...Más bajo caen.

2110 Palabras
Juan Carlos se detiene en medio del pasillo, Gutiérrez como su insufrible perro faldero siguiéndolo se detiene. Juan Carlos mira a su secretaria. La pobre mujer sigue en los teléfonos, condenada al horror de ser la asistente personal verdadera de Juan Carlos Mendoza. — Ejem — tose Juan Carlos intentando llamar su atención. La secretaria toma otro teléfono. — Perdone por la tardanza ¿Quería que lo conecte con el departamento de ventas? ¿Qué? ¡Oh, mil disculpas! ¿Usted era el que llamaba para el inventario? Sí, claro. Déjeme le contacto con Guillermo Dumont… Sí, se escribe como el del francés famoso. No, no creo que sean familia. Sí, mil disculpas por esperar. ¡Muchas gracias! — Señorita — dice Juan Carlos con cara de quien quiere despedir sin ningún motivo al primero que se le atraviese — . ¿Está muy ocupada? La secretaria le sonríe. Su sonrisa dice “Para usted nunca”, Sus ojos dicen “Tragame tierra y no dejes ni mis zapatos”. — Claro que no señor, ¿Qué se le ofrece? — le responde la secretaria. — Le estuve llamando y no me contesta ¿Se da cuenta de la gravedad del asunto? — Señor, mil disculpas yo… — Yo nada, señorita. “Yo” nada. Dese cuenta de que yo, tuve que venir aquí en mi único día libre porque la señorita decidió no contestarme. — Perdone señor, no volverá a pasar. Es que… — Más le vale, a la siguiente no habrá peros, ni “Es que”. Sólo su carta de renuncia en mi escritorio. No doy terceras oportunidades ¿Entendido? — Entendido señor. — Ahora dígame ¿Sabe si dejé mi agenda aquí? No recuerdo si se la dejé a usted o la dejé en mi oficina. La secretaria comienza a buscar en su escritorio. — No señor, aquí no está — responde la secretaria. — Ni hablar, voy a buscar en mi oficina — dice Juan Carlos mientras inmediatamente se mueve hacía mí. Escucho “oficina” y comienzo a moverme, desde la aparte de abajo de la cortina puedo verlos, por un momento me aterra que me vean y me agacho. Miro por todos lados de la oficina, mis peores miedos se confirman. Aquí está la agenda. Se encuentra junto a los libros de la biblioteca, para tomarlo tienen que cruzar por toda la oficina dejándote expuesto de todos los angulos. «Si pasan por aquí, me verán» pienso. Juan Carlos y Gutiérrez se detienen en la puerta. — Que raro, está con llave — Escucho decir a Juan Carlos — . No recuerdo haberle puesto llave. — Debió haber sido… ¿Ya no está ahí? — dice la secretaria. — ¿Ya no está ahí qué? — dice Juan Carlos. — Pues el… — comienza a decir la secretaria. Un teléfono la interrumpe. — Ay, ya. Olvídalo. Aquí traigo la llave — dice Juan Carlos enfadado. Escucho como Juan Carlos saca su manojo de llaves, el metal canta mientras se mueven pasando una llave tras otra, al buscar la correcta. De un salto tomo la agenda y la pongo en una esquina, la más cercana a la puerta. Me oculto en el lugar donde se ponen las piernas. Trato de apretar la silla contra mi persona lo más posible. Me quedo en silencio intentando ni siquiera respirar mientras Juan Carlos y Gutiérrez entran a la oficina. Escucho sus pasos. Se escuchan pesados, en el espacio tan pequeño su eco los hace sonar como gigantes que caminan encima de cuevas de hielo frágiles, tan frágiles que se romperán si se acercan. — Ahora ¿Dónde la…? ¡Ah, aquí está! — dice Juan Carlos. Se escucha el sonido de algo revolviéndose arriba de mí. Me tapo la nariz con la mano. Tengo miedo, mucho miedo de ser descubierto. — Bueno, ya vámonos — dice Juan Carlos. Siento como me relajo al escucharlo decir eso. Después, interrumpiendo mi tranquilidad algo pesado cae sobre el escritorio. Es Gutiérrez el cual se sentó donde antes estaba la agenda. — Te digo que consideres más la gentuza que entra a la casa — dice Gutiérrez. — ¿Qué clase de Gentuza? — pregunta Juan Carlos. «¡Ay, no! ¡Se van a poner a platicar como dos comadres en la oficina!» pienso. — Por ejemplo, ese tal Alfredo. — Porqué ¿le sabes algo? Aguzo el oído al escuchar mi nombre. Sé que Gutiérrez es peligroso para mí, él bien podría acusarme de haberlo golpeado y también eso significaría meterme en problemas. Nunca había pensado en que eso podría venir a morderme después… Sin embargo, se merecía lo que le pasó. Miro por debajo del mueble los zapatos de ambos, Juan Carlos parece estar a la defensiva, Gutiérrez se acomoda sus tenis de deporte. — No, no le sé nada. Pero igual no me da buena espina. Cuidate de él — le dice Gutiérrez después de una pausa. Me quedo sorprendido. «¿Porqué no le dijo? ¿Porqué si quiere joderme no simplemente le decía “Alfredo fue el que me rompió la nariz?”» pienso en silencio. La situación cada vez se hacía más bizarra. Juan Carlos y Gutiérrez abandonan la oficina, dejándola abierta para mi suerte. Pero con las luces apagadas. Los veo salirse por el patio. Conociéndolos, van a ir a algún bar, para volver hasta la noche muy entrada la noche. Está bien, ahora sólo tengo que esperar a que la secretaria se mueva de su lugar para salir sin que se de cuenta. Ya me salvé una vez. No tentaré a la suerte una segunda vez. Me lamo los labios dándome cuenta de que están increíblemente secos por el estrés. Tengo sed. La oscuridad me hace sentir encerrado y el calor me está matando. «Aquí esperaré a que se vaya. No importa. Al final del día ¿Cuanto tiempo puede pasar sin que salga de ese escritorio?» pienso esperanzado. Pasan cuatro horas. Ahora sumada a la sed tengo hambre. Mi estomago ruge. Me asomo por la ventana, la secretaria al fin le da seguimiento a uno de los que le llamó hace rato, cuando me encerré en la oficina. No se ha movido ni un sólo segundo de su lugar. «Mujer, que energía tienes» pienso. Siento que voy a desmayarme en cualquier segundo. — Ganaste — digo en voz muy baja mientras me acomodo junto a la ventana de la oficina. No sé cuanto más pueda aguantar así. Mi estomago ruge otra vez. «Con un demonio» es lo único que puedo pensar. Estoy harto, no puedo aguantar más. Saco mi teléfono, no quería hacer esto. Pero en momentos desesperados uno debe recurrir a medidas desesperadas. Comienzo a marcar rezando porqué me contesten. La linea suena un momento, un pitido. En espera… — Por favor contesta — susurro. El mismo sonido… El sonido cambia, escucho una voz familiar. — ¿Diga, Alfredo? — responde Lizbeth. — Liz, hazme un favor ¿Quieres joder un poco a Juan Carlos? Al otro lado de la linea escucho una risa. — Alfredo eso ni se pregunta. Asume siempre que sí. — Perfecto. Quiero que vengas acá a tiendas Mendoza, tírale una pedrada a la ventana y vete corriendo. Trata de que no te reconozcan. — ¿Otra vez la ventana, Alfredo? — pregunta Liz. — Sí. — ¿Qué tienes en contra de las ventanas? Necesitas ir a terapia Alfredo. — Liz, escucha. No se trata de la ventana. Es una ruta de escape. Necesito una distracción que saque a la secretaria de aquí. — ¿Y si quemamos las tiendas? — pregunta Liz muy seria. Me quedo callado. — ¿Qué? — pregunto — . No sé si escuché bien ¿Lo puedes repetir? — Que si quemamos la tienda, así al carajo. — Liz, me acabas de decir que vaya a terapia por una ventana ¿Y me dices que si quemamos el lugar? ¿Que yo vaya a terapia? Ve tú a terapia. — Vato, todavía que te voy a hacer un favor — responde Liz indignada. — Perdón, me excedí. Mil disculpas. Sabes que te aprecio mucho como mi amiga. — Pues no me ofendas, Alfredo. — Perdón. No lo volveré a hacer… ¿Pero sí vas a ayudarme, no? — Va, claro que sí… Pero ahora disculpate con voz de perrito. — ¿Cómo suena un perrito? — Así, tierno. Bonito — Liz comienza a hacer una voz aguda — . Rruar, perrrdón. Miau. — ¿Es en serio? — Sí. Tomo coraje. — Rruar, perrrdón Liz. Te quierrro mucho. Porrrr favorrrr ayuda — digo en mi voz más aguda. — Te faltó el Miau. — Lizbeth, los perros no hacen Miau. — ¿Qué sabes tú de eso, Alfredo? ¿Qué sabes tú de eso? — comienza a gritar ofendida. — ¿Qué tienes tú con los perros Lizbeth? Un silencio. — No lo entenderías. — Bueno ¿Pero si me vas a ayudar? — Simón, el gran varón. Carnal. — Gracias, Liz. — Para eso estamos — dice Lizbeth antes de colgarme. Me quedo en silencio, la oscuridad de la oficina me resulta opresiva. Tengo hambre, y sobre todo tengo miedo. Cuento los segundos desde que llamo intentando pensar que en cualquier momento Lizbeth va a llegar. Cada cuanto me asomo, la secretaria sigue ahí. Media hora después de la llamada escucho a la secretaria llorar, el estrés la está dominando. Reconozco esa sensación. Ahí estuve por años. La sensación de un trabajo que no parece terminar, que continuas a sabiendas de que la pasión ha muerto intentando innovar, avanzar, hacer apenas lo mínimo para lograr una cuota mientras te das cuenta de que sólo retrasas lo inevitable. Cuando te das cuenta estás seco por dentro, no sientes nada. Ni el sueño, ni el hambre. Hasta la comida te sabe simple como el resto de la vida. Todo por un trabajo que apenas y te da el mínimo razonable. «Pobre chica» pienso. La secretaria se tira al escritorio boca abajo mientras llora y se jala los cabellos. Tiene demasiados pesos encima y estoy apunto de tirarle otro sobre sus hombros. En ese momento se abre la puerta, una señora de edad avanzada entra corriendo. — Martita ¡Otra vez! — grita la señora. La secretaria se compone. — ¿Otra vez qué? — ¡Otra vez nos rompieron la ventana! — ¡¿Qué?! La secretaria se levanta. La mujer entrada en años comienza a explicarle lo sucedido mientras ambas se dirigen a la salida. Aprovecho para salir de la oficina, me muevo despacio, en silencio. Me deslizo atrás de ellas mientras la secretaria mira horrorizada la entrada, camino hacia la izquierda, en dirección de los baños. Espero a que se vuelva a meter al pasillo de la oficina para dirigirme a la puerta principal. Saco mi teléfono y le llamo a Lizbeth. — Muchas gracias, te luciste — le digo. — No te preocupes Alfredo ¿Ya saliste? — Sí. De verdad, te lo agradezco. Eres una reina. — Para eso estamos los amigos, Alfredo. No te preocupes. Mira que aproveché para dejarle un regalito al jefe. Me detengo en seco. — ¿Qué clase de regalito? — El idiota dejó su coche estacionado. Le ponché las llantas y le rompí el vidrio de afuera y algunas luces. — ¡¿QUE HICISTE QUÉ?! — De nada Alfredo… Me tengo que ir, voy a caerle a Sarita, hoy va a hacer mole ¿Vienes? — Eh… Yo…. Las palabras no me salen, quiero llorar. Quiero gritarle. Quiero lanzarla a la caldera de un volcán. — No, gracias. Me la saludas, mucha suerte — le respondo al final. La llamada termina. Me quedo frente al Bentley, está como ella dijo. Saco mi teléfono, hago una llamada. — ¿Carlos? — ¿Mande? ¿Alfredo? Estoy algo ocupado ¿Necesitas algo? — me responde Carlos, en el fondo escucho el ruido de la cocina del Stellarüs. — Hipotéticamente ¿Cómo cuanto salen las reparaciones de un Bentley digamos. Una pausa. — Un riñón y un ojo de la cara ¿Porqué? ¿Pasó algo? ¿Estás bien? — Ah, sí. No te preocupes… Era porqué eh… Bueno. Curiosidad. Perdón. No te molesto más ¡Adiós, suerte! — Pero Alfredo no… Le cuelgo en mitad de sentencia. «Lo que me faltaba» pienso. Me subo en el coche y acelero, logro salir del estacionamiento mientras la policía se apresura a llegar a las tiendas Mendoza. «Ni hablar, ya será un problema para mí del futuro» pienso resignado.
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