Un Martes Cualquiera, Parte uno

2534 Palabras
Al siguiente día recibo un mensaje de Carlos. “Tomate la mañana, esta noche saldré de fiesta. Te espero a las siete en punto”. Este trabajo ha sido demasiado cansado. Siento que merezco un descanso. Trato de dormir toda la mañana, no puedo. De vez en cuando tengo distintas pesadillas. Todo sobre lo mismo, todas sobre la vida dual que tengo. ¿De verdad debo ayudar a cualquiera de esta gente? Solo en mi primer día fui manoseado, golpeado, perseguido, pateado, humillado y asustado en menos de doce horas. Solo en los últimos cuatro días ha pasado más en mi vida de lo que había pasado antes en todos mis años combinados. No sé que hacer, no tengo idea de que estoy haciendo y no sé cual es el camino correcto. Decir que tengo miedo es simplificarlo hasta el punto del absurdo. Toda la mañana y tarde me la paso en el sofá pensando, ni siquiera me baño o como hasta que son cerca de las cinco y media, más por obligación que otra cosa. Cada paso que doy es tan pesado como las camioneta con la que me persiguieron. Debo animarme, salto en mi lugar intentando que la adrenalina corra en mis venas. Por un segundo me siento ligeramente mejor. Después la realidad de los dolores de mi cuerpo explotan en mi interior recordándome que me duele la espalda, las piernas y el cuello. Aún con todo y todo muy contra mi mejor juicio antes de las seis cuarenta estoy frente a la casa de los Mendoza. Me he puesto un traje n***o, de los que me dejaron agarrar en Gucho, no sé a que tipo de salidas o lugares va Carlos. Pero nunca está demás sobre-compensar con esta familia. Entro a la casa y veo al señor Juan Carlos en la sala. Está vestido con ropa casual, demasiado casual mientras mira a la televisión con un jarrón de galletas de animalitos de chocolate frente a él. — Ah ¿Ya se van? — Sí. Me dijo que viniera por él a las siete. Juan Carlos asiente, come una galletita. Se limpia las manos. — Ya sabes, nada de alcohol. Para ninguno de los dos. — Sí, lo sé. Es la regla de oro — Me aclaro la garganta intentando quitarme la pena — ¿Sabe a dónde vamos de casualidad? — Ah sí. Me parece que va a una fiesta con sus amigos. Ahora que salió de su intervención — Juan Carlos eructa, se tapa con una mano. Igual el aroma es devastador — . Se quiere reconectar con sus amigos. Puros muchachos de bien. Universitarios, filósofos. Futuros emprendedores. Yo asiento, parece sencillo. Lo llevo, me siento en el auto; se quiere ir, nos vamos. Ninguna distracción en medio. Ninguna copa de pasada. Tan fácil como comer pastel. De las escaleras de en medio llega Carlos, baja con una ropa semi formal, una camisa de manga larga y pantalón de vestir ajustado. Lleva consigo una mochila pequeña. Su padre no lo nota. Me hace un saludo, parece tener prisa por salir de su casa. — Ya — dice Carlos en voz baja. Me levanto del sofá, Juan Carlos sin voltearnos a ver sigue viendo la televisión. Pareciera no importarle. — Pórtense bien — dice cuando vamos por la puerta principal. — Sí señor — digo. Carlos pareciera como regañado — Ajá — se limita a decir. — Ya saben, fallen una vez. Cualquiera de los dos. Tú vuelves al internado. A ti te bajo el sueldo. Ambos entendemos y nos vamos con la frente en alta. Mientras menos dignemos con una respuesta a su amenaza, mejor para nuestra salud mental. Carlos resignado suspira. — ¿Te puedo ayudar con la mochila? — le digo mientras caminamos al estacionamiento. — No — me dice bruscamente, aleja la mochila de mí. — ¿Qué tienes ahí ? — le pregunto. — Regalos para la fiesta. Ya lo verás. — ¿No tienes alcohol ahí, verdad? — No, eso sería estúpido. — Bien. Carlos se voltea. — Se me olvidaba. Todo chofer usa este tipo de gorritos. Carlos me da un gorro de chofer. Realmente es un gorro de pilotos aviadores, una boina con una ligera placa para cubrir del sol. En la banda de en medio tiene un pequeño avioncito. De hecho es muy lindo. — Muchas gracias — le digo. Carlos hace una pequeña reverencia. — Te combina con el traje. Te ves hasta más lindo. Debo admitir que sus palabras me hacen sonrojarme ligeramente. — A mí me gusta como se te esa camisa. Carlos se detiene en medio de las escaleras, donde apenas ayer nos agarramos a golpes. — ¿En serio te gusta? A mí no. — ¿Porqué no? — No es mi estilo — Carlos se encoje de hombros. — Igual se te ve bien. — Gracias. Carlos parece realmente halagado, sin embargo sus manerismos son algo extraños. Tal vez sean los nervios. Tal vez no quiere ir. Pero, como en todo en nuestras vidas. Las circunstancias simplemente nos arrastran de un momento a otro sin poder elegirlos. Solamente podemos reaccionar, y para reacciones. Carlos, como hijo de Juan Carlos parecía ser un maestro de reaccionar bajo presión. — ¿Vamos a tomar el Bentley de tu padre? — le pregunto en el estacionamiento. Carlos se ríe. — Solo si queremos que nos mande a colgar de un puente. — ¿Entonces? — Usaremos uno de mis coches. — Creí que el que tenías lo habías chocado. — La Hummer, sí. Pero tengo un mustang. — Por supuesto. Carlos me da indicaciones de un lugar que no conozco, es del otro lado de la ciudad. Conduzco con cuidado pasando cada uno de las casetas con mucho cuidado. Miro bien cada una pensando en que no quiero toparme a la mujer loca de ayer, muy a sabiendas que no importaba quien estuviera probablemente me estaban vigilando en estos momentos. La mayoría del camino Carlos mira por la ventana con la mirada distante. Al final, casi antes de llegar Carlos me dirige la palabra. — Tengo miedo. Lo miro desde el espejo retrovisor. — ¿Cómo que tienes miedo? — Tengo miedo de volver a caer en lo mismo. — ¿Caer en qué sentido? — Perder el control. — ¿El alcohol? Carlos asiente, parece más que aterrado. Está llorando. — ¿No te ha servido el internado? — No. Sólo me encierran con otros borrachos a sufrir en conjunto. No estoy preparado para vivir con o sin él. Asiento. — Me imagino por lo que pasas. — No, no lo haces Alfredo. Tiene razón. El camino sigue, el coche serpentea. Eventualmente a dos cuadras de la dirección en la que me dio al fin Carlos vuelve a hablar. — Tengo ganas de ir al baño, detén el coche. El coche se detiene en seco. — ¿Es por aquí? — pregunto —. El lugar me da desconfianza. — No, pero por aquí hay un baño. Antes solía pasar por estos lugares de pasada a la casa de mis amigos. Estamos en un pequeño callejón rodeado de bares. A nuestro lado derecho está el bar “El Infierno”, a nuestro lado derecho uno que se llama “El Cielo”. Será como sea, pero ambos se veían iguales en ese momento. Carlos y yo salimos del coche dejándolo estacionado muy cerca del infierno — Carlos, siento que no deberíamos estar aquí. — Solamente voy al baño. Carlos toma su mochila con él mientras camina en dirección al infierno. No me gusta para donde va esto, pero le sigo de todas maneras. El Infierno huele como mil demonios, desde que entramos nos da el aroma rancio a cigarros y el piso está pegajoso de cerveza vieja. Carlos entra como si conociera a la perfección el lugar. A mí en la entrada unas meseras vestidas de diablas me ofrecen un lugar en el piso de arriba. — Tiene mesa de billar — me dice una. Les agradezco y les digo que venimos de pasada. Carlos mientras desaparece de la vista sumergiéndose en el humo de cigarro y encerrándose en el baño. Después de diez minutos comienzo a preocuparme. Tal vez esté llorando, vomitando o esté destrozado. No quiero presumir que lo entiendo, pero nadie que viva en el mundo en que él vive podría jamás pasar por todo lo que él ha pasado y terminar ileso. Lo compadezco muchísimo. Al final. Carlos sale del baño. Está completamente cambiado, ya no tiene la camisa formal. Ahora vestía en un atuendo de lentejuelas color amarillo brillante con unos lentes dorados de pasta gruesa. Tampoco pareciera que es la persona arrepentida que fue hace unos momentos, lo cual me decepciona demasiado. — ¿Qué está pasando Carlos? — Ha vuelto el rey — grita alguien. Carlos se ríe. — Copas para todos. La masa de gente se entromete, distintas manos lo rodean, lo jalan para todos lados. A mí la multitud me empuja fuera y cada vez más lejos de Carlos. Algunas meseras vestidas de diablas se le acercan y lo jalan hacía ellas. La bulla de la gente es estremecedora. Carlos parece estar cómodo con las manos que lo toquetean y le ofrecen distintos tragos. — ¡Carlos, por favor no! — le grito. Con una mano me ofrece el shot desde lejos. — ¡Que nunca muera la zorrería! — grita emocionado. La música retumba en el local, los patrones están alegres. Sería un gran momento sino fuera que tenemos un alcohólico en recuperación Entonces Carlos bebe. Bebe y vuelve a beber como un pez en el río al ver a un tal alguien nacer. Carlos se abre paso entre distintas bebidas alcohólicas que le pasan. No todas son del mismo tipo. Está combinando. El exceso es tanto que cuando llega cerca de mí ya tiene la mirada rara y la sonrisa pazguata de los borrachos más borrachos. Carlos llega a donde estoy y me abraza. — Debes probar esto. Me ofrece una botella verde con una etiqueta blanca, le pongo una mano en el pecho para alejarlo. Odio el aroma a borracho. — ¿Qué es lo que traes puesto? — Ropa más a mi gusto. Esta es la que me gusta, mi papá la odia. ¿Porqué? ¿Te gusta? Eres un viejo pervertido Alfredo. — Tenemos la misma edad… casi. — Pero te comportas como un anciano Carlos continua bebiendo. — Vamonos — le digo — . Llegaremos tarde a la fiesta con tus amigos. Se burla de mí. — Alfredo, date cuenta. Esta es la fiesta con mis amigos. Miro alrededor. — Ninguno aquí me parece un futuro emprendedor. Carlos voltea a ver a su alrededor. Me señala a un sujeto que parece un traficante intentando parecer civil. — Ese es un mercader de bienes no legalmente comprobables. La definición de emprendimiento del mundo moderno. — Claro, hasta que la pandilla contraria lo rompa en pedazos. — Sí. El libre mercado fluctúa de maneras misteriosas. — Eso. Pero que más se puede esperar de la gente que toma malas decisiones en la vida. — Un ex gerente hecho chofer no tiene mucho derecho a juzgar a sus prójimos — me responde con una sonrisa felina saboreando cada silaba del cuchillo de sus palabras. — Jodete — le digo y me alejo de él. Estoy harto. Me siento en la primera silla que encuentro. No tengo ganas de discutir. Me Lo hecho está hecho. No queda más que decirle a su padre lo que hizo. Cueste lo que cueste no me voy a involucrar. — Ya, perdona. Toma esto. Carlos me pasa una bebida de color amarilla. — No puedo beber. — No tiene alcohol. Es concentrado de limón rebajado en agua con algo de azúcar. Básicamente una limonada de bar. Le doy un trago muy pequeño. En efecto, sabe a limonada. Tomo con completa tranquilidad. No está mal pero se nota que es una bebida improvisada con ingredientes reutilizados de manera distinta al como fueron concebidos. — ¿No está tan mal o sí? — He tomado mejores. — Me refería al bar. — Ah — volteo alrededor — . He tomado en mejores. Carlos se ríe. — Te creo. Este lugar es una porquería. Pero ¿sabes qué? Es una porquería en la que me siento a gusto. Es más mi hogar que mi casa. Tengo memorias en cada una de las esquinas. Por ejemplo en esta barra tomé mi primer Vodka. Carlos apunta a la esquina detrás de mí. — Y en esa esquina vomité mi primer Vodka. Carlos parece tan nostálgico como sarcástico. Tan triste como alegre. Mira a la lejanía perdido en recuerdos. — ¿Y qué hay de ti Alfredo? ¿Tienes historias de mala copa o me vas a dejar ahogarme solo? — No soy de salir — le contesto honestamente. — ¿Ninguna historia de haberte emborrachado y haber cometido una locura? — Mi mayor locura la hice sobrio. Fuera de ahí. No. Carlos parece desaprobar mi respuesta. — Ahí va otra vez el señor misterio. La verdad es que no me agradas Alfred. No sé quien eres y la verdad no confío en ti. — Yo tampoco. Carlos toma de su vaso. — ¿No podemos ser amigos? — No. — Pues ya está. Ni hablar, “se hace lo que se puede y si no se puede no se hace“ como decía ese francés famoso. ¡Salud! Carlos levanta su brazo para brindar, yo le intento imitar. Sin embargo… mi mano no me responde. Es entonces cuando siento por primera vez el hormigueo en mis dedos. Intento alzar mi brazo — ¿Qué había en la bebida? — pregunto. Carlos me sonríe. — No quería que me arruinaras la fiesta. Lo siento. — Me dijiste que no tenía alcohol — le pregunto, mi voz suena cansada, y la mitad izquierda de mi cara parece derretirse. Carlos se ríe de — Las pastillas para dormir no se toman con alcohol, maldito loco. Te puedes matar. Pero — Carlos truena los dedos y me señala— . ¡Me gusta como piensas! Mi cuerpo se siente pesado, mis parpados se caen lentamente. Comienzo a caminar. La música del bar ahora suena doblemente infernal. Una diabla me sonríe y me detiene. — ¿Ya tan pronto te vas? La intento hacer aún lado con la mano. Mi mano falla, caigo al suelo. La diabla se ríe de mí. Veo a Carlos acercándose, está tan cerca que siento su aliento alcohólico en mi cara. — Dulces sueños, viejo pervertido. Entonces siento como me jala de los brazos. Me saca del bar, veo la puerta siendo empujada y la oscuridad de la noche mientras mi espalda se barre en contra de la grava del suelo. De repente me doy cuenta, me está llevando en dirección al auto. Me jala, incluso me golpea la cabeza contra la puerta en un intento de meterme en el asiento trasero. Trato de gritar pero solo sale un ligero gemido: — Hijo de… Entonces caigo dormido y no sé más de mí.
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