Ni una gota más.

2709 Palabras
Regreso al restaurante. — Se fue — les digo. Samantha parece incrédula. — Ni hablar — dice Juan Carlos. — Voy a ir a verlo al departamento, a lo mejor se fue ahí — le digo a Samantha. Ella asiente. — Lo siento mucho, señor — le digo a Juan Carlos. — Ah, no te preocupes. Todos lo intentamos. Me dirijo a la entrada, por un segundo antes de salir, veo la mesa. Samantha toma de la mano a su papá, Juanita consola al señor mientras él se queda mirando al vacío. «Casi parecen una familia unida» pienso con tristeza. Me subo al Bentley, y arranco en dirección al departamento. Todo el camino me la paso mirando por todos lados en caso de que encuentre a Carlos en algún lado. Donde sea. No lo encuentro. Me estaciono frente a nuestro departamento, sé que tiene llaves, espero verlo adentro de la casa. Corro por las escaleras rezando para verlo en el sofá o en la cama. Donde sea. Abro la puerta. — ¡¿Carlos?! — digo al entrar. Comienzo a buscar en cada habitación. El departamento está vacío. Saco mi teléfono, no tengo mensajes ni llamadas de él. No hay notas en ningún lado de la casa tampoco, probablemente ni siquiera llegó al departamento. Pero si así fue ¿En donde se encuentra? Me quedo en la sala, esperándolo. Constantemente le mando mensajes, ahora me toca a mí ser ignorado, como yo lo ignoré semanas antes durante los últimos días de diciembre. A media noche me entra un mensaje: «”Alfredo, ven por mí”» Carlos adjunta su locación. La reconozco, es el Infierno. Tomo el coche y acelero por las calles, casi teniendo un accidente múltiples veces. No importa, estoy preocupadisimo, esto es de vida o muerte. Literalmente, la última vez que estuvimos en ese lugar casi terminábamos muertos. Estaciono el Bentley afuera de el Infierno, el bar iluminado como siempre en luces rojas con llamas amarillas pintadas en las paredes parece más lleno que de costumbre. En la puerta una diablita me sonríe. — ¿Oye, no te conozco? — Sí, ¿Has visto a Carlos? La diablita parece acordarse, su sonrisa se cae. — ¿No van a hacer otro escándalo como la otra vez, verdad? Hoy el jefe no está para respaldarlos. Además ha estado muy enojado por… — Señorita, todo esto depende de una cosa ¿Carlos está bebiendo? — No precisamente. — Entonces no habrá problemas. — Está en la parte de arriba — me dice. Entro por la puerta principal. — Oye ¿Al rato me regalas una foto? Eres famoso aquí — escucho que me grita la diablita mientras subo por las escaleras. El segundo piso del Infierno ha cambiado bastante, parece ser que han cambiado las luces rojas del piso de arriba con un proyector que imprime en las paredes el constante movimiento de un mar tranquilo con luces azules que salen por encima de las barras. Las barras sin embargo aún tienen luces Rojas y amarillas iluminando a los que ahí beben dando la ilusión de que se están quemando. Muy apropiado. Busco entre los rostros de la gente ahí el de Carlos. El sujeto de la barra de inmediato me reconoce. — ¡Eh, nudista! ¿Qué se te perdió? — me pregunta — ¿Has visto a Carlos? — le respondo. El sujeto de la barra me señala a la esquina más lejana de las escaleras, ahí en una mesa grande se encuentra una figura encorvada abrazando algo que parece ser una botella verde de Whiskey. — Gracias. El sujeto de la barra me guiña el ojo. — Lo que sea por otro show como el de esa noche. Lo ignoro y camino hacia Carlos. Paso a un lado del asiento en donde aquella noche encontramos al hombre vestido de dorado. Ahora ese asiento se encuentra vacío, con un cartel enorme color rojo diciendo “Reservado”. Al fin entiendo, sí nos encontramos al diablo aquella noche. Camino de largo intentando ignorar ese hecho. Me acerco a la figura encorvada, esta se sobresalta al verme. — Alfredo — dice Carlos con ojos rojos de tantas lagrimas. Se confirman mis sospechas, si es una botella de Whiskey. — ¿Y esa botella, Carlos? Carlos intenta decir algo, sus labios tiemblan. Se queda callado. — ¿Has estado bebiendo, Carlos? Contesta, honestamente. — ¿Honestamente? — Sí. Carlos comienza a llorar, abraza a la botella como si fuera el pilar sobre el que se mantuviera de pie. Como si su vida dependiera de ello. Trato de quitarle la botella, Carlos se da cuenta y me la arrebata. Me mira con ojos de horror. — ¡NO! — grita. Me alejo de él unos pasos, tomo asiento en el asiento justo en frente de él. Sé que debo darle espacio para que pueda respirar. — Carlos… Esa botella está cerrada — le digo luego de un rato. Carlos baja la mirada, comienza a llorar. — ¿No tomaste o sí? Carlos niega con la cabeza. — No, no pude…. Pero no sabes lo mucho que quiero. — ¿Me estás diciendo que desde que te saliste desde el restaurante hasta ahorita sólo has estado aquí, sentado con una botella que no has abierto? — pregunto. Carlos asiente. — Mmm ¿Porqué no mejor me la das? — No puedo. — ¿Y los trabajadores no te han dicho nada de que estás aquí sin beber? Carlos niega con la cabeza. — Están esperando a que la abran, saben que cuando lo haga no podré detenerme. Volteo a ver al hombre en la barra, él y una diablita nos miran. Ambos nos dedican una sonrisa, colmilluda, retorcida. Las luces rojas y amarillas les dan un aura verdaderamente diabólica, el lugar le hace verdadero honor a su nombre. — Desgraciados, buitres — les digo. Ambos se ríen. Carlos parece temblar al escucharlos. — ¿Tú sientes que necesitas esa botella? — Como no te imaginas. — Explícame, por favor. Porqué no entiendo, y de verdad quiero entenderte. Quiero poder entenderte para ayudarte porqué me duele verte así. Así que por favor, dime ¿Qué sientes cuando bebes? Carlos se lame los labios, están secos. — Que puedo comerme el mundo. — ¿Comerte el mundo? — Sí. Siento que puedo hacer lo que quiera. Siento que puedo si quiero tomarlo todo para mí. Sin importar si era mío en primer lugar. Es esta sensación casi mágica de poder tomarlo todo, todo aquello que no me atrevo a tomar. — ¿Por ejemplo ese día que nos conocimos? Cuando me metiste mano. Carlos asiente parece querer llorar más. — Sí. Cuando estoy así es como si todo me valiera, como si nada importara. Me siento vivo. — ¿Y qué sientes cuando dejas de tomar, Carlos? — Me siento impotente, incapaz. Siento que no puedo respirar, que algo me jala. Es una necesidad… No tan diferente a respirar. — ¿Una necesidad? — Sí. Si no tomo entro en un estado de necesidad. Ansiedad podrías decirle. No lo sé. Es difícil de explicar. Pero no me deja dormir, no me deja concentrarme. A veces en la cama es como si el diablo me jalara las patas. En la barra se escuchan unas risas de los que nos espían. Los miro con todo el odio de mi corazón. Vuelvo a ver a Carlos y parece sentirse humillado al oír las risas. — ¿Tan así de literal? — le pregunto. Carlos se comienza a rascar la cabeza. Cuando vuelve a tocar la botella sus manitas se abren y cierran en el cuello de esta. Su ansiedad está apunto de explotar. — Mucho, mucho más. Peor de lo que puedas imaginar — me responde Carlos. — Pero has pasado semanas sin tomar una sola gota. Haz estado en mi casa todo este tiempo. Nunca te vi con esos síntomas. Carlos niega con la cabeza, hace una risita desesperada. — Todas las noches en tu departamento tomaba, en silencio, con la puerta cerrada. ¿Recuerdas la primera noche, cuando saliste a caminar? Ese día estuve tomando todo el día. Cuando llegaste me acababa de terminar una botella. Otros días también. Tengo un bote de agua de esos de dos litros, lo tengo guardado bajo tu cama. Cada vez que se vacía lo relleno y tiro las botellas en algún basurero en la calle, a veces fuera de los Moxxo; incluso he faltado al trabajo unos días, por lo mismo. Me voy a beber a la playa, donde sea. Así he estado todo el mes. Incluso el día en que me peleé con mi padre, ese día había tomado. No me he detenido nunca. Sin embargo… Aquí estoy. — Dios mío — digo en voz baja. Es demasiada información, tanta que me siento abrumado por un segundo. Después intento poner todos mis pensamientos en control, la prioridad ahora es Carlos. Al diablo con todo lo demás —. ¿Y porqué ahora te detuviste? ¿Qué cambió? — Ya no quiero depender de esto — dice Carlos con una sonrisa triste — . Me siento como una basura. Los vi a todos, intentando arreglar las cosas. Incluso a mi papá, ¿Viste lo que hizo Samantha? Sólo lo provocó, constantemente. Sabe donde golpearlo para que se enoje, y grite… Pero él se mantuvo. ¿Entiendes lo que digo? Se mantuvo. — Sí lo noté. — Esa es la cosa, él se mantuvo. Yo no podía. No puedo. Lo veo y quiero gritarle, gritarle que lo odio y que no quiero verlo nunca. Quiero lastimarlo. Quiero lastimarme a mi mismo — Carlos traga saliva, su cuerpo tiembla —. Al mismo tiempo quiero abrazarlo y que me diga que me ama. Sólo eso. Me siento atrapado en mi mismo, como si yo mismo no me dejara ser quien soy. Como si algo me atara. Y no sé que hacer. Carlos se echa a llorar. Me levanto de mi asiento, me siento justo a su lado. Carlos se aleja de mí. — No te preocupes, no quiero la botella. Te quiero a ti — le digo con voz calmada. Él me mira con ojitos de perrito herido. Me rompe el corazón. No hago muestras de acercarme más para evitar que se asuste, con estar en su mismo asiento es suficiente — . Primero que nada, te agradezco porqué me tuvieras la… Confianza de contarme todo esto, sé que debió ser muy difícil para ti. Pero me hubiera gustado que me lo hubieras contado antes. No, no. Tranquilo no es regaño, no es reproche. Tus razones tuviste, y sé que esto va más allá de tu control. Lo digo sencillamente porqué quiero que sepas esto: Esta enfermedad que tienes se llama alcoholismo. Todo el tiempo has peleado con ella, sufrido por ella ¿Y sabes qué? No tienes porqué hacerlo solo. Porqué no estás solo. ¿Me escuchas? No hay necesidad de sufrir en silencio. Tienes una hermana, un hermano pequeño ahora, un padre que si bien no lo demuestra te quiere mucho… También me tienes a mí. Siempre estaré aquí para ti ¿Escuchaste? Siempre. Hasta donde se me acabe la vida. Carlos asiente. — Gracias. Yo… Yo lo sé pero es que no quería preocuparles más… Tú ya hiciste miles de cosas por mí. Yo no. Soy un pésimo amigo, soy un pésimo hermano, soy un pésimo hijo. Todos me dan todo, yo no he dado nada. — Claro que sí. Más de lo que te imaginas. A todos. Además, esto no es un sistema de prestamos Carlos, aquí no es de quien da más o da menos. Aquí todos damos lo que podemos, pero no podemos ayudarte si no nos dejas hacerlo. ¿Lo entiendes? Carlos se suelta a llorar, cada vez más fuerte, casi grita sus lagrimas. — Ayúdame, Alfredo — dice Carlos entre lagrimas, tirándose a mi pecho. — Siempre — le respondo. Lo abrazo. Comienzo a llorar. — Pero Carlos, quiero que sepas que la vez pasada que estuvimos aquí, cometí un error. Y te pido perdón. Creí que sólo necesitabas de mí o no sé… No sé que pensé. Pero… Tú necesitas más. ¿Me dejarías que te lleve con un especialista? — No quiero… — Pero debes. ¿Si te duele un pulmón, vas con el señor de la tienda o vas con un doctor? — Con el doctor. Pero… — ¿Entonces porqué sería diferente con tu mente, Carlos? — le doy un beso en la frente —. Yo estoy aquí para ser tu apoyo, y lo estaré por siempre. Pero no soy un psicólogo. ¿Lo entiendes? Para curar lo que tú tienes se necesita más que sólo abrazos, Carlos. Mientras no tomemos esto en serio vamos a tener que seguir haciendo esto una y otra vez. Es un ciclo sin fin. ¿Quieres eso? ¿Que repitamos esto el próximo mes? Carlos abraza la botella, no con cariño, sino lastimándose. — No. No quiero eso. — Entonces ¿Iremos a buscar ayuda profesional sí o no? — Sí… Alfredo. — Bien. Vámonos de aquí — le digo. Carlos asiente. Nos dirigimos a la salida, las diablitas, la gente en la barra y algunos clientes nos abuchean, se ríen. Es como estar en el mismo purgatorio. Salimos del infierno, Carlos tiembla en mis brazos; en sus brazos tiembla la botella. — Debemos deshacernos de eso — le digo señalando la botella. — ¿Cómo? — pregunta Carlos. — Pues sí tu adicción ha de morir… Hay que darle un funeral digno ¿No es así? Carlos sonríe, aún triste. Poco después estamos frente a la playa, dos noches similares acaban similares. «Esta será la última, aquí se cierra el ciclo» me prometo a mi mismo. Carlos camina como hipnotizado al mar, se queda parado al borde. — Esta vez haremos las cosas bien, nada de ignorar el verdadero problema. — Sí — me dice Carlos. — Cuando estés listo. Nos quedamos viendo el océano infinito hasta el amanecer. Carlos sigue meditando, cuando el cielo se pone de color ligeramente rosado escucho a Carlos cantar una pequeña canción que no escucho bien por las olas, como si se cantara a si mismo. — ¿Qué cantas? — le pregunto. Carlos sonríe. — Era una canción que cantaba mi mamá antes, cuando yo era un niño. — ¿Cómo va? Carlos comienza a cantar: — Hermosa criatura... que el cielo me ha dado. Un niño precioso, que está muy hermoso. Y lo quiero yo... — ¿No es “Hermoso cariño”? Estoy seguro que la melodía la he escuchado. — Mi mamá le cambiaba la letra — dice Carlos sonriendo. — La versión de tu mamá es mejor. — Sí. Lo es — dice Carlos. — ¿Estás listo? — pregunto. Carlos avanza un paso. — Ni una gota más, Carlos — le digo, mientras pongo una mano sobre su hombro. Siento su cuerpo tensarse cuando escucha mis palabras. Carlos abre la botella. Se hinca en la arena, sentándose sobre sus piernas. — Ni una gota más — dice Carlos. Carlos derrama el alcohol, las olas se impregnan de su color, y luego desaparece en el agua; las manos de Carlos tiemblan. Sé que le duele. Le doy mi mano para que me de la botella. Duda un segundo. Me la acerca, por un segundo mientras ambos sostenemos la botella Carlos aprieta el cuello de esta, sin poder desprenderse de la botella. La jalo un poco. — Carlos… Él la deja a ir. Aún viéndola hipnotizado. Me llevo la botella dejando a Carlos en el mar. La deposito en el bote de basura más cercano que encuentro, justo en la entrada de la playa. Cuando la botella cae en el bote, la botella se rompe. «Muy poético» pienso mientras regreso donde está Carlos. Carlos sigue mirando a la playa. Le doy la mano. Nos quedamos ahí parados, tomados de la mano. Carlos continua cantando para si mismo, cuando termina la canción parece un poco más alegre. No demasiado, sólo ligeramente. — Vámonos — le digo —. Nos espera un arduo camino por delante.
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