Me jala con fuerza para pegarme a su cuerpo, el sentimiento tan familiar se hace presente. El miedo me rodea por completo. Quiero gritar, pero no me es posible. Las palabras no salen de mi boca y al segundo su mano me la tapa. Me tiene aprisionado contra su cuerpo con un brazo en mi estómago que impide mi movimiento.
Me levanta en peso, mis pies no tocan el suelo y la visión se me nubla. Las lágrimas amenazan con salir, otra vez estoy atrapado, pero esta vez no hay nadie conmigo. Mis amigos no vendrán a buscarme, Mike ya no está.
Estoy a punto de soltarme a llorar y suplicar por mi vida cuando aquella persona me suelta. Respiro rápido como si quisiera absorber todo el oxígeno posible. Mis ojos deben estar rojos, pero no me importa. Giro, con falsa valentía, hacia la persona que me cargo hasta ahí y me llevo la desagradable sorpresa de que fue el guardaespaldas de mi padre.
«¿Qué carajos hace?»
—Lo lamento, señor, no quería asustarlo.
— ¿Sabes que existen las palabras? ―pregunto irritado―. ¿Por qué me trajiste así?
—Solo seguía órdenes de su padre, señor. Lamento haber sido tan brusco.
―Está bien―suspiro―. Indíqueme dónde lo encuentro.
—Por aquí, por favor.
Caminamos por los largos pasillos del hospital, parece que estamos en una zona aislada, pero estoy incómodo. Las paredes blancas me encierran, cada vez están más cerca de mí.
Mi corazón bombea con fuerza, su ritmo aumenta al igual que mi pulso. Una punzada de dolor golpea mi cabeza con la intención de liberar los recuerdos escondidos. Niego para apartarlos, no es el mejor momento.
Las enfermeras pasan por mi lado con sus trajes blancos y sus pequeños gorros en sus cabezas. Van a paso apresurado con algunos vendajes en una bandeja médica de acero. Sus rostros denotan preocupación, imposible de ocultar.
«Nada alarmante, claro está».
Mi respiración se acelera y debo detenerme para calmarme. El guardaespaldas continúa su camino, lo que me da tranquilidad, sería incómodo si se hubiera percatado de mi estado.
Continúo por el pasillo, estamos por entrar a otro largo corredor, pero he controlado mi crisis. Nada puede alterarme, estoy superando lo más difícil. ¡He llegado hasta aquí!
Según me explica el guardaespaldas, estamos en la zona de emergencia para pacientes VIP, por lo que hay limitados espacios. Mónica se encuentra en el 5, solo faltan 20 pasos desde mi posición.
—Suspiro aliviado—. «Por fin una buena noticia».
Doy el primer paso con firmeza, dispuesto a continuar sin dejarme vencer por mis miedos, pero un grito me pone la piel de gallina.
—¡Paciente crítico! —grita un enfermero.
—¡Debemos trasladarlo a operación! ¡Ahora! —grita otro.
Aquellos hombres salen del primer cuarto sin notar nuestra presencia y pasan por nuestro lado. El guardaespaldas me aparta al notar que permanezco estático, lo que me ayuda a evitar el golpe con la cama del paciente.
Veo como ambos hombres, los que habían gritado anteriormente, trasladan al paciente hacia una zona restringida. La familia está llorando en la habitación, puedo oír los sollozos, entonces una chica grita:
—¡Papá! ¡Resiste, por favor! ¡Papá!
Siento el nudo en la garganta y, sin poder evitarlo, giro en dirección al grito. Una chica está de rodillas en el suelo, un señor la abraza con fuerza y ella golpea sus piernas con sus manos.
» ¡No reacciona! —grita Kev—. ¿Por qué no reacciona? —Se nota su desesperación—. ¡Hagan algo! —exige.
Trato de pasar la saliva, pero es como si me estuviera atragantando.
» No hay nada que podamos hacer—. Desconozco la voz—. Lo sentimos—. No es sincero, responde con frialdad—. Está muerto.
El aire no llega a mis pulmones, mis piernas flaquean y mi corazón vuelve a latir con fuerza.
«Mike… Mike…»
No puedo contener la respiración y veo borroso. Llevo mi mano a mi pecho, creo que voy a morir. Mi cuerpo busca un soporte y solo tengo la pared. Me recuesto en ella con los ojos cerrados por unos segundos interminables.
«Recuerda dónde estás, recuérdalo»—. Me repito para volver a mis sentidos—. «Viniste por Mónica, recuérdalo»—. Es una batalla interna.
—¿Señor? —Me llama el guardaespaldas cuando ve mi estado—. ¡Señor! —insiste al ver que no contesto.
Mi peso me vence y me deslizo por la pared. No siento el impacto del suelo contra mi cuerpo, pero tampoco me puedo mover.
—Señor, por favor, diga algo—pide. Su voz ahora suena más cerca, casi a mi costado—. Llamaré un médico—. Aparta sus manos de mis hombros para ponerse de pie.
«¿En qué momento llegaron ahí?»
—Niego como puedo, no quiero más médicos—«Estoy bien, estoy bien, estoy bien».
Pensé que mis palabras habían logrado salir de mi boca, pero es evidente que no me escucha. Escucho su voz a una distancia prudente de mí, pero no está solo, hay alguien que conversa con él.
Me incomoda pensar que pide ayuda, no quiero que nadie me vea en este estado. Además, si mi padre se entera me regañará más y eso no ayudará a Mónica. Ella es mi prioridad ahora, necesita saber que estoy aquí y que estoy bien.
—Estoy... bien—digo aún con los ojos cerrados.
—¡Señor! —El guardia vuelve a mi lado—. No se preocupe, un médico viene en camino.
—Vuelvo a negar—. Estoy bien—digo un poco más alto para que me crea, hago mi mejor esfuerzo porque mis palabras suenen reales.
—Señor, pero es mejor...
—Niego—. No quiero, nadie debe saber de mí. No puedo...
—El guardia suspira, es notoria su inconformidad—. De acuerdo, cómo usted ordene, señor.
«Estoy bien, estoy bien».
Me repito estas palabras durante un largo e intenso minuto, ante la atenta mirada del guardaespaldas. Respiro hondo para recomponerme, por fin ha pasado la peor parte. Abro los ojos y lo primero que veo es el rostro preocupado del guardaespaldas.
—Estoy listo—respondo seguro—. Continuemos, por favor.
—¿Está seguro?
—Sí—. Me pongo de pie y él me da espacio—. Y, por favor, no le mencione esta escena a mi padre.
—Pero, señor, yo debo...
—Créame—lo interrumpo—. Le hago un favor.
«A usted y a mí».
Él acepta, no muy convencido, y retomamos el camino. La familia que antes sollozaba parece haberse calmado, por lo menos un poco. Respiro aliviado por aquello, deben mantenerse fuertes.
Llegamos al espacio número 5 y el guardaespaldas me abre la puerta para permitirme el ingreso. Él se detiene en la puerta y cierra tras de mí.
Hay una cama en media habitación y una silla a su lado derecho. Mi padre está ahí, de pie, sosteniendo su mano. Mónica está semi recostada, con una mirada triste y avergonzada. Sus ojos se clavan en los míos con temor.
«¿Qué ocurre?»
Me acerco a ella por el lado izquierdo, ante la cauta mirada de "mi padre". Él está mudo, sin soltar ninguno de sus clásicos comentarios.
«Me pone de los nervios».
—Mónica—digo en un tono suave y preocupado—. ¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes?
—Estoy bien, Alton—me sonríe con dulzura—. No debiste molestarte, deberías estar en casa, descansando.
—Por favor, Mónica—. Noto su desgano—. ¿Por qué no me avisaste que te sentías mal? ¿Por qué no me llamaste? —Siento otra vez el nudo en la garganta—. ¡Hubiera ido por ti! —La culpa golpea mi pecho—. No debí dejarte sola, pero no pensé... —Me detengo y respiro hondo—. ¿Qué dijo el médico? —pregunto por fin.
—Ríe sin gracia—Una pregunta a la vez, Alton.
—Contéstalas en el orden que desees—respondo para aligerar el ambiente.
Ella sonríe triste y toma mi mano, lo hace con un cuidado excesivo, como cuando me conoció la primera vez. Tiene sus barreras abajo y cree que las tengo arriba, me confunde su comportamiento.
Por fin suelta la mano de mi padre, pero la coloca en su estómago, cómo protegiéndolo. Una sensación extraña me rodea, señales de alerta se aproximan, lo presiento. Inconsciente si tengo mis barreras arriba.
—¿Qué ocurre? —Mi voz sale demasiado aguda y la reacción molesta a "mi padre"—. ¿Por qué estás tan callada? —Quiero disminuir la tensión que está encima de mí, pero cada vez es más abrumadora—. ¿Estaba preocupada por mí? ¿Es eso?
Ella solo me mira con ganas de llorar, quizás teme que aparte su mano en algún momento. Tiene miedo, lo noto, pero todavía no identifico la razón.
«¿Qué está pasando? ¿Qué no estoy viendo?»
—Disculpen por interrumpir—dice el médico mientras entra por la puerta—. Ya hicimos todos los exámenes y quería darles la buena noticia.
«¿De qué habla? ¿Qué exámenes?»
"Mi padre" se tensa al escuchar al doctor, Mónica aprieta mi mano. Entonces miro al médico, no veo nada fuera de lo común, por lo menos hasta que noto los papeles que lleva en la mano.
«¿Le sacaron exámenes de sangre? ¿Por un desmayo?»
—El ultrasonido y la ecografía demuestran que todo continúa con normalidad.
«¿Ultrasonido? ¿Ecografía?»
La tensión en la habitación aumenta con cada palabra del doctor, Mónica está a punto de romper en llanto y mi padre debe mantener la compostura.
—El bebé tiene un latido fuerte y estable, parece que el desmayo no tuvo ningún efecto en él—. Sonríe —. En otras palabras, el bebé se encuentra bien y puede continuar con su embarazo sin problemas.
«¿Bebé?»
El médico sigue hablando con “mi padre” y Mónica, pero ya no les presto atención. Creo que me he ido a un mundo paralelo, sé que mi cuerpo está ahí, pero mi cabeza ya no. Escucho las voces muy lejanas a mí, como si quisieran alcanzarme, pero fuera imposible.
Recuerdo a mamá y Libby, sus rostros deformados por el llanto, las lágrimas cayendo por sus mejillas y no puedo evitar sentir la presión en mi pecho. Las dudas golpean mi cabeza, mi ansiedad amenaza con adueñarse de mi cuerpo y debo luchar contra ella.
Sé que puede ser una batalla perdida, pero no estoy en posición de demostrar mi estado actual. Mónica será mamá, ahora todo tiene sentido.
La conversación de esta mañana vuelve a mi cabeza y ronda sin apartarse como ave de rapiña atenta a su presa. Está a la espera de cualquier movimiento en falso para tomarme por sorpresa y destruirme en el proceso.
La mera idea del daño que me ocasionaría esta nueva noticia me obliga a tratar de apartar mi mano de Mónica, pero ella se da cuenta y la acaricia buscando tranquilizarme. Su tacto me devuelve a la realidad y veo el miedo que se apodera de sus ojos.
La temperatura en la habitación ha bajado y parece que ella y yo somos los únicos que lo notamos. Su mano está fría, pero se aferra a mí. En silencio me pide que me quede, desea que no le dé la espalda. Su pedido vuelve a mi cabeza y soy obligado a mantenerle la mirada.
―De ahora en adelante, debes estar en reposo, solo descanso―. Por fin vuelvo a la realidad, aunque Mónica y yo seguimos mirándonos en silencio―. Pero ya puede volver a casa―. “Mi padre” asiente―. Evite las emociones fuertes por un tiempo, como es de su conocimiento, este embarazo es de riesgo y si queremos llegar a buen puerto, necesitamos tomar todas las precauciones posibles―. Mira a mi padre regañándolo.
―De acuerdo, doctor, gracias―responde con su clásico tono frío y el doctor se marcha.
El ambiente sigue tenso, “mi padre” nos mira a ambos, pero ninguno le presta atención. Él es irrelevante para nosotros en esta situación.
«¡Qué incómodo silencio!»
Él está atento a cada uno de mis movimientos y a Mónica se le llenan los ojos de lágrimas. Nadie se anima a hablar, pero podemos escuchar nuestras respiraciones.
―Respiro hondo hasta llenar mis pulmones y digo―déjanos solos, por favor.
—No creo que sea conveniente.
—Cariño, —interviene ella—, déjanos solos―pide―. Estaremos bien—. Le asegura viendo la preocupación en su rostros.