— ¿Pero qué se traen ustedes dos? — pregunta Juan Carlos.
— ¿No lo viste? — dice Carlos, su voz tiembla al hablar — . ¡El tipo tenía un arma! Y se detuvo a propósito.
— ¿Y porqué iba a traer un arma? Yo sólo vi que se quedó quieto y estaba saliendo de su coche. Tal vez se le acabó la gasolina y se iba a bajar a pedir.
— ¿Y le iba a dar ? — pregunto mientras volteo atrás, no tanto para ver a Juan Carlos y su hijo, sino para asegurarnos que los hayamos dejado atrás.
— No. Si alguien es tan estúpido como para quedarse sin gasolina en pleno camino, merece quedarse sin gasolina.
— ¡Entiende que no era por gasolina! — grita Carlos.
— No sean ridículos. ¿Porqué alguien llevaría un arma en su coche? ¿Para dispararnos a nosotros? ¿Porqué harían eso?
— Vivimos en un país violento, tú no seas ridículo.
— Quien nada debe , nada teme.
— ¿Y tú no le debes a nadie, Jefe?
Juan Carlos se detiene en seco. De pronto parece querer comenzar una discusión refutando lo que se dijo, sin embargo. Le es difícil. Se queda callado un buen rato.
— Yo no he sido más que buena persona con todo mundo — dice al final.
— Sí, lo sé — le respondo con una sonrisa sarcástica.
— En tu caso tú te mereces lo que te ha pasado.
— Usted también señor.
Juan Carlos sonríe muy orgulloso de si mismo.
— Gracias, muchas gracias.
Nunca en mi vida había estado más de acuerdo con que la gente que le buscaba lo alcanzara al fin.
Sin embargo, sé que si logran atraparnos ahora mismo, no sólo él estaría acabado. Probablemente yo también.
Sigo acelerando más y más, pasando entre carros cuando puedo. Allá a lo lejos queda la vía rápida. Sé que saliendo de ese túnel estaríamos en la zona turística de la ciudad y una vez ahí podría ser más fácil perder de vista a nuestros perseguidores. Tengo que ganar tiempo. El teléfono rojo vibra, aprovecho el primer semáforo que encuentro para leer rápido el mensaje que me mandaron.
«”¿Qué pasó?
-S.T”»
Pongo disimuladamente en teléfono rojo en mi mano izquierda para que Juan Carlos no me vea. Escribo con una sola mano, mientras con la derecha acomodo el espejo retrovisor, intentando lucir lo más casual posible.
«”Complicaciones, JCM altavoz. Favor esperar”»
Lo mando esperando que nadie me haya visto. Miro alrededor mío como quien sabe que está guardando un secreto y tiene miedo de haber sido descubierto. Nadie me mira. Perfecto.
Los coches comienzan a moverse alrededor de nosotros.
Es un camino suave y directo a la caseta de cobro. Ahí nos estacionamos una vez más. Vuelvo a mirar el teléfono rojo.
«”S.B está enojado. Alejate de él.
Comunicate conmigo en cuanto te sea posible
-S.T”»
Guardo el teléfono y me cubro la cara con las manos, estoy desesperado. Un carro tras otro pasan por delante de nosotros. Intento fingir que no pasa nada. Nos detenemos en la caseta. En ella nos espera una mujer pelirroja de pelo rizado muy largo y esponjado con lentes altamente puntiagudos que le da la ilusión a su cara ser completamente afilada. La señorita nos sonríe de oreja a oreja.
— ¿Jefe, trae para la caseta?
— Yo no llevo dinero conmigo cuando salgo.
— Papá ¿Quieres que Alfredo lo pague o algo así? — dice Carlos
— Pues él sabe que luego se lo puedo pagar, pero no ahora.
— Pues ya — digo yo, resignado.
Saco mi billetera, ahí solo encuentro billetes grandes, son los billetes que Juan Carlos me dio el viernes. Aún no he podido cambiarlos por más pequeños.
— ¿Tiene cambio? — le digo a la señorita frente a nosotros.
— Ese billete es demasiado grande — La señorita se ríe — . Pero por ser tú. Pasen.
Me quedo extrañado ¿Por ser yo? ¿Acaso ella me conocía de algún lado?
— Disculpe, no la conozco.
— Yo a ti sí.
Detrás de nosotros escucho el sonido de un claxón.
La mujer saluda al carro detrás de nosotros. Volteo a ver, es la camioneta. El Señor Bala me saluda.
— Está enojado. Huye — dice ella susurrando. Me sonríe.
Sin fijarme más, avanzo como si me siguiera el diablo.