Ayuda profesional.

1917 Palabras
Carlos y yo entramos por la puerta principal. El salón está vacío, con excepción de un par de personas. Un hombre calvo y anciano nos mira al entrar, aquí es el único lugar en el mundo donde uno no debe explicar a que viene. — Hay café en la mesa, y algo de pan. Por si gustan — nos dice. — Muchas gracias — le contesto. Carlos a mi lado parece temblar, sus ojos están saltones. Parece no encontrarse a si mismo dentro de su propio cuerpo. — Todo mejorará — le digo a Carlos. — Ojalá — me dice con una sonrisa tímida. Nos sentamos en las sillas fuera de la oficina de la psicóloga. En hora y media, habrá afuera una reunión de alcohólicos anónimos. Sabemos que la psicóloga estará para nosotros sólo una hora, luego debe atender a las demás personas que estarán en su reunión del jueves. Carlos está con una pierna marcando el ritmo de una canción imaginaria llamada ansiedad mientras toma con nerviosismo su café. Un poco del liquido caliente cae al suelo, Carlos entra en pánico. — Quedate aquí, voy por algo para limpiar — le digo. Carlos asiente nervioso. — Perdón. — No te preocupes. Le doy un pequeño abrazo, me levanto. Camino en dirección al hombre calvo, el cual está comiéndose una dona en su silla, en la sala de reuniones. Me agrada ese sujeto. Come la dona como si fuera la primera comida que ha comido en toda su vida, saboreando cada bocado como si le supiera a gloria. Probablemente lo haga. — ¿Están buenas? — le pregunto. — No, es tan rancias. Pero soy un fan de lo dulce — dice con una sonrisa — . Y esto es lo único que me ha podido calmar últimamente. Usted entiende. — Ojalá, si lo hiciera sabría que hacer — le digo. — ¿Su amigo es el que viene a consulta? — Sí. — Se nota… ¿Apenas se despegó de la bebida, supongo? Bueno… El anciano se ríe mientras mira a Carlos, no como quien se burla de alguien, sino más bien como quien recuerda una broma vieja entre amigos. — No lo tengo que suponer. Estuve ahí — El anciano me mira de pies a Cabeza — . ¿Hace cuanto que no bebe? — Lleva tres días — le digo. — ¡Dios mío! Supongo que se ha puesto como loco. — Ha estado gritando, llorando. Se reía de momento para volver a gritar. Ha tenido ataques de pánico. Se la ha pasado vomitando todo, a veces comienza a temblar como si tuviera frío aún si siempre está sudando como si hubiera corrido por kilómetros… Por lo que tiene que estar tomando mucha agua en todo momento. Él ha dormido máximo cuatro horas en estos días. Yo no he dormido nada. — ¿Acaso le quitaste el alcohol de un solo jalón? — Sí. ¿Así es como se hace? — Si fuera algo sencillo, todos lo harían, joven. No. No se quita de un jalón en casos más graves. La desintoxicación de alcohol es de hecho una emergencia medica y se debe de tratar como eso llamando a un hospital donde puedan atenderlo. ¿Sabes que pudo haber tenido convulsiones, o incluso alucinaciones? ¿Qué hubieras hecho entonces? Me quedo callado con la boca abierta. — No. No sabía eso. — Sí, esa es la idea romántica. El mundo real no funciona así… Igual, ya están aquí. Aquí les ayudaremos. Mira que tu amigo tiene suerte, viniste con él. Cuando yo vine aquí la primera vez estaba solo. No hay nada peor que sentir que estás solo haciendo todo lo posible por mejorar y a nadie le importe un carajo. — Me imagino. — Ahora, si te es posible… Trata de investigar más antes de tomar otra decisión así. Por ahora la libraron. Quien sabe como será la próxima. — Sí, lo haré. ¡Muchas gracias! Tomo el trapeador y me lo llevo. Ahora que me han dicho esto, no quiero dejar a Carlos solo en caso de que tenga un ataque. Carlos me sigue esperando, nervioso. — ¿Qué pasó? Te tardaste — dice Carlos. — Mil disculpas. Estuve hablando con el señor de allá. Parece ser que nos equivocamos. — ¿Porqué? — No se supone que el alcohol se quite así de golpe. Carlos se me queda viendo, comienza a reírse. — ¿Tanto sufrimiento por nada? — dice mientras comienza a temblar. — Perdón, parece ser que sí. Carlos sigue riendose como un maniaco. — Hasta para ser idiotas somos idiotas — dice Carlos — . Pues ya… Oye Alfredo. — ¿Dime? — Gracias. De verdad. Te quiero mucho. Le sonrío. — Y yo a ti. Carlos parece tranquilizarse el suficiente rato para que la psicologa salga. — ¡Buenas tardes! — dice mientras nos ve a ambos —. ¿Cual de ustedes es Carlos? Carlos alza la mano, timidamente. — Ah, entonces pasa Carlos. Es tu turno. — ¿Puede venir él conmigo? — pregunta mientras me jala del brazo, casi abrazandome como niño pequeño que tiene miedo ante la maestra nueva en su primer día del kinder. — ¿Es absolutamente necesario? — No — digo. Carlos me mira. — Carlos, si dependes de mí todo el tiempo ¿Qué pasa si te llego a faltar? ¿Qué será de ti? No puedes vivir siempre dependiendo que esté. — ¿No quieres estar conmigo? — pregunta asustado. — Sí, sí quiero. Hasta donde me alcance la vida. Pero debes aprender a ser autosuficiente. Sería cruel de mi parte sí sólo te mantengo así, en un constante circulo de dependencia. — Él tiene razón — dice la psícologa. Carlos suspira. — ¿Y sí me arrepiento a la mitad de la sesión? — dice Carlos. — En ese momento termina, sin problema — dice la psicóloga. — ¿No me va a declarar loco? — ¿Porqué haría eso? Carlos se encoje de hombros. La psciologa sonríe. — Muchas películas hacen que los psicólogos parezcamos cientificos locos que quieren experimentar con la mente de las personas, lo admito. Pero eso es lo que son, peliculas. No son reales. Carlos asiente. — ¿Pero porqué quiso usted ser psicóloga? Es escuchar a gente… Gente como yo. — ¿Qué tiene de malo las personas como tú? Carlos duda. — No respondió a mi pregunta. — ¿Necesitas saber eso? ¿Si te digo confiarías en mí? — Sí. — ¿Ves a esa zona que está ahí? — dice la psicóloga señalando a la habitación de a un lado, la sala principal del edificio. — Sí, es alcoholicos anonimos. — En efecto. Verás Carlos, yo tenía una mamá alcoholica. Esa enfermedad se la comía viva por dentro, por muchos años. Nos golpeaba, nos dejaba sin comer. Un día, tocó fondo. La trajimos aquí, una psicóloga la trató y ayudó a que mejorara. Poco a poco, paso a paso logró que dejará de golpearnos, que mejorara. Mejor aún, ayudó a que mi mamá fuera feliz. Así que desde niña quise ser como ella, para regresar un poco lo que se me dio. Como si la vida fuera un ciclo donde se da lo que se recibe, así que quise seguir el ciclo de ayuda. Darle a otros lo que se me dio a mí. Carlos lo piensa un poco. — Eso es muy noble — dice Carlos — . ¿Cómo sigue su madre? — Falleció hace muchos años. Cáncer. Carlos abre los ojos. — La mía también. Carlos me suelta, se acerca más a la psicóloga. Parece ser que ahora confía plenamente en ella. Me recuerda mucho el día en que Samuel y yo conectamos. Es curioso como las personas que han sufrido por ciertas cosas similares pueden entender de manera más profunda a otras. — Creo que iré con ella, Alfredo — me dice Carlos. — ¡Suerte! Aquí estaré. Carlos sonríe mientras entra a la oficina de la psicóloga. Una hora después sale, tiene los ojos rojos. Sé que lloró. Extrañamente sale con una sonrisa amplia, ya no se encorva tanto ni mira al piso. Es como si se le hubiera quitado un peso de encima. — ¿Cómo te fue? — le pregunto. — Bien. Me gustó mucho — dice conmovido — . Muchas gracias Alfredo. Me he perdido de mucho, debí empezar antes. — Nunca es muy tarde — dice la psicóloga con una sonrisa — . Por cierto, piensa eso que me dijiste Carlos. — ¡Lo haré, de verdad! — responde alegre. — ¿Qué fue? — pregunto al verlo de pronto tan lleno de vida. — Le dije que tal vez consideraría… Pues estudiar de nuevo, tal vez ser psicólogo. — Hay que continuar el ciclo de ayuda — dice ella con una sonrisa humilde. — Sería grandioso, yo te apoyo — le digo. Carlos me abraza. — Yo sé que sí. Carlos me da un beso en la mejilla. — Ahorita vengo, voy a quedarme para la reunión, sería una hora más ¿Está bien, Alfredo? — Por mí está bien. — ¡Gracias! Carlos corre alegremente, yendo directamente a la mesa con café y donas. El anciano se le acerca para hablarle de su gustos por las cosas dulces. — Muchas gracias, parece ser que funciona — le digo a la psicóloga. — No es nada. Pero, apesar de que Carlos esté así de alegre, recuerden que es sólo el primer día. Habrá días buenos y bajos. Esto es un proceso y toma su tiempo. — Igual, todo esto… Realmente me da esperanzas. Parece ser que desde que todo empeoró… Todo comenzó a mejorar. No sé si me doy a entender. ¿Sabe? La psicóloga asiente. — Hay personas que tienen que caer para poder levantarse — dice la psicóloga. — ¿Cómo dijo? — le pregunto. — Caer para levantarse. Sólo cuando uno llega a su limite nos es posible cambiar, pero para eso se requiere a veces. Perderlo todo. Al fin todo encaja en mi mente. Caí el día en que mi casa se quemó, mis valores se quemaron. Vi todo lo que creí esfumarse en un sólo día y desde entonces mi vida ha mejorado. Incluso Carlos comenzó a cambiar, dejar de ocultar lo que trae adentro, dejar ese demonio de la botella a un lado. Sonrío. «Eso es lo que necesitas, Juan Carlos. Caer. Caer hasta que no puedas más. Para que así puedas aprender a querer todo lo que te estás perdiendo» pienso. Es perfecto. — Muchas gracias — le digo a la psicóloga. — Para eso estamos — me dice con una sonrisa — . ¿Ahora porqué no nos acompaña a la presentación de su amigo? — Será un gusto. Me siento fuera del circulo mientras la psicóloga da inicio a su sesión con el grupo. El grupo le pide a Carlos que se levante y se presente. Él me mira, tímido. Yo le hago una señal con la mano para que se levante. Carlos se levanta, su cara y movimientos están tensos. — Hola, me llamo Carlos Antonio Mendoza… Y yo… Soy un alcohólico. El rostro de Carlos cambia de tensión a uno de paz, como si se le cayera un peso de encima. Nunca lo había visto así. «Sólo así aprenderás, Juan Carlos» pienso en tristeza mientras el grupo le aplaude a Carlos, yo aplaudo con ellos.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR