Escucho la risa de la señora mientras nos alejamos.
— ¿Qué te dijo la señora? — pregunta Carlos.
— ¡Sin vergüenza, no le pagaste! — grita Juan Carlos.
— Me dijo que nos dejaría pasar. Que vio que somos personas de respeto, que le paguemos luego.
Juan Carlos parece satisfecho ante eso.
Nuestro coche sigue acelerando, la camioneta viene en pos de nosotros, vamos a ciento veinte kilómetros por hora, y la velocidad aumenta. Siento el coche deslizarse por debajo de nosotros, las llantas no están hechas para esta velocidad.
Nos sumergimos en la oscuridad del túnel.
Ahí solo hay unas cuantas luces iluminando ligeramente el camino. Las suficientes como para ver a otros coches en el camino, pero no las suficiente como para sentirme tranquilo en él. Siempre he temido estar en lugares apretados, y los túneles en especial siempre me han aterrorizado. Peor aún mi sudor, como agua fría baja por mi frente evitando que pueda ver bien. Me lastiman los ojos haciendo que ardan.
El eco de ambos coches yendo a máxima velocidad en un túnel semi vacío suena como una el gruñido de una bestia resonando a través del estomago de esta.
— ¿Pero porqué aceleras tanto, hombre? — me dice Juan Carlos.
— Vamos a llegar tarde. Una persona de respeto nunca llega tarde a una cita.
Miro por el espejo al rostro de Juan Carlos, se ve orgulloso de lo que he dicho. Pobre idiota. Carlos sin embargo no parece tragárselo. Veo que en su cara hay una sombra de duda. Está apunto de preguntar algo cuando toco el claxón del coche de la nada para interrumpirlo.
Detrás de nosotros la camioneta suena su claxón. Carlos se da cuenta. Se queda callado y me mira. Sospecha de mí.
Tengo que pensar rápido, ya estamos cerca de la salida.
Entre cierro los ojos para intentar ver lo que hay más allá, pero la luz me ciega. Sin embargo veo apenas la pequeña silueta de un coche. Es ahora o nunca. Sin bajar la velocidad, giro en último momento hacía la derecha para evitar el coche de enfrente. El coche derrapa pero se mantiene estable. De ahí bajo la velocidad, es un movimiento brusco pero lo suficientemente suave como para no perder el control. La camioneta de atrás sin embargo no tiene tiempo de hacerlo y para cuando se da cuenta de el otro coche es demasiado tarde. La camioneta gira a la izquierda, pierde el control y se estrella en contra de un muro de contención. Me asomo, el Señor Bala sale del coche enojado. Nos mira alejarnos.
— Que idiota el de ese coche — dice Juan Carlos — . Eso le pasa por ir a las carreras.
Carlos se queda callado, sigue observándome con cuidado.
— ¿Ahora hacía donde, Jefe?
— Vamos a las Galerías Perla de Oro. ¿Si sabes cuales son?
Asiento.
Conozco el lugar, es un centro comercial para gente extremadamente rica. Todas las tiendas son de marcas extranjeras y hasta las cosas más baratas cuestan más que todo mi salario. Queda cerca.
Nos movemos rápido a la galería, cada semáforo verifico el teléfono rojo. En total pasamos seis.
«”¿El Señor B. está bien?”» le escribí en el primero.
«”Sí. Lo están atendiendo. No vuelvas a hacerlo”» me respondió.
«”Necesito hablar contigo”» le escribí en el segundo.
Le mandé la locación, sé que me estará esperando ahí. Buscaremos la manera de vernos una vez ahí. De vez en cuando veo detrás del coche intentando ver si la camioneta nos sigue, por pura precaución. No la veo, sólo está el coche rojo oscuro que nos sigue cautelosamente, prácticamente invisible. Si no supiera que el Señor Tanque está tras nosotros no sabría que el coche nos está siguiendo.
Llegamos frente a Galerías Perla de Oro, ahí se alza frente a nosotros tres edificios gigantes de un color blanco prístino. Cada edificio tiene una entrada de cristal, y cada entrada una escalera de piedra marmoleada que brilla antes la luz del sol. En medio de cada edificio, generando una entrada espectacular hay dos pilares similares a las estructuras del mundo antiguo, me dando la ilusión de una versión más modernizada del partenón con aparadores de vidrio mostrando la ropa más cara alguna vez producida en el mundo.
— Creí que iba a ver a su sastre personal — le digo a Juan Carlos cuando nos bajamos.
— Así es. Vamos a verlo.
— Señor, pero aquí solo venden prefabricada. Incluso Gucho, la marca más cara del mundo te vende ropa hecha, no la fabrican en el momento.
Carlos se ríe.
— El dueño de la marca Gucho es el sastre personal de mi papá — dice Carlos.
— De hecho, soy dueño de un porcentaje de Gucho. Yo fui el que le dio el capital inicial para que abriera su compañía. Y hasta le di muchos consejos de como estructurarla — dice Juan Carlos con orgullo.
Por supuesto que Juan Carlos Mendoza, de entre todas las personas en el mundo sería el responsable de la creación de una empresa que maltrata a sus empleados, quema ropa de colecciones pasadas para subir artificialmente su precio, y explotaba la mano de obra infantil (ilegal por cierto) en sus fabricas. Ahora todo tenía sentido.
— Ah — digo y sonrío con cinismo.
Juan Carlos y su hijo caminan hacía las tiendas. Los veo subir las escaleras mientras finjo quedarme a asegurarme que el coche está bien arreglado.
El coche rojo oscuro se estaciona tras el Bentley del jefe.
El Señor Tanque sale de este, está sudando intensamente y se ve agitado, como siempre. Él actúa también como si se estuviera asegurando que su coche esté bien cerrado.
— ¿Dónde podemos hablar? — me susurra.
— Vamos a Gucho.
El Señor Tanque me mira un segundo, preocupado.
— No puedo entrar ahí —me dice al fin.
— ¿Porqué?
— No te dejan pasar a Gucho si tu ropa es muy barata o no conoces a nadie ahí.
— ¿Hay algún baño cerca?
El señor Tanque asiente.
— Gucho está en la planta de arriba, frente a la tienda hay un baño de publico.
— Ahí entonces.
— Adelante pues.
Me alejo lentamente, sigo a mis otros patrones. Carlos me observa desde la entrada. Juan Carlos mira su reloj.
— Hay que asegurarse siempre que esté bien cerrado.
Juan Carlos asiente.
Subimos por las escaleras eléctricas que están en medio de la plaza. A la mitad del camino me asomo, y veo al señor Tanque pasar por la entrada, lo veo fingir que no sabe a donde va y que sólo está observando. Cuando llegamos al segundo piso lo veo caminar en pos de la escalera
Todo va de acuerdo al plan.
Al llegar a Gucho al principio me niegan la entrada, me miran con asco las personas en la puerta principal es como si repugnaran la idea de que alguien como yo pudiera usar algo de su ropa. Personalmente a mí también me repugna la idea de usar algo de ellos, sin embargo, por cuestiones laborales. Cuando te toca usar algo que no te gusta, debes hacerlo. Quieras o no. Ya he usado por demasiados años los uniformes del banco Tláloc como para que cualquier ropa de mal gusto de Gucho pueda afectarme.
Juan Carlos saca sus credenciales y eventualmente la gente de la tienda me deja entrar sin problemas. Aún si me siguen mirando con asco todo el tiempo.
Pasamos por la tienda directo hasta las oficinas, ni siquiera nos molestamos en ver la ropa que tienen en inventario. Juan Carlos y su hijo actúan como si fueran dueños del lugar, y por lo que entiendo, lo son. Entramos a las oficinas de Gucho donde un anciano bien vestido nos saluda al llegar.
— ¡Joan Carlos! — dice el anciano en un acento extranjero, muy emocionado.
El anciano abraza a Juan Carlos, sin embargo al saludar a Carlos es menos familiar con él y más reservado.
El anciano bien vestido tiene una cara que raya entre una actitud de malhumorado y una cara afable. Es como si fuera el rostro de Schrödinger y cambiara dependiendo de si es observado o no. Aún así debo admitir que el hombre portaba un estilo muy bien diseñado que le hacía lucir más joven de lo que era.
Su traje cambia su silueta haciéndole una figura delgada de brazos gruesos que le hacían verse más fuerte, lleno de vitalidad. Traía una camisa blanca y un chaleco n***o con detalles floridos de un azul ultramarino intenso y un pantalón n***o. Traía la camisa remangada hasta los codos y por la manera enérgica con la que caminaba hacía que uno ignorara su edad sino fuera porqué su cabeza llena de arrugas y la calva que tenía en medio de la cabeza, coronada por unos mechones blancos de pelo a los lados bien peinados en un estilo puntiagudo como de cuernos.
— Este es Gruchio Gucho, Alfredo.
— Mucho gusto señor — le ofrezco la mano.
El Señor Gruchio me mira con ojos felices, no me devuelve el saludo solo se me queda viendo fijamente un rato mientras sonríe.
— Ah, me has traído una cenicienta.
— ¿Disculpe?
Carlos sonríe.
El señor Gruchio sin quitarme los ojos de encima parece medirme con la mirada, no queda ni un solo centímetro de mí que no está expuesta a su mirada penetradora.
— Él es Alfredo, Gruchio. Será el chofer de mi hijo.
— Ya veo. ¿Y qué puedo hacer por él?
— Diseñar un uniforme. Que Carlos te de indicaciones.
— ¿Yo, padre? — Carlos parece sorprendido.
— Es tu trabajador, tú te encargarás de que se vea bien. Fallale y te fallas a ti mismo — le dice Juan Carlos a su hijo alzando su pechito orgulloso, socrático, hipocrático pero más importante hipócrita en todo sentido.
— Sí, no le falles a tu trabajador. Se puede rebelar — digo. Juan Carlos me evita la mirada
Carlos nos mira a ambos no parece entender por completo pero se ríe de todas maneras.
— Va a estar todo el tiempo conmigo, así que es mejor que combine. Déjalo guapo. Dale algo bueno, como si fuera para mí — dice al final.
— Puedo hacer mucho más que eso.
Gruchio de su manga saca una cinta para medir, me sonríe. Comienza a tomar medidas.
— Haré que brilles — me dice, curiosamente sus ojos son los que brillan de felicidad cuando me lo dice. No sé si sentirme agradecido o aterrado. Agradezco de igual manera.
Gruchio pasa los siguientes quince minutos tomando medidas y haciéndome preguntas desde tipos de cortes, colores favoritos, flores y animales favoritos. Respondo honestamente que mi flor favorita son las copas de oro y que mi animal favorito son los pingüinos.
— Es más bonito un colibrí — me dice.
Asiento. Es más fácil decir que sí que negarme a un artista trabajando. Después de un rato Gruchio se aleja y pido gentilmente ir al baño. Juan Carlos asiente con una señal de la mano que más parece que quisiera matar una mosca.
Salgo de la tienda.
Esperando afuera está el Señor Tanque, aún haciéndose pasar por un turista indeciso. Con los ojos le doy la señal de que entremos. Entra antes que yo y le sigo mirando atrás asegurándome que no nos siga nadie. Nadie está detrás de nosotros. Perfecto.
En el baño el Señor Tanque mira casualmente a los baños, como si esperara ver a alguien. Se asegura que todo esté en orden y se recarga en la puerta de uno de los baños. Parece ser que estamos solos.
— ¡¿Me puedes decir que demonios está pasando?! — me pregunta aún bajando la voz. Hasta enojado es cauteloso. Su rostro está rojo y sus ojos parecen querer salirse de sus cuencas.
— Mendoza quería que pusiera el altavoz, ¿Qué se supone que tenia que hacer? — me alejo de él ligeramente mientras hago movimientos absurdos para demostrar mi punto —. Ah sí, aquí Alfredo. Sí, aquí está mi jefe. Jefe escuche esto hay un grupo de personas que lo quieren joder. ¿Porqué no le dice personalmente lo qué cree de eso? ¿Eso te parece qué era lo más sensato?
El señor Tanque niega con la cabeza.
— Pudiste haber improvisado otra cosa.
— No he podido dormir bien, no soy bueno trabajando bajo presión y tu amigo el loco casi me mata porqué tuve que colgar rápido.
El Señor Tanque me mira por encima de sus lentes.
— Casi lo matas tú.
— El choco solo, yo tuve que acelerar porqué el señor me lo pidió.
— Díselo a él.
El Señor Tanque golpea dos veces la puerta del baño, este se abre y el señor Bala sale. Inmediatamente me golpea el estomago. Caigo de rodillas.
— ¡¿Es mi culpa, idiota?! — grita el señor Bala, se balancea como si apenas pudiera ponerse de pie. Tiene parte de la cara hinchada y no se ve saludable.
— ¿Ya pensaste si nos vas a ayudar o no? — pregunta el Señor Tanque.
Trato de decir algo pero no tengo aire en el cuerpo.
— Responde la maldita pregunta — me dice el señor Bala agarrándome del cuello de la camisa amenazándome con su puño cerrado.
El Señor Tanque lo detiene antes de que me golpeen otra vez.
— Contrario a lo que parezca, Alfredo. No somos salvajes. Tenías hasta este momento la opción de negarte — El Señor Tanque alza la mano como en un juramento —. Y te lo juro por dios, que independientemente de nada te íbamos a dejar ser. Yo mismo había abogado por ti, con el jefe y con mi compañero aquí. Pero casi matas a uno de nosotros.
El Señor Bala se recarga en uno de los baños cerrados. Apenas parece poder mantenerse en pie.
— Él sobre-actuó. Tú me dijiste que no me le acercara.
El Señor Tanque asiente.
— Sí, él sobre actuó. Su castigo es que terminó chocando y se va a ir al hospital un tiempo. Pero tu castigo es que te jodiste, ya no puedes salirte de esto.
— De todas maneras me tienen rodeado — le digo, lo miro desde abajo, desde el suelo. Por la perspectiva ese hombre más alto que yo aún parado parecía un gigante que podía aplastarme como una hormiga fácilmente.
— Ah, sí. ¿Te encontraste con ella, no? Sí. Tenemos gente en cada caseta, en cada restaurante, hospital. La lista enorme de personas que quieren joder a Mendoza es gigante. E independientemente de tu consentimiento estás adentro.
— Houston, tenemos un problema — le digo con una sonrisa amarga.
— Nada que digas nos va a cambiar de opinión — dice mientras se lava las manos.
— Mendoza cambió el juego. No seré su chofer.
El Señor Bala y el Señor Tanque se ven entre ellos confundidos.
— ¿Qué no lo trajiste hasta acá personalmente? — dice el Señor Bala enfurecido, haciendo un esfuerzo para acercarse a mí.
— Traje a su hijo. Seré el chofer de su hijo.
— ¡Maldita sea! No nos sirves, hijo de la ver…
El Señor Bala saca su arma y me apunta, el Señor Tanque pone su mano frente al arma, deteniéndolo.
— ¿Su hijo confía en ti? — me pregunta, sus ojos no me miran. Algo maquina.
— Sí — miento automáticamente.
— ¿Cómo se lleva con su padre?
— Peor que mal — digo honestamente.
El Señor Tanque lo piensa un poco.
— El plan sigue.
— ¿Qué? — grita el señor Bala.
— Piénsalo, Alfredo es demasiado idiota para convencer a Mendoza de que le de información personal.
— He logrado que se sienta satisfecho.
— ¿Adulandolo?
Asiento, orgulloso.
Amos sonríen burlones.
— Si adulas una vez a Mendoza, se sentirá satisfecho. Pero no en confianza. Es más como cuando un dueño ve a su perro darle la patita. Es su manera de ser. Una vez que eres su perro perdiste el juego, se rebelde y le agradarás pero tampoco serás de su confianza personal. Con él se requiere ser inteligente, que te ve a su nivel. Supongo que ni siquiera su hijo logra obtener eso, ¿o me equivoco?
Asiento, parece ser que lo tienen medido.
— Sólo una persona una vez obtuvo su respeto. Y no le llegas a los talones.
— ¿Entonces qué debo hacer?
— Vuélvete amigo de su hijo, saca toda la información que puedas. El viernes nos informas todo lo que puedas.
— No sé si sea posible, trabajo todo el día para el hijo. Desde que despierta hasta que se duerma.
El Señor Tanque lo analiza.
— Entonces acomodaremos fechas. Manda tu reporte por teléfono.
— Preferiría no tener que sacar el teléfono rojo. Podría sospechar. Carlos no respeta el espacio personal.
— Hazlo al termino de tu turno, al salir. Elimina los mensajes después de enviarlos.
Asiento.
— ¿Cómo sé que no me van a perseguir por no responder rápido?
— A partir en adelante te comunicaras conmigo y solo conmigo. Personalmente yo seré el que te vigile. Está prohibido que uno de los dos le hable al otro. No quiero otra situación así.
— ¡Pero ese desgraciado me dejó colgado! — dice el Señor Bala empujando al señor Tanque.
El Señor Tanque no solo no se cae, sino que con un movimiento rápido le pone la mano en la boca al Señor Bala. Este intenta defenderse queriendo atacar al señor Tanque. El Señor Tanque con una mano agarra al Señor Bala de la boca, con la otra lo golpea en las costillas. Si no estuviera con la mano en la boca el grito sería espantoso. Parece ser que le dio donde se lastimó en el choque.
— Basta los dos. Estoy cansado, he sido muy paciente con cada uno. Los dos se merecen lo que les ha pasado.
El Señor Tanque se acomoda su traje marrón barato.
— Odio trabajar con gente poco profesional. Ahora, vete. Nos envías tu reporte mañana.
Asiento.
En Gucho me esperan Juan Carlos y su hijo.
— Alfredo. Estás todo sudado — me dice y sonríe.
— Es que saqué todo lo que tenía adentro.
Carlos se ríe, Juan Carlos hace una cara de asco y decide ignorarme.
— Bueno, Gruchio dice que tu ropa estará lista en unas semanas. ¿Porqué no elijes algo más de la tienda? Yo invito esta vez.
Le sonrío. Me siento sucio por hacerlo.
Al final tomo un traje formal, algo para encajar con mi empleo.
Incluso me compran un helado cuando nos vamos del centro comercial.
Al llevarlo a su casa me dice Carlos que puedo irme.
— Esta tarde dormiré temprano. Mañana es un día importante.
Yo asiento, no pregunto más. Me da miedo saber más.
Media hora después estoy en el departamento de Sarita. El cuerpo me duele de pies a cabeza. Hoy fue un día demasiado largo, y sin embargo apenas son las seis de la tarde.
Pero aún, suspiro al recordar el detalle más importante de todos:
Este fue mi primer día.