La voz de Mónica me sobresalta, no esperaba encontrarme con nadie. ¿Cómo fue que llegó tan rápido sin que la escuchara?
Las llaves que tenía en las manos ahora están en el suelo y debo agacharme a recogerlas. Giro y quedo frente a ella, su semblante es preocupado. Es probable que siga pensando en la pelea que tuve con mi padre, pero no me atrevo a preguntar.
La observo rápidamente, ya no lleva el pijama, está arreglada. Tiene un vestido de verano hasta las rodillas, se le ve cómoda con él, su cabello está suelto y lo ha laceado. Mi mirada se dirige al collar de plata que lleva en el cuello y los aretes a juego.
«Claramente, mi padre se ha esforzado en el regalo de aniversario de este año».
—Quiero tomar un poco de aire—. Me digno a responder después de un minuto que parece una eternidad para ambos—. Me siento asfixiado en esta casa—contesto con sinceridad.
—Comprendo—dice dubitativa.
Me observa en silencio, analizando mis palabras. Quizás busca una alternativa para que sea más comunicativo con ella, pero no quiero que lo intente, por lo menos no por ahora. Suspiro y aparto la mirada, no quiero que note mi incomodidad.
«Lástima que mi rostro es tan expresivo».
—Alton, ¿te parece si te acompaño? ―pregunta con cierta discreción, quiere ocultar sus verdaderas intenciones―. Podemos ir a Starbucks.
Quiero negarme, pero ella no lo merece. Siempre ha sido honesta conmigo, siempre atenta a lo que Libby y yo necesitamos. Suspiro para mis adentros, veo la esperanza en sus ojos, quiere intentar acercarse.
«Espero que mi padre no la esté usando para obligarme a cumplir sus reglas».
Mónica percibe la duda en mi silencio, poco a poco veo como su rostro emocionado del día anterior desaparece formándose uno melancólico. Debe sentir que la culpo por lo de mi padre, como cuando era niño. No quiero que se sienta así, no quiero volver a verla llorar.
—¿Es necesario ir con chofer, guardaespaldas o algo de ese estilo?
—Ella ríe más relajada—. Por supuesto que no—confirma para mi tranquilidad. Coloca su mano en mi hombro—. Let’s go—susurra divertida mientras me muestra las llaves del auto—. Saldré con Alton, no nos esperen—dice elevando el tono de voz—. Si el señor llama, díganle que se comunique conmigo a mi celular—ordena antes de salir.
El aire de la mañana choca conmigo indicando mi libertad. El sol brilla en el cielo y se siente el calor, apenas cruzamos el umbral de la puerta, no obstante, sigue siendo menos abrumante que la casa de mi padre.
Las ardillas caminan por los cables de luz para llegar a los árboles, una muestra tan simple de lo que significa que nadie te controle. Lo que sentía yo en casa con mi madre y que me ha sido arrebatado de la noche a la mañana.
El camino al Starbucks es corto, pero lo disfruto. La música me rodea, me place decirlo, y puedo sonreír sin obligación. Por la ventana del auto veo a las personas caminar, están sonrientes, algunas con parejas y otras con familiares o amigos. Muy pocas van solas.
«La buena energía se transmite».
Al llegar al Starbucks, es Mónica quién se acerca, a la señorita que está atendiendo, a pedir las bebidas. El calor es infernal, voy a los asientos del exterior a esperarla. Estoy en el celular hasta que veo que coloca frente a mí un Chocolate Helado y un triple de pollo.
Levanto la mirada y la veo sonreírme con cariño. Mónica se sienta frente a mí con un Chocolate Macchiato en la mano, una bebida extraña para un día tan caluroso. Ella se recuesta en la silla y le da un sorbo a su bebida complacida.
—Gracias, Mónica—. Le doy un sorbo a la bebida de Chocolate y lo dejo en la mesa.
—Es lo menos que puedo hacer—. Su sonrisa es triste.
—Sonrío para tranquilizarla—. Es mucho, de verdad.
—Ella asiente en silencio—. Lamento no haber reaccionado cuando tu padre dijo aquellas palabras—. Se disculpa y aparta la mirada.
—No tenías que hacerlo—. Sujeto el triple—. No es tu culpa—recalco antes de darle un mordisco—. Por el comportamiento intolerable de mi padre, no debes disculparte—repito tratando de que me comprenda.
—Conmigo no intentes hablar formal—me regaña—. Sé lo quién eres, no necesitas aparentar frente a mí.
—Suspiro—. Desde que llegue no sé quién soy—admito sin mirarla—. Este no es mi hogar, por lo menos no lo siento así y él se esfuerza en recalcármelo.
—No es así—. Mónica está apenada, lo veo en sus ojos—. Él quiere que te sientas en casa, solo que ambos chocan—suspira—. Para él también es nuevo el estar cerca de ti.
—Esa no es mi culpa—respiro hondo—. Sé que intentas ayudar, pero esta no es la mejor forma.
—Lo siento—repite nuevamente.
La veo bajar la mirada, me siento miserable por tratarla así. Estoy frustrado conmigo, no quiero hacerla sentir mal, pero detesto que esté de su lado. Me acomodo en mi asiento tratando de liberar la tensión.
—Lo siento, Mónica. Sé que no lo haces con mala intención, pero hablar de mi padre me incomoda—suspiro.
—Tu padre trata de prepararte para lo que viene más adelante—dice mirándome—. Sé que no lo puedes ver así por ahora, pero de verdad lo está intentando.
—Repites las mismas palabras que mamá—respondo con brusquedad—. ¿Por qué todos lo defienden?
—¡No lo estoy defendiendo! —exclama—. Solo que… —se queda en silencio unos segundos—. ¿Sabes? —Respira hondo—. Para él tampoco fue fácil adaptarse a este mundo.
—Lo sé—. Cruzo mis brazos y me recuesto en la silla—. Implica cambiar, demasiado para mi gusto.
—A veces el cambio es bueno.
Su optimismo me causaba repulsión, cada vez que se realizó un cambio en mi vida nunca fue para mejor. Su sonrisa desaparece al ver mi rostro inconforme y se mueve incómoda en su asiento.
—No todos los cambios son buenos—. Trato de que mis palabras no suenen tan duras—. Mi padre se volvió un hipócrita de primera, ¿eso también es bueno?
Suspira con pesar, sabe que esta conversación no terminará en nada bueno. Toma otro trago de su café y, responde:
―Tú también cambiaste, Alton.
—¿De qué hablas?
—Has vivido diferentes experiencias en los últimos años, ¿crees que esas no te cambiaron?
―Suspiro frustrado y asiento con suavidad―. Todas me cambiaron, lo admito―. Centro mi mirada en la mesa que nos separa, no quiero que piense que le estoy recriminando―. Pero nunca dejé de ser la persona que soy―. Recordé el encuentro con Héctor, el perder a Ale la primera vez, la muerte del padre de Kevin e incluso los últimos acontecimientos―. En todos mis cambios seguí siendo honesto y real con las personas que aprecio. Sin importar el dolor que sentía, siempre fue el chico que mi madre crio―. Esta vez sí clave mis ojos en ella―. ¿Tú podrías asegurarme que Enrique sigue siendo el mismo hombre que conociste?
Ella se niega a mirarme, ambos sabemos la respuesta, pero no lo quiere aceptar. “Mi padre” siempre ha sido mentiroso y traicionero, pero al nivel de ahora, nunca. Es más frío y distante, por lo menos con nosotros, pero nosotros lo sabemos y aceptamos sin problema. Pero, Mónica, ¿tú también aceptas que sea así?
―Tu padre ha mejorado mucho―dice sin mirarme―. De verdad se esfuerza por ser mejor que antes, quiere corregir sus errores y eso…
―Para corregir sus errores necesitaría viajar en el tiempo―respondo con frialdad―. Él no debe olvidar que si estoy aquí es por mamá. No me interesa su empresa, ni mucho menos formar parte de su fantasía familiar.
Silencio, silencio sepulcral. Un silencio que atormentaría al más valiente. Miré a Mónica, ella tenía la mirada en el suelo y sus labios apretados. Se aferraba a la silla con las manos, pero de su boca no salía ningún sonido.
«Mierda».
―Mó… Mónica, yo…
―Sé que no lo puedes ver―me interrumpe, pero sin mirarme―. Pero, está “fantasía”, ―resalta―, es… es importante para él―. Niega―. No, ―reformula―, es importante para mí―afirma―. ¿No podrías, solo por esta vez, intentarlo? ―preguntó en un hilo de voz.
Sus ojos se clavaron en los míos con una tristeza profunda, sus labios seguían apretados, quizás con la intención de que no note su temblor. Aquella mirada compasiva ahora era suplicante, deseosa de una respuesta afirmativa, pero no es posible.
La acepto como la esposa de mi padre, la acepto como mi madrastra, pero, ¿cómo podría aceptar ser parte de una familia conformada por ellos dos?
Me niego a hacerlo.
Es cierto, nunca olvidé lo que él nos hizo, y sé que ella no fue la culpable, pero no puedo traicionar a mamá.
—Mónica, tú y yo somos familia―respondo con cariño―. Pero no me pidas que lo considere a él como tal—. Le seco una pequeña lágrima que cae por su mejilla―. Él lastimó demasiado a Libby y mamá, no puedo simplemente ignorar ese hecho y hacer como que nada ocurrió―. Ella asiente comprendiendo mis palabras―. La fantasía familiar que tú pides, lamento decirte que no la puedo cumplir, no, sí deseas que esté él incluido.
―Solo te pido que no me veas como una extraña―dice en voz baja―. Sé que no soy tu madre, pero no quiero que la estancia aquí sea tan incómoda para ti por mi presencia.
―Es que mi estancia aquí no es incómoda por ti―. Me pongo de pie, camino hasta ella y la abrazo―. Mi estancia aquí es incómoda por él, pero tú, Mónica, no tienes la culpa de eso.
—Sé que no puedo compararme con tu madre―dice mientras acaricia mi cabello―. Pero yo te considero como mi hijo.
―Le sonrió con cariño―. Gracias por tu cariño, Mónica.
La conversación termina entre las pequeñas lágrimas de Mónica, un ambiente agridulce nos rodea, pero fingimos que está bien. Me volví a sentar en mi lugar y nos mantenemos callados por unos minutos mientras disfrutamos los últimos tragos de nuestras bebidas.
Ella me mira con una sonrisa triste y dice:
—Creo que necesitas un poco de espacio―su tono me demuestra que está más tranquila―. Tengo cita en la peluquería―me informa―, ¿te parece si nos encontramos para almorzar?
—Está bien―acepto―. Entonces te veré para almorzar―sonrío―. Antes de que nos separemos―. La vuelvo a mirar―. Gracias por el desayuno
—Sonríe—. No hay problema, Alton, solo espero que la conversación no te haya incomodado.
―Niego para calmarla―. Todo está bien, despreocúpate.
Ella asiente y salimos del local, nos despedimos en la puerta del auto y quedamos en encontrarnos en la plaza de comidas del centro comercial del Malecón a la uno. La veo partir en el auto y respiro más aliviado. Miro mi reloj, son las nueve, tengo tres horas hasta que nos volvamos a encontrar.
Suspiro para mis adentros y busco en mi celular algunas recomendaciones de lugares para visitar. El cielo sigue iluminado por el brillo de la mañana y la temperatura ha aumentado, ¿cómo es eso posible?
―Suspiro nuevamente―. «Debo ir a un sitio con aire acondicionado».
Reviso en Google Maps a ver si encuentro algún sitio así. Después de cerca de veinte minutos, por fin encuentro uno, un museo de arte que se ubicaba a diez cuadras del Starbucks. Dirijo mi mirada al cielo, espero aguantar diez cuadras caminando sin derretirme.
«Aguante o no, no tengo de otra».
Me toma veinte minutos llegar al museo, respiro aliviado cuando veo el letrero, aunque el estrés se apodera de mí cuando lo veo apagado.
«Por favor no, por favor no, por favor no».
Me acerco aún esperanzado, no puede tener tan mala suerte. La persona de recepción me indica que puedo acercarme, pero sigue concentrado en su computador. Casi ni me presta atención cuando llego a su lado, pero aclaro mi garganta y él me mira despreocupado.
—Buen día, joven, disculpe—digo colocando mi mejor sonrisa en mi rostro.
—¿Sí? —pregunta por fin levantando la vista.
—¿A qué hora abre el museo?
—A las diez, joven―responde mientras revisa la hora―. Si desea, el ingreso es a partir las nueve y cincuenta de la mañana.
—Ah—Me rasco detrás de la oreja, incómodo—. Muchas gracias.
—Fue un placer—contesta amable y vuelve a sus quehaceres.
Doy la vuelta, resignado, y salgo del lugar. Busco a mi alrededor un lugar donde pueda sentarme a esperar, pero no veo nada. Suspiro, el calor vuelve a sentirse infernal. Camino en dirección contraria al Starbucks, voy en busca de una banca o un árbol que me permita no derretirme.
Vago por las calles unos minutos, muero de sed y el calor me estresa, pero mi sonrisa vuelve a aparecer cuando encuentro un pequeño parque. Parecer un lugar tranquilo, más como un espacio para descansar de paso, pero hay un gran árbol que cubre la banca que está debajo de él.
—Respiro aliviado—«Podré descansar».
Me siento en la banca como si hubiera caminado por 20 horas, mis piernas pesan y la cabeza ya me empieza a doler. No estoy acostumbrado a este clima tan caluroso, para la próxima debo recordar traer bloqueador y un gorro.
El aire que corre por aquí me refresca del calor, puedo cerrar los ojos y disfrutar de la pequeña brisa placentera. Estoy disfrutando este momento como si fuera el día más esperado del año para mí, hasta que mi celular suena.
Mi frustración es evidente, cuando contesto la llamada, suelto un largo suspiro frustrado. No es nada bueno si interrumpe de manera abrupta mi paz.
—No me percaté del nombre que aparecía en la pantalla, pero lo podía imaginar. La voz de mi padre resuena al otro lado de la línea―. ¿Dónde estás? ―pregunta irritado, puedo imaginarlo con el ceño fruncido.
«Tenía razón, si interrumpía mi paz no era nada bueno».
—Salí con Mónica, ¿no se te informó?
—No hables tan a la ligera―me regaña―. Necesito que regreses a la casa―. Iba a objetar, pero interrumpe―. Ahora, Alton―. Al no recibir mi respuesta, insiste―. No es una petición, es una orden.
—No pienso volver, estoy pasando un rato agradable―respondo fastidiado―. No puedes llamar y esperar que…
—Por una vez, cierra la boca y escúchame―. Me quedo en silencio con sus palabras, no suele hablar tan brusco al momento de callarme―. Necesito que regreses a la casa, ¡ahora! ―suspira y escucho como habla con alguien―. El chofer pasará por ti para llevarte de regreso, mándame tu ubicación.
― ¿Qué ocurre? ―pregunto mientras proceso sus palabras.
―Vuelve a suspirar―. No es algo que tú…
―Dime qué ocurre, ―esta vez el insistente, soy yo.
Mi padre no contesta y eso me pone de los nervios. Un sudor frío recorre toda mi espalda y creo que estoy temblando. Desvío la mirada a mi pierna que involuntariamente se mueve.
«Algo pasa, estoy seguro de que es así».
Mis manos sudan, el movimiento en mi pierna cada vez es más rápido y trato de controlar mi respiración.
«Mierda, mierda, mierda»
Sacudo la cabeza distrayendo los pensamientos que se quieren hacer presentes. Necesito que él responda la pregunta.
«Por una vez, por Dios, ¡di algo!».
―Me llamaron del hospital―. Por fin atiende a mis súplicas―. Mónica sufrió un desmayo y, como no reaccionaba, la llevaron al hospital más cercano.
—Me quedé helado—. «¿Qué? ¿Có… cómo?»
— ¿No saliste con ella?
― Sí―contesto como puedo―. Salimos a…
― ¿Cómo se desmayó? ―pregunta en un tono que me confunde―. ¿Cómo fue que ella…?
― ¿Qué insinúas? ―devuelvo la pregunta a la defensiva―. ¿A caso crees que yo sería capaz de…?
―En la mañana estabas furioso por mi comentario sobre tu madre.
―La ansiedad y el miedo, que minutos antes aparecieron, se esfumaron como si nunca hubieran llegado y le dieron pase al enfado―. ¡El que esté molesto contigo no involucra que voy a lastimar a Mónica! ―Elevo mi tono de voz.
―Entonces, ¿por qué ella hasta allá y tú no?
—Respiro hondo para responder lo más calmado posible―. Decidimos separarnos por unas horas, ella tenía cita en la peluquería y quería que nos encontráramos en…
—No quiero excusas, Alton, ―responde otra vez molesto―. Solo espera al chofer, él te llevará a casa―dice controlando su impulso de gritarme
―Necesito ver a Mónica―pido en voz baja.
―No es posible.
― ¡Por favor! ―suplico―. Necesito…
—No está en condiciones de verte.
―Sus palabras duelen, pero no estoy dispuesto a aceptar esa respuesta―. Por favor, necesito verla, asegurarme de que está bien.
―Alton, no vas a conseguir…
―Por favor, papá―. Mi voz sale ahogada, como si me estuviera asfixiando. Esa última palabra salió raspando mi garganta desde lo más profundo de mi ser.
Sé que él sabe lo que me ha costado decirla, lo noto por el silencio que guarda consigo. Es la primera vez que suelto aquella palabra. Es la primera vez y posiblemente la última. Ambos lo sabemos, pero esto le demuestra lo importante que es para mí verla.
―Los periodistas están en el hospital, se sabe que Mónica está aquí, pero si tú vienes, podrían…
—Tendré cuidado, el máximo posible―. Aseguro―. Solo, necesito estar con ella ahí.
—Vuelve a suspirar—. Si las personas saben que mi hijo está en el hospital y mi esposa también, las cosas se podrían malinterpretar.
—Prometo que nadie lo sabrá.
—Alton, te puedes arrepentir de venir―. Sus palabras no parecían una amenaza, sino una advertencia, pero hice caso omiso―. Bueno―suspira―. No digas que no te lo advertí―. Asiento en silencio―. Está en el hospital general, ven en taxi, mi guardaespaldas te esperará en la puerta de servicios―informa―. Que el taxista se estacione ahí.
Suspiro y acepto, no tengo otra alternativa. Me acerco a la acera para tomar el taxi, pasan algunos, pero todos llenos. Saco el celular y busco la dirección del hospital, no está tan lejos como para no llegar caminando, pero le prometí a él que sería lo más cauto posible.
Por fin, después de 5 minutos, un taxi se detiene frente a mí. Le doy la dirección del hospital, sin preguntar el precio, y subo. Pasamos por la puerta principal, donde veo demasiados periodistas para mi gusto. Es raro ver la atención que le dan a “mi padre”.
Usualmente, cuando estoy en Solwood, ignoro todo lo relacionado con él, sin embargo, ahora parece una pésima broma. Un chiste de mal gusto que explota en mi cara. Por suerte, él aún no quería presentarme en los medios, pero me aterraba la idea de que cuando lo hicieran mi vida fuera así.
Estaba divagando, distraído, hasta que llegamos a la puerta trasera del hospital. El taxista se estacionó y por fin pregunté el precio, era alto, pero no estaba dispuesto a negociar, no después de subir sin preguntar. Pago y bajo, aún absorto en mis pensamientos de miedos futuros, por lo menos hasta que siento una presión en mi brazo.