con una sonrisa confiada. — Bien, pero se le cambia el nombre a uno más civilizado. — ¿Civilizado? — dice Juanita abrazando a Tlanesi. — No. Su nombre se queda, sin importar que — dice Samantha cuando ve la reacción de horror de Juanita — . ¿Siquiera sabes que significa su nombre? ¿Te importa siquiera? — Iluminame — dice Juan Carlos divertido. — Precisamente eso significa. Tlanesi, Aquel que trae la luz. Juan Carlos hace una expresión presumida, con aires de superioridad. Sin embargo, parece que ha sido desarmado de cualquier queja. Tal vez incluso hasta le gusta el nombre. Tal vez… — Bueno ¿Y qué más? ¿Le van a dar su propia mansión a Juanita? ¿Con qué dinero? — ¿Su propia mansión? No es mala idea. Realmente queríamos darle una habitación en la mansión Mendoza. Hay algunas desocupadas. — ¿Cómo cual? — dice Juan carlos. — La de nuestra madre — dice Samantha. Juanita mira a Samantha, sus ojos se llenan de lagrimas. — No, no es necesario — dice Juanita — . Puedo dormir en otro lado, como en… — ¿Estás loca? — dice Juan Carlos poniéndose rojo. — Alguna vez lo dijiste, esa habitación es de la familia. Sólo alguien de la familia la puede ocupar. Juanita y Tlanesi son de la familia. — Pero es la habitación de tu madre. — Sí, de nuestra madre y por eso podemos tomar esa decisión. Carlos y yo estamos de acuerdo con esto. Juan Carlos mira a su hijo. Carlos asiente mientras lo sigue mirando enojado. Juan Carlos se rasca la frente en ansiedad. — Como sea — dice Juan Carlos — . Allá que quede en su conciencia. — Ni nos pesa — dice Samantha. — Muchisimas gracias — dice Juanita llorando — . No es necesario. Tlanesi y yo podemos vivir en un departamento, hay algunos mucho muy baratos. No quiero problemas, Tlanesi y yo no queremos ser un problema. Samantha la agarra de la mano. — Juanita, tú ya eras parte de la familia antes de que Tlanesi existiera. Con él te volviste doblemente parte de la familia. Nunca, y escúchame, nunca serás un problema. Juanita sonríe entre lagrimas. — Muchas gracias, Sami. Samantha se levanta y le da un abrazo a Juanita. Tlanesi sigue masticando su melón, el jugo le corre por la boca mientras mira confundido el abrazo de las dos señoras que lo están aplastando. El bebé, se ríe. Juan Carlos mira aburrido a ambas. — ¿Alguna otra cosa más? — dice Juan Carlos. — Los coches que tomamos, nos los quedamos — responde Samantha. — ¿Qué? No. — Entonces nos vamos. — ¿Para qué los quieren? — Realmente para nada. Pero a ti te duele dar lo que es tuyo, incluso a nosotros. Pensé que si podías desprenderte de eso, y no rezongar como niño chiquito que le dicen que preste sus juguetes, significa que estás dispuesto a cambiar. — La última vez que revisé, te pagué la universidad de leyes para que seas abogada, no psicóloga — dice Juan Carlos mirando a su hija. — Padre, ser tus hijos nos califica como psicólogos, terapeutas y domadores de leones — dice Samantha con una sonrisa. Juan Carlos juega con sus dedos un momento. — Pero el Bentley me lo regresan — dice Juan Carlos mirando a Carlos. — Como sea — responde Carlos. — Si eso es todo, ¿Podemos irnos? Este lugar me desagrada — dice Juan Carlos. — Bueno — comienza Samantha — . Sería bueno unas vacaciones en… — Estoy cansado de esta mierda — dice Carlos. Juan Carlos parece sorprendido, Samantha mira extrañada a su hermano. — ¡Carlos! ¿Qué estás haciendo? — dice Samantha. — ¿Qué estás haciendo tú, Sam? Con un demonio, estás pidiendo pura idioteces — responde Carlos — . ¿Coches, vacaciones? ¿Porqué no empiezas disculpándote maldito desgraciado? ¿Eh? Por toda una vida de maltratos, insultos. Humillaciones frente a tus amigos para sentirte grandote. Lo de Tlanesi ni siquiera deberíamos pedírtelo, es tu hijo. Como hombre debiste responder tus malditas responsabilidades. Eso te la pasabas diciéndome toda mi pinche vida ¿No? Que fuera responsable, pero ¿Cuando fuiste responsable tú con nosotros? — Carlos — dice Samantha. — No, no. Sam, él nunca ha escuchado. Siempre nos tenemos que quedar callados. — No es cierto, Carlos — dice Samantha. — No para ti, tú eres su nenita. Le pides un avión y te lo da. Pero ¿Yo? A mí no me da ni lo mínimo. Tú le pides el mundo, yo sólo le pido que me respete. No lo hace. A ti te pagó una carrera de millones de dólares, a mí no me quiso dar un curso de cocina. Curso de cocina para cocinar. Yo quería hacer un pastel para ti, viejo desgraciado. — Cocinar es para viejas, hijo — dice Juan Carlos. — Sí, claro. Cocinar es para mujeres ¿no? Las mujeres se van a profesiones de mujeres y los hombres se van a profesiones de hombres… A menos que sea tu hija la que te lo pide, entonces, y sólo entonces te valen mierda los roles de genero que se inventaron tu generación de ancianos para chingar al resto. — No es necesario que alces la voz — dice Juan Carlos. — ¡AL CARAJO ! — grita Carlos —. Toda mi vida te hice caso. Toda mi vida. Pase toda mi vida teniéndote miedo. ¿Qué clase de padre le hace eso a sus hijos? Hacerlos vivir con miedo. Cada vez que me decías algo lo hacía ciegamente como si fuera un impulso tatuado en mi mente, desde moverme de un lado a otro en la calle o quedarme callado. Todas tus ordenes se me quedaron tan atrapadas en la cabeza que cuando dices algo, lo que sea mi mente grita “¡HAZLE CASO!” hasta volverme loco. Como si fueras un virus, una grabadora que me grita constantemente. Odio que ahora mismo una parte de mí está diciendo “baja la voz, él quiere que bajes la voz” hasta el punto de que me hace sentir sucio el seguir hablando. Y no tienes idea de lo mucho que me odio por eso. Carlos se detiene, está llorando. Samantha se tapa la boca escuchando a su hermano hablar. Juan Carlos se queda callado, con la mirada baja en dirección a la mesa. — Mira lo que hiciste, está llorando — dice Samantha. — No, no lo está — dice Carlos. Carlos mira a su padre. Juan Carlos agarra fuertemente al mantel de la mesa. Sus manos tiemblan. — ¿Eso es todo, hijo? — dice Juan Carlos su voz se rompe al decir hijo. Samantha mira a Carlos enojadisima. — ¿Estás contento ahora? — le pregunta. — Claro, ahora yo soy el malo. Años de maltrato y nadie dice nada. Pero yo exploto una vez, sólo una vez. Y yo soy el malo — dice Carlos tristemente. Toda la mesa se queda callada. — Bien, que así sea. Carlos se levanta y se va corriendo a la salida del restaurante. — ¡Carlos, espera! — le digo mientras él corre hacia la salida. Volteo a ver a la mesa esperando que alguno de los miembros de la familia vaya corriendo tras de él. Quien sea. Sé que no soy suficiente para convencerlo de quedarse. Todos se mantienen sentados. Juan Carlos parece estar aguantándose las lagrimas. Samantha comienza a consolarlo. Juanita se queda callada, mirando al suelo. Corro detrás de Carlos, afuera del restaurante. Ya no había nadie.
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