Me estaciono en tiendas Mendoza, comienzo a observar el movimiento de las personas entrar y salir. Hay personas que miran extrañadas el Bentley verde. Tal vez venir con el coche del señor Mendoza no fue una gran idea. Se supone que vengo encubierto.
No importa, debo actuar rápido.
Miro mi reloj, hoy es viernes 16 de enero, son cerca de las diez de la mañana.
Si recuerdo bien, Juan Carlos y Gutiérrita fueron hoy a jugar golf, no llegaran sino hasta las cinco de la tarde a las tiendas, hasta eso. Sólo vendrán a verificar que todo esté en orden antes de volver a perder el tiempo mientras le llaman trabajo.
Es el día perfecto para infiltrarme en la tienda.
«Sólo así aprenderás, Juan Carlos… Sólo así…» pienso.
Me acomodo la corbata, es la corbata verde de mi antiguo trabajo como gerente en el banco Tláloc, sé que algunas personas quedan que todavía me reconocen. Mejor así.
Tengo las cartas a mi favor, la gente sabe que fui gerente, y que ahora trabajo como asistente… Bueno, chofer de Mendoza. Traigo el Bentley del jefe, y mejor aún entraré sin hacer preguntas como si fuera dueño del lugar. Sé que nadie tendrá la valentía de preguntarme que hago. Todos están entrenados a tenerle miedo a los de arriba en esta compañía. Sé que yo les tenía miedo hasta hace muy poco.
Salgo del Bentley, con un maletín en mano.
Estoy vestido como cualquiera de alto mando: camisa, saco, corbata verde. Lentes oscuros, un maletín vacío, y unos audífonos enormes cubriendo mis oídos, los cuales ni están conectados a mi teléfono pero dan la impresión que sí.
Suficiente para impresionar a cualquiera que me vea mandando un simple mensaje: «Sí, sí soy importante, no. No me hables, no quiero escucharte».
Entro por la puerta principal.
La gente de seguridad ni siquiera me mira al rostro, no sólo saben quien soy. Desde el día en que al jefe de seguridad le quite el arma mientras me la apuntaba en la cara, parecen tenerme algo de miedo y respeto. Claro en ese momento no sabía que era el jefe de seguridad.
Camino los pasillos como si bailara al ritmo de alguna música, alguien intenta decirme algo, pero los audífonos le hacen entender que no quiero escucharles.
Se voltean y susurran detrás de mí, creyendo que no puedo escucharlos.
— ¿Qué no es ese…?
— ¡Shhh! Ahora es el asistente del jefe.
Mi atuendo funciona.
Me acerco a la puerta que nos lleva a las oficinas, justo detrás de las casetas donde las cajeras del banco me observan con terrible miedo. No entiendo como puede Juan Carlos caminar todos los días así, mientras las personas a tu alrededor tuyo te miran con el terror que solo un dios tirano impone. Probablemente, conociéndolo. Ni siquiera se da cuenta de eso. En su pequeño mundo, todo mundo lo adora y él nunca ha hecho nada malo. Sí, así es como lidia con todo.
Ya no más.
Las miradas de las cajeras me incomodan, toco el picaporte. Las volteo a ver con una sonrisa.
— Señoritas — digo tratando de imitar a Gutiérrez.
Las cajeras como si una abeja les picara, de golpe, alejan su mirada de mí. Ni siquiera miran a un lugar en especifico, algunas bajan la mirada, otras miran en frente. Todas con los ojos abiertos como platos, todas sabiendo que una mirada mal puesta en esta empresa significa despido. Todas con el recuerdo de hace unos días.
Abro la puerta.
El pasillo que lleva a las distintas oficinas y entradas secretas en los intestinos de la tienda se encuentra casi vacío, la falta de personal se nota. Una secretaria tiene a diez teléfonos sonando al mismo tiempo mientras pone a algunos en espera, y otros parecen explotar en gritos de “¡Contéstame ahora!”. Paso al lado de la secretaria, directo a la oficina de Juan Carlos. La secretaria me dedica una mirada, pero no me pregunta nada. Aún si quisiera su trabajo demanda el triple de atención de la que puede darle a quien sea.
«¡Ay, Juan Carlos! Si supieras que tu actitud está haciendo fácil el espionaje corporativo» pienso.
Entro a la oficina, le pongo el seguro de inmediato.
Me asomo por la ventanilla que está junto a la puerta, me deja ver perfección el pasillo de entrada; La secretaria sigue ocupada contestando diez teléfonos a la vez, cada vez está más desesperada.
Comienzo a buscar, debo encontrar toda la información posible, sé que nunca más tendré una oportunidad de volver aquí, no de esta manera al menos. Debo aprovechar cada segundo.
Debo encontrar algo sucio para que Juan Carlos pueda tener su recuperación.
Busco en el librero enorme que tiene a lado de su escritorio, tal vez haya guardado algo en él. Sólo encuentro libros sobre contaduría, leyes y una copia de la constitución empolvada. Nada más.
Prendo su computadora, comienzo a buscar metódicamente en cada archivo a la vista y escondido, desde imágenes comprometedoras hasta correos inapropiados.
Nada.
Me estoy desesperando, cada vez que toco algo comienzo a tener la paranoia de que tal vez lo dejé en el lugar equivocado.
Me alejo del escritorio, para ver la oficina a grandes rasgos. No parece tener ninguna caja fuerte, ningún compartimiento secreto. Todo está en su lugar con excepción del escritorio.
«¡Ah, el escritorio!» pienso.
Me agacho, no había notado los cajones dentro del mueble, todos tienen el mismo color a madera sin mostrar ningún tipo de rendija, pareciera que fuera una pieza solida de madera sin agujeros de ningún tipo. Sin embargo, me doy cuenta de que más que estar ocultos, simplemente el diseño es engañoso. Me siento como un estúpido.
Busco en los cajones, sólo encuentro carpetas, pañuelos y más carpetas. Todas llenas de formas correctas, contratos de trabajadores. Todo lo tiene en regla.
Comienzo a caer en cuenta: todo esto fue para nada.
He quedado humillado por mi mismo.
— Tanto esfuerzo para nada — susurro.
Me recuesto en el suelo, dándome por vencido. Jalandome los cabellos de coraje.
Mi cabeza queda dentro del espacio para las piernas del escritorio, alzo la mirada.
Ahí veo lo que me había perdido.
— Pero si ¡Hola!
En medio del escritorio, por encima de mi cabeza está una rendija pequeña, lo suficientemente grande como para cuatro dedos se deslicen dentro.
Me levanto un poco, comienzo a jalar el pequeño compartimento.
Se escucha un sonido de «¡Click!» y el compartimento cede, se abre hacia mi. En él se encuentra una pequeña libreta negra. Se ve vieja, está enmohecida y el cuero que cubre ambas portadas parece estarse cayendo a pedazos.
Me tapo la boca de sorpresa.
La libreta está llena de detalles, contactos y números del incendio del noventa y dos.
Me llama la atención sobre todo el número y dirección de un evaluador de daños anotado con letra apresurada y con tanta presión que en la primera letra el papel se rompió un poco por el peso de la pluma.
Saco mi teléfono y comienzo a sacarle fotos.
Una tras otra, cada pagina empapada de detalles que me dejaban queriendo saber más y más. Agradezco por un segundo el haber arriesgado todo para llegar a esta información. Tengo más para investigar.
Me muerdo el labio inferior.
¡Gané!
Me pongo a pensar a la gente que he conocido, todos aquellos que me han advertido sobre Juan Carlos. Todos y cada uno repetían lo mismo: El incendio del noventa y dos.
Cada vez me siento más cerca de la verdad.
Me hace preguntarme.
¿De verdad Juan Carlos tiene la culpa de eso?
Si es así, entonces muy a mi pesar, por todas las victimas que tuvo, por los vivos y los muertos: merece un castigo.
Me siento por un momento.
Una parte de mí espera estar equivocado.
El hecho es que ese sujeto es el padre de Carlos, cualquier cosa que le pase, buena o mala: Sí o sí afectará a Carlos.
«¿Puedo yo hacerle esto a Carlos? Justo ahora que está buscando mejorar ¿Cómo le caería la noticia que su padre ayudó a que una tragedia creciera hasta el punto de que gente murió por lo que en estos momentos rezo porqué haya sido negligencia?»
Me quedo en silencio pensando esto cuando una voz me saca del ciclo vicioso de mis pensamientos.
— Señor Juan Carlos ¡Que gusto verle! — dice una voz que no alcanzo a reconocer.
— Sí, sí. Con permiso — dice Juan Carlos.
Asomo la cabeza por debajo del escritorio, desde la ventanilla puedo ver a Juan Carlos entrando por el pasillo, su secretaria se levanta.
Juan Carlos y Gutiérrez caminan directo hacia mi con paso acelerado.
— Maldita sea — susurro para mis adentros.
No hay marcha atrás. Estoy en el punto de no retorno.